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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



domingo, 19 de febrero de 2017

VOLVER A SOÑAR.

Marcos llevaba semanas sintiéndose mal. Aunque dormía toda la noche, le parecía que no descansaba y al amanecer su cuerpo y su mente estaban tan agotados como al final del día anterior.
Pidió una cita con el médico. Este, después de examinarlo y de no encontrarle nada físico, le dio un somnífero suave y lo hizo dormir en un sillón de su consulta.
Cuando despertó, Marcos notó que el médico le había rodeado las sienes con una banda de goma conectada a una máquina eléctrica. Supo que había estado midiendo sus ondas cerebrales.
Al término del procedimiento, el médico le dijo:
-Lo que pasa, Marcos es que usted no sueña. Y los sueños son imprescindibles para que su mente descanse.  ¿ Desde cuando está así?
Marcos reflexionó y notó que  hacía tiempo que no recordaba haber soñado nada.
La última vez ...¡ah!..  ¡ Había sido algo muy extraño!  Al despertar creyó ver a un hombre alto y flaco que salía de su dormitorio cargado con una maleta.  Medio dormido aún, lo vio desvanecerse en la claridad difusa del amanecer.  ¿Y si ese hombre realmente existía y era un ladrón que  robaba los sueños ?
Pensó que él no era el único al que le pasaba eso. En el Metro había notado que todos iban con mala cara, como si se hubieran levantado agotados. La gente tenía una expresión amarga y hostil. Nadie miraba a nadie , ninguno saludaba. Todos parecían haber olvidado sonreír.
¡ Tenía que ser eso! Que la gente ya no soñaba...¡ Por eso todos se sentían tan mal!
Empezó a buscar por las calles al ladrón de los sueños. Seguramente recorría la ciudad en la noche, cuando la gente dormía. ¡ Tenía que atraparlo antes de que siguiera cometiendo su delito!
Ya había perdido la esperanza de hallarlo, cuando una tarde en el Metro, vio a un señor gordo que roncaba, apoyado contra la ventanilla. A esa hora el vagón iba lleno de gente cabizbaja y nadie más que Marcos notó al hombre flaco que se abría paso hacia el asiento del dormilón.
En una mano llevaba una maleta y en la otra blandía unas tijeras .
Se inclinó sobre el pasajero dormido  y con rápidos chasquidos empezó a cortar una especie de cinta sedosa que rodeaba su frente.  ¡Eran sus sueños!
Los echó rápidamente en la maleta, luego se abrió paso a empujones hasta la puerta y se bajó.
Marcos descendió tras él y empezó a seguirlo sin que el ladrón lo notara.
Lo vio entrar en una casa vieja y sombría y se acercó a espiarlo por una ventana.
Lo vio abrir la maleta y guardar su contenido en un armario grande que ocupaba casi toda la pared.  Luego volvió a salir y se perdió por una calle, seguramente para continuar su tarea.
Cuando  lo vio perderse a lo lejos, Marcos empujó con fuerza la puerta desvencijada y ésta cedió bajo su peso.
Se encontró en la habitación en penumbra y se dirigió al armario. Vio que tenía numerosos cajones, cada uno con un rótulo:
Sueños fantásticos.  Sueños tristes.  Sueños de amor. Sueños infantiles.
¡ Ah! ¡ Qué tesoro había allí!  Pensó llevarse algunos  sueños de amor...También sueños infantiles... ¡Hacía tanto tiempo que su mente no se deleitaba con algo así!
Pero luego comprendió que estaba siendo egoísta. Que debía pensar en las otras personas también.
Abrió los cajones y tomó a puñados la materia sedosa que contenían. Solo los sueños tristes los dejó encerrados, por más que pugnaban por salir de su prisión.
Se le pegaban en los dedos, como ese algodón rosado que comía cuando era niño.  Pero logró abrir la ventana y liberarlos a manos llenas sobre la ciudad.
Lo sueños flotaron un momento en el aire y luego subieron...¡ subieron en un vértigo dichoso sobre los techos y se perdieron en la noche buscando a la gente que dormía !
Marcos reservó algunos  para él.  Al llegar a su casa, los guardó bajo la almohada y se acostó feliz.
 Estaba seguro de que al otro día vería caras alegres en las calles y en el Metro. Las personas que antes se cruzaban  o viajaban juntas diariamente sin siquiera mirarse, ahora se saludarían, conversarían unos con otros y se dirían:
-¡ Qué lindo sueño tuve anoche ! ¿ Te lo puedo contar? 



domingo, 12 de febrero de 2017

DULCE SAN VALENTIN.

