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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



domingo, 21 de agosto de 2016

MOIRA.

Durante todo el verano y parte del otoño, Graciela había estado enamorada de Claudio.
 El había sufrido un accidente de tránsito y arrastraba una pierna, a la cual habían tenido que introducirle dos varillas de metal.  Se sentaba por las mañanas en el café al aire libre y su bastón descansaba apoyado en una maceta de gomero artificial.
Tenía un aire entre melancólico y aburrido y Graciela se sentía subyugada.   No sabía si quería llegar con él hasta el fondo de su pasión o permanecer equilibrándose en el borde, insatisfecha pero a salvo.
Enamorarse de él, con la plena conciencia de no ser correspondida, se había convertido en algo tenebroso. Confuso y lleno de sombras. En lugar de hacerla feliz, la sumergía en una tristeza sin fondo. Verlo o no verlo, daba lo mismo. La tristeza la consumía como una enfermedad de la sangre.
En el otoño cayeron las hojas y su amor se marchitó y cayó también.  Flotó durante unos días en un charco de oscura melancolía y luego se desintegró. Graciela se sintió liberada.
Siguieron siendo amigos de café y Claudio no pareció haber notado nunca , ni la lucha denodada ni la capitulación amarga que Graciela había vivido, justo frente a sus ojos.
Ella ya no iba al café tan seguido como antes. A veces desaparecía durante toda una semana, pero estaba segura de que lo iba a encontrar sentado a la misma mesa, con el mismo aire de hastío y melancolía que antes la había subyugado.
Un día se le ocurrió preguntarle quién había sido su primer amor.
El se rió y no pareció dispuesto a responderle. Pero después se lanzó a hablar como si llevara mucho tiempo atragantado con las palabras.
-Estuve enamorado, pero nunca llegué a nada con ella. ¡ Era la mujer de mi mejor amigo!
-La conocí y de inmediato caí en una especie de estado febril.  Tenía el pelo rojo, pero no era de esas colorinas que tiene pecas.  Su piel era blanca, casi transparente. Parecía de seda o de nácar.   Era como un ángel que se hubiera acercado demasiado al infierno y se le hubiera incendiado el pelo. 
Se llamaba Moira.
-¿ Y qué pasó?- le preguntó Graciela.
-Un día me atreví a oprimirle demasiado la mano. Ella me miró, serena e imperturbable y me dijo:  Es hora de que sigas tu camino.
Así es que me conseguí un empleo en provincia y no volvía a verlos a ninguno de los dos.
Graciela se preguntó si no habría sido la historia de su amor fallido y no el accidente que lo tenía baldado, lo que había llenado de amargura su corazón.
Mucho tiempo después, conoció a Marcos.
Se miraron por casualidad, en una fiesta, y la atracción mutua brotó inmediatamente. Tal vez porque era primavera y todo parecía renacer.
Marcos era mayor que ella y se le notaba en su aire calmado. Parecía caminar pausadamente hacia adelante, mientras la mayoría de los jóvenes se lanzan corriendo al encuentro de la vida.
Los arranques de entusiasmo de Graciela lo hacían sonreír con ternura. Ella pensaba que la quería, pero había algo que lo volvía inaccesible.  Como una puerta cerrada, de la cual ella no tenía permiso para trasponer el umbral. 
 Un día en que estaba acurrucada sobre su pecho, se le ocurrió, como jugando, hacerle la misma pregunta que le había hecho a Claudio tiempo atrás:
-¿ Te acuerdas de tu primer amor?
El se quedó callado un momento y luego dijo:
-No. No me acuerdo de mi primer amor....Pero sí me acuerdo del último.... quiero decir, antes de conocerte.
Es frase la agregó apresuradamente,  oprimiéndole la mano, cuando notó el sobresalto de ella.
-No te lo había contado nunca. Yo estuve casado hace algunos años. Ella era una mujer extraordinariamente atractiva. Era pelirroja, pero de piel perfecta. Era alta, esbelta y tan blanca...Parecía uno de esos cirios que encienden en las iglesias. Su pelo era la llama...
-Estaba muy enamorado de ella y por la vanidad de exhibirla, invitaba a mis amigos a la casa. Me divertía ver la turbación de sus caras al mirarla. Pero, me sucedió algo inesperado:  Me fui quedando solo. Ellos volvían una o dos veces...y después los perdía de vista.
 -Ella me juró que nunca me había sido infiel. Y yo le creí.  Pero algo en ella me intranquilizaba. Su calma imperturbable, su frialdad. Si uno pudiera ver una llama arder en el interior de un iceberg, sin que el hielo llegara a derretirse...Quizás entonces podría explicar como era.
Al escucharlo hablar, Graciela sentía que esa descripción la había escuchado antes, y su piel se erizaba con un escalofrío.
Marcos continuaba hablando, sin notar su turbación.
-Al fin, decidí dejarla. Sentí que algo se me desgarraba por dentro, pero quería estar tranquilo. Y al cabo de un tiempo largo, lo conseguí.
A esas alturas, Graciela ya creía tener la certeza, pero igual le preguntó :
-¿  Como se llamaba ella?
-Se llamaba Moira.
Esa noche, Graciela decidió alejarse de Marcos.  Estaba segura que sería inútil luchar contra sus recuerdos.  
Se acordó de que en la mitología griega, las Moiras eran las divinidades que ejecutaban el destino de los hombres . 
Sentía que el suyo había estado ligado a esa mujer, desde hacía mucho tiempo.  Era necesario romper los hilos que ella manejaba a su antojo.
 Claudio, Marcos...  ¡No!   ¡Ella no sería una marioneta más en las manos de Moira!



