Bienvenidos a Mi Blog

Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



domingo, 17 de septiembre de 2017

UN ALMA PARA JUAN.

Un día, el alma de Juan le avisó que se iba.
-¿ Por qué?  ¿ Qué te he hecho?- le preguntó él, conmocionado.
-Sencillamente, me tienes cansada. Me harté de tus rencores y de tu amargura.
-Pero ¿ qué voy a hacer ahora ?  Sin ti me  quedaré vacío...
- Lo siento, perdiste tu oportunidad.... ¿ No sabes que en el Infierno hay un lugar para los que desperdician su vida?  Lo dijo El Dante, y él sabía de esas cosas...
-Pero  ¡si eres tú la que me ha hecho ser triste!
-¡ Mentira !  Es ese pensamiento amargo  que te roe como un  gusano. Ya no soporto esta atmósfera tóxica. ¡ Me voy!  ¡Adiós!
Y sin añadir más, le volvió la espalda y se alejó carretera abajo.
Juan quedó consternado. Sentía en el pecho algo parecido a dolor. Pero más que un dolor, era ausencia. Los latidos de su corazón resonaban como los pasos de alguien que camina en una bóveda vacía.
¡ Qué cruel había sido ella al abandonarlo!  ¡ Qué injusta al  no ofrecerle ninguna alternativa!
Pensó que tal vez podría encontrar otra alma que quisiera ocupar el hueco que había dejado la ingrata. Pero ¿ donde?
De pronto tuvo una idea.  ¡Iría al Cementerio!  Ahí andarían rondando las almas a las cuales la Muerte había despojado de sus cuerpos. ¡Seguro que estarían ansiosas de encontrar otro hospedaje!
Traspuso la reja del Campo Santo y se aventuró por una avenida de cipreses.
De pronto, se topó con un grupo de personas reunidas al rededor de una tumba.  Un sacerdote pronunciaba una oración. Por fin, el ataúd descendió a la fosa y los deudos se dispersaron apurados, consultando sus relojes...
Cuando no quedó nadie, Juan se acercó y vio una figura blanca sentada sobre la lápida.
Lloraba sin consuelo y Juan comprendió que era el alma del difunto.
-¿ Por qué lloras?- le preguntó , haciéndose el distraído.
-¿ Como quieres que no llore? - gimió ella - Acaban de enterrar el cuerpo que me albergaba. He quedado sin hogar . No sé a donde ir y tengo frío...
-¡ No te aflijas!- respondió Juan- Mi alma acaba de abandonarme y te ofrezco que ocupes su lugar.
Ella dejó de llorar y lo miró con ojo crítico.
-¿ Tú?  ¿ No estarás un poco viejo?  Mira que no quiero quedarme sin cuerpo otra vez.
-¡ No!- rebatió Juan, ofendido- Me veo un poco  descalabrado por culpa de este vacío que quedó en mi interior. Pero si tú consientes en habitar en mi pecho,  reviviré de inmediato.
El alma aceptó sin mucho entusiasmo y se introdujo en el pecho de Juan. Juntos abandonaron el Cementerio convencidos de haber hecho un buen negocio.
Juan se acostó lleno de optimismo y esa noche durmió sin sobresaltos. Pero al otro día despertó presa de un abatimiento extraño.
Miró por la ventana y vio un cielo gris y pesado como la panza de un dinosaurio echado sobre las ciudad. Sintió que ese mismo peso lo aplastaba quitándole las fuerzas para levantarse.
Una opresión extraña se había alojado en su pecho como si el alma recién adquirida estuviera hecha de plomo. Ansias de muerte lo embargaban. Nunca antes se había sentido así.
Sin saber lo que hacía, cogió un lápiz y se puso a escribir. Quizás encontraría alivio poniendo en el papel lo que sentía...
Pero se detuvo y pensó que no era normal lo que le pasaba.  Y que seguramente tenía que ver con el alma del difunto. Quizás había cometido un error al no averiguar primero sus antecedentes.
Agobiado, salió a deambular por la ciudad y de pronto se le ocurrió volver al Cementerio. Sus pasos lo llevaron junto a la tumba donde había estado el día anterior.
Arrodillada ante ella vio a una mujer que lloraba.
Se acercó despacio y al leer las fechas en la losa, comprobó que el hombre había muerto a los treinta años.
-¡ Como tan joven!-  exclamó en voz alta-  ¿ De qué habrá muerto?
La mujer se volvió a mirarlo extrañada.
-  ¿No lo sabe?   Era un escritor...Sintió que había fracasado y por eso se mató.




domingo, 10 de septiembre de 2017

LA CASA MISTERIOSA.

