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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



domingo, 25 de septiembre de 2016

IMITACIÓN DE LA VIDA.

Habían sido amigos desde niños y cuando crecieron y se hicieron hombres, su amistad se fortaleció aún más.
Uno  llegó a ser un rico empresario, que duplicó con ingenio la herencia que le dejaron sus padres. El otro, que no tenía fortuna, se consagró al estudio y llegó a ser un científico eminente, inventor de maquinarias prodigiosas.
Sus vidas eran muy diferente, pero no por eso dejaron de estar unidos, incluso cuando tuvieron la mala suerte de enamorarse de la misma mujer.
Ella se llamaba Rosa y era tan bella como la flor que lleva su nombre.  Como era de esperarse, -así dijeron muchos por despecho- fue el rico empresario el que conquistó su corazón.
Se casó con ella y se la llevó lejos a recorrer el mundo, para lucir su belleza y mostrarle a todos lo afortunado que era.
 El científico se encerró en su laboratorio, abatido por la tristeza.  No podía olvidar a Rosa. En todo instante creía verla frente a él, con su cutis de seda y sus ojos resplandecientes.
Decidió buscar consuelo en la ciencia que había nutrido su vida y construyó un robot igual a ella.  Reprodujo su cara y su cuerpo voluptuoso hasta en los más mínimos detalles. La dotó de muchas capacidades propias de los seres humanos :  la muñeca caminaba, sonreía y hablaba, expresando en forma simple una variedad de ideas encantadoras. Y cuando no tenía nada que decir, cantaba.
Pero hubo algo que el científico no pudo lograr y fue dotarla de un corazón capaz de sentir.
Cuando apoyaba la cabeza sobre su pecho seductor, escuchaba un  latido acompasado, semejante al del corazón humano.  Pero era solo un  mecanismo parecido al de un  reloj.  Una mera imitación de la Vida.
El hubiera querido que ella lo amara.
Al no poder lograrlo, se sintió fracasado. Pensó  que su invento no valía nada, que no hacía más que recordarle a Rosa, reavivando su dolor. Ya no soportaba ni mirarla.
Así es que una noche la tomó en sus brazos y se fue con ella hasta la orilla del mar. La recostó en la arena y la dejó ahí, abandonada.  Se alejó apesadumbrado, sin mirar atrás.
Por un instante, ella pareció temblar de frío. Sus ojos  insinuaron una mirada triste. Pero solo era una reacción mecánica ante una situación nueva para ella. Luego se quedó muy quieta, mirándolo alejarse hasta que la noche se lo tragó.
Todos  los días, apenas el amanecer teñía de rosa el cielo, un hombre solitario iba a pasear por la playa.
No tenía amigos. Cuando niño, había sido abandonado y crecido sin familia, en un hogar para huérfanos.  Nadie lo había querido nunca y él  tampoco sabía lo que era el amor.
Esa mañana,  vio desde lejos a la muñeca sobre la arena.  Era tan real, tan perfecta, que la tomó por un ser vivo.
Asombrado por su belleza, se acercó tímidamente y al no ver en ella ninguna señal de rechazo, se atrevió a saludarla.
-¡ Buenos días!- le respondió ella, sonriendo.
-¿ Qué haces aquí, tan sola?
Ella no tenía respuesta a eso, en su repertorio de frases programadas, porque no conocía la palabra soledad.  Y como no sabía que decirle, se puso a cantar.
Cantó con una voz tan hechicera que él cayó de rodillas y pensó que así cantarían las sirenas en alta mar, cuando hacían naufragar los barcos.
Cuando terminó su canción, él cogió su mano y le preguntó:
-¿ Vendrías conmigo?
Ella lo miró con ojos sonrientes y sin dudarlo, le respondió que sí.
La llevó a su casa y pensó que ya no volvería a estar solo.
  Con el correr de los días,  un sentimiento cálido y desconocido empezó a crecer en su corazón.  Sintió que la quería, pero como a él nadie lo había querido nunca , no tuvo conciencia de que ella no correspondía a su amor.
  Le bastaba su presencia.