Florencia tenía miedo de que llegara San Valentín y pasara como un día más, sin traerle el amor que soñaba.
Hacía días que se deleitaba imaginando que Juan le mandaba una tarjeta. Era grande, con rosas rojas y al abrirla, tocaba una canción romántica. O bien, llegaba un mensajero del Mall trayendo un enorme oso de peluche envuelto en celofán. -¿ La señorita Florencia?  -preguntaba- Esto se lo manda Juan.
Estaba consciente de lo difícil que sería que sus sueños se realizaran, porque Juan ni siquiera sabía que ella existía, aunque vivían en la misma cuadra.
Todas las tardes, ella se sentaba a leer en un banco de la Plaza vecina para verlo pasar en bicicleta.
Pedaleaba airosamente y sus rizos castaños se escapaban del casco y volaban al viento. Ella fingía estar absorta en la lectura, pero nunca pasaba de la primera página...Y eso que le fascinaban las novelas de Jane Austen.
En su imaginación, Juan detenía su bicicleta frente a ella y le preguntaba:
-¿ Qué estás leyendo?
-" Orgullo y prejuicio."
- El  título me parece muy bueno.
-¿ Por qué dices eso?
- Porque el orgullo y los prejuicios son como la borra en el café del Amor.
El diálogo variaba según el libro que estuviera leyendo Florencia, aunque siempre eran de Jane Austen, naturalmente...
- Y ahora ¿ qué lees?
-" Sensatez y sentimiento"
-Mmm ¡ Qué título tan contradictorio!
-¿ Por qué lo crees ?
-Porque el Sentimiento es un loco y la Sensatez es su camisa de fuerza...
Y así se entretenía imaginando diálogos en los cuales Juan siempre  lucía una pirotecnia intelectual digna de un buen lector...aunque ella nunca lo había visto con un libro en la mano.
Para colmo, en las últimas semanas  le había aparecido un nuevo admirador al que no quería ver ni en pintura. Era Javier, un gordito ingenuo  al que parecían no entrarle las balas de su desprecio.
A todas horas se lo encontraba y él siempre fingía un encuentro casual.  Y cuando la veía, echaba mano al bolsillo y sacaba una bolsita de calugas:
-¿ Te sirves?
Un par de veces la había invitado al cine y ella nunca había aceptado. ¿ Como arriesgarse a que Juan la viera con él y desistiera de invitarla?
En la Biblioteca también se encontraba con el gordito. Al principio pensó que la seguía y le dedicó una mirada feroz, pero luego notó que le gustaba la lectura. Lo vio entusiasmado con un libro de Salinger y aunque Florencia sabía que era un buen escritor, cuando él se lo recomendó, le hizo un mohín desdeñoso.
  Javier no se dió por ofendido y sonriendo, le alargó la bolsita de calugas:
-¿ Te sirves?
- Con razón está tan gordo-rezongaba Florencia y le daba mucha rabia que fuera él quién le demostrara interés, mientras el dueño de su amor pedaleaba airoso, con sus rizos al viento sin concederle más atención que a un accidente topográfico.
La víspera del Día de San Valentín pasó varias veces frente al banco donde Florencia fingía leer y a ella le pareció que la miraba de soslayo...¿ No sería que estaba interesado y sólo fingía indiferencia para incentivar su amor?
A las once de la mañana del 14 de Febrero sonó el timbre.
¡Era un mensajero que le traía un paquete envuelto en papel plateado!
En su dormitorio, lo desenvolvió ansiosa y vio que era una caja de chocolates en forma de corazón. Traía una tarjeta que decía:  ¡ Me has conquistado y  te entrego mi amor !  Firmado : J.
¡ " J" de Juan, naturalmente! 
Florencia apretó la caja contra su pecho. ¡ Por fin su sueño se hacía realidad!
Todo el día lo pasó entre nubes y al atardecer se peinó y se perfumó para ir a la plaza.  ¡Seguro que él la estaría esperando!  Junto con su libro llevaba la caja de chocolates, para que él viera cuanto la había apreciado...
Escuchó la campanilla de su bicicleta y sintió que se le paraba el corazón. Pero él pasó de largo como si no la hubiera visto.
Al mismo tiempo vio avanzar por la vereda la voluminosa figura de Javier. Se dirigió a ella con una sonrisa ufana que abultaba como nunca sus mofletes colorados:

-¡ Qué bueno que trajiste los chocolates, Florencia! ¡ Tenía unas ganas de probarlos! 


domingo, 5 de febrero de 2017

ANSIAS DE VIVIR.

Marina era feliz como nunca antes. Hubiera querido vivir eternamente, para disfrutar de su amor. Edmundo se había convertido en poco tiempo, en lo más importante de su existencia.
Antes de conocerlo, se sentía a menudo triste y sin entusiasmo. Pero cuando lo vio y sus miradas se cruzaron, una ráfaga de alegría arrebató su corazón y lo elevó como una cometa, más arriba de las nubes.
¡ Y qué suerte, qué suerte que él también se hubiera enamorado!
Eso iba pensando mientras se dirigía muy temprano a su trabajo. Sonreía sin darse cuenta y mucha gente le devolvía el gesto, pensando tal vez que la conocían o sencillamente porque se alegraban de ver sonreír a alguien a esa hora de la mañana.
Al pasar frente a una Iglesia, sintió un vehemente deseo de entrar a darle gracias a Dios por su buena suerte.
Se arrodilló frente al altar mayor y estuvo rezando durante unos minutos. Sin querer, se fijó en una puerta vieja y herrumbrosa que había a un costado del altar y en la que nunca había reparado antes.
-¿ Ha estado siempre ahí?- se preguntó, intrigada.
 La empujó suavemente y la puerta cedió al contacto de su mano.
Quedó sobrecogida al encontrarse en un recinto muy grande, sumergido en una especie de penumbra azul. Allí no había imágenes sagradas ni reclinatorios. Solo grandes mesones sobre los que ardían miles de lamparitas. Eran vasos de vidrio conteniendo aceite, sobre el que flotaban mechas encendidas. En algunos, el aceite estaba casi al tope . En  otros, apenas quedaba un resto y la llama empezaba a extinguirse por falta de combustible.
-¿ Qué es ésto?- exclamó Marina en voz alta- ¿ Qué serán todas estas lámparas?
-Cada una es la vida de una persona- replicó una voz a sus espaldas.
Era un monje muy anciano el que hablaba y su expresión era serena y bondadosa.
-Entonces ¿ está también la mía?
-Por supuesto que sí. Cada mesón representa un año. Busca el que corresponde al de tu nacimiento y seguro que la vas a encontrar.
La dejó sola y Marina empezó a recorrer el enorme recinto hasta que localizó al fin su lámpara. Angustiada vio que le quedaba poco aceite.
-Pero ¿ como?  Eso quiere decir que voy a morir pronto...Y yo, que lo único que quería era vivir junto a mi amor el mayor tiempo posible... ¡ No puedo aceptar algo tan cruel!