Todos los días, al volver de su trabajo, María pasaba frente a una casa cerrada.
Se notaba que estaba deshabitada desde hacía tiempo, quizás años antes de que María se fijara en ella.
Las ventanas estaban tapiadas y el césped del ante jardín se notaba mustio. Nadie lo regaba, excepto la lluvia. Algunas valerosas hierbas brotaban entre las baldosas, pero luego morían de sed.
María se sentía atraída por la casa misteriosa, sentía que le recordaba algo, que la llenaba de una melancolía rara. Como si estuviera relacionada en alguna forma con la añorada época de su niñez.
Se detenía cada día frente a la puerta cerrada, confiando en advertir algún signo de vida, algún indicio que le informara que la casa estaba habitada otra vez.
 Un día tuvo una sorpresa. Vio a una viejecita sentada en el umbral. Había sacado una silla hasta la vereda y se entretenía en tejer lo que parecía ser una larga bufanda gris.
Una sonrisa de contento iluminaba las arrugas de su cara y parecía disfrutar serenamente de los rayos del sol.
-¡ Buenos días, señora!- la saludó María- ¿ Ha venido a vivir a esta casa?
- No, he venido a cuidarla. Esta casa es algo muy especial...
-¿ Por qué?- preguntó María, sintiendo que estaba al borde de conocer un misterio.
-¡ Ah!  Porque solo pueden entrar en ella los que sufren una nostalgia insoportable.
-¡ Entonces yo puedo!- exclamó María- Siento en mi corazón un vacío muy hondo que ningún suspiro puede llenar... Solo en los recuerdos del pasado encuentro felicidad...
-Sí- dijo la viejecita- Esa es una buena descripción de la nostalgia...Ven mañana, a esta misma hora y te dejaré la llave de la casa bajo el felpudo.
Esa noche se desveló, llena de ansiedad. ¿ Qué encontraría en la casa misteriosa?
Como era de esperar, encontró lo que más anhelaba:  Su infancia.
Al entrar, vio a su padre leyendo en su viejo sillón, bajo la luz de una lámpara.
Desde la cocina le llegó un ruido de platos y encontró a su madre, que cantaba en voz baja lavando unas tazas en el fregadero.
Al ver entrar a María, la miró sin sorpresa, como si la viera todos los días. Y le sonrió con ternura. María se miró a sí misma y vio que llevaba el uniforme del Liceo.
En su dormitorio todo estaba igual. La muñeca negra sobre la cama. En la pared, el insectario con mariposas.
Sin saber lo que hacía,  presa de una dulce lasitud, se tendió en su cama de niña y se durmió.
Nunca volvió a despertar.
 Las mariposas huyeron del insectario y la muñeca desapareció. Todo se desvaneció y la casa volvió a quedar vacía.
A la mañana siguiente, estaba otra vez la viejita, tejiendo en su silla junto a la puerta. La bufanda se había hecho muy larga y se ovillaba a sus pies, como un gato soñoliento.
Pasó un transeúnte y se quedó mirándola.
- Me gustaría ver la casa- le dijo a la anciana.
-Lo siento. Esta casa es muy especial. Sólo pueden entrar en ella los que sienten nostalgia.
-¡ Entonces yo puedo!- exclamó el hombre- Soy viudo. Mi corazón está vacío de amor y solo me quedan los recuerdos. El pasado es el único consuelo que alivia mi soledad.
-Te dejaré la llave bajo el felpudo.  Si vuelves mañana, podrás entrar.
Al día siguiente, el hombre atravesó el umbral y se encontró con el que había sido su hogar hasta hacía unos meses.
La mujer que amaba y que había muerto, bordaba serenamente bajo la luz de una lámpara.
Al verlo entrar, le abrió los brazos y él corrió a refugiarse junto a su pecho. Una sensación de inmensa paz y reposo, lo envolvió como un manto.
Sin darse cuenta, cerró los ojos y se durmió.
Todo lo que había en el interior de la casa se disolvió como humo y las habitaciones quedaron vacías, listas para recibir a un nuevo visitante.
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Si un día de estos, pasas frente a una casa cerrada, en cuyo umbral teje una viejecita, no te detengas. ¡ No preguntes nada!
Porque en esa casa habita la nostalgia, que corroe los huesos y devora el corazón.




domingo, 3 de septiembre de 2017

TRAVESURAS DE GISELA.