 Su vida se llenó con la luz de su sonrisa y la magia de sus canciones. Y fue feliz como jamás pensó que llegaría a serlo.


domingo, 18 de septiembre de 2016

SEIS EXTRAÑOS EN UNA HABITACIÓN.


Julio despertó con dolor de cabeza. Eso fue lo primero que notó.  Lo segundo fue que no se encontraba en su cama, sino vestido para salir  y recostado contra la pared de una habitación que jamás había visto.
-¿ Donde estoy?- pensó-  ¿ Qué es ésto?
Escuchó una risa burlona y vio que junto a él se hallaba un vagabundo bastante sucio y desarrapado. Instintivamente se apartó, al notar el mal olor que emanaba de su ropa.
- ¿ Qué le pasa, amigo?  ¿ No sabe donde está? -le preguntó el hombre con sorna y se rió aún más fuerte. Pero en su risa se notaba amargura.
Julio miró en todas direcciones y no vio más que paredes y cielo raso. En el rincón opuesto, sentadas en el piso, vio a un grupo de personas desconocidas.
Eran un anciano, dos hombres de edades y aspectos dispares y una mujer joven y muy linda,
que lo observaba sin mayor curiosidad.
Julio se dirigió a ella:
-Perdone ¿ sabe usted donde estamos?
-No,  ninguno de nosotros lo sabe. Llegamos aquí como usted, de un minuto a otro y sin saber de donde venimos ni qué lugar es éste.
Julio se dio cuenta de que él tampoco sabía de donde había venido. Lo único que recordaba era su nombre.
Miró su ropa y vio que llevaba un traje gris de buen corte, una camisa fina y una corbata de seda.
¿ Donde estaba yo ayer?   Parece que trabajo en alguna Firma importante, pero ¿ en cual?
-Hace días que estamos aquí- le explicó el anciano-  Esperamos que en cualquier momento pase algo...Que se abra alguna puerta y venga alguien a explicarnos lo que pasa...Pero, no hay ninguna puerta, como usted ve...
La mujer se levantó y Julio notó que llevaba un vestido de tul blanco y zapatillas de ballet. Estiró sus brazos en un gesto gracioso y elegante y dio varios pasos de danza a través de la habitación.
- ¡ Tanta inmovilidad me tiene acalambrada!  -suspiró- Se supone que pronto me llamarán a escena...No sé cuanto más tendré que esperar.
Uno de los hombres la miró con cierta insolencia. Era gordo y llevaba un clavel en el ojal de la chaqueta.
-Podrías bailarnos algo, linda...Así matamos este tiempo que se hace eterno.
Julio los observó uno por uno. Aparte del anciano y del vagabundo, estaban el gordo del clavel y un hombre flaco y taciturno, que no parecía interesarse por nada. Junto a la bailarina y él mismo, sumaban seis personas encerradas en una pieza sin puertas ni ventanas. ¿ Qué significaba eso?
De repente, se le ocurrió una explicación:
-Creo que estamos muertos y esperamos una especie de juicio o algo así.
-¡ No !- gritó la bailarina, indignada-  ¡ Yo no estoy muerta!  Al contrario. Estoy llena de vida, como si hubiera nacido ayer... Y me queda mucho tiempo por delante para bailar y bailar...
Con una grácil pirueta, atravesó la habitación y casi cayó en los brazos de Julio.
Este la retuvo unos momentos y pensó:
- No sé qué nos va a pasar...Pero, si logramos salir de aquí, me gustaría volver a verla.
-Tengo otra teoría- dijo el vagabundo- Esto es una cárcel y estamos presos. Para mi no sería novedad. Varias veces me han llevado detenido por vagancia, como si no tener donde vivir fuera un delito y no una desgracia...
-¡ Nadie me puede acusar de nada!- gritó el hombre gordo, entre asustado y rabioso - Mucha gente se está haciendo rica gracias a mi...Y mi negocio es legal, se los aseguro.
El anciano suspiró:
-A mi no me importaría mucho morir aquí...Me queda poca vida y estoy tan solo...Pero querría saber en qué consistió mi culpa, para alcanzar a pedir perdón.
-¡ Nadie tiene culpa de nada! -gritó el hombre taciturno, que hasta ese momento no había hablado- Es el Destino el que nos maneja como a títeres...¡ Y sólo cuando le de la gana nos explicará este misterio!
En ese preciso instante, se encendió una luz blanca y fuerte, que casi los encegueció y una serie de sonidos electrónicos invadieron la habitación.
Escucharon una voz que venía desde afuera.
-¡ Bueno, bueno, bueno! - exclamó el hombre, después de echar a andar su computador-  ¡ Ya tengo esbozados los personajes de mi novela!  Ahora falta redondear la trama...¡ Será policial y de misterio!  Pero, para eso necesito un cadáver...La bailarina tendrá que morir en el primer capítulo....Por supuesto que al principio, todos culparán al vagabundo...Pero, el verdadero asesino será Julio. Un psicópata escondido tras la identidad de un famoso abogado, de quién nadie se atrevería a sospechar...jaja
Y ahora ¡ manos a la obra!   CAPÍTULO PRIMERO.....


