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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



sábado, 12 de mayo de 2018

EL FANTASMA QUE LEÍA.

 Marcos quedó inscrito en una Universidad prestigiosa de la Capital. Era su sueño y estaba eufórico. Pero se presentaba un inconveniente de tipo práctico: ¿ Donde iba a vivir mientras duraran las clases?
Su mamá tenía una amiga viuda que daba pensión a estudiantes. ¡ Eso lo arreglaba todo!
Cargado con su maleta, Marcos tocó el timbre en una casa antigua, de un barrio periférico. Le abrió una señora gordita de unos sesenta años. Se notaba que vivía sola, porque al verlo se largó a hablar como si le hubieran sacado una mordaza.
-¡ Pasa, Marquitos!  Estoy feliz de tenerte aquí. A pesar de que tu mamá es mucho más joven, siempre fuimos buenas amigas.  Ahora la casa está tranquila, porque mi único pensionista eres tú.
 Y  parloteando sin pararse a tomar aliento, lo condujo a un dormitorio pequeño, con una cama y un velador. El resto del espacio lo ocupaba un librero imponente, que cubría toda una muralla.
Marcos se puso a revisar los libros. Estaban llenos de polvo. ¡ Se notaba que nadie los leía desde hacía mucho tiempo!  Observó que en la primera hoja se repetía un nombre: Edelmira.
Esa noche se durmió en seguida, muy cansado por el viaje.
No supo a qué hora del amanecer, lo despertó una sensación extraña. ¡ Había alguien más en la habitación!
 Se sentó en la cama y vio que junto al librero estaba parada  una mujer. Sus formas  se distinguían apenas,  como si estuviera hecha de vapor o de niebla.  ¡ Un fantasma!
A Marcos se le erizó el pelo de la nuca y lanzó una exclamación de espanto.
El fantasma se volvió hacia él y le señaló el librero con un gesto imperioso de su mano.
-¿ Qué quiere?- logró articular Marcos con un hilo de voz.
Ella no respondió y siguió señalando el librero.
Marcos no entendía qué quería el fantasma...
-¿ Quiere que le lea algo? ¿ Se quedó en la mitad de una novela y quiere saber el final ?
Ella negó, moviendo la cabeza con violencia. Se notaba furiosa. Hizo ademán de patear el suelo, pero no pudo. Su cuerpo, más abajo de la cintura, se diluía en un vapor azulado.
Marcos estaba angustiado, no sabía qué hacer. Y le parecía una falta de cortesía salir arrancando,  aunque ganas no le faltaban...
El fantasma le dio una última mirada de frustración y desapareció.
 Por supuesto, Marcos no pudo volver a dormirse.  La cabeza le pesaba como una bolsa rellena piedras. Trató de creer que había soñado...Pero estaba muy seguro de que todo había sido real.
Se sintió agradecido cuando amaneció y el dormitorio se llenó de un resplandor lechoso.
En la mesa del desayuno, no pudo evitar contarle  su aventura a la dueña de casa.
A medida que lo escuchaba, la señora se fue poniendo pálida.
-¡ Oh! - exclamó llorosa-  ¡ Es mi hermana Edelmira!  ¡ Murió hace más de cuarenta años!
-¿ Y qué cree usted que pide?  ¿ Será que quiere leer sus novelas y ahora no puede dar vuelta a la hoja?
-¡ No!  ¡ Ya sé lo que quiere!  ¡ La carta!
Marcos la miró interrogante y la señora le contó que Edelmira tenía un novio que estudiaba en el extranjero. Siempre se escribían...Cuando ella enfermó no quería que él lo supiera. Pero, al final, cuando comprendió que se moría, le escribió una última carta...
-¡Me pidió que la llevara al correo!  Yo la guardé entre medio de un libro y después, con la pena de su muerte, la olvidé.
-¿ Y el novio?
-¡ Pobre joven!  Cuando ella no le escribió más debe haber pensado que lo había olvidado...Por eso, al volver a Chile, nunca vino a preguntar por ella.
Juntos fueron al dormitorio de Marcos y vaciaron todos los libros del estante. Se levantó una nube de polvo y hasta una cucaracha salió de entre las páginas de una novela de Kafka...
Al fin apareció la carta.
-¿ Y qué hacemos ahora?- preguntó Marcos.
-Buscar al destinatario, creo yo...Mi hermana necesita que él reciba su carta. Si no, nunca podrá descansar...
En el sobre estaba la dirección y Marcos se ofreció a hacer la diligencia.
Su búsqueda lo llevó a una casa antigua, en las afueras de la ciudad.
Tocó el timbre y le abrió una mujer flaca, con cara de amargura.
-Busco a Pablo Quiñones...
-¿ Para qué lo quiere?
-Le traigo una carta de Edelmira...
-¿ De esa ingrata, vampiresa, mala pécora?  ¿ Ahora se acuerda de escribir?  Después que lo hizo sufrir tanto...Dígale que no se moleste...¡ Mi hermano ya murió!
Y le cerró la puerta en la cara, con un portazo que casi lo tiró al suelo.
Marcos pensó que no le quedaba más que ir al cementerio.
Allá le dieron las señas de la tumba de Pablo.
Estaba en un rincón del camposanto, bajo un ciprés que le prestaba su sombra.
Marcos dejó la carta sobre la lápida y sintió que había cumplido su misión.
Ya se alejaba más tranquilo, cuando un ruido lo hizo mirar atrás.
Vio como la losa se deslizaba a un lado y una mano larga y blanquecina como un jirón de humo, se apoderaba de la carta y se la llevaba al fondo de la tumba.