domingo, 14 de agosto de 2016

UN CORAZÓN.

A media noche, Pablo logró conciliar el sueño. Todo el día se había estado debatiendo en la cama, presa de una fiebre intermitente. Se sentía muy débil y sabía que la inútil espera lo había agotado todavía más.
Casi de inmediato, empezó a soñar.
Se vio atravesando un bosque muy espeso. Las hojas habían empezado a caer, formando una alfombra húmeda que amortiguaba sus pasos. Pero las ramas eran tan tupidas que , aún estando semi desnudas, apenas dejaban pasar la luz.
Delante de él vio caminando a una mujer que llevaba un envoltorio apretado contra su pecho. Por la forma dulce y firme con que lo sostenía, se adivinaba que era un objeto precioso.
-¿ Qué llevas ahí, con tanto cuidado?
-¡ Es el corazón de mi hijo!- respondió la mujer, mientras lloraba- ¡ Debo llevarlo muy rápido, porque lo están esperando!
-¿ Qué dices?  No te entiendo...
-Te digo que es el corazón de mi hijo....¡ No puedo demorarme más!... ¡El, antes de morir, me pidió que lo entregara a otro !
La mujer siguió corriendo por entre los árboles y Pablo la perdió de vista.
El continuó  caminando en medio del bosque, hasta que divisó un resplandor pálido que se filtraba por entre los troncos.
 Era el brillo iridiscente del mar.
Una brisa helada lo hizo tiritar y se sintió solo y desamparado frente a la inmensidad del agua.
Luego vió en la orilla una barca llena de pasajeros. El barquero le hacía señas:
-¡ Apúrate!  ¡ Ven!  Tú eres el único que falta para poder zarpar.
-¡ No puedo irme aún!- gritó Pablo- Tengo que esperar un poco más...
-¡ No!  Ya es tarde. Se agotó el tiempo. Este hueco libre en mi barca es para tí.
Se vió obligado a subir en compañía de los otros pasajeros silenciosos. Todos iban con los ojos fijos en una isla sombría que se perfilaba  en la distancia.
Vió que en el muelle los esperaba un grupo de gente y creyó distinguir entre todos la figura de su madre.
-¡ Mamá!- la llamó en medio de su sueño.
.....................................
Una enfermera que atravesaba el pasillo, oyó un débil gemido, pero al acercarse a la cama, vió que el enfermo había dejado de respirar.
Trato de reanimarlo inutilmente y luego le avisó al médico.
Este sacudió la cabeza, abatido.