domingo, 11 de septiembre de 2016

AMOR SONÁMBULO.

Laura había amado a Renato desde su adolescencia.
Habían tenido un romance corto, lleno de altibajos. Más de bajos que de altis...Cada pelea era una paletada de cenizas con que sepultaban las brasas de su amor. Pero al cabo de un tiempo, se reencontraban y volvían a brotar llamas  que los consumían hasta los huesos...
En los intervalos de su relación, Laura se había enamorado de varios otros, pero sabía que siempre seguía amándolo a él, así como de soslayo. Viéndolo todo el tiempo , con el rabillo del ojo de su corazón.
¿ Qué magia tenía él que lo hacía inolvidable?
Su último reencuentro había durado menos que de costumbre. Y Laura se halló de nuevo sola, caminando por la vida como incompleta. Como si la otra parte de su ser anduviera por ahí, respirando la mitad del oxígeno que ella necesitaba para vivir.
Una noche soñó que le escribía una carta. No un correo electrónico, breve y árido, sino una verdadera carta, de esas antiguas, escritas en papel y enviadas con estampilla.
Como las que se habían mandado cuando eran unos chicos de escuela secundaria.
En esa carta, Laura le decía que lo echaba de menos. Que él era la única persona cuya ausencia le dolía. Que si naufragara en una isla desierta, sólo a él lo querría a su lado. Que no le importaría ser Robinson Crusoe con tal de que él fuera su Viernes... Y que en ese caso, no querría que la rescataran jamás.
Cuando despertó, la asaltó el temor de que fuera verdad que le había escrito.¡ Lo sentía tan real ! Pero después se convenció de que sólo había sido un sueño.
 Días después, le mandó un correo electrónico, contandándole lo que había soñado.
Su impresión fue grande cuando Renato le contestó diciéndole que no había sido un sueño, que ella efectivamente le había mandado una carta.  Su tono era frío y algo burlón.
Laura quedó anonadada. Y de anonadada, pasó a atónita.
¿ En qué momento podía haberlo hecho?  ¿ Era posible que un sueño se volviera realidad?
No sabía qué cosa le escocía más en el alma, si el misterio sin resolver o la frialdad con que Renato le había contestado. Se sentía humillada y ridícula.
Varias semanas después, volvió a soñar que le escribía.  Se veía a sí misma inclinada sobre una hoja en  blanco, pero por más que trazaba letras y frases, tratando de expresar sus sentimientos, no dejaba ninguna huella sobre el papel.
Al final, desistía de su intento y metiendo la hoja en blanco en un sobre, iba en medio de la noche a ponerla en un buzón.
Cuando despertó, pensó que probablemente lo había hecho. Fue a su escritorio y vio restos de una denodada escritura nocturna. Papeles arrugados, un lápiz casi sin tinta...
Y por fin comprendió que era sonámbula.
Para evitar seguir escribiéndole a ese tipo frívolo sin corazón, decidió no dormir más.
Se pasaba las noches en vela, leyendo o viendo películas viejas en la televisión.  Cuando empezaban a cantar los pájaros, sentía que había sorteado el peligro y que la luz del amanecer llegaba en su rescate.
Durante el día, andaba chocando contra los postes  y se quedaba dormida colgada de la barra del Metro, sin que los empujones y pisotones lograran mantenerla despierta.
Aguantó una semana sin acostarse, durmiendo en los cines o en cualquier lugar donde no hubiera cerca ni lápices ni papel que la hicieran recaer en su vicio epistolar.
Hasta que la tarde del Sábado no aguantó más y se echó en el sofá de su casa, envuelta en una manta, como una momia indígena. Cayó en un sueño profundo que la hizo rodar dulcemente hasta el mar del olvido.
La despertó el sonido del timbre de la puerta. Al parecer, llevaba un rato sonando porque su en su sueño, se veía paseando por  la nieve,en un trineo lleno de campanillas...
Arrastrándose, fue a abrir.
En la puerta estaba Renato.
-¿ Por qué no me has seguido escribiendo?- le preguntó con descaro.
-Pero, si me demostraste que te importaba un bledo...
-Reconozco que me porté antipático, pero después sentí que tus cartas me decían tanto...Sobre todo la página en blanco que  me mandaste... Esa fue la que más me habló y me hizo comprender lo importante que eres en mi vida...
Laura apenas lograba tener los ojos abiertos y se balanceaba, envuelta en la manta, segura de que seguía soñando y que Renato no estaba ahí.
Pero él la tomó de los hombros y le miró la cara con preocupación:
-¿ Qué te pasa?  Pareces sonámbula...
-  ¿ Yo sonámbula?  ¡ Como se te ocurre !  Lo que pasa es que tengo unos vecinos ruidosos que hace varias noches que no me dejan dormir...