Bueno, yo soy Gisela y esto trata de una travesura mía que por suerte no dejó daños colaterales. Todo lo contrario, ya lo verán...
Resulta que mi hermana Sofía y yo nos vinimos solas a vivir a Santiago. Ella hacía clases de Literatura en un Liceo y yo estaba terminando la enseñanza media.
Parece que nuestros padres le habían encargado mucho que me controlara y la cargante ya se creía un sustituto de mi mamá y no me dejaba vivir ni a sol ni a sombra.
Para hacerle justicia tengo que reconocer que es harto bonita. Pero, tan seria que llega a ser fome. ¡ Ningún novio!  ¡ Nada!  Del trabajo a la casa y dale leer y leer. Unas novelas gruesas que daba sueño de solo mirarlas.  Bueno, es profesora de Literatura. ¡ Que otra cosa se podía esperar!
Un día vino de visita una amiga de ella. Yo estaba tirada en la alfombra, escuchando música. Mejor dicho, fingía escuchar pero estaba atenta a todo lo que conversaban.
La amiga le hablaba de un tal Raimundo, un conocido de ella, que estaba bajoneado por un fracaso sentimental.  Decía que no hallaba como animarlo, que el tipo necesitaba ilusionarse de nuevo y bla, bla, bla.  En resumen, quería que Sofía le pidiera amistad en el Facebook o le mandara un correo, haciéndose la simpática.
 Sofía dijo que no, que ni en sueños. ¡ Claro! Si es muy fome, no les digo yo...
La amiga le dejó un papel con los datos del tipo, pero ella lo botó a la basura apenas se fue.
Por supuesto que lo recogí y me lo llevé a mi pieza. No tenía ni un plan preconcebido, pero sabía que algo iba a hacer...
Me imaginaba un tipo flaco, con cara de galán sufrido . El novio ideal para Sofía. Se iban a juntar dos fomes y seguro que hacían corto circuito y se enamoraban...
En resumen, le escribí y me hice pasar por mi hermana. Le conté todo acerca de ella, pero derrochando la simpatía que me caracteriza. Y debo haberlo hecho bien, porque me contestó al otro día.
Nos escribimos una semana. Me contó que trabajaba en un Banco y que le gustaba mucho leer. Sobre todo clásicos rusos ¡ Puf!  Tal para cual, con Sofía.
Todo iba saliendo bien, hasta que me pidió conocernos. ¡ Cayó la bomba atómica! ¿ Qué podía  hacer?
No se me ocurrió ningún pretexto y quedamos un martes a las l8:30 en un café.
Lo ví de lejos y adiviné de inmediato que era él. Tenía un aire tristón, de perro sin dueño y revolvía el café sin parar, con mirada taciturna. A su lado, había un ramo de rosas amarillas.  ¡Las favoritas de Sofía!   Era una de las cosas que yo le había contado de ella...  Qué buen detalle, pobre ángel...
Pedí un helado y me senté en un rincón. Desde ahí lo miraba y lo hallaba regio. Flaco y con lentes. Pinta de intelectual...¡ Lo que se estaba perdiendo Sofía!
Decidí acercarme y hablarle. Me miró alelado.
Le dije que era la hermana de ella, que Sofía no había podido venir, pero que le iba a escribir explicándole.
Suspiró entre aliviado y melancólico y me tendió las rosas.
-Eran para ella ¿ se las puedes llevar?
Llegué a la casa bien tarde. Sofía estaba furiosa.
-¿Donde andabas, se puede saber?
Le tendí las rosas como ofrenda de paz.
- Te las manda Raimundo.
Para qué les cuento la que se armó cuando le conté lo que había hecho.
-¡ Por favor, por favor, perdóname!  No soporté que no quisieras conocerlo. Tienes que consolarlo, de verdad que está con un bajón...Y es tan guapo, no te imaginas.
Al principio no quiso saber nada, pero días después me pidió los datos de Raimundo.
No sé lo que le escribió, pero en la tarde llegó apurada del Liceo. Se puso su mejor vestido y se pintó los ojos. ¡ Ella pintándose, cuando generalmente se lava la cara y cree que con eso ya está todo hecho!
Bueno, para resumirles el cuento, cuando volvió venía radiante. Y traía otro ramo de rosas amarillas, más grande que el anterior.
Traté de sacarla del trance diciéndole que tenía hambre, pero no me contestó y se fue a su dormitorio , medio bailando y sonriendo como tonta.