Marcos dio un grito de terror y no paró de correr hasta que varias cuadras lo separaban ya del cementerio.


domingo, 6 de mayo de 2018

BETTY ALTRUISTA.

- ¡ He decidido que hoy voy a dedicar todo el día a hacer felices a los demás!
Nora la miró dudosa  y ya preparaba un comentario sarcástico, pero al ver su cara resplandeciente de buenos propósitos, prefirió callar.
-He ahorrado un dinero. Lo tengo aquí  ¡mira!- continuó Betty  muy ufana y le mostró un sobre bastante abultado- He decidido gastarlo todo en quienes realmente los necesitan.
-¿ Y a qué se deben tan loables intenciones?  ¿ Acaso el médico te dio dos meses de vida y quieres hacer méritos pensando en el más allá ?
- ¡ Qué pesada!  ¡ No! Todo lo contrario. Me siento muy afortunada y quiero compartir con otros mi buena suerte.
-¿ Y qué piensas hacer?- preguntó Nora.
- Bueno, he hecho una lista de personas a quienes quiero favorecer. Aquí está. ¡ Mírala!
- ¡Pero, Betty!  Veo que tu nombre es el primero de la lista...
¡ Claro!  Es que para hacer felices a los demás tengo que serlo yo misma primero ¿ no crees? Y hay algo que me tiene intranquila...
-¿ Qué será?  ¿ Alguna incógnita metafísica?
-No. Son unos zapatos que vi hace días en el Mall. Desde entonces, mi vida ha quedado en suspenso. ¡ No seré feliz si no los tengo!  Acompáñame a comprarlos, por favor.
En la tienda, Betty miraba hipnotizada una cartera que hacía juego con los zapatos.
-No creo que los pueda usar si no les agrego este complemento...
Al guardar el sobre con el dinero, se veía bastante escuálido, pero ella no pareció notarlo.
 -¡ Ya, Nora! - exclamó- Me siento absolutamente feliz. Lo único que me atormenta es el hambre. ¡ Ya es hora de almorzar!  Vamos a un restaurante que me recomendaron.
-¿ No será muy caro, Betty?
-No importa, Nora. Quiero festejar el hecho de que por fin he logrado vencer mi egoísmo para pensar en los otros... ¡Me siento una mejor persona!
Cuando salieron del restaurante, en el sobre de los buenos propósitos solo quedaban unas pocas monedas.  Betty se las entregó a un organillero que tocaba su música en una esquina.

-¿ Viste la cara de contento que puso?  ¿ No te digo yo, Nora ?   Hacer felices a los otros es lo que llena la vida!


domingo, 29 de abril de 2018

CHARLAS EN EL METRO.

