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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



domingo, 23 de septiembre de 2018

EL COLLAR DE PERLAS.

Paulina tenía nueve años cuando llegó Guacolda. La mandaron de una Agencia de empleos para que ayudara en los quehaceres de la casa. Venía del Sur y se peinaba con unas trenzas largas amarradas en la espalda con un cordón. 
Paulina no supo por qué, pero casi desde el principio, le tomó odio.  Tal vez fueron celos, porque su mamá le insistió mucho en que la tratara bien.  Además, aprovechando que podía dejarla con ella, salía  todas las tardes.  Cuando Paulina llegaba del colegio, encontraba  a Guacolda sola sentada en la cocina. De su mamá,  quedaba un vaho de perfume francés flotando en el dormitorio...
A Guacolda le encantaba escuchar la radio, sobre todo los programas de tangos.
Paulina llegaba en silencio y le desenchufaba el aparato, sin que se diera cuenta. La muchacha se quedaba como aturdida y empezaba a mover las perillas o a probar los interruptores creyendo que se había cortado la luz. Con una carcajada,Paulina corría a su dormitorio, para poder reírse más a gusto tirada sobre su cama...   
También se divertía en volver a ensuciar lo que Guacolda limpiaba. A penas la veía salir del baño, entraba con las manos sucias y las frotaba en el lavatorio y en la toalla recién cambiada.
Guacolda se daba cuenta de todo y la miraba con ojos tristes, pero nunca la acusaba. Callada, entraba al baño y limpiaba otra vez, con un aire de perro apaleado que a Paulina le daba más rabia todavía.
Su mamá  casi no paraba en la casa.  Ahora llegaba un auto azul y se estacionaba frente a la puerta, esperándola.
Su papá vivía en un departamento del centro y de vez en cuando,  llamaba por teléfono a Paulina para llevarla a comprarse ropa o a ver una película.
Ella le mentía diciendo que su mamá lo echaba mucho de menos, que no salía a ninguna parte y que lloraba todo el día.  - Papito, por favor vuelve a la casa- le rogaba, pero  él se quedaba callado y  se ponía a mirar el suelo, como si se le hubiera perdido algo.
Su mamá tenía un nuevo collar de perlas, que de seguro se lo había regalado el hombre del auto azul.
Se sentaba frente al espejo y acariciaba las perlas, una por una. Paulina la miraba y pensaba que nunca a ella le hacía cariño así.
Así es que decidió matar dos pájaros de un tiro. Dejar a su mamá sin el collar y lograr que despidiera a Guacolda.
Planeó esconder el collar en un lugar donde nadie pudiera encontrarlo, ni siquiera la policía.
Lo tenía en las manos cuando su mamá entró al dormitorio y sin saber qué hacer, lo tiró dentro de un florero.
La mamá llamó a Guacolda para que entrara a hacer la cama y botara las flores que ya estaban marchitas.
Paulina la vio salir del dormitorio con el jarrón, botar el agua en el fregadero y echar el resto en el cubo de la basura. Por supuesto, no se fijó que entre los tallos y las hojas podridas iba enredado el collar.
Como era de esperar, su mamá acusó a Guacolda de robo y estuvo largo rato interrogándola para saber qué había hecho con las perlas.
-¿ A quién se las entregaste, malvada?  ¿ Se las diste a alguien para que las vendiera?
Guacolda lloraba tanto que se ahogaba y al final,  por lástima o por ahorrarse el mal rato, su patrona no llamó a la policía.
-¡ Ándate mejor, mal agradecida!-  le gritó con rabia.
Paulina vio salir a Guacolda con su maleta vieja amarrada con un cordel. Llevaba los ojos rojos e hinchados y largos suspiros le estremecían el cuerpo.
Por un momento, Paulina pensó decir la verdad y rescatar el collar desde la basura. Pero, en ese momento llegó una niña del barrio  y la invitó a ir a jugar a su casa.
A la mamá la estaba esperando el auto azul estacionado a mitad de cuadra , así es que le dio permiso sin poner inconvenientes y las dos pasaron una tarde feliz.




domingo, 16 de septiembre de 2018

EL POZO DEL TIEMPO.