Sin querer, se fijó en el vaso contiguo al suyo y vio que estaba lleno de aceite hasta el borde.
  Titubeó un momento, pero luego cedió a la tentación y  lo tomó.  Solo quería sacar unas gotas, pero, al escuchar los pasos del monje hizo un movimiento brusco y sin querer, vació casi todo el contenido en el suyo.
-¿ Qué haces, niña?- le reprochó el anciano- ¿ Estás robando la vida de otro?
-¡ Lo siento!   Quería un poquito de aceite, nada más...¡ Ansío tanto vivir!   Ahora que he encontrado el amor, necesito más tiempo para disfrutarlo junto al hombre que amo...
-¿ Y no miraste el nombre de la persona a quién estabas despojando?
-No se me ocurrió...
-¡ Ahora puedes mirarlo!
-¡ Edmundo! -gritó ella aterrada  -¡ No puede ser!  ¿ Qué hice, Dios mío?
El monje la miró con severidad.
-¡ Por favor!  Ayúdeme a devolver el aceite...¡ Quiero que él viva!   No me importa morir yo.
-Lo lamento. Ya no es posible deshacer lo que hiciste.
Marina escapó llorando a gritos. Salió corriendo de la Iglesia. La desesperación y el horror  la aniquilaban.
-¡ No puede ser! ¡ No puede ser!   Edmundo, mi amor... ¿ Qué hice?
Iba llorando por la calle y la gente la miraba sorprendida. Otros se reían, creyéndola una loca.
Se detuvo y quiso volver sobre sus pasos. ¡ Necesitaba hablar con el monje ! Tenía que haber alguna forma de remediar lo que había hecho...
Entró en la Iglesia y buscó la puerta que conducía al recinto secreto. Pero fue inútil. Junto al altar mayor únicamente había un muro sólido.
-¡ Entonces quiere decir que soñé despierta! - exclamó, esperanzada-  Nada de eso sucedió. Todo fue fruto de mi imaginación.
   Se había hecho tarde y en lugar de ir al trabajo, tomó un taxi para llegar pronto al departamento que compartía con Edmundo.
-¡ Mi amor!  ¿ Donde estás?- gritó desde la puerta - Tenía tantas ganas de volver a verte...
Lo encontró sentado en un sillón, con aspecto abatido. Ni siquiera levantó la cabeza al oírla entrar.
-¿ Qué te pasa, mi amor?  ¿ Qué te preocupa?
-Ha pasado una cosa terrible- le respondió él, con voz alterada- Yo me sentía muy sano....Pero esta mañana me pidió el médico que fuera a su consultorio...Tenía el resultado de mis exámenes. Me dijo la verdad, sin miramientos...Estoy muy enfermo.  Me quedan apenas seis meses de vida.