-¡ Pobre joven!  Llevaba tantos meses esperando un trasplante...¡ Pero el corazón que necesitaba no alcanzó  a llegar ! 


domingo, 7 de agosto de 2016

DIFERENTES

Un día cualquiera, Daniel empezó a sentir un extraño escozor en la espalda, una especie de cosquilleo que le dificultaba dormir.  Como si algo se estuviera gestando ahí, secretamente.
Una mañana, al ducharse, notó que sus omóplatos habían engrosado. No le dolían, pero temió que llegaran a abultar bajo la camisa. Decidió no sacarse la chaqueta en todo el día, aunque hiciera calor.  ¡ Menos mal que en su oficina había aire acondicionado!
Al cabo de una semana, el misterio se había revelado. Le estaban creciendo alas.
-¿ Qué voy a hacer ahora? -se preguntaba afligido. ¿ Como voy a ocultar lo que me pasa?
Tuvo vergüenza y miedo. Imaginó  ser perseguido en la calle por una turba vociferante y encerrado en una jaula como un animal extraño.
¡ Nadie tenía que saberlo!
Ocultar que era diferente a todos se convirtió en su prioridad, pero luego lo asaltó una dolorosa inquietud . ¡ Comprendió que ya nadie lo amaría!  ¿ Podía alguien enamorarse de una especie de fenómeno de circo?
 A pesar de su angustia, la posesión de esas alas lo llenaba de deleite. Por las noches, en el secreto de su dormitorio, se quitaba la camisa y el prodigio blanco se desplegaba con un suave rumor.
Estaban cubiertas con un plumaje suave que  recordaba el de las alas de un cisne.
Una noche en que su ventana estaba abierta a la brisa fresca que le llegaba desde el río,  no pudo contener más sus impulsos de libertad y salió volando por sobre los techos.
Temblando, sobrevoló la ciudad iluminada. Lo poseía una emoción indescriptible, pero al mismo tiempo tenía miedo. Pensó que si alguien lo veía desde algún edificio, podría dispararle por el puro placer de matarlo.
Volvió a su dormitorio y se prometió que no repetiría la peligrosa experiencia.  Que viviría como otra persona cualquiera y que no permitiría que nadie adivinara su secreto.
Todas las tardes, al salir de la oficina, tomaba el mismo autobús que lo conducía hasta un barrio periférico.
Sin querer se fijó en una joven que hacía el mismo recorrido que él.  No sabía si era linda, pero le atraía su aire reservado y solitario. Apenas se sentaba, abría un libro y el resto del viaje lo hacía leyendo, sin prestar atención a lo que pasaba a su alrededor. Daniel podía mirarla libremente y hacerlo le proporcionaba un placer que nunca antes había experimentado. A veces, los ojos de la joven se alzaban del libro y sorprendían su mirada, pero en seguida apartaba la vista   y continuaba leyendo.
Se bajaban en el mismo paradero, pero ella tomaba la dirección opuesta.
Daniel empezó a seguirla desde lejos, sin que ella pareciera notarlo. Caminaba unas pocas cuadras y entraba en un edificio de departamentos.
Una tarde, la joven se volvió de repente y lo increpó:
-¿ Por qué me sigues?
-No sé....Quería conocerte...Se me ocurrió que podría invitarte a una taza de café.
- No, no puedo- respondió ella, titubeando, aunque algo en sus ojos revelaba que le gustaría aceptar.
Pero, se sobrepuso y le dijo con cierta brusquedad :
- No debes ilusionarte conmigo...Yo soy diferente.
Enseguida entró al edificio y cerró la puerta tras de sí.
Daniel se quedó inmóvil en la vereda, sintiéndose humillado e infeliz.
Mientras caminaba hacia su casa, se preguntaba:
-¿ Por qué habrá dicho que es diferente?  Es cierto que para mí es única,  aunque deben haber cientos de otras niñas en la ciudad, parecidas a ella... En cambio, parecido a mí no hay nadie.  ¡Yo sí que soy diferente!
Tarde ya, en su habitación, se quitó la camisa liberando sus alas de la prisión que las oprimía.
Se desplegaron con delicia y un suave resplandor blanco iluminó la penumbra.
Pensó que después de todo, había sido mejor que ella lo rechazara. ¿ Cómo habría reaccionado después, cuando él se viera obligado a contarle su secreto?
Pensó que no le quedaba nada sino volar y abriendo la ventana, se lanzó hacia la noche. Si alguien lo veía y le disparaba, tanto le daba ahora...Sólo tenía por delante una vida de ocultación y soledad.
Voló hasta el barrio donde vivía ella y contempló su edificio.  Vio que estaba enteramente oscuro, excepto por una ventana en el quinto piso. ¿ Sería esa su habitación?
Se sentó sobre el tejado de la casa de enfrente y decidió pasar ahí la noche. Se imaginó que así velaba su sueño...
De pronto, la ventana iluminada se abrió y en ella apareció la joven , envuelta en una bata oscura, que apretaba contra su pecho.
Miró en todas direcciones, como si temiera ser vista  y luego dejó caer la bata. Dos alas blancas se desplegaron en su espalda. Permaneció indecisa un instante y luego se echó a volar.
Loco de alegría, Daniel la siguió hasta alcanzarla.
Volaron sobre la ciudad dormida y vieron que algunas ventanas se abrían. De ellas salían otros seres alados, que se unieron a ellos hasta formar una bandada.