Carlos se sentía viejo y desencantado. Nadie en la Empresa en que trabajaba parecía tomar en cuenta sus sugerencias.  Quizás porque estaba rodeado de jóvenes que se sentían dueños del mundo  y que parecían venir de vuelta cuando él  recién empezaba a andar.
Le aterraba jubilarse y quedarse en un banco del parque alimentando a los pájaros. Pensaba que todavía podía ser útil y aportar ideas nuevas.
Un domingo se fue a pasear por el campo, masticando su melancolía. Iba tan distraído, que no miró donde pisaba y resbaló al interior de un pozo.
Estaba seco, pero era bastante  profundo y comprendió que no podría salir por sus propios medios.
Estuvo gritando un rato, pero solo le respondía el mugido de alguna vaca.
Alguien tendrá que pasar por aquí, pensó Carlos y decidió gritar cada cierto tiempo, por si acaso...Sentado en la tierra húmeda, veía pasar en lo alto unas nubes redondas y blancas, como pintadas en un decorado.  Cuando la luz empezó a disminuir y comprendió que anochecía, perdió la esperanza de que lo rescataran. Pero  gritó una vez más, pidiendo socorro.
Entonces, por el borde del pozo  se asomó un chiquillo pecoso llevando un sombrero de paja.
Era el vaquero que había ido a buscar su vaca, para llevarla al establo.
-¡ Tírame una soga! - gritó Carlos.
El niño lo miró un rato, como si le costara entender la situación, pero al fin le aseguró que iría a buscar ayuda.
Angustiado, Carlos lo vio desaparecer del  brocal. 
Pasó el tiempo y no vino nadie.  Agotado de tanto gritar, cerró los ojos y terminó por adormecerse.
Lo despertó el resplandor de la luna llena que, al iluminar las paredes del pozo, le mostró la entrada de un túnel.
¡ Qué raro!  se dijo Carlos. ¿ Como no lo había notado antes?  ¿  Y a donde irá a dar este pasaje?
Se echó a andar y le pareció que no salía nunca del estrecho conducto, en el que apenas cabía semi encorvado.  Pero, al final, el túnel se abrió y se trasformó en una llanura de pasto crecido. A lo lejos humeaba un volcán.
Asombrado, divisó en la distancia a un grupo de hombres peludos, vestidos con cueros de animales. Arrastraban penosamente por una colina, un bloque de piedra.
-¡ Pobres!- pensó Carlos- ¡ Todavía no han inventado la rueda!
Vio en el suelo un tronco delgado y con una piedra afilada cortó de él  dos rodajas. Se demoró mucho rato, pero cuando terminó de plasmar su idea, los cavernícolas seguían arrastrando el bloque colina arriba.
A gritos los llamó, mostrándoles las improvisadas ruedas que había fabricado.
Les mostró para qué servían, empujándolas por la tierra. Al principio no parecían entenderle, pero luego se avalanzaron sobre él y lo lanzaron por los aires, dando gritos de júbilo.
Esa noche se sentó con ellos junto al fuego. Observó que comían la carne cruda y adivinó que aún no se les había ocurrido cocinarla sobre las brasas.
Arrojó un trozo a las llamas y de inmediato un delicioso olor se expandió por el aire. Carlos lo retiró del fuego y con chasquidos de lengua y gruñidos, lo saboreó.
Esta vez, los cavernícolas entendieron al vuelo la sugerencia y al poco rato, todos masticaban con deleite.
Luego, lo lanzaron de nuevo por los aires y lo vitorearon a gritos.
Carlos recordó las miradas desdeñosas y las sonrisas escépticas de sus compañeros de oficina.
¡ Qué distinto era el respeto reverente que le manifestaban estos hombres comparado con la actitud de los vanidosos "milenials"  que creían saberlo todo!
Poco a poco les iré  transmitiendo mis conocimientos a estos melenudos -suspiró con satisfacción y se envolvió en una piel de mamut para pasar la noche junto a la hoguera.
Pero, lo sobresaltaron unos gritos.
-¡ Caballero!  ¡ Caballero!  ¡Despierte, que lo venimos a sacar! 
En el borde del pozo estaba el vaquero, acompañado de dos hombres que portaban una escalera.
-¡ Mejor me quedo aquí!-  alcanzó a gritar Carlos, pero luego miró las paredes del pozo y notó que no había ningún túnel.
Había tenido un sueño muy grato y ahora le  correspondía volver a la prosaica realidad.



domingo, 9 de septiembre de 2018

MEJOR NO VOLVER.