  
  

domingo, 4 de septiembre de 2016

ENCRUCIJADA.

Había caído la noche y Jorge conducía feliz su automóvil, en dirección a su cita con Lucy.
Le habían hecho un nuevo corte de pelo que a él le parecía que le sentaba muy bien. Sacó su celular para tomarse una selfie y en ese preciso segundo, sintió un violento impacto en el parachoques.
Aterrado, vio un par de ruedas de bicicleta girando todavía a un costado del camino. Entre los fierros, yacía un muchacho que respiraba penosamente.  Desde su pecho hundido brotaba unos estertores que lo llenaron de pavor.
 Subió rápidamente al auto y se alejó de ahí a toda velocidad. Constató que no venía nadie en dirección opuesta y que no había casas en ese tramo del camino.
Aceleró, temblando de horror, aunque lúcido. Pero, de pronto, un enorme árbol pareció salirse de la carretera y precipitarse contra él.
El impacto lo oprimió contra el volante.
Al minuto siguiente, se encontró parado en una nube, frente a un escritorio. Detrás de él, se sentaba un anciano majestuoso, que lo miraba con serenidad.
-¿ De donde vienes, Jorge?- le preguntó, como si lo conociera de toda la vida. Lo cual era totalmente cierto, pues el anciano no era otro sino Dios.
-De la carretera, Señor....Iba apurado...No sé qué pasó.
-Pero, antes de chocar, algo te ocurrió ¿ no es cierto?
-¡Oh, sí, Señor !  Un ciclista....Iba tomándose fotos con su celular y se me atravesó, sin mirarme...
El Señor lo observó con severidad y Jorge enrojeció violentamente. Se dio cuenta de que estaba contando la historia según su  conveniencia, y con Dios esas cosas no resultan bien.
-  Te quedaste a auxiliarlo, me imagino....
-La verdad es que no, Señor. Tuve miedo de meterme en un lío...Y además creí que estaba muerto.
Jorge se quedó en silencio, con la cabeza gacha, sin atreverse a enfrentar aquellos ojos tan dulces y tan severos, al mismo tiempo.
- Lo que no entiendo- dijo el Señor- es qué haces aquí.  Debieras haber tomado otra dirección.
-Es verdad. A medio camino vi una encrucijada entre las nubes. De un lado venía un calor infernal, como si hubiera un incendio....y de la otra dirección, esta frescura y esta paz , así es que me vine para acá sin dudarlo.
Dios fijó en él esa mirada en que la piedad y la justicia resplandecen juntas.
-Debes volver a la tierra y auxiliar al ciclista que atropellaste. De otro modo no podrás quedarte aquí.
De inmediato, Jorge volvió a encontrarse en la carretera. A lo lejos, los restos de su automóvil humeaban incrustados en el árbol. A sus pies, yacía el joven ciclista entre los fierros doblados. Las ruedas aún giraban, como si quisiera llevarlo a un lugar mejor.
-¡ Amigo!- gritó Jorge- ¡ No te duermas, quédate conmigo!
-Es tarde - suspiró el muchacho- El que me atropelló escapó....Tú eres bueno, pero no creo que puedas salvarme. Siento que me voy...
Sus ojos lo miraron con gratitud, antes de cerrarse definitivamente.
Jorge lo tomó en sus brazos y lloró, desesperado. Los remordimientos y la vergüenza atenazaban su corazón.
Lo siguiente que pasó fue que se encontró de nuevo entre las nubes,  frente a  Dios, que lo miraba desde detrás de su escritorio.
-¡ Fue inútil, Señor!  Te lo traje hasta tu Cielo y ahora me voy al lugar que me corresponde...
- Puedes quedarte aquí.
-¡ Pero, Señor!  ¡ No logré salvarlo!

- Es cierto.No pudiste salvar su cuerpo. Pero salvaste tu propia alma y eso es lo que realmente importa. 


domingo, 28 de agosto de 2016

NADA MAS QUE NADA.

Para mi amigo Juan Fuentes, de Andalucía.

