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lunes, 12 de agosto de 2013

UN PUÑADO DE CENIZAS.

Para llegar a mi casa, tenía que atravesar la ciudad de un extremo al otro.
Menos mal que a esa hora, de media mañana, en el Metro había varios asientos libres.
Me senté junto a la ventanilla y apoyando mi cabeza en el vidrio, me puse a dormitar.
No supe en qué momento se había sentado a mi lado una diminuta viejecita vestida de luto. Ya más despierto, observé que iba llorando mientras sostenía un paquete sobre sus rodillas.
Preocupado al verla tan afligida, la observaba con el rabillo del ojo, sin decidirme a hablarle.
Al rato, me quedó claro, por los sorbetones que hacía con la nariz, que necesitaba urgentemente sacar un pañuelo de su cartera y no podía, maneada con el paquete.
Me ofrecí a llevárselo y ella aceptó agradecida.
Seguimos viajando en silencio, yo llevando el envoltorio, que era bastante pesado, y ella moquillando y secándose las lágrimas con resignación.
El calor que reinaba en el carro me fue embotando y volví a quedarme dormido.
Cuando desperté, vi que la viejita se había bajado sin llevarse el paquete. A mi lado iba sentado un hombre gordo, que leía el periódico.
-¿Y la señora que estaba recién aquí?- le pregunté confundido.
-No he visto a nadie- respondió el gordo- Cuando me subí, este asiento estaba vacío. Y a propósito, usted ronca bien fuerte, amigo. ¿Se lo habían dicho?
Me revolví incómodo en el asiento.
En eso, el envoltorio se aflojó y comprobé, con estupefacción, que se trataba de un ánfora funeraria.
Entreví que llevaba grabado un nombre: Emeterio Pantoja. Más abajo, una fecha reciente.
La viejecita era, sin duda la viuda y acababa de retirar el ánfora en el crematorio. Pero ¿por qué se había bajado sin llevárselas? Seguramente, la pena la tenía trastornada.
Y el resultado era que , por esas cosas de la vida, o de la muerte, mejor dicho, me encontraba viajando en el Metro, llevando en las manos lo que quedaba de Emeterio:  Un puñado de cenizas.
Estaba consternado. ¿Qué hacía ahora con el paquete?
Ni siquiera sabía en qué estación se había bajado la señora.
Después me serené. Al menos, tenía el nombre del difunto y en el cementerio seguramente me podrían ayudar a ubicar a los deudos.
Resolví ir allá a primera hora del día siguiente.
Al llegar a mi casa, puse el ánfora sobre mi cómoda  y compadecido, le di unas palmaditas de ánimo. Sentí que me había encariñado con las cenizas de Emeterio.
Esa noche me acosté muy cansado, (soy vendedor puerta a puerta) , y me quedé dormido apenas puse la cabeza sobre la almohada.
Pero me desperté bruscamente, con la sensación de haber estado escuchando unos suspiros lastimeros.
Al principio, pensé que había soñado. Pero, me quedé con los ojos abiertos en la oscuridad, esperando a ver si se repetían.
Estaba ya convencido de que había sido un sueño, cuando los suspiros se reanudaron. Luego, se trasformaron en gemidos y escuché una voz desesperada que repetía:
-¡Sáquenme de aquí!   ¡Sáquenme de aquí!
Encendí la luz, aterrado y comprobé que los sonidos venían del interior del ánfora. ¡Era el alma de Emeterio, que se lamentaba de su triste destino!
De más está decir que no pegué un ojo en toda la noche.
Al amanecer, cesaron los quejidos y un silencio bienhechor me trajo algo de calma.
Me levanté muy temprano y me encaminé al cementerio cargado con el macabro paquete. Lo llevaba forrado en varias capas de papel de diario, con la esperanza de amortiguar los suspiros, si se volvían a repetir. Afortunadamente, se mantuvo en silencio. Seguramente Emeterio dormía, cansado de tanto lamentarse.
Yo respiraba a bocanadas el aire cargado de frescura matinal. Un aroma mezcla de pasto recién regado y de flores marchitas me llegó al trasponer las rejas del cementerio.
Los jardineros se afanaban por los senderos, empujando carretillas con herramientas.
Mi propósito era dirigirme a la Administración, para pedir informaciones, pero a mitad de camino, tristes suspiros empezaron a brotar otra vez del envoltorio.
Pareció que Emeterio adivinaba el lugar donde estábamos, porque de los suspiros pasó a los gritos de angustia:
-¡No me dejen aquí!  ¡No quiero estar solo!  ¡¡Mamá!!
Desesperado, solté el ánfora sobre la primera lápida que encontré y corrí despavorido hacia la salida del cementerio.
Me tropecé de frente con uno de los jardineros y casi me caigo dentro de la carretilla.
El me sujetó por los hombros y me preguntó, burlón:
-Amigo ¿qué le pasa?  ¿Por qué corre tanto?  ¡Cualquiera diría que ha visto un fantasma!


5 comentarios:

  1. Intrigante ,original y entretenida historia.
    Besos.

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  2. Diantres
    en cosa de muertos mejor ni meterse...
    menos si te dejan una cosa así al descuido...
    uf!!

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  3. ¡Bueno, ya hay que ser temerario para dormirse en el metro jaja!
    Ojalá tuviéramos alma y que sobreviviera a la muerte pero mira, hasta ahora, ningún ocupante de una urna funeraria ha dicho la menor palabra. Me temo que más allá de la guadaña, no hay nada.
    En tu relato se mezcla lo trágico del fallecimiento con algunas notas de humor pero yo me quedo con la última frase del alma de Emeterio, llamando a su madre. ¡Es muy triste!
    ¡Envidio el clima que pones en el dibujo jaja!
    Saludos y buena semana, Lillian.

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  4. Menos mal que te he leido ahora por la mañana.
    Si lo hago por la noche, no pego ojo.

    Saludos, manolo

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  5. Dice Maria Teresa González:
    Me quedé con ganas de saber más., del muertito, de la viejita...¿No hay segunda parte?
    Podría llamarse "un puñado de cenizas" 2 ¿qué te parece?

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