Una noche me tocó viajar en Metro, muy tarde. Era el último tren e iba casi vacío.
Me estaba quedando dormida, apoyada contra el vidrio de la ventanilla, cuando sin querer escuché unas voces que venían de un asiento cercano. Eran dos personas que conversaban en voz baja.
- Seguro que a usted, como a todo el mundo, le gustaría saber qué es la Muerte- decía un tipo flaco, envuelto en un abrigo gris-  Bueno, yo se lo puedo decir. La Muerte es un país subdesarrollado que queda al Norte de Europa.
- ¿ Como que un país subdesarrollado?  ¿ Qué acaso no han tenido millones de años para progresar? La gente se muere desde que existe el mundo ¿no?- protestaba su interlocutor, un gordito que parecía haberse adueñado de los kilos que le faltaban al otro.
-Ya sé, pero es que los muertos son muy abúlicos. Nadie tiene ganas de trabajar...Y también  ¿para qué, digo yo, si ya se murieron y su lucha por la existencia terminó?
-Y el clima ¿ es muy malo?
-Claro, como estamos bien al Norte, cerca del Polo... Hace frío todo el tiempo y cuando le da por nevar, andamos todos como envueltos en una mortaja..jeje... Si me permite una broma  inocente.
-Perdón, pero usted habla todo el tiempo como si ya estuviera muerto.
-Precisamente.
-¡ Ah!  Por eso lo hallaba tan flaco... ¿ Y qué anda haciendo por aquí?
-De vez en cuando me doy una vueltecita...Para calmar la nostalgia. Porque somos los muertos los que echamos de menos a los vivos y no al revés, como dicen.
-¡ Cuénteme más cosas !  Siempre he tenido curiosidad sobre el tema y es primera vez que converso con un difunto. ¿ Qué hace la gente allá para matar el tiempo?  Digo yo, porque se hará eterno...
-Mire, hacemos lo mismo que acá,  trabajar, pero sin ganas. Porque pagan con dinero falso. Billetes de Metrópoli, si me entiende . ...Y tampoco hay escalafón ni esperanzas de progresar. Seguir muertos, ese es el único futuro que ofrecen...
-¡ Vaya!  Pero al menos habrá gente interesante con quién conversar...Leonardo Da Vinci, Miguel de Cervantes, Einstein...Y ahora último, ese flaquito en silla de ruedas, el que estudiaba las galaxias...
- Las cosas no son como usted cree. Allá todos andan apáticos y desganados...Al principio yo también estaba feliz con la perspectiva de conocer gente famosa, pero me he llevado muchos chascos.  Un día me acerqué a Oscar Wilde esperando escuchar su charla brillante...Pero, apenas habla. Y como murió de meningitis, siempre se está quejando de  dolor la cabeza...
-¿ Y Lord Douglas?
-Ya ni se miran. Cuando vivían, dijeron : Hasta que la Muerte nos separe. Y justo, la Muerte los separó. Ahora, anda cada uno por su lado.
-Es bien poco alentador lo que me cuenta.
-Tiene razón. A la Muerte la han dotado de un prestigio inmerecido.  Los poetas le han dedicado innumerables versos y los filósofos, muchos tratados que sondean su misterio... Yo no le encuentro ningún sexappeal. Si la gente supiera lo fome que es, se acabarían los suicidios.
-No sabe cuanto le agradezco la información. Creo que ahora apreciaré más la Vida. Le juro que me voy a dedicar a vivir a concho, en lugar de perder el tiempo filosofando.
-¡ Cuanto me alegra haberle sido útil!- dijo el flaco- Aquí me bajo yo.
Y al detenerse el tren,saltó al andén y se perdió entre las sombras.
El gordito se bajó en la próxima estación y yo me quedé estupefacta, preguntándome si habría soñado...

Y todavía me lo pregunto.


domingo, 22 de abril de 2018

SOLEDAD.

