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lunes, 13 de agosto de 2012

COCINANDO CON MONICA.

Mónica siempre se acordaba de lo que le decía su mamá: " A los hombres se los conquista por el estómago".
Su solitario corazón ansiaba encontrar el amor.
Los años pasaban y sus amigas se casaban o encontraban "un compañero", y ella continuaba soltera.
Se proclamaba independiente, "moderna". ¡No quería a su lado un hombre que coartara su libertad de viajar y de hacer lo que le viniera en gana!
Eso le decía a quién quisiera escucharla, pero en su interior sentía el peso abrumador de su independencia y hubiera querido ser menos libre a cambio de sentir unos brazos en torno a su cintura...
En el diario mural de la oficina, apareció un aviso:
Clases de cocina con Carlo, el famosos chef que aparece en la televisión.
Todos los Martes y Jueves, a las diecinueve horas.
Matrícula limitada.
Mónica se entusiasmó de inmediato. Se vio a sí misma sirviéndole exquisitos platos a un hombre que la miraba arrobado. Sus ojos resplandecían de amor y un "suspiro limeño", especialmente delicioso, lo motivaba a sacar de su bolsillo la codiciada sortija de compromiso.
-¡Te amo, Mónica!-le decía-¡Quiero saborear tus guisos hasta que la muerte nos separe!
 Así fue como se matriculó en el curso que Carlo impartía en un lujoso hotel del centro.
Como las clases eran Martes y jueves, los Miércoles y Viernes  Mónica pasaba al supermercado a comprar los ingredientes necesarios y después ensayaba en su casa lo aprendido el día anterior.
Exquisitos aromas se colaban por la puerta de su departamento y llegaban al pasillo, despertando en sus vecinos un apetito voraz.
Progresaba rápidamente y sus guisos, que saboreaba a solas, la hacían sentirse orgullosa de su talento culinario.
Una tarde en que Carlo no hizo la clase por tener que grabar un spot, Mónica se vio libre para asistir a una exposición de pintura.
Era una muestras colectiva de artistas emergentes.
De inmediato se sintió cautivada por un paisaje de Otoño. ¿Cuánto costaría?
Junto a la mesa que exhibía los catálogos, vio a un joven sentado fumando una pipa.
-Perdone, ¿a usted debo preguntarle el precio de las pinturas?
Vio encenderse una chispa de expectativa en los ojos del hombre.
-¿Cual le interesa especialmente?
-La vista del parque en Otoño...
-¡Ah! ¡Esa! -La chispa se apagó y un mohín de desprecio apareció en sus labios.
Mónica adivinó que él formaba parte de los expositores y le preguntó solícita:
-¿Hay también algún cuadro suyo en esta muestra?
-Sí- respondió sin mirarla- Pero, no le interesaría.
Su tono daba a entender que si Mónica era tan vulgar como para interesarse por aquel paisaje, sin duda no estaba preparada para apreciar el verdadero Arte.
Ella se sintió tocada en su amor propio y le rogó que se lo mostrara.
De mala gana, el joven la condujo a un rincón de la sala.
Mientras caminaba tras él, Mónica notó lo raída que estaba su chaqueta de terciopelo y lo gastados que se veían sus zapatos.
-Este es-dijo él, con notorio orgullo, señalando una cabeza de niño recortada sobre un fondo oscuro.
Mónica quedó impresionada. Los ojos del niño la miraban fijamente mientras la boca sensible se curvaba en una sonrisa.
-¡Qué retrato tan hermoso!- exclamó-¡Qué lleno de emoción contenida! ¿Cómo pudo captar esa expresión?
Por supuesto que lo compró, aunque su precio la dejó impactada.
¡Ya ordenaría sus finanzas para afrontar ese gasto imprevisto!
Vale la pena, pensaba ella y no sabía si se refería al cuadro o al pintor, cuyo rostro melancólico la subyugaba.
El joven, que se llamaba Rodrigo, estaba eufórico, pero trataba de disimularlo bajo una máscara de hastío y de indiferencia.
-Estoy acostumbrado a vender mis cuadros- parecía decir, pero todo en él evidenciaba el resentimiento y la pobreza de un artista incomprendido.
Días después se cerró la exposición y Mónica pasó a retirar su pintura.
Inesperadamente, él la recibió sonriendo.
-¡Qué gusto verte!- exclamó.
Y ella se estremeció de gozo al notar que la había tuteado.
Se atrevió entonces a proponerle lo que venía planeando hacía días.
-Rodrigo ¿sería mucho pedirte que me ayudaras a ubicar el cuadro? Tú que entiendes de luces y de sombras, sabrás mejor que yo colgarlo donde destaque. Podrías quedarte a cenar.... Necesito un juez imparcial que opine sobre mis guisos, porque estoy siguiendo un curso de cocina.
El aceptó acompañarla a su departamento y luego de colgar el cuadro cerca de una fuente de luz, se sentaron a la mesa.