Volaron largamente bajo las estrellas, hasta que se fueron apagando una por una y el cielo tomó un tinte rosado, anunciando el amanecer.


domingo, 31 de julio de 2016

FUERZA MENTAL

Como cada mañana, el despertador cumplió su cometido con despiadada puntualidad y lo arrojó de la cama, de cabeza a la lobreguez del día Lunes.
Jorge se sintió agotado de antemano, al solo pensar en lo que le esperaba. Odiaba su trabajo y por sobre todo, odiaba a la gente con la que le tocaba trabajar.  Empezando por Olguita, la secretaria, que cada mañana lo saludaba con una sonrisa : ¡ buenos días, Don Jorge!  ¿ Como amaneció?
A Jorge, ese saludo se le antojaba pura hipocresía y le daban ganas de contestarle:  ¿ Y a usted, qué le importa?
A continuación, era infaltable el corrillo de los vendedores en torno a la máquina del café. Con risas estridentes y palmoteos, se celebraban unos a otros los éxitos de la semana.  Se demoraban ahí hasta las once, hora en que sus majestades los reyes de la venta consideraban que ya era hora de honrar a algún cliente con su visita.
Pero el ruido continuaba. Las máquinas, los teléfonos, el cotilleo de las secretarias, la voz del jefe, tronando desde su cubículo acristalado... A Jorge le parecía estar metido en un avispero, cuyo zumbido le impedía concentrarse en su trabajo.
Hubo un momento en que dejó su escritorio para ir a la sección Cobranzas y chocó con el auxiliar, que le llevaba al jefe una taza de café. El muchacho trastabilló y  le vació todo el café en los zapatos.
Jorge lanzó un rugido, pero se contuvo a tiempo. Con gusto le habría dado una cachetada.
El auxiliar, muy afligido,corrió a buscar una toalla de papel y se agachó a limpiarle los zapatos, mientras murmuraba:   ¡Perdone, Don Jorge!  Fue toda mi culpa... ¡No lo ví salir de su oficina!
Jorge lo apartó de un empellón y se alejó por el pasillo, rezongando.
En la tarde, el auxiliar entró tímidamente, llevando un paquete:
-Don Jorge, fui a la librería de un amigo y se me ocurrió traerle este libro. ¡ Es muy interesante!
Se notaba que quería hacerse perdonar la torpeza de la mañana. Jorge desenvolvió el libro y vió que el título era:  " El Poder de la Fuerza Mental".
- Mi amigo lo leyó - le aseguró el auxiliar - y me contó unas cosas asombrosas. Parece que si uno se concentra y pone toda la fuerza de su mente en algo, puede lograr cualquier cosa que se proponga...
-¡ Pamplinas!- pensó Jorge, pero le dio las gracias, conmovido a su pesar por el gesto del muchacho.
