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domingo, 13 de agosto de 2017

SE LLAMABA MARIA.

Se llamaba Maria y era, sin duda, la más linda del pueblo.
Algún cursi que se las daba de intelectual, la bautizó Maria la Bella, por el personaje  Remedios la Bella, de Cien años de soledad.
¡ Pero sin duda se merecía el apodo!
Era alta, de piel blanca y cabello oscuro. Su pecho ideal era como la proa de un barco que fuera cortando las olas del aire. Sus movimientos eran pausados y ondulantes, también como los de un barco que se aproxima al puerto. Y a cada paso, sus caderas se mecían con un vaivén que los dejaba a todos sin aliento.
La eligieron Reina de la Primavera en el Carnaval que organizaba un club de beneficencia.  La sentaron en un trono sobre un escenario y un señor bajito que se creía poeta, le recitó unos versos ensalzando su belleza.
Ella sonreía con aire ausente, tomando los homenajes con auténtica naturalidad y de vez en cuando levantaba su brazo muy blanco y saludaba al público. Una verdadera reina no lo habría hecho mejor.
Manuel la miraba arrobado. Y se preguntaba de nuevo a qué mérito suyo le debía la extraordinaria suerte de que ella le permitiera ser su escolta.
¿ Por qué, si  era indudable que apenas lo veía y que le era totalmente indiferente?
Tal vez ella se daba cuenta de que la admiración de Manuel era respetuosa y humilde y que jamás se atrevería a hacerle pasar el bochorno de una declaración de amor.
  La acompañaba a Misa los Domingo y a la salida, María , con un gesto majestuoso, le tendía su librito de oraciones para que él se lo llevara.
Daban dos vueltas a la Plaza. Ella surcaba el aire cargado de murmullos de deseo...El la seguía solícito, como un paje a su reina, sintiendo como la envidia y los celos  de los demás hombres los hacían querer verlo muerto.
Los Miércoles, María la Bella iba a clases de danzas folklóricas con una profesora que viajaba desde la Capital.
Manuel la esperaba afuera y al salir, ella, con su ademán mudo y soberano, le tendía el envoltorio de sus zapatillas de baile.
¡ Días felices de muda adoración!  Para Manuel, María era como la luna, dorada y rutilante y él, una estrella humilde que la escoltaba sosteniendo su manto.
Pero un día estalló el escándalo que sacudió al pueblo como un terremoto.
Se supo que María la Bella había sido la amante del alcalde durante todo ese tiempo y ahora estaba preñada.
Un cuchillo atravesó el corazón de Manuel y de  golpe comprendió el triste papel que le había correspondido a él en el sórdido asunto.
Dos semanas después, en la Misa del Domingo, el cura leyó las amonestaciones del matrimonio de María.
¡ Se casaba!  No con el alcalde, por supuesto. El llevaba casado muchos años...
El nombre del novio les resultó a todos desconocido.
Era un forastero de algún pueblo vecino. El alcalde le había comprado un camión para que trabajara en el transporte de abarrotes. A cambio, él se haría cargo de María....
El día de la boda, ella entró a la iglesia, distante y majestuosa .  A pesar de su triste situación, caminó altiva entre la gente del pueblo, como una reina entre sus vasallos.
Llevaba una túnica de pálido color rosa y una corona de flores le sostenía el velo.  Era la imagen viva de la primavera, cargando en su vientre el fruto que maduraría en verano...
En el altar la esperaba el novio, de pulcro traje azul, regalo del alcalde, sin lugar a dudas.
Ella apenas lo miró y muchos dijeron que bajo el velo le corría el llanto. Otros dijeron que era el alcalde el que se secó una lágrima, cuando la pareja pasó junto al banco que él ocupaba con su esposa.
Lo cierto es que nadie se quedó sin hacer un comentario.
Oculto tras un pilar de la Iglesia, Manuel sentía que su corazón se rompía en pedazos y le extrañaba no ver un charco de sangre creciendo al rededor de sus pies.
La pareja se fue a vivir en una casita en las afueras del pueblo. Se supo que el niño había nacido, pero a María la Bella nadie la había visto desde el día de su boda.
Luego un día corrió un nuevo rumor.
El transportista de abarrotes había desaparecido llevándose su camión. Una noche salió del pueblo sigilosamente y no volvió más. Total, ya había cumplido su compromiso con el alcalde...
Una tarde, Manuel divisó a María en la plaza, empujando un cochecito.
Le flaquearon las piernas de emoción y al principio no se atrevía a acercarse. Pero luego, sacando fuerzas de su maltrecho corazón, se puso a caminar a su lado en silencio.
Ella lo miró de reojo y sonrió apenas. Luego, extendiendo su blanco abrazo en ademán de reina, le tendió algo para que se lo llevara.