domingo, 29 de enero de 2017

VENGANZA DE MUJER.

Marta se veía a si misma sentada en la orilla de la Vida, como al borde de un muelle, mirando pasar los barcos a lo lejos.
Tan lejos, que no podrían ver las señas que ella les hacía y no se detendrían jamás.
Sus días eran grises como puñados de arena arrojados por sobre el hombro. Daba lo mismo si era Lunes o Jueves... Nada rompía la monotonía de su existencia.
¿ En qué momento había desechado las inútiles ilusiones y aceptado la soledad?
Tenia la costumbre de subirse a los buses y hacer todo el recorrido hasta el terminal. Se iba con la frente pegada al vidrio de la ventanilla, mirando como los colores del ocaso teñían la mole de la ciudad.  Luego se encendían los faroles y disminuía la gente en las calles. Era la hora que más le gustaba, cuando el día tocaba a su fin.
Pero una de esas tardes muertas, la Casualidad le ofreció un festín a su corazón ávido de aventuras. ¿Como rechazar la oportunidad de vivir una vida más interesante que la suya?
Iba, como siempre, sentada en el bus, mirando a las personas que la rodeaban. Le gustaba imaginar sus historias, suponerles dramas o existencias felices . Y así se le iban las horas, hasta que caía la noche y se bajaba en el paradero cercano a su casa.
Pero esa tarde fue distinto. Sintió que alguien la miraba a ella. Algo parecía tirarla con fuerza hacia atrás, hasta que volvió la cabeza y lo vio.
Era un hombre que la miraba fijamente con expresión extraña. Como si estuviera mirando a un fantasma y no supiera si acercarse o pararse y salir huyendo.
De pronto, cesó su lucha y se levantó del asiento, acercándose a ella.
-¡ Elena!..¡ Elena! ¿Es posible que seas tú?
-No, no es posible-le habría dicho con sorna- Porque me llamo Marta y no te he visto en mi vida.
  Pero decidió guardar silencio y quedarse a la expectativa.
El se sentó a su lado e intentó tomarle la mano. Ella la retiró asustada.
-¡ Elena!  ¡ Cuantos años llevo buscándote!  Fui varias veces a tu pueblo a preguntar por tí, pero siempre me decían los  mismo. Que te habías ido y no sabían donde...
El cerebro de Marta trabajaba febrilmente. No sabía si estaba pisando terreno peligroso, si el hombre era un delincuente...Pero algo en sus ojos cargados de ansiedad la convencía de que era sincero y lo novedoso de la situación le producía un grato cosquilleo.
Para tantear la situación, se le ocurrió preguntarle:
-¿ Y como me reconociste?
- Has cambiado un poco, es cierto- dijo él- pero tus ojos son los mismos. ¿ Y acaso no he cambiado yo también?
Marta guardó silencio, en espera de lo que venía, pero no supo qué recuerdo triste de su propia vida le arrancó una lágrima.
El la miró consternado y trató de nuevo de tomar su mano.
-Elena ¡Ya sé que es difícil que puedas perdonarme!  Te abandoné como un cobarde...Pero  créeme que he pagado con creces lo que te hice...¡No sabes cuanto he sufrido!
Lo dejó hablar y de a poco, la historia de Elena se fue aclarando en su mente.
¡ Así es que la había abandonado por otra y ahora imploraba su perdón !  ¡ Cínico!  ¡ Más que cínico!
¡Como todos los hombres, no más...!-pensó con rabia- ¡Pero el daño que le hiciste a Elena me lo hiciste también a mí y no creas que lo vas a borrar con ruegos y promesas!
A esas alturas, se sentía totalmente identificada con Elena y un ramalazo de rabia y de dolor la estremeció, haciéndoloa prorrumpir en sollozos.
- ¡ Me pasé años llorando sin poder aceptar tu abandono! Perdí mi juventud añorándote, sintiendo que no podía amar a otro que no fueras tú...
Le dió un empujón y trató de pararse del asiento, pero él la retuvo implorante:
-  ¡Elena, no me dejes ahora que te he encontrado!  ¡ Aún es posible rehacer nuestras vidas!
 Marta volvió a sentarse pensativa, maquinando un desquite y el hombre la miró esperanzado.
Lo dejó que se engañara y sonrió débilmente, entre sus lágrimas.
El bus se detuvo en el terminal.
Ambos se bajaron y él llamó a un taxi que pasaba.
-¡ Gracias, querida, gracias!   ¡Vas a ver como todo va a cambiar!
 ¡-Quiero irme a mi casa- dijo ella- Mañana seguiremos hablando.
Dio una dirección falsa y solo le permitió que la dejara en la esquina, con el pretexto de no darle que hablar a los vecinos.
-¿ Puedo venir a buscarte mañana, mi amor?
-Sí. Ven a las seis. ¡ Te estaré esperando!
Cuando lo vio perderse en las sombras, se dirigió tranquilamente al paradero de buses y tomó uno en dirección a su casa.
Esa noche durmió sin necesidad de somníferos.

 En la oscuridad de su pieza, le sonrió a Elena. Sintió que la había vengado. A ella y a todas las mujeres del mundo. 

domingo, 22 de enero de 2017

LA GIOCONDA EN PARIS.