En el Metro, se fue leyendo el libro y lo absorvió de tal manera que se bajó dos estaciones más allá de la que le correspondía. ¡ Era increíble!  Daba ejemplos de personas que concentrándose, habían logrado que otras se plegaran a sus deseos. O fijando la atención en un solo objetivo, habían visto materializarse sus ambiciones . ¡ Era cosa de Fuerza mental y Concentración!
Con la luz apagada pensó:  Me voy a concentrar en una sola cosa. En hacer desaparecer de la oficina a todos los idiotas que tengo que soportar cada día. ¡ No tener que ver más sus caras ni soportar más sus voces y sus risas  de hienas!  Es lo único que deseo y en eso voy a concentrar mi mente...
Y se durmió con la idea fija de una oficina vacía, como un oasis de paz, para él solo.
Cuando se levantó al otro día, ya no se acordaba. Por eso fue que al bajar del ascensor, lo aturdió el silencio que reinaba en todo el piso.
En la oficina no había nadie.
Se quedó atónito y por unos minutos, no entendió nada. Después se acordó de que se había dormido haciendo fuerza mental para que todos desaparecieran. ¡ Y lo había logrado!
¡ Qué maravilla!  ¡ Qué increíble tranquilidad!  Caminó por el pasillo mirando los escritorios vacíos...La oficina para él solo...¡ No lo podía creer!
Trabajó una hora y despachó todo el trabajo acumulado. Sin interrupciones, se avanzaba muy rápido.  Después, no se le ocurrió qué más hacer.
Se puso a pensar en la increíble proeza de su mente. Haber logrado borrarlos a todos sólo con la fuerza de su voluntad...Ya no vería más a los vendedores y sus caras ladinas, ni al jefe, llamándolo a su oficina con pretextos fútiles...Ni tendría que escuchar nunca más la dulzona cantinela de Olguita, preguntándole cada mañana  ¿como amaneció, Don Jorge?
En la tarde, empezó a sentirse extraño. El silencio lo oprimía. El reloj de la pared desgranaba su mazorca de minutos con un tic tac estridente.  Le pareció, de repente, que escuchaba una voz que le hablaba...Pero, no. Había sido una ilusión. Realmente, en la oficina no había nadie.
¿ Y no habría nadie nunca más?
Se fue a su casa pensativo. Se sentía abrumado por lo que había hecho. A esa personas, en sus casas las echarían de menos...Y él ¿ qué iba a hacer él en el futuro?  Después de todo, sus compañeros de trabajo eran lo único que tenía, en su vida solitaria...
Se durmió apesadumbrado.
Al otro día, al bajar del ascensor, lo aturdieron los ruidos de siempre. Las voces estridentes, las risas, los teléfonos... Desde el pasillo, escuchó el monólogo de Dominguez, el "vendedor estrella", jactándose de sus logros...
¡ Qué alivio!
Olguita, la secretaria, apartó los ojos del teclado y le dijo con sincero pesar:

-¡ Lo echamos de menos, ayer, Don Jorge!  ¿ Por qué no fue al paseo de la oficina?


domingo, 24 de julio de 2016

ROSAS PARA GABRIELA.

Al día siguiente era su cumpleaños . Gabriela pensó que nadie se acordaría de llamarla o de ir a saludarla,  pero esta vez no quería quedarse en su casa para comprobar esa certeza.
Todos los años, en esa fecha, soñaba  que las cosas cambiarían...  Pero siempre se repetía la misma triste rutina de su soledad.
Temprano sonaba el teléfono y era su hermana, que se empecinaba en cantarle la tonada del " feliz cumpleaños", pensando que le daba una alegría...Y después, nada.
El correo electrónico tampoco registraba ningún mensaje. 
Pero ella siempre esperaba que ese año sería distinto...
Su más hermoso sueño era que le llegaba un ramo de rosas.  De una fantasía sin asidero, se había transformado en una idea fija.  Los detalles se presentaban en su mente con absoluta claridad.
Muy temprano, sonaba el timbre de la puerta. Era un mensajero de la florería. Su cara estaba casi oculta por un enorme ramo de rosas envueltas en papel celofán.
-¿ La señorita Gabriela? - preguntaba sonriendo. Y le ponía en los brazos el ramo.
Pero ¿ quién le enviaba las flores?
¿ Un antiguo novio que la recordaba de pronto?  ¿ Un admirador secreto que ansiaba demostrarle su amor?
No importaba quién. El sueño de Gabriela no necesitaba de detalles precisos para llenarla de ilusión.
Y se  pasaba el día de su cumpleaños esperando un llamado, un correo y unas rosas que no llegaban jamás. 
Pero esa vez no se quedaría ahí para comprobar lo inútil de sus esperanzas.
Se levantó temprano con la idea de huir.  Sobre la mesa dejó su celular y el computador lo metió en el fondo del closet, como un niño a quién se castiga por malo, encerrándolo en la oscuridad.
Luego, salió de su casa sin rumbo fijo.
Era Sábado y a esa hora , las calles se veían muy poco transitadas.
Pasó la mañana en un parque y almorzó cualquier cosa en un restaurant de barrio.
Luego volvió a deambular por las calles hasta que empezó a atardecer.
Se sentía amargamente satisfecha por haber huido de su departamento. Era como jugarle una broma pesada a la vida. Esta vez no le permitiría que se ensañara confirmándole su soledad, más dolorosa aún en ese día.
Recordó otras veces en que, después de un día vacío, había sonado el teléfono, sorpresivamente. Era alguna amiga que había recordado la fecha a última hora, por pura casualidad, y se apresuraba a llamarla para testimoniarle su afecto.
-¡ Te estuve llamando desde temprano!- le decía- Parece que dejaste el celular desconectado.
Y Gabriela aceptaba el embuste y se reía , fingiéndose satisfecha:
-Es que andaba por ahí celebrando...Unos amigos se empeñaron en invitarme a almorzar...
Siguió vagando, sumida en su tristeza y cuando caían las primeras sombras de la noche, se encontró parada junto al río.
    Se creyó sola, pero luego divisó a una mujer sentada en un banco. Parecía absorta escuchando el rumor del agua.
Gabriela se sentó a su lado sin hablar y la mujer no se molestó en mirarla.
Al fin, Gabriela le preguntó:
-¿ Qué hace aquí, tan tarde ?   No pensó que lo  mismo podría preguntarle la otra.
La mujer se volvió hacia ella y le contestó:
-Me fui de mi casa porque no quería estar sola el día de mi cumpleaños.
Era una coincidencia muy rara, pero Gabriela no se sintió sorprendida. Ni tampoco le pareció extraño que la mujer se pareciera tanto a ella, como su propia imagen en un espejo empañado...
La otra  continuó hablando, con los ojos fijos en el fluir del agua.
- Vine hasta el río, porque quiero irme con él. Quiero que me lleve hasta el mar, como a esos maderos que pasan flotando. Más rato voy a bajar hasta la orilla y voy a terminar con mi soledad de una vez por todas. ¿ Vienes?
Se tomaron de la mano y buscaron una pendiente que las acercara hasta el río. Al principio el agua les lamía los tobillos, pero de pronto, la fuerza de una ola las arrebató y las sumergió en un remolino frío.
 Gabriela se encontró sola.
No vio a la mujer por ninguna parte, pero le pareció divisar a un hombre que gritaba y corría a lo largo de la orilla.
Por un instante, ella también gritó y quiso retroceder, pero una ola turbia la arrastró con fuerza al medio de la corriente.
Ese hombre fue el único testigo que la policía encontró.  El les aseguró que Gabriela estaba sola. Que la había visto sentada en un banco y luego bajar y sumergirse en el río.
El había gritado y luego se metió en el agua, tratando de alcanzarla. Pero las olas la envolvieron en un vórtice feroz y ya no volvió a salir a flote.
 Días después, su hermana fue al departamento, buscando alguna nota que explicara la conducta de Gabriela.

Al llegar, vio en el suelo, frente a la puerta, un ramo de rosas marchitas que se deshojaban sobre el felpudo.


domingo, 17 de julio de 2016

UN HILO DE HUMO.