Juan iba por la calle pensando que seguramente, en ese instante, no había nadie en el mundo que estuviera pensando en él.
Ni siquiera para recordarlo con rabia  o desearle la muerte. 
Caminaba sintiéndose ignorado por todos, ni querido ni odiado. Sencillamente solo.
Ansiaba encontrarse con alguien conocido, entre tantas caras anónimas.
Alguien que al verlo soltara una exclamación de sorpresa: ¡ Juan, tanto tiempo !
Pero la muchedumbre indiferente lo envolvía. Parecía engullirlo con su enorme boca y tragárselo  sin masticarlo siquiera.
A lo lejos divisó a un vecino que conocía de vista. ¡ Por fin alguien a quien saludar!  Preparó una amplia sonrisa, para brindársela sin escatimar dientes...
Pero el vecino pasó de largo hablando por celular.
Juan pensó que los celulares eran los grandes mentirosos de la era moderna. Fingían tenerte conectado pero te aislaban cada vez más.  ¿Cuantas veces una charla amena, que prometía calor humano se veía interrumpida por la odiada musiquita?
-¡  Perdona un segundo! Tengo que atender.... Y hasta ahí llegaba la cosa.
Después de cortar, el tipo salía corriendo:  ¡ Había olvidado esta cita urgente!  ¡ Otro día te llamo!
Perdido en sus tristes pensamientos, Juan no supo como llegó hasta el cementerio.
Acostumbraba ir allá cuando estaba preocupado. Sus problemas se iban apaciguando de a poco en ese ambiente sereno.
A un costado de un sendero rodeado de cipreses, divisó a alguien sentado sobre una lápida. Le pareció que era una increíble casualidad cuando reconoció a su amigo Jorge.  ¡ Qué tiempo que no lo veía!
Avergonzado recordó que en su último encuentro había sido él, Juan, quien había pronunciado la aborrecida frase:  " Otro día te llamo"
Notó que Jorge lo reconocía, porque una sonrisa algo triste iluminó su cara.
-¡ Amigo, qué gusto  verte por acá!
Sin darse cuenta, Juan se sentó a su lado sobre la lápida.
Conversaron hasta que calló la noche. Ningún repiqueteo de celular vino a interrumpir su charla. Ni Jorge se paró de repente, al acordarse de una diligencia urgente...
Reconfortado, Juan suspiró:
-¡ Qué agradable!  Hacía tanto tiempo que no conversaba con nadie así, sin interrupciones ni apuros...
-Es lo bueno que tiene el estar aquí-contestó Jorge- Que el paso del tiempo ya no tiene importancia.
Lo tomó de un brazo y ambos se pararon.  Juan lo notó incorpóreo y luego vio que empezaba a desvanecerse entre las sombras.

Entonces se dio cuenta de que habían estado sentados sobre su tumba.   


domingo, 15 de abril de 2018

NIEVE.

El tren atravesaba velozmente los campos cubiertos de nieve.
En un vagón semi vacío iba Cecilia. Miraba a través de la ventanilla, como los árboles se desvanecían antes de poder fijar su vista en ellos.  A su lado iba su madre llevando en su regazo a su hermanito enfermo. Después de una noche en vela,  la mujer dormitaba, agotada.
De pronto el niño tosió. Su garganta emitió un ruido extraño, como si algo se le desgarrara adentro. Luego se quedó inmóvil, con sus ojos fijos en el techo del vagón.
Una señora muy alta, vestida de negro, avanzó por el pasillo sin hacer ruido. Se detuvo junto al niño y puso una mano sobre su pecho. Los labios del niño se  entreabrieron y por ellos salió volando un pajarito. Aleteó en la penumbra por unos segundos, pero la mujer lo atrapó rápidamente y lo metió bajo los pliegues de su manto.
Cecilia comprendió que era la Muerte y que se llevaba el alma de su hermanito.
Se paró del asiento, tratando de detenerla. La mujer se volvió a mirarla y se soltó de sus manos con violencia.  Se bajó del tren en marcha y se perdió entre los copos de nieve que caían sin cesar.
Cecilia vio que se le había caído un cuaderno de tapas negras.
Al abrirlo, vio que las páginas estaban llenas de columnas de nombres. Había muchos tachados y otros marcados con una cruz. El último que aparecía era el de su hermanito. Lo seguían infinidad de nombres no tachados aún...
Aterrada por el descubrimiento, escondió el cuaderno en el bolsillo de su abrigo.
Su mamá despertó y al ver al niño inmóvil, se puso a llorar amargamente.
Al día siguiente fueron al cementerio llevando en brazos el pequeño ataúd blanco. Cuando el sepulturero lo bajó hasta la fosa, Cecilia arrojó también ahí el cuaderno de la Muerte.
Las paletadas de tierra lo sepultaron de inmediato.
...........
La Muerte, mientras tanto, se desesperaba al no poder cumplir con su tarea. Hacía inútiles esfuerzos por recordar donde había perdido el cuaderno. Notaba que su memoria le estaba fallando. Se sentía vieja y cansada. ¿ Qué harían con ella cuando ya no pudiera trabajar?  ¿Traerían a otra Muerte más joven, más eficiente y a ella la mandarían al asilo?
De pronto recordó los tirones que le había dado la niña en el manto, cuando estaba en el pasillo del tren. ¡ En ese momento se le había caído el cuaderno!  Y seguramente esa niña se había quedado con él....
Mientras la buscaba de pueblo en pueblo, no podía hacer su trabajo y la gente dejó de morir.
Al principio, nadie se daba cuenta. Pero, al segundo día, los obituarios de los periódicos aparecieron en blanco. Loa fabricantes de ataúdes no recibían  ningún encargo y un rumor fantástico empezó a extenderse por el mundo.
" Ya nadie muere" decía el titular de un diario.  "¿ Murió la Muerte?"   preguntaba otro con sarcasmo.
La gente iba por las calles eufórica y temeraria. Los autos pasaban con los semáforos en rojo y los transeúntes se atravesaban frente a los buses en marcha.
Solo los gobernantes le tomaban el pulso a la catástrofe demográfica que se avecinaba. Pero, nadie los escuchaba, en medio del júbilo irresponsable que se había apoderado de todos.
.......
La Muerte, mientras, había encontrado por fin a Cecilia.
Encorvada  por la aflicción, la esperó a la salida de la escuela, sin notar que nevaba copiosamente. La nieve  iba cubriendo su cuerpo y la hacía parecer una reina destronada, con una capa de armiño.
Al verla parada en la vereda, la niña tembló. Pero al ver la cara angustiada de la mujer, comprendió que no le haría daño.
-¿ Donde tienes mi cuaderno?- le preguntó ella.
-¡ No te lo devolveré!  Tú te llevaste el alma de mi hermanito y mi mamá llora todo el día.
-Pero ¿ no entiendes que no es mi culpa?  Yo solo recibo órdenes. ¡ No puede haber Vida sin Muerte!  ¿ Has pensado que si nadie muere no habrá espacio en la Tierra para  los que nacen?
Cecilia se quedó pensativa.  Clavó sus ojos en la cara angustiada de la mujer.
-¡ Tienes que devolverme el cuaderno!- insistió ella- Al no cumplir mi tarea, estoy introduciendo el caos en los asuntos de Dios.
La niña aceptó sus razonamientos  y tomándola de la mano la condujo al cementerio. En silencio, le señaló la tumba de su hermanito.
.......
Y así fue como la Muerte recuperó su cuaderno. Como estaba atrasada en su trabajo, se apuró en ponerse al día y el destino de los hombres siguió cumpliéndose sin remisión.  