Mucha gente, después de morir, no se sentía feliz al llegar al cielo.
La verdad era que no se resignaban a haber muerto. Sentían que habían dejado cosas sin hacer, palabras sin pronunciar...¡ No era tiempo aún para dejar la tierra!
Les parecía que sus vidas habían sido demasiado cortas y querían volver para vivir otro poquito.
Así es que a un costado de la puerta celestial se habilitó una oficina para atender las quejas.
Era un ángel quien llenaba las fichas de los disconformes. Por supuesto, todos aducían motivos generosos para querer volver a la tierra. Cuidar a los padres ancianos, decir : te quiero a alguien a quién no se había sabido amar, hacer testamento a favor de algún pariente empobrecido... Ninguno habría reconocido que quería volver para vengarse de quién lo había ofendido o matar al que le había destrozado la vida.
Alina pidió regresar a la tierra porque amaba a su marido y no había alcanzado a vivir para amarlo lo suficiente. Solo tres años había alcanzado a estar a su lado y su amor había quedado a medio vaciar, como un pote de miel que amenaza con desbordarse.
-¡ Déjame volver!- le suplicó al ángel-Yo sé que el me amaba también y que me necesita.
El ángel sonrió conmovido y estampó su firma en el salvoconducto.
Segundos después, Alina se encontró en la estación del Metro. En medio de la multitud divisó a varios de los que habían estado en el cielo, pidiendo regresar. Un delicado resplandor azul que flotaba sobre sus cabezas los hacía reconocibles para quién compartía su secreto.  Era polvo del cielo, que se les había pegado en el pelo, sin que se dieran cuenta.
Alina corrió hasta su casa, empujada por la fuerza de su amor. Pero ¡ ay! por la ventana vio a su amado, acompañado por otra mujer. ¿ Tan luego la había reemplazado?
Con paso lento se volvió a la estación, sin saber a donde ir ni qué hacer ya con su vida recuperada.
En un banco vio a un hombre que se cubría la cara con las manos. Un tenue resplandor azul se filtraba por entre sus dedos.
-¿ Qué te pasó?- le preguntó Alina.
-Volví a mi casa- dijo el hombre- Quería ser otro, no el alcohólico que fui en mi vida anterior. Pensé que podría resarcir a mi mujer por tantos años de sufrimiento. Pero la vi cantando, mientras ponía la mesa, libre de esa mueca de miedo que tenía cuando me veía llegar. Los niños jugaban tranquilos, sin temor a los golpes...Comprendí que están mejor sin mí y que los haría desgraciados si volviera.
Mientras se contaban sus penas, vieron acercarse a un viejo que arrastraba los pies, desanimado. Su pelo resplandecía con un destello azul.
-¿ A ti también te fue mal? - le preguntaron.
-Llegué a mi casa. Iba feliz de volver a vivir un tiempo más junto a mis hijos- suspiró el anciano- Pero los ví en torno a la mesa, disputándose la herencia.  Mi hijo, el más joven, a quién yo adoraba, gritó con rabia:
-¡ Soportamos su avaricia tantos años!  ¡ Ahora nos llegó el tiempo de disfrutar!
Los tres se miraron en silencio, agobiados por su fracaso.
- ¿ Creen que el ángel nos recibirá de vuelta?- preguntó Alina.
- ¡Claro que sí!- le respondieron los otros-  Con solo mirarnos lo comprenderá todo...
Se encaminaron hacia el río. Rugía el agua turbia que arrastraba los deshechos de la ciudad hacia el mar.
Se cogieron de las manos y se internaron en la corriente.  Las olas los atraparon en sus brazos fríos y los sumergieron con rapidez.
Por unos instantes, sobre el agua flotó un tenue resplandor azul, pero se disipó en el aire sin que nadie alcanzara a notarlo. 




domingo, 2 de septiembre de 2018

UN ANGEL EN EL CLOSET.