En el barrio que Juan atravesaba de vuelta del trabajo, había una tienda de antiguedades. Y él siempre se quedaba como pegado a la vitrina, imposibilitado de escapar a su hechizo.
Mirar esos objetos polvorientos lo llenaba de una nostalgia por épocas en las cuales aún no había nacido. Le parecía que en esas cosas se había quedado detenido el tiempo, mientras afuera corría veloz en su marcha desenfrenada hacia la muerte.
En el mostrador de la tienda estaba la dueña, una vieja de ojos penetrantes que le sonreía, como invitándolo a entrar.
Pero Juan no tenía dinero.
A veces se atrevía a entrar y se ponía a escarbar en cajones repletos de libros viejos.  A menudo, de entre sus páginas emergía una araña, molesta al ver amenazada su privacidad.
- Veo que te gustan mucho las antiguedades- observó un día la vieja, con tono complacido.
- ¡Ay, sí !  Pero, son siempre tan caras....-se quejó Juan.
Ella lo miraba en silencio, haciendo girar entre sus dedos una cajita dorada, adornada con piedras de colores.
Juan se quedó con los ojos clavados en ella.
-Y esa cajita ¿ cuanto vale?- preguntó, esperanzado.
-Esta no se vende- respondió ella con tono seco, y la cubrió con una mano.
-Será demasiado valiosa....¿ Qué hay adentro?
-Nada.
Juan se sintió ofendido por la áspera respuesta y pensó para sus adentros:
-¡ Seguro que va a contener nada !  Por algo no la vende...debe tener adentro una joya...Pero, aunque estuviera vacía, me gustaría que fuera mía. ¡Es lo que más me gusta de toda esta tienda!
Y ya no pudo apartarla de su mente.
Todos los días pasaba frente a la tienda y veía a la dueña acodada en el mostrador, siempre dando vuelta entre sus dedos la preciosa cajita. Ella lo miraba en forma socarrona, porque adivinaba el deseo de Juan y se complacía en acrecentarlo.
Un día, entró un cliente y la vieja se paró a atenderlo, dejando la cajita olvidada sobre el mostrador.
Juan se avalanzó sobre ella y en cosa de segundos, se la metió al bolsillo y echó a correr.
Al llegar a su casa, en la soledad de su habitación, la puso en la palma de su mano y admiró el brillo multicolor de las piedras. Presionó un broche y la caja se abrió.
En ese momento, Juan comprendió que la vieja había dicho la verdad. En el interior había Nada. La Nada.
Un torrente blanco se abatió sobre él y todo desapareció a su alrededor.
Se vio en medio de un paisaje incoloro, como una infinita sábana de nieve. No había cielo ni suelo. Sólo un vacío sin orillas.
Se puso a caminar sin rumbo, porque no había horizonte hacia el cual dirigirse. Sentía que le costaba respirar en medio de ese opresivo blancor.  Pensó que así sería la Muerte.
Le pareció que había caminado durante horas, aunque allí el tiempo no parecía trascurrir. De pronto, distinguió a lo lejos un punto negro en medio del vacío total.
Se puso a correr hacia allá, esperanzado. A medida que se aproximaba, distinguió los contornos de una puerta. En su dintel había un letrero que decía:
" Todo".
Sentada en el umbral, como un centinela implacable, estaba la vieja de la tienda de antiguedades.
-¡ Tome!  ¡ Aquí la tiene!  Se la devuelvo...- exclamó Juan, desesperado, tendiéndole la cajita - pero ¡ por Dios, déjeme pasar...!
La vieja lo miró en silencio y abrió la puerta.
Juan cruzó el umbral corriendo, antes de que ella se arrepintiera.
Se encontró de nuevo en la tienda. Echada sobre el mostrador, la dueña se reía, apretando entre sus dedos la cajita dorada.

Juan corrió despavorido hasta que estuvo muy lejos de ahí y nunca más volvió a pasar por esa calle. 


domingo, 21 de agosto de 2016

MOIRA.