domingo, 8 de abril de 2018

CON INSOMNIO Y SIN SUEÑOS.

Ana se desvelaba en las noches echando de menos su casa y su pueblo.
De su casa le llegaban correos y la llamaban casi todos los días. Pero era indudable que se habían puesto de acuerdo para no hablarle de Marcos.
¡ Ay!  Marcos...
Era de él de quién había escapado a la Capital. De sus ojos grises y su figura esbelta.
Ella y su hermana Muriel lo habían conocido al mismo tiempo y él había simpatizado con las dos, sin mostrar preferencia por ninguna.  Iba a su casa seguido, a pedir y devolver libros. Porque era un extraño especimen, de esos que ya casi no quedan. Los que aún leen libros...
Ana se había ido enamorando de a poco. Como alguien que está parado al borde del mar. Mete un pie primero, luego los dos y se va envalentonando de a poco, hasta que acaba sumergiéndose y las olas lo arrebatan, sin salvación.
Un día, Muriel le informó que Marcos se le había declarado a ella y Ana notó  que en su voz había un matiz de burla.
Disimuló como pudo su tremenda decepción.
Si ella hubiera estado de candidata al Oscar para mejor actriz, seguro que se lo habría ganado. Pero ¡ ay!  su vida no era una película. Apenas daba para un Documental sobre el fracaso...
Se durmió con los ojos secos, pero cuando despertó a la mañana siguiente, su almohada estaba húmeda. Supo que había llorado en sueños hasta deshidratar su corazón.
Comprendió que tenía que irse, lejos de Marcos y donde no hubiera ojos que la siguieran para comprobar su dolor.
Y ahí estaba. En la pensión de la señora López, en un barrio antiguo de la Capital.  Sola en una ciudad inmensa, llena de esperanzados y desesperados, con los que viajaba cada día al trabajo, en un vagón del Metro.
A los pocos días llegó un nuevo pensionista a la habitación del lado.
-¡ Es chino!  Viene de Tokio- informó la señora López, orgullosa del pedigree internacional que iba tomando la casa.
-Entonces, es japonés- le corrigió Ana.
-¡ Ah!  ¿ Que no es lo mismo?- preguntó la señora, con una dulce ignorancia que conmovía.
Todas las mañana, Ana buscaba en el baño alguna huella del paso del nuevo huésped. Un cabello en el lavamanos, una maquinilla de afeitar en el papelero. Pero nunca había nada.
Apenas se le oía. Suaves pisadas en la escalera, el atisbo de una figura espigada cruzando la puerta de calle.
La señora López estaba embelesada con él. Cada día tenía un comentario nuevo que hacerle a Ana.
-¡ Es tan amable!  Y buenmozo...Lleva siempre un paraguas, aunque haya sol. Debe ser que en China llueve mucho...
-En Japón- insinuaba Ana con suavidad, no queriendo contradecirla.
Un día, al atardecer se encontró con él en la esquina de la casa. Llovía a cántaros y Ana había olvidado el paraguas.
El le hizo una reverencia y abrió el suyo en silencio, demostrando que la conocía bien, aunque se suponía que nunca se habían visto. Ella lo miró sorprendida.
 El rostro de él no expresaba más que una respetuosa cortesía, pero Ana notó que en sus ojos oscuros chisporroteaban llamitas, como si por dentro estuviera riéndose de su turbación.
Llevaba el cabello muy corto, aplastado con gel y  ceñido a su cabeza,como el yelmo de un samurai.
-¡ Con razón no deja pelos en el cuarto de baño!- se dijo Ana.
Mientras le sonreía bajo el paraguas, sintió que una marea cálida inundaba su corazón y que al retroceder, las olas se llevaban mar adentro los restos de su naufragio de amor.