Josefina había despertado recién, cuando por la ventana de su dormitorio entró un joven llevando una maleta.  Usaba un sombrero de ala ancha y un traje de corte muy anticuado.  Se sentó a los pies de su cama y suspiró con alivio, como si viniera llegando de un largo viaje. Luego le sonrió amistosamente y se quedó en silencio, sin darle ninguna explicación.
Ella lo miraba atónita.
Por un momento pensó que continuaba dormida y soñando. Pero no podía ser porque, al mismo tiempo le llegaban desde la cocina los ruidos que hacía su mamá preparando el desayuno. El reloj marcaba las siete y quince.
El joven pareció recordar  que la cortesía exigía que se quitara el sombrero y una espesa mata de cabellos dorados cayó sobre sus hombros. De inmediato, Josefina sospechó que era  un ángel.
-Perdón-le dijo, algo amoscada- ¿ Podrías explicarme, por favor...?
-Me escapé del cielo. Eso es todo- respondió él, con mucho desparpajo.
- Si de verdad eres un ángel  ¿ donde están tus alas?
El se quitó la chaqueta y un par de resplandecientes alas blancas se desplegaron con suave rumor, llenando una buena parte del dormitorio con su luz.
-Y, ¿por qué te escapaste del Cielo , si puede saberse ?
-La verdad es que estaba aburrido.  Allá no pasa nunca nada. No hay ni penas ni alegrías. Una Hermosa Nada, eso es el Cielo. Y a Dios no lo veíamos nunca...
- Pero  ¿donde está ?  ¿ Que acaso no vive ahí?
-Sí, pero el Cielo es tan grande...Cada cierto tiempo corría el rumor de que El se acercaba. Corríamos empujándonos unos a otros, para llegar a la nube de la cual surgía una música prodigiosa. Creo que era Mozart el que la tocaba...Pero, nunca alcanzábamos a verlo.  Solo una luz que brillaba a lo lejos y después se extinguía...
-¿ Y por eso te escapaste?
-No solo por eso. Fue por el vacío de no sufrir. Echaba de menos la incertidumbre de la Tierra. No quería esa felicidad rosada e insípida como los postres que sirven en el hospital...Quería volver a estar vivo.
-Pero , para haberte ido al cielo tendrás que estar muerto ¿ no?
-Bueno, pero no se me nota mucho . Y si me mezclo con la gente,   creo que pasaré desapercibido.
Josefina miró el reloj y le dijo que tenía que levantarse para ir al colegio.
-No querría ser descortés - agregó-  pero ¿ donde piensas quedarte?
-En tu closet podría ser ¿ no crees?
Josefina no estaba segura de que fuera una buena idea. Se imaginó a su mamá entrando más tarde a guardar la ropa lavada y pasando un susto tremendo ...No pudo evitar reírse ante la imagen.
Estuvo muy distraída toda la mañana en clases, pero cuando volvió en la tarde, su mamá estaba muy tranquila en la cocina picando tomates y el ángel no se veía por ninguna parte.
Al otro día lo vio sentado en un paradero de buses.  Llevaba la chaqueta muy abrochada y el sombrero calado hasta las cejas. Solo Josefina parecía notar el bulto en su espalda y los resplandores dorados que brotaban aquí y allá, bajo el ala de su sombrero...
-¿ A donde te diriges?- le preguntó en voz baja.
-Voy a buscarme un trabajo. Cuando vivía en la tierra era gasfiter y conservo todas mis habilidades. En mi maleta ando trayendo las herramientas de mi oficio.
-¿ Y crees que vas a poder quedarte en la Tierra para siempre?
-Ese " Para siempre"  solo existe en el Cielo y es lo que lo hace tan aburrido.  En cambio, aquí todo es " Mientras". Nunca sabes lo que pasará mañana y esa incertidumbre es lo más estimulante de la Vida...
Se subió al bus por la puerta trasera, porque no tenía con qué pagar su pasaje y como mucha gente hacía lo mismo, pasó inadvertido.
No volvió a saber de él...
Pero cada vez que se averiaba alguna cañería y su mamá exclamaba:  ¡ ¡Hay que llamar a un gasfiter!  Josefina temblaba de emoción esperando ver entrar por la puerta al ángel escapado del cielo...
Pero, eso nunca sucedió .




domingo, 26 de agosto de 2018

NUNCA SE SABE...

