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lunes, 24 de diciembre de 2012

LA VERDADERA HISTORIA DE CENICIENTA.

Mientras sus dos hermanastras asistían a la Universadad, hay que reconocer que con escaso éxito, Cenicienta debía quedarse en la casa, ayudándole a su madrastra.
Así, las tres mujeres se ahorraban el sueldo de la sirvienta, dinero que gastaban generosamente en cremas de belleza y cosméticos de alto valor.
Mientras, Cenicienta se hacía máscaras con rebanadas de pepino y otras verduras que sobraban en la cocina y estaba cada día más linda, sin gastar un centavo.
Sus parientes, en cambio, no lograban torcer la mala intención de la Naturaleza, que había decidido perjudicarlas desde la cuna.
Eso hacía que envidiaran a Cenicienta y le encargaran los trabajos más pesados.
Pero, lo que a la joven le dolía más era no poder estudiar una profesión que le permitiera desarrollar su intelecto y valerse por sí misma en la vida.
Corrió una noticia por todo el reino: Habría un fastuoso baile en el que el príncipe elegiría   novia  entre las jóvenes asistentes.
Las hermanastras de Cenicienta se apresuraron a ir al más elegante de los Malls que proliferaban en la ciudad. Allí eligieron fabulosos vestidos, zapatos y joyas, confiadas en hacer subir a superficie sus encantos sepultados bajo gruesas capas de irremisible fealdad.
Cenicienta pelaba papas en silencio, como si se hubiera resignado a no asistir al baile.
Pero, nada más lejos de eso.
Apenas las vio partir en una limousina arrendada, corrió a la casa de su vecina, una encantadora ancianita que siempre le sonreía con cariño.
-Vecina, necesito su ayuda- dijo Cenicienta, sin ambages- No estoy dispuesta a dejarme humillar más. Soy la más bonita del reino y puedo fácilmente conquistar al príncipe. Esto se lo digo sin falsa modestia, porque con usted no voy a gastarme en hipocresías.
-Tienes razón, Cenicienta. Eres la más bella. Yo te ayudaré a mostrarte ante el príncipe en todo tu esplendor. Acompáñame a mi dormitorio.
De debajo de su cama sacó una vieja maleta de cartón. Por las rasgaduras de la tapa y los insterticios de las bisagras, brotaba un resplandor azul.
La abrió y sacó un maravilloso vestido de gala, de seda azul con encajes plateados. Lo complementaban unos zapatitos de cristal que herían la vista con sus destellos.
Cenicienta quedó atónita y no atinó a moverse siquiera. Pero la anciana la hizo despojarse rápidamente de su vestido viejo y le deslizó por la cabeza el vestido de fiesta, que parecía hecho para ella. Los zapatos también le calzaban a la perfección.
Se miró al espejo y vio toda su belleza manifestarse y resplandecer como un nimbo de oro en torno a su figura.
Su vecina había sido peluquera en su juventud y le hizo un moño alto, el cual decoró con camelias blancas que sacó de su jardín.
Por supuesto que la orquesta enmudeció y el baile se paralizó cuando Cenicienta hizo su entrada en el salón.
El guapo príncipe corrió a su encuentro y tomándola entre sus brazos la sacó a bailar.
Bailaron y conversaron.
Pronto, Cenicienta comprobó que él no tenía mucho tema de conversación. Solo hablaba de partidos de water polo y de cacerías de elefantes en las llanuras de Africa.
En vano, ella quiso introducir algunos de los apasionantes temas que había descubierto en la biblioteca de su difunto padre.
-Hace tiempo que no leo libros- dijo el príncipe- Me aburren. Prefiero las comunicaciones audio visuales. ¡También soy fanático de faceboock y de twiter!  Creo que en Internet está todo lo que necesito para cultivarme.
Cenicienta se sintió bastante decepcionada.
Pero, él no lo notó y creyendo que la había impresionado con su elocuencia, la apretó contra su pecho y acercó su boca a la de ella, con un propósito más que evidente.
Una vaharada de olor a ajo casi la hizo perder el sentido.
¡EL príncipe, para colmo, tenía un aliento fétido!
Rápidamente, se soltó de su abrazo de hierro, y con el pretexto de ir al baño, abandonó el salón.
Vio una escalinata que conducía al jardín y se lanzó por ella a la carrera. Se le rompió un taco del zapato de cristal y lo abandonó en los peldaños, sin darse tiempo a recogerlo.
No paró de correr hasta que encontró un taxi.
Cuando las tres decepcionadas mujeres regresaron a la casa, Cenicienta ya dormía. Y por supuesto, ni por casualidad soñaba con el príncipe...
Corrió otra noticia.
El príncipe se había enamorado de una misteriosa joven que había asistido al baile, dejando uno de sus zapatos en la escalinata del palacio.
Era tan pequeño que solo podría calzarle a un pié tan delicado como el de la hermosa desconocida. Así es que la buscarían por toda la ciudad, hasta encontrarla.
Cenicienta molió con el martillo el zapato de cristal que le quedaba y enterró los restos en el jardín. Al principio, un leve resplandor flotó aún unas horas sobre la tierra y después se apagó.
Cuando llegaron los lacayos de palacio a hacer la prueba, se forró el pié con cinco pares de medias y así, se hizo evidente que el zapatito de cristal no le cabía.
Cansado de buscar en vano a su amada, el príncipe decidió casarse de todas formas y para ello eligió a la mayor de las dos hermanastras.
La madrastra estaba tan feliz que se le ablandó el corazón y le dio permiso a Cenicienta para que entrara a estudiar a una Universidad vespertina.
Eso le permitió a la joven obtener un título profesional y luego descollar en la carrera que había elegido.
Casarse con un príncipe no estaba entre sus ambiciones. Al menos, no  por el momento...

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