Mónica notó que él comía ávidamente, casi sin respirar y comprendió que no sólo era pobre, sino que también estaba hambriento.
Al terminar de comer, el joven la miró avergonzado y ella sintió que una ola de ternura inundaba su corazón.
Después del postre, suspiró satisfecho y con un gesto de supremo bienestar, sacó la pipa y se la puso entre los dientes.
-¿Te molesta que fume?
No, a ella no le molestaba. Y si quería ahogarla con el humo o provocarle asma, tampoco le importaría.
Mirando sus ojos oscuros y su rostro ascético, comprendió que por fin el Amor había llegado a su vida.
Lo invitó a cenar también el Viernes, cuando ella ensayaría otro guiso aprendido en la clase de cocina.
Y así empezó todo.
El iba a comer dos veces por semana y ella notaba con deleite que sus mejillas hundidas empezaban a llenarse y que su ajada chaqueta ya no colgaba de su cuerpo como de una percha de alambre.
Llegaba siempre puntual, haciéndole creer que se sentía ansioso de verla.
Pero, resultaba evidente que era el vacío de su estómago y no el ansia de su corazón, lo que lo empujaba a su lado.
No  le importaba. Era feliz viéndolo devorar los manjares sabrosos que le cocinaba en el calor del horno y en la hoguera de su pasión.
El hablaba de arte en la sobremesa y ella recogía ávidamente sus opiniones y sus gustos, para luego leer al respecto y sorprenderlo la siguiente vez.
Pero a él no le interesaba lo que ella decía. Esperaba que se callara y retomaba su monólogo, en el que hacía pedazos a todos los pintores contemporáneos, con una saña que la dejaba perpleja.
Al verlo partir, se sentía decepcionada. Ansiaba un gesto, una mirada que la hiciera sentir que había empezado a amarla.
Pero él partía apurado, pretextando algún encargo y ella se quedaba lavando los platos, perdida en sus ensueños y pensando que, después de todo, el amor platónico es propio de los espíritus selectos...
Una tarde, al salir del trabajo se encontró con Carol.
No se veían desde los tiempos del Liceo, cuando las había unido una amistad superficial, protectora por parte de la hermosa Carol y teñida de una ligera envidia, por el  lado de Mónica.
-¡Monina!- exclamó ella y se abrazaron.
Así le decía cariñosamente en aquellos años en que era la reina indiscutida de todos los círculos y Mónica, la solitaria niña que siempre "planchaba" en las fiestas...
Estaba más radiante aún y como siempre, iba acompañada de un joven. Lo presentó como un amigo, pero era evidente, por las miradas apasionadas que él le dirigía, que deseaba ser algo más.
Mónica pensó que ahora sí podría deslumbrar a Carol presentándole a Rodrigo. Imaginó su admiración al conocerlo y su envidia tal vez, al comprobar que ninguna de sus opacas conquistas estaba a la altura de ese pintor talentoso.
La invitó a cenar el Viernes.
-¡Yo también quiero presentarte a alguien!- le susurró misteriosa. Y se sintió poseedora por primera vez, de algo que la hacía superior a su amiga.
Cuando Carol llegó, Rodrigo estaba sentado en el sillón, fumando su pipa con aire distraído.
Al verla entrar, se paró de un salto y se quedó mudo contemplándola.
Ella clavó en él sus ojos verdes con chispas doradas y se notó que también estaba sorprendida.
Le tendió la mano con estudiada languidez y la dejó un instante en la suya, como si se entregara.
En el silencio suspensivo que los envolvió a ambos, como separándolos del resto del mundo, Mónica creyó escuchar la pala del sepulturero cavando la tumba de su corazón.
La cena fue sólo la prolongación de aquel suplicio.
Cuando Carol se paró para irse, él lo hizo también y galantemente se ofreció a acompañarla.
Mónica oyó sus risas cómplices mientras esperaban que llegara el ascensor.
Se puso a recoger los platos y de pronto estalló en sollozos.
Se quedó sentada frente a las sobras de su cena y de su vida. Y durante largo rato, sus lágrimas amargas continuaron cayendo sobre los restos del suflé.

2 comentarios:

  1. Dudo mucho que Mónica hubiera conquistado al cocinero con sus platos. Seguramente se habría puesto celoso si llegara a cocinar mejor.
    En cuanto al pintor, sí, estaba claro que lo atrapó el estómago pero sin abrir la puerta del corazón. Y tan de repente como vienen, las ilusiones se van.
    Me pregunto qué haría luego Mónica con el cuadro del pintor jaja
    Me ha gustado el dibujo.
    Un abrazo.

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