Me di cuenta de que tal como se pintaba la cosa, esa noche no habría comida. Así es que me fui a la cocina y me preparé un sandwich.


domingo, 27 de agosto de 2017

EL ULTIMO AMOR DE JOSE.

Ser viejo y ser pobre es lo peor que le puede pasar a uno, meditaba José, frente al espejo, mientras se afeitaba.
Una telaraña de finas arrugas le rodeaba los ojos y su boca parecía que estaba entre paréntesis.  Dos surcos la rodeaban y aunque él no lo habría reconocido, era la amargura constante la que los había marcado en su cara, a través de los años.
Sentía que la Vida le había pasado por el lado, saludándolo apenas, con una inclinación de cabeza y una mirada esquiva.
Y el Amor, que dicen que es como una rosa perfumada que se abre...En su caso se había marchitado sin abrirse jamás.
Había tenido una sola ilusión: Margarita.  Pero nunca se había atrevido a declararse...Era tan pobre ¿ Qué  le podía ofrecer que no fuera una vida de estrecheces?
Sin embargo, muchas veces había creído que ella lo miraba con afecto. ¿ Sería tiempo todavía?  Dicen que nunca es tarde para amar...
Ella vivía a pocas cuadras de su casa y decidió ir esa tarde a verla , a la hora que volvía del trabajo.
Se vistió con esmero. Camisa blanca y su corbata azul de las grandes ocasiones. ( Funerales, casi siempre. Estaba en la edad en que los amigos empiezan a aparecer en el obituario...)
Se vio en el espejo y notó que la esperanza le iluminaba la cara, rejuveneciéndolo.
Inspeccionó su billetera con cierto pesimismo.   Siempre tan flaca, que parecía anoréxica. Y era cierto que todo lo que comía, lo vomitaba de inmediato...
Vio que le alcanzaba para un ramo de flores. De margaritas, que eran baratas y además llevaban el nombre de ella. ¡ Seguro que le gustarían!
Con el ramo apretado contra su pecho, se dirigió a verla. Cuando le faltaba media cuadra para llegar, vio a un hombre muy elegante, que tocaba el timbre de la puerta. Llevaba un ramo de rosas rojas envueltas en celofán.
A José le llegó el perfume y pensó que para él, olían como una corona fúnebre.
Escondido tras un árbol, vio abrirse la puerta. En el umbral apareció Margarita, más linda que nunca.
Sonriendo, tomó las rosas .
-¡Espérame un momento!-  le dijo al galán- Las pondré en agua y nos vamos en seguida.
Pasaron por el lado de José. El hombre lo rozó sin querer y le dijo con gentileza:
- ¡Disculpe, abuelo!
Margarita no lo reconoció o fingió que no lo veía...
José miró su triste ramo que ya parecía marchito. Sin saber qué hacer con él, se sacó la corbata y lo amarró en los barrotes de la reja.
Un dolor agudo le atenazó el corazón. Pensó que era el preludio de un infarto.
-¿ Qué me queda ahora sino esperar  a la Muerte? suspiró José y se sentó en un banco del parque. Las hojas secas se desprendían de las ramas y caían a sus pies.
Al rato, vio llegar a una mujer muy linda que se dirigía hacia él y le sonreía desde lejos.
-¿ Me esperabas a mi?- le preguntó con coquetería.
-La verdad es que no. Esperaba a la Muerte.
-¿ Y quién crees que soy?
-¿ Tú?  Pero si eres tan joven y tan bonita...
-Yo nunca envejezco, como comprenderás.   ¿ Y por qué no iba a ser linda?  ¿ Acaso no es linda la Vida?  Y las dos somos hermanas gemelas...
Lo tomó suavemente del brazo y juntos caminaron por la vereda mojada, mientras los últimos resplandores del sol se perdían en el ocaso.


domingo, 20 de agosto de 2017

POBRECITA CENICIENTA.