Sonó el timbre de la puerta y Javier se dirigió a abrir. En el umbral vio a un individuo gordo vestido de riguroso luto.
- Vengo de "Pompas Fúnebres El Alma en Pena"   Nos llamaron para realizar el sepelio de Don Javier Arrosmendi.
-¡ Pero si todavía no estoy muerto!- gritó Javier, consternado.
  -Es lo que dicen todos- respondió el gordo, en un tono respetuoso, pero más bien sarcástico.
Javier se miró de soslayo en el espejo del vestíbulo y no se encontró.  Sencillamente no estaba ahí.  En su lugar vio un delgado hilo de humo que oscilaba en la penumbra.
   -¡ Es mi alma!- exclamó- ¡ Entonces, es verdad que estoy muerto!
Viéndose sin argumentos, dejó entrar al gordo, que esperaba impaciente. Tras de él entraron dos hombre cargando un ataúd.
Rápidamente pusieron en él lo que quedaba de Javier y lo llevaron hasta el carro fúnebre.
-Mi sentido pésame - murmuró el gordo, apretando el sombrero de copa contra su pecho y salió sin mirar atrás.
Eso fue todo.
Ya libre de los pesares de este mundo y sintiéndose extraordinariamente liviano, Javier decidió ir a casa de su novia Laurita.  Sentía curiosidad por ver cuanto lo lloraba .
Al llegar a su casa, consideró innecesario tocar el timbre y se deslizó por el ojo de la cerradura.
En el salón estaba ella, vestida de negro,  mirando los árboles a través de la ventana. De vez en cuando, un suspiro henchía ese pecho que había sido la inspiración erótica de Javier durante sus noches de insomnio.
De pronto, sonó el timbre y la mucama hizo entrar al salón a un hombre joven, de aspecto elegante. Javier vio que era  nada menos que al Cachalote Fernández, su rival más odiado.
Este se acercó a Laurita y tomó sus manos con devoción.
-Vengo a darte el pésame por Javier. No sabes cuanto lo lamento. Sé que lo querías mucho.
-Sí, es cierto- respondió Laurita y Javier se preparaba a emocionarse, cuando ella agregó dubitativa   - En realidad, lo quería más bien porque él me quería a mi. Creo que soy como la luna, que no tiene luz propia y solo puede reflejar el resplandor del sol. Así soy yo...No puedo amar si no me aman. 
-¡ Ay! Laurita...-exclamó el Cachalote Fernández, cayendo de rodillas- ¿ Y podrías reflejar la luz de mi amor?  Tú sabes que te he querido con locura y que solo por respeto al buenazo de Javier no me atrevía a confesártelo.
Laurita se puso pálida y su cara se pareció realmente a  luna. Pero poco a poco se fue iluminando... ¡ Ya tenía otro sol que le prestara sus rayos!
Javier se retiró colérico. ¡ Qué poco le había durado el duelo por su muerte!  Ya se encargaría él de venir a penarle por las noches...
-¡Bueno, así son las mujeres!  -pensó después , más resignado -En cambio los amigos, esos sí que son fieles...
Y decidió ir al bar donde cada tarde se reunía con sus compinches más cercanos.
Ahí estaba los cuatro, felices jugando poker , cada uno frente a su respectivo vaso de cerveza.
-¡ Ya, pues, Pepe!  ¡ Te toca!
-¡ No lo pienses tanto, animal!
- Es que quiero pedir cartas....
-Yo sí que tengo un buen juego. ¡Los voy a hacer papilla!
Javier se quedó anonadado, mirándolos. Ya nadie se acordaba de él.
Se acercó el mozo, con un trapo sucio de secar , enrollado en el brazo.
-¡ Chiss!  ¡ Yo creí que siquiera guardarían un minuto de silencio por su amigo que murió ayer...
-Si, pues..Justamente eso fue ayer. Ahora es otro día y la vida hay que seguir viviéndola.
De repente, el mozo vio un hilo de humo que flotaba sobre la mesa.
-¿ Quién estuvo fumando aquí?  ¡ Saben que está prohibido!
Se sacó el trapo del brazo y empezó a dar golpes en el aire tratando de dispersar la leve humareda.
Javier escapó de ahí lo más rápido que pudo.
 Durante un rato lo dominó el susto.  Después la desolación de comprender que ya no era nada para nadie.
Al rato, se fue serenando y sintió que el viento lo arrastraba livianamente sobre la ciudad. Un hilo de humo que flotaba sin dirección alguna.
-¿ A donde voy ? - se preguntó confundido-  ¿Y qué hago ahora con mi vida....quiero decir, con mi muerte? 

Decidió dirigirse al cementerio. Ahí no faltaría un compañero de destino que lo orientara.  ¡Que le explicara como diablos se las arreglan los muertos para vivir!