Graciela iba despacio por la vereda, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y la cabeza baja. Al final de un día de pesado trabajo no le quedaban ganas de mirar otra cosa que el suelo.
El crepúsculo derrochaba su esplendor rojo y dorado sobre los techos de la ciudad pero muy pocos ojos se fijaban en su despliegue.
En una esquina, un anciano había extendido su humilde mercadería sobre un cartón. Al ver a Graciela, le preguntó esperanzado.
-Señorita ¿ necesita algo?
-No, no necesito nada- respondió ella con acritud, pero, al levantar los ojo se encontró con los del anciano y se conmovió sin querer.
Entonces se detuvo y miró los objetos expuestos sobre la vereda. Había pañuelos desechables, paquetes de agujas, hilos de colores...Buscó inútilmente con la mirada algo que le hiciera falta.
Pero el vendedor metió la mano en una bolsa de papel y sacó un  par de medias. Eran finas y delicadas, como para lucirlas en una fiesta.
-¿ Y a donde voy a ir yo con esas medias?- preguntó Graciela.
- ¡ Nunca se sabe!.... ¡Llévelas!   Solo cuestan mil pesos.
Lo miró dudosa, pero no pudo decir que no a esa cara arrugada y triste.  Su corazón pareció volcarse hacia afuera y llenarse de una bondad desconocida, ajena a su natural egoísmo.
Se alejó con el sobre de las medias, pero ya no iba con la vista clavada en el suelo. Ahora notó el esplendor del atardecer y en sus labios se fijó una sonrisa.
Al rato pasó un joven por esa misma esquina.  Se llamaba Julián y también arrastraba los pies, agotado después de buscar inútilmente un trabajo durante todo el día.
-¿ Necesita algo, joven?- le preguntó el anciano.
-Por supuesto que necesito muchas cosas...Un trabajo, para empezar...Pero, no creo, abuelo que usted pueda ayudarme.
-¿ Y no le gustaría llevar ésto?- preguntó el vendedor.
-¿ Una corbata?  No me haga reír...¿ Para qué quiero yo una corbata?
-Nunca se sabe...¡ Llevela!  Cuesta solo mil pesos.
Pobre viejo, pensó Julián, yo al menos soy joven y puedo seguir luchando. Y sacó del bolsillo el último billete de mil pesos que le quedaba.
Al llegar a la pensión donde vivía, encontró a un amigo que lo estaba esperando.
-Julián, estás de suerte- exclamó al verlo- Mañana a las nueve mi patrón va a entrevistarte para un trabajo en la Fábrica. ¡ Ha surgido una vacante!
Al ver la cara esperanzada de Julián, lo palmeó en el hombro y agregó:
-¡ Tienes que ir bien vestido!  Allá son muy exigentes con la apariencia...
Ya en su habitación, Julián sacó del armario su único traje decente...Una camisa blanca y...  ¡entonces se acordó de la corbata!
Volvió a ver al anciano que le sonreía diciendo:  ¡ Llévela!   ¡Nunca se sabe...!
Mientras, Graciela había llegado a su departamento, agotada y estaba preparando  té en la cocina cuando sonó su celular.
 Era su amiga Alicia.
-¡ Hola, chica!  ¿ Estás de ánimo?  Te llamo para invitarte a una fiesta el Sábado...  
- ¿ Y donde ?
-En casa de Leticia. Es su cumpleaños. ¡ Tienes que producirte bien, porque irán chicos guapos!
Graciela se acordó del vestido azul que colgaba en el closet junto a sus zapatos de tacón...Pero, le faltaban unas medias. Entonces se acordó de su compra....
De la cartera sacó el sobre que le había vendido el viejo. Se rió feliz y murmuró:  ¡ Es verdad que nuca se sabe!
El Sabado Julián partió entusiasmado a la fiesta de Leticia.
Había conseguido el empleo y la vida le parecía otra vez llena de buenas perspectivas.
No quiso ir con ropa deportiva y se puso de nuevo su traje  y la corbata...
Al entrar vio a una chica preciosa. Iba vestida de azul y llevaba unas medias transparentes que mostraban lo lindas que eran sus piernas.