Marcos se quedaba hasta tarde en su despacho de abogado, revisando con calma los procesos pendientes.
A las seis, el edificio empezaba a vaciarse. Se iban apagando las luces de las oficinas y el silencio solo era quebrado por la llegada del personal de aseo.
Era un pequeño ejército de mujeres que hacía su entrada en los pasillos arrastrando sus carritos cargados de escobillones.
Marcos ya conocía de lejos a la mujer que hacía el aseo en su piso.  Una mujer gorda y ceñuda que, a pesar de la prohibición de fumar, trabajaba con un cigarrillo colgado de una comisura de su boca.
Por eso le extrañó, ese Lunes, ver avanzar por el pasillo una figura juvenil. La luz del techo daba de lleno sobre una melena de pelo castaño.
Al acercarse a él, mostró una cara agraciada, roja por el esfuerzo de arrastrar el pesado carro.
-¿ Y tú, quién eres?- le preguntó Marcos, con curiosidad.
-Soy Miriam, señor. Estoy reemplazando a mi tía que pidió licencia médica.
Al día siguiente, dejó ex profeso su puerta abierta para escucharla avanzar hacia su oficina.
-¡ Pasa, Miriam!  Yo salgo enseguida.
Ella entró, muy seria y se puso a vaciar los papeleros.
El miraba de reojo sus piernas enfundadas en medias oscuras, tratando de adivinar las formas de su cuerpo bajo los pliegues del guardapolvo. Observó que llevaba unos zapatitos de medio taco, no aptos para ese trabajo tan rudo.
Al fin, no tuvo más remedio que tomar su abrigo y abandonar su oficina para que ella la limpiara con libertad.
-¡ Qué bonita es!- pensaba mientras se encaminaba al estacionamiento- ¡ Y que pena que no le tocara una suerte mejor!
Sin saber como, le vino una idea a la cabeza y exclamó a media voz:
-¡Pobrecita Cenicienta!
Al día siguiente, esperó su llegada con impaciencia.  Y cuando ella se detuvo en el umbral, la invitó a entrar y le propuso que se sentara y  tomara un respiro.
Ella no quería, pero al final aceptó y con un suspiro de cansancio se dejó caer en una silla.
-Y tu tía ¿ como está?- le preguntó él, para incitarla a hablar.
-Está mejor, señor. Es una gripe, nada más.
-¡ Ay!  No me digas señor, que me haces más viejo de lo que soy. Dime Marcos  ¿quieres?
Ella enrojeció y se quedó callada.
Marcos había encendido la radio y se escuchaba un tema bailable.
-¿ Por qué no te quitas ese guardapolvo tan feo?   Ven, vamos a bailar un poco.
La tomó por la cintura y la hizo deslizarse sobre la alfombra, al ritmo de la música.
Al verla cohibida, se rió por lo bajo, con ternura burlona y le dio un beso en la frente. Después, empezó a besarla en la cara y en el cuello y su mano se cerró sobre su pecho. Trató de empujarla hacia el sillón.
Ella lanzó un grito y de un empujón, se  zafó de sus brazos.
Salió corriendo de la oficina y se precipitó por la escalera. Iba llorando con sollozos roncos y desgarradores.
Al bajar, uno de  sus tacos se enredó en un peldaño y se quebró con un chasquido seco.
Lo dejó ahí y continuó la huida, cojeando.
Al llegar a la calle, vio que llovía. Arrojó el otro zapato en un charco y quedó descalza en la vereda.  Miró hacia atrás y notó con alivio que el hombre no la había seguido.
Vio pasar un taxi y lo detuvo, sin pensar siquiera si le alcanzaría el dinero para pagar el recorrido.
Iba llorando, acurrucada en un rincón.  El chofer, que la había visto parada en la vereda sin zapatos  y con cara de susto, adivinó que le había pasado algo y al llegar a destino, no le quiso cobrar.
Mientras, Marcos había quedado parado en medio de la oficina. No se decidía a ir tras ella porque daba por fracasada la aventura.
Pero, al fin, se encaminó hacia la escalera por donde la había escuchado correr.
En un peldaño, vio abandonado el zapatito roto.
Lo tomó un instante, dándolo vuelta entre sus dedos, con una mezcla de compasión y de vergüenza.

Pero, se repuso en seguida y de vuelta en su oficina, lo arrojó al primer basurero que encontró. 


domingo, 13 de agosto de 2017

SE LLAMABA MARIA.