Una mañana, el guardia del Louvre que recorría las galerías comprobando que todo estuviera en orden, se detuvo atónito frente al retrato de la Gioconda.
¡Ella había desaparecido!
No era que hubieran robado el cuadro, no. Estaba ahí mismo, tras la protección del cristal, pero vacío. Solo quedaban los árboles sombríos y las colinas difuminadas que  habían servido de fondo...Era ella la que había desaparecido sin explicación.
La noticia se viralizó en cuestión de minutos y cientos de personas se agolparon frente al Museo.
Se daban cuenta de que habían perdido la sonrisa más hermosa del mundo y suspiraban, consternados.
¿ Y donde estaba ella, mientras tanto?
Agobiada por la nostalgia, después de siglos de inmovilidad,  se había escapado para buscar a su creador.
Vagaba por París, que era la última ciudad donde habían estado juntos. Pero, la  encontraba tan cambiada que se asustó.
Enormes máquinas recorrían las calles rugiendo y haciendo sonar bocinas estridentes.
 Se vio empujada y zarandeada por una multitud que corría como si en ello le fuera la vida. Nadie la miraba ni se detenía a preguntarle si estaba perdida.
Cayó la noche y disminuyó el flujo de gente, pero se encendieron miles de luces que la cegaban.
-Leonardo, Maestro...¿ donde estás?- susurró en voz baja y cubriéndose la cara con las manos, se puso a llorar.
Siguió caminando sin mirar y chocó con alguien. Por un segundo, su frente entró en contacto con el pecho de un hombre.
-¿ Leonardo?- preguntó esperanzada.
Alzó la vista y vió a un hombre joven que la miraba sin entender.
-¿ Estás perdida?  ¿ Buscas a alguien?
Un automóvil que pasó zumbando envolvió a  la Gioconda en la luz de sus faros y él la reconoció.
-¡ Dios mío!  ¡ Eres tú!
Ella asintió en silencio y al ver su expresión de asombro y de admiración, sonrió entre sus lágrimas. Su sonrisa inefable, apenas esbozada, dejó al hombre hechizado.
-Gioconda ¿ qué haces aquí?  Todo el mundo te anda buscando...¿ Por qué te escapaste?
  -Vine a buscar a Leonardo. No quiero seguir viviendo sin él.
-Pero ¡ si murió hace siglos!  ¿ Acaso no lo sabes?
-¿ Y como iba a saberlo yo?  Llevo una eternidad prisionera en ese cuadro, sonriendo sin descanso mientras mi corazón lloraba...¿ Y dices que ha muerto? ¿ Qué va a ser de mí ahora?
-Vente conmigo. Está oscuro y hace mucho frío.
Se sacó su chaqueta, algo vieja y se la puso sobre los hombros.
La condujo a una pieza que arrendaba como taller. Porque era un pobre pintor que se ganaba la vida como podía, soñando siempre con el éxito y la fama.
La hizo acostarse en su cama estrecha y él se sentó en un sillón.
La Gioconda se durmió llorando y el se desveló mirándola.
Recordó de que, según la leyenda, Leonardo nunca quiso dar por terminado el cuadro, con tal de no entregárselo al marido de ella, quien se lo había encargado... 
Y pensó que seguramente era cierto lo que decían.  ¡El tampoco la habría entregado jamás !
La Gioconda se quedó en el taller y se acostumbró a sentarse a su lado en silencio, mirándolo pintar.
El quería hacerle un retrato y le suplicaba que sonriera, pero ella, entre sonrisa y sonrisa, no hacía más que suspirar.
Se notaba triste y el mágico resplandor de su cara parecía ir extinguiéndose, como la llama de una bujía.
Una noche, tratando de distraerla, él encendió el televisor.
Quiso apagarlo en seguida, cuando vio la imagen que transmitía, pero ya eras tarde. Ella había alcanzado a ver la multitud de gente agolpada a las puertas del Louvre.
- Aún se ignora el paradero de La Gioconda- decía el locutor- El cuadro más famoso del mundo está ahora vacío. La mujer cuya sonrisa misteriosa ha encantado a generaciones,  ha desaparecido sin dejar huellas.
La cámara recorrió los pasillos del Museo y se detuvo frente al lienzo que la había contenido durante siglos. Ella volvió a ver los bosques sombríos y las colinas desvaneciéndose en la bruma.
Comprendió que tenía que volver.
Al tomar la decisión, se sintió tranquila y sonrió de nuevo. El tomó los pinceles y se puso a pintarla, lleno de fiebre creadora.
No supo cuando ella salió ni la vio perderse entre las sombras.
Pero al otro día, los titulares de los diarios y las imágenes en el televisor le informaron donde estaba.
Se consoló de su ausencia dando los últimos retoques al retrato que luego lo haría famoso.
En él aparecía la Gioconda, con los brazos cruzados sobre el pecho y su misteriosa sonrisa, cuyo secreto nadie ha podido descifrar.

A su espalda, se veía París, lleno de luces y al fondo, la Torre Eiffel, clavada en el cielo, como se clava una flecha en un corazón. 


domingo, 15 de enero de 2017

FANTASMAS EN EL MUSEO.