Durante todo el verano y parte del otoño, Graciela había estado enamorada de Claudio.
 El había sufrido un accidente de tránsito y arrastraba una pierna, a la cual habían tenido que introducirle dos varillas de metal.  Se sentaba por las mañanas en el café al aire libre y su bastón descansaba apoyado en una maceta de gomero artificial.
Tenía un aire entre melancólico y aburrido y Graciela se sentía subyugada.   No sabía si quería llegar con él hasta el fondo de su pasión o permanecer equilibrándose en el borde, insatisfecha pero a salvo.
Enamorarse de él, con la plena conciencia de no ser correspondida, se había convertido en algo tenebroso. Confuso y lleno de sombras. En lugar de hacerla feliz, la sumergía en una tristeza sin fondo. Verlo o no verlo, daba lo mismo. La tristeza la consumía como una enfermedad de la sangre.
En el otoño cayeron las hojas y su amor se marchitó y cayó también.  Flotó durante unos días en un charco de oscura melancolía y luego se desintegró. Graciela se sintió liberada.
Siguieron siendo amigos de café y Claudio no pareció haber notado nunca , ni la lucha denodada ni la capitulación amarga que Graciela había vivido, justo frente a sus ojos.
Ella ya no iba al café tan seguido como antes. A veces desaparecía durante toda una semana, pero estaba segura de que lo iba a encontrar sentado a la misma mesa, con el mismo aire de hastío y melancolía que antes la había subyugado.
Un día se le ocurrió preguntarle quién había sido su primer amor.
El se rió y no pareció dispuesto a responderle. Pero después se lanzó a hablar como si llevara mucho tiempo atragantado con las palabras.
-Estuve enamorado, pero nunca llegué a nada con ella. ¡ Era la mujer de mi mejor amigo!
-La conocí y de inmediato caí en una especie de estado febril.  Tenía el pelo rojo, pero no era de esas colorinas que tiene pecas.  Su piel era blanca, casi transparente. Parecía de seda o de nácar.   Era como un ángel que se hubiera acercado demasiado al infierno y se le hubiera incendiado el pelo. 
Se llamaba Moira.
-¿ Y qué pasó?- le preguntó Graciela.
-Un día me atreví a oprimirle demasiado la mano. Ella me miró, serena e imperturbable y me dijo:  Es hora de que sigas tu camino.
Así es que me conseguí un empleo en provincia y no volvía a verlos a ninguno de los dos.
Graciela se preguntó si no habría sido la historia de su amor fallido y no el accidente que lo tenía baldado, lo que había llenado de amargura su corazón.
Mucho tiempo después, conoció a Marcos.
Se miraron por casualidad, en una fiesta, y la atracción mutua brotó inmediatamente. Tal vez porque era primavera y todo parecía renacer.