Atravesó el salón y la invitó a bailar. Y no se separó de ella en el resto de la noche.  


domingo, 19 de agosto de 2018

BETTY QUIERE SER MODELO.

Una mañana, Betty entró como una tromba en el departamento de su amiga Nora.
-¡Escucha!   ¡Una revista femenina está organizando un desfile de modas y tenemos que presentarnos al casting !
-Pero, Betty ¡ esos casting son para veinteañeras anoréxicas!
-¡ Te equivocas!  Varias marcas de ropa van a presentar modelos para treintañeras y necesitan gente como nosotras para lucirlos...
-¡ Treintañeras!  jaja  Hace ya tantos años que se nos fueron los treinta, que si miro para atrás, apenas los diviso...
-No seas derrotista.  Las bases del concurso no estipulan edad...y tampoco discriminan a las gorditas.
Betty dijo Eso último con tono esperanzado mientras se miraba de reojo en el espejo del tocador.
-¿ Y cuando es el casting?- preguntó Nora, casi convencida.
-Esta tarde a las 16...Así es que almuerza algo liviano. Una hoja de lechuga bastará.
Cuando llegaron al lugar del evento, vieron que estaba lleno de interesadas. Las alumnas de una academia de baile se habían inscrito en masa y entraron con un andar cimbreante de palmera hawayana.  Miraron con desdén a las del Taller Literario, entre las que se encontraban Nora y Betty.
-¡ Se equivocaron, gorditas!  ¡El Concurso de cuentos es el próximo mes!
Incluso una flaca, de  talla treinta y ocho, se atrevió a agregar:
-No hay nada que engorde más el trasero que pasarse el día frente al computador...
Betty se sintió aludida y roja de rabia, se avalanzó a pegarle.
Nora la sujetó con fuerza.
-No les hagas caso. ¡ Son unas picadas!  -y para apaciguarla, agregó - No saben que a nosotras no da lo mismo quedar o no...¡ Somos más que una percha para colgar ropa!
- ¡ A ti no te importará, pues Nora! -le respondió ella, furiosa-  Estás asumiendo de antemano el fracaso ¡ Creí que tenías más confianza en ti misma!
Nora la miró preocupada. Se dio cuenta que para Betty quedar en el casting era cosa de vida o muerte. Y deseó que si elegían a una de las dos, fuera Betty, porque otra cosa haría peligrar su amistad.
Cada vez que entraba una nueva postulante, por lo menos cincuenta pares de ojos la atravesaban como dagas mortíferas.
El jurado estaba compuesto por la directora de la mencionada revista, una modelo argentina que a todas las llamaba " querida", tres dueñas de boutiques, cuyos modelos se exhibirían en el desfile, y el famoso modisto Luchino Frescoli, que entró muy perfumado y envuelto en un abrigo de piel.
Al  parecer, era  piel natural, no sintética... Porque en la vereda del frente había un grupo de ecologistas con pancartas y tarros de pintura, esperando que el modisto saliera para vaciárselos sobre el abrigo.
A cada postulante le dieron un número, le tomaron una foto y la hicieron desfilar por una pasarela improvisada.
Nora, de puros nervios se tentó de la risa y desfiló riéndose, como si le acabaran de contar un chiste de gallegos.
Betty, posesionada de su papel, se quitó la chaqueta y caminó arrastrándola por el suelo con displicencia...
La modelo argentina repartía sonrisas y a todas les decía:
-Nosotros te llamaremos, querida.

Pero, ni a Betty ni a Nora las llamaron jamás...y superada la decepción inicial, siguieron siendo tan amigas como antes. 


domingo, 12 de agosto de 2018

DIFERENCIAS.