Se llamaba Maria y era, sin duda, la más linda del pueblo.
Algún cursi que se las daba de intelectual, la bautizó Maria la Bella, por el personaje  Remedios la Bella, de Cien años de soledad.
¡ Pero sin duda se merecía el apodo!
Era alta, de piel blanca y cabello oscuro. Su pecho ideal era como la proa de un barco que fuera cortando las olas del aire. Sus movimientos eran pausados y ondulantes, también como los de un barco que se aproxima al puerto. Y a cada paso, sus caderas se mecían con un vaivén que los dejaba a todos sin aliento.
La eligieron Reina de la Primavera en el Carnaval que organizaba un club de beneficencia.  La sentaron en un trono sobre un escenario y un señor bajito que se creía poeta, le recitó unos versos ensalzando su belleza.
Ella sonreía con aire ausente, tomando los homenajes con auténtica naturalidad y de vez en cuando levantaba su brazo muy blanco y saludaba al público. Una verdadera reina no lo habría hecho mejor.
Manuel la miraba arrobado. Y se preguntaba de nuevo a qué mérito suyo le debía la extraordinaria suerte de que ella le permitiera ser su escolta.
¿ Por qué, si  era indudable que apenas lo veía y que le era totalmente indiferente?
Tal vez ella se daba cuenta de que la admiración de Manuel era respetuosa y humilde y que jamás se atrevería a hacerle pasar el bochorno de una declaración de amor.
  La acompañaba a Misa los Domingo y a la salida, María , con un gesto majestuoso, le tendía su librito de oraciones para que él se lo llevara.
Daban dos vueltas a la Plaza. Ella surcaba el aire cargado de murmullos de deseo...El la seguía solícito, como un paje a su reina, sintiendo como la envidia y los celos  de los demás hombres los hacían querer verlo muerto.
Los Miércoles, María la Bella iba a clases de danzas folklóricas con una profesora que viajaba desde la Capital.
Manuel la esperaba afuera y al salir, ella, con su ademán mudo y soberano, le tendía el envoltorio de sus zapatillas de baile.
¡ Días felices de muda adoración!  Para Manuel, María era como la luna, dorada y rutilante y él, una estrella humilde que la escoltaba sosteniendo su manto.
Pero un día estalló el escándalo que sacudió al pueblo como un terremoto.
Se supo que María la Bella había sido la amante del alcalde durante todo ese tiempo y ahora estaba preñada.
Un cuchillo atravesó el corazón de Manuel y de  golpe comprendió el triste papel que le había correspondido a él en el sórdido asunto.
Dos semanas después, en la Misa del Domingo, el cura leyó las amonestaciones del matrimonio de María.
¡ Se casaba!  No con el alcalde, por supuesto. El llevaba casado muchos años...
El nombre del novio les resultó a todos desconocido.
Era un forastero de algún pueblo vecino. El alcalde le había comprado un camión para que trabajara en el transporte de abarrotes. A cambio, él se haría cargo de María....
El día de la boda, ella entró a la iglesia, distante y majestuosa .  A pesar de su triste situación, caminó altiva entre la gente del pueblo, como una reina entre sus vasallos.
Llevaba una túnica de pálido color rosa y una corona de flores le sostenía el velo.  Era la imagen viva de la primavera, cargando en su vientre el fruto que maduraría en verano...
En el altar la esperaba el novio, de pulcro traje azul, regalo del alcalde, sin lugar a dudas.
Ella apenas lo miró y muchos dijeron que bajo el velo le corría el llanto. Otros dijeron que era el alcalde el que se secó una lágrima, cuando la pareja pasó junto al banco que él ocupaba con su esposa.
Lo cierto es que nadie se quedó sin hacer un comentario.
Oculto tras un pilar de la Iglesia, Manuel sentía que su corazón se rompía en pedazos y le extrañaba no ver un charco de sangre creciendo al rededor de sus pies.
La pareja se fue a vivir en una casita en las afueras del pueblo. Se supo que el niño había nacido, pero a María la Bella nadie la había visto desde el día de su boda.
Luego un día corrió un nuevo rumor.
El transportista de abarrotes había desaparecido llevándose su camión. Una noche salió del pueblo sigilosamente y no volvió más. Total, ya había cumplido su compromiso con el alcalde...
Una tarde, Manuel divisó a María en la plaza, empujando un cochecito.
Le flaquearon las piernas de emoción y al principio no se atrevía a acercarse. Pero luego, sacando fuerzas de su maltrecho corazón, se puso a caminar a su lado en silencio.
Ella lo miró de reojo y sonrió apenas. Luego, extendiendo su blanco abrazo en ademán de reina, le tendió algo para que se lo llevara.

 Ya no era  ¡ Ay!  el librito de oraciones. Ya no el envoltorio con las zapatillas de baile...Era una bolsita celeste que contenía un biberón.