domingo, 1 de abril de 2018

CHARLAS DE CAFÉ.

-¡ Ay, viejo!- suspiró Ramiro, con la cabeza entre las manos- Necesito que me resulte esta pega...No puedo pasar cesante ni un día más . 
-¿Y cuando vas a saber?
-Se supone que tendrían que llamarme mañana...Estoy tan desesperado que sería capaz de venderle mi alma al Diablo.
-Jaja ¡ Ya me gustaría a mí encontrarme con el Diablo!  Lo primero que haría sería preguntarle si existe Dios.  Y si me dijera que no, entonces capaz que le vendiera mi alma. ¡ Total!  Ya no tendría nada que perder. ¿No es cierto ?
-Pero, ¿ acaso no sabes que el Diablo es el mayor mentiroso que existe?  ¿ Cómo le ibas a creer lo que te dijera?
-Tienes razón- contestó Pablo- Mejor es pensar en otra cosa.
Y siguió tomando tranquilamente su café mientras Ramiro se tiraba los pelos, atormentado por la incertidumbre.
Al otro día se encontraron en la Estación del Metro.
-¿ Y, compadre?  ¿ Alguna novedad?
-¡ Sï, viejito!   ¡ Me resultó!  Mañana voy a la entrevista con el psicólogo...
Contentos, se fueron a un bar a celebrar la noticia.
En una mesa había un tipo solo, inclinado sobre una copa a medio vaciar. Se veía abatido, con cara de futuro suicida. 
Ramiro y Pablo estaban tan contentos que le pidieron permiso para acompañarlo con un trago. Sentían que todo el mundo tenía que celebrar con ellos.
El tipo levantó la mirada y un débil relampagueo atravesó por sus ojos. Apartó un maltrecho maletín que tenía a su lado, para dejarles espacio.
Ambos amigos sospecharon lo mismo, que era un vendedor. Por eso se veía tan cansado y sin ánimo.
  -Perdone, amigo- le dijo Pablo- Usted ¿qué vende?
-Nada. Yo no vendo, yo compro.
-¡ Vaya! Eso sí que es novedoso...Y ¿ qué compra?
-Almas, por supuesto- contestó el individuo, sin inmutarse- Por si no se dieron cuenta ya, soy el Diablo.
-¡ Ah! -exclamó Pablo, eufórico- ¡ No sabe las ganas que tenía de encontrarme con usted!
 -¿ Necesita algo? ¿ Quiere que hagamos negocio?- preguntó el Diablo esperanzado y sus ojos chisporrotearon como brasas de rescoldo.
-La verdad es que no. Yo solo quería hacerle una pregunta:   ¿ Existe Dios?
El tipo palideció. Su cara pareció cubrirse de una capa de ceniza, pero se rehizo de inmediato. Se paró de un salto y tomando su maletín, salió del bar casi corriendo.
Ramiro exclamó con una carcajada:
- ¡ Vaya! No puedes decir que no te respondió...¡ La cosa ha quedado muy clara!