 Ya no era  ¡ Ay!  el librito de oraciones. Ya no el envoltorio con las zapatillas de baile...Era una bolsita celeste que contenía un biberón. 


domingo, 6 de agosto de 2017

UNA VIDA DE PERROS.

Juan había amanecido de mal ánimo. Para colmo, en la escalera se le atravesó un gato negro.  ¡Era un augurio de mala suerte!  Fijo que el día se venía mal...
Al llegar a la oficina, lo esperaba la secretaria con un recado amenazante:  El gerente quería verlo.
Como era de esperar, lo despidieron.  Tuvo que desocupar en seguida su escritorio y de un minuto a otro, se encontró  en la calle, sin saber qué hacer.
Vagando por el parque,  se dejó caer en un banco. Una enorme pesadumbre lo invadió.
Vio venir a una dama muy elegante, seguida por una mucama uniformada que le llevaba los paquetes. Al pasar a su lado, lo miró con desdén y comentó en voz alta:
-¡ Estos vagabundos son una verdadera lacra!  Deberían echarlos de la ciudad...
Humillado, Juan apoyó la cabeza en el respaldo del banco y sin darse cuenta, se quedó dormido.
Tuvo el sueño muy extraño. Soñó que era un perro vago. O en situación de calle, para decirlo en forma más elegante.
Estaba echado en el mismo banco, tratando de captar con su nariz los efluvios de algo comestible que pudiera haber en las cercanías.
Pasó de nuevo la misma dama que lo había mirado con desprecio unos minutos atrás.
-¡ Oh! ¡ Pobre perrito !- exclamó conmovida-¿ Quién será el desalmado que lo abandonó?  ¡Deberían meterlo preso por maltrato animal !
Lo tomó en sus brazos y en seguida Juan se encontró en el interior de un lujoso automóvil.
-¡ Vamos, pobrecito!  ¡Ahora tendrás un hogar!
Llegaron a una casa del barrio alto. Lo primero que vio Juan al entrar, fue un enorme gato negro ovillado en un sillón. Al verlo a él, el animal lanzó un bufido y se le erizó la piel, desde el cuello hasta la punta de la cola.
-¡ Genaro! ¿ Qué te pasa?- lo amonestó la dama con acento tierno- ¡ Tienes que ser bueno con este perrito huérfano que acaba de llegar!  Ahora ya es parte de nuestra familia.  Apaciguado en apariencia, el gatazo se contentó con echarle una mirada de desprecio y luego de dar unas vueltas sobre sí mismo, se acomodó mejor y siguió durmiendo.
La mucama llevó a Juan a la cocina y le dio de comer. Cuando estuvo satisfecho, la señora lo cogió en sus brazos y lo puso sobre un cojín, frente al fuego de la chimenea.
Con el estómago lleno y envuelto en un suave calor, Juan cerró los ojos y pensó:  ¡ Este es un sueño del que no quiero despertar!
Pero lo hizo. Y despertó como lo que era, un cesante sentado en el banco del parque. Hambriento y sin saber a donde ir.

-¡ Ay!- pensó acongojado- ¡ Ojalá hubiera podido seguir soñando!  ¡ Esa vida de perros era mucho mejor!