Marcos era mayor que ella y se le notaba en su aire calmado. Parecía caminar pausadamente hacia adelante, mientras la mayoría de los jóvenes se lanzan corriendo al encuentro de la vida.
Los arranques de entusiasmo de Graciela lo hacían sonreír con ternura. Ella pensaba que la quería, pero había algo que lo volvía inaccesible.  Como una puerta cerrada, de la cual ella no tenía permiso para trasponer el umbral. 
 Un día en que estaba acurrucada sobre su pecho, se le ocurrió, como jugando, hacerle la misma pregunta que le había hecho a Claudio tiempo atrás:
-¿ Te acuerdas de tu primer amor?
El se quedó callado un momento y luego dijo:
-No. No me acuerdo de mi primer amor....Pero sí me acuerdo del último.... quiero decir, antes de conocerte.
Es frase la agregó apresuradamente,  oprimiéndole la mano, cuando notó el sobresalto de ella.
-No te lo había contado nunca. Yo estuve casado hace algunos años. Ella era una mujer extraordinariamente atractiva. Era pelirroja, pero de piel perfecta. Era alta, esbelta y tan blanca...Parecía uno de esos cirios que encienden en las iglesias. Su pelo era la llama...
-Estaba muy enamorado de ella y por la vanidad de exhibirla, invitaba a mis amigos a la casa. Me divertía ver la turbación de sus caras al mirarla. Pero, me sucedió algo inesperado:  Me fui quedando solo. Ellos volvían una o dos veces...y después los perdía de vista.
 -Ella me juró que nunca me había sido infiel. Y yo le creí.  Pero algo en ella me intranquilizaba. Su calma imperturbable, su frialdad. Si uno pudiera ver una llama arder en el interior de un iceberg, sin que el hielo llegara a derretirse...Quizás entonces podría explicar como era.
Al escucharlo hablar, Graciela sentía que esa descripción la había escuchado antes, y su piel se erizaba con un escalofrío.
Marcos continuaba hablando, sin notar su turbación.
-Al fin, decidí dejarla. Sentí que algo se me desgarraba por dentro, pero quería estar tranquilo. Y al cabo de un tiempo largo, lo conseguí.
A esas alturas, Graciela ya creía tener la certeza, pero igual le preguntó :
-¿  Como se llamaba ella?
-Se llamaba Moira.
Esa noche, Graciela decidió alejarse de Marcos.  Estaba segura que sería inútil luchar contra sus recuerdos.  
Se acordó de que en la mitología griega, las Moiras eran las divinidades que ejecutaban el destino de los hombres . 
Sentía que el suyo había estado ligado a esa mujer, desde hacía mucho tiempo.  Era necesario romper los hilos que ella manejaba a su antojo.
 Claudio, Marcos...  ¡No!   ¡Ella no sería una marioneta más en las manos de Moira!