Daniel había empezado a sentir un extraño ardor en la espalda, un cosquilleo que no lo  dejaba dormir. Como si algo le estuviera brotando ahí, secretamente.
Una mañana, al ducharse, notó que los huesos de sus omóplatos habían engrosado. ¿ Se notaría el bulto a través de la camisa?  Decidió no quitarse la chaqueta en la oficina,  aunque se sintiera incómodo.
Al cabo de una semana, ya no le cupieron dudas. ¡ Le habían crecido alas !
-¿ Qué voy a hacer ahora?  - se preguntaba angustiado- ¿ Como voy a ocultar lo que me pasa?
Sentía verguenza y miedo. Pensaba que la única forma de ser aceptado era parecerse  en todo  los demás...Las personas diferentes eran acosadas y perseguidas.... Se imaginó una turba vociferante que corría tras él por la calle, para encerrarlo después en una jaula.
¡ Nadie tenía que saberlo! 
Ocultar su secreto se trasformó en la prioridad de su vida  y ese esfuerzo lo fue envolviendo una irremediable soledad .
A pesar de su  angustia, la posesión de esas alas lo llenaba de placer. Por las noches, en su dormitorio, se sacaba la camisa y las dejaba desplegarse en total libertad.
Estaban cubiertas de un plumaje blanco que recordaba el de los cisnes y al extenderse, parecía emitir un suave rumor, como el de las hojas del follaje cuando lo atraviesa el viento.
Una noche,  abrió la ventana y presa de un impulso, se lanzó a volar por sobre los techos de la ciudad.
Tiritando de emoción, sobrevoló las calles iluminadas. Lo embargaba una alegría indescriptible, pero al mismo tiempo tenía miedo. Pensaba que si alguien lo divisaba desde algún edificio, podría dispararle solo por el gusto de verlo caer.
Volvió a su dormitorio y se prometió a sí mismo no repetir la peligrosa experiencia. Decidió vivir como una persona corriente, olvidando aquella carga maravillosa que llevaba sobre la espalda y que lo ponía en peligro de ser discriminado y perseguido.
Todas las tardes, al salir de su oficina, tomaba el mismo autobús para llegar a su casa.  Sin querer, empezó a observar a una joven que hacía el mismo recorrido.
No era especialmente linda, pero lo atraía su aire reservado y solitario. A penas se sentaba, abría un libro y todo el trayecto se lo pasaba leyendo, sin mirar a su alrededor.  Daniel podía mirarla libremente y se sentía seducido por ella cada día más. A veces, la muchacha levantaba la vista y sorprendía su mirada, pero en seguida apartaba la vista y continuaba la lectura.
Una tarde, Daniel decidió bajarse junto con ella y seguirla de lejos, sin que lo notara.
Pero, ella se volvió bruscamente y le preguntó:
- ¿ Por qué me sigues?
-Perdona...Quería conocerte... Quizás invitarte a una taza de café.
Ella pareció vacilar, se notaba que dudaba si aceptar o no, pero se sobrepuso y le dijo con sequedad:
- Es mejor que te olvides de mí. Tú y yo somos diferentes.
En seguida entró a un edificio de departamentos y desapareció.
Daniel se quedó parado en la vereda, sintiéndose humillado y triste.
Mientras se dirigía a su casa, se preguntaba:
-¿ Por qué me habrá dicho que somos distintos?  ¿ Habrá adivinado mi secreto?
Más tarde, en su habitación, se quitó la camisa. Las alas se desplegaron con una euforia de libertad y su resplandor blanco iluminó la penumbra.
Pensó que después de todo, había sido mejor que ella lo rechazara. ¿ Como habría reaccionado después, cuando le revelara su secreto?
Abriendo la ventana, se lanzó volando hacia la noche. Le daba lo mismo ya si alguien lo veía y le disparaba. Le resultaba cada vez más difícil soportar una vida de ocultamiento y soledad.
Se dirigió hacia el edificio donde la había visto entrar esa tarde.
Estaba en sombras, solo había una ventana iluminada en un piso alto. ¿ Sería la habitación de ella?
Se sentó en el techo de una casa vecina y decidió pasar ahí la noche.
De pronto, la ventana iluminada se abrió y apareció la joven, envuelta en una bata oscura.
Miró en todas direcciones, como si temiera ser vista y luego dejó caer la ropa que la envolvía.
Dos alas blancas se desplegaron a su espalda.  Permaneció un instante, indecisa y luego se echó a volar.
Loco de alegría, Daniel voló hasta alcanzarla.
Se elevaron sobre la ciudad dormida y vieron que muchas ventanas se abrían y de ellas salían otras personas aladas, que su unieron a ellos  hasta formar una bandada.

Daniel comprendió que había muchos seres diferentes en el mundo y que ya nunca volvería a estar solo.