A Joel le ofrecieron un trabajo de vigilante nocturno en el Museo Histórico de la ciudad.
Cuando iba saliendo de la entrevista, lo interceptó el muchacho a quién iba a reemplazar.
-Yo me voy porque aquí hay fantasmas- le susurró con tono confidencial.
Don Pedro, el viejo portero lo alcanzó a escuchar.
-¡ No le hagas caso!  Lo despidieron porque se lo pasaba durmiendo y ahora se quiere desquitar asustándote.
-No, si no me asusto- respondió Joel, petulante - ¡ A los vivos hay que tenerles miedo, no a los muertos!
Sacó de su mochila un termos con café y una novela y se dispuso a pasar una noche tranquila.
Cada una hora, se paraba y daba una vuelta por las salas de exhibición. Había grandes óleos con retratos de antiguos presidentes y  escenas bélicas en alta mar.  Vitrinas con armas antiguas y una habitación llena de  maniquíes disfrazados...
Eso fue lo que más le gustó.
Leyó en un cartel que se trataba del famoso baile de máscaras realizado en el palacio Concha Cazotte,  hacía más de cien años. Había una fotografía amarillenta, con todos los asistentes al famoso baile, todos vestidos con el mayor lujo y originalidad.
- ¡Pensar que todos éstos ya pasaron a mejor vida! -reflexionó con melancolía.
Luego volvió a la lectura de su novela y a su café.
Todo iba bien hasta que sonaron las doce campanadas en el reloj municipal.
-¡ Hora de fantasmas!- exclamó Joel, con una sonrisa irónica- A ver si alguno me viene a acompañar un ratito...
  Acababa de decir eso, cuando escuchó unos pasos apresurados acercándose por el corredor.
Toda su jactancia se evaporó en un instante y sintió que se helaba de espanto..
Una joven irrumpió en la zona iluminada. Iba vestida como una dama del siglo XVIII, con un traje de raso azul y una peluca empolvada.
Al mirar a Joel, puso cara de enojo y golpeó impaciente las baldosas con su zapatito de tacón.
-¡ Cómo!  ¡ Aún no te has vestido y ya sonaron las doce!  ¿ A qué hora crees que vamos a llegar al baile?
Joel miró en todas direcciones, pensando que le hablaba a otro. Pero ella lo tomó de un brazo y lo tironeó como a un monigote.  Luego se dirigió a una de las vitrinas y sacó una capa negra y un sombrero que al parecer habían pertenecido a un gobernador.
-¡ Rápido!  ¡ Ponte ésto!  Por el camino se nos ocurrirá inventar de qué vas disfrazado...
Lo tomó de la mano y Joel la siguió dócilmente. Hacía rato ya que había dejado de pensar...
Atravesaron el Museo en penumbras y desde el fondo les llegó música y una intensa luz.  Se encontraron en un salón lleno de parejas disfrazadas, bailando con animación.
Por el camino, Joel había mirado de soslayo las vitrinas y había visto a los maniquíes desnudos. Los trajes desaparecidos vestían ahora a sus verdaderos dueños.
La joven lo arrastró en medio del tumulto y perdido en un sueño, él se dejó llevar....
A la mañana siguiente, Don Pedro llegó más temprano. Se sentía preocupado por el nuevo nochero.
-¡ Lo más seguro es que tenga que despertarlo! - se quejó- ¡ Con tal de que no hayan entrado ladrones aprovechándose de su inexperiencia....!
Lo buscó por todas las salas sin encontrarlo.  Pensó que se habría asustado y se habría ido corriendo. Pero no, porque ahí estaba su mochila y una taza de café a medio tomar.
 Dio muchas vueltas por los pasillos vacíos. Casualmente se detuvo frente a la fotografía amarillenta de los asistentes al baile. Siempre le había gustado mirarlos, sobre todo a la linda niña vestida de dama antigua que aparecía a un costado. Pero esta vez le pareció  que había algo nuevo en la foto. Junto a ella aparecía un tipo con una capa negra y un sombrero echado sobre los ojos...Y estaba casi seguro de que antes no estaba ahí.
-¡ Qué extraño !- exclamó- A éste no lo había visto ...  Y lo más raro es que se parece al nochero que dejé ayer aquí...Como si fueran mellizos...
 Luego reaccionó dándose un coscorrón en la frente.
-¡ Qué tontería!  ¡ Estoy soñando!  Lo mejor es que me vaya a preparar un café, mientras aparece ese irresponsable.
Pero Joel nunca volvió a dar explicaciones ni a recuperar su mochila.
 Al cabo de unos días,Don Pedro la arrojó al fondo de un armario y no se acordó más.