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domingo, 18 de abril de 2021

LA BLUSA ROJA.

Nelly escuchaba desde su cama  el despertar lento de la ciudad. Era como una enorme fiera que se desperezara gruñendo.

Pero no quería abrir los ojos y luchaba por recuperar la bienhechora somnolecia...No quería estar lúcida ni enfrentarse al recuerdo de la humillación que había sufrido la tarde anterior.

Días atrás, Roberto la había llamado sorpresivamente por teléfono.  Hacía más de un año que no lo hacía, pero ¿ como olvidar el timbre de esa voz  que tantas veces había hecho saltar su corazón?

El no se disculpó por su ausencia de tanto tiempo . Al contrario, actuó como si hubieran hablado el día anterior y entró de lleno en el motivo de su llamado.  Le dijo que una alumna suya de Literatura había leído algunos cuentos de Nelly y deseaba conocerla.  Le pedía que se juntaran con ella el día siguiente en un café.  La chica quería hacerle algunas preguntas con respecto a la técnica que empleaba...

A Nelly le llamó la atención que Roberto hubiera elegido el mismo café en que tantas veces ellos se habían juntado.  ¿ Lo haría a propósito para despertar su nostalgia?

Sonrió halagada al pensar que él había inventado el pretexto del interés de  su alumna, para que volvieran a encontrarse.

Su corazón aceleró sus latidos y una nueva ilusión empezó a cosquillearle muy adentro del pecho, sacándola de su rutina gris.

Esa tarde se demoró el doble de tiempo en maquillarse. El espejo se obstinaba en mostrarle la imagen de una mujer madura aunque ella, por dentro se sentía la misma de hacía veinte años... Una y otra vez trató de alisar los tenues surcos que le rodeaban la boca.  

Luego se consoló pensando que Roberto también estaba más viejo. La última vez que lo había visto, se había sorprendido de ver su pelo sembrado de canas.

Revisó su closet y toda su ropa le pareció descolorida y avejentadora. ¡ Necesitaba iluminar su cara con algo nuevo, una prenda que reflejara su estado de ánimo!

Esa misma tarde salió a las tiendas y compró una blusa roja.  La colgó  entre las otras  de tonos apagados y sintió que le recordaba que ella era todavía joven y atractiva.  Cada vez que abría el closet,  parecía salirle al encuentro y anticiparle la emoción de su futuro encuentro con Roberto...

Esa tarde, consultó su reloj para no llegar ni un minuto adelantada.  No quería que la ansiedad la traicionara. Quería aparecer ante él sonriendo casual, como si la cita fuera un quehacer más en su día ajetreado.

Desde lejos, los divisó a los dos. La chica, muy joven y con un pelo dorado natural que ninguna tintura había podido brindarle a Nelly jamás...El, canoso pero interesante, se inclinaba hacia ella como si no quisiera perderse ni una palabra de su parloteo insustancial.

Cuando Nelly se aproximó a la mesa, la miró con cierta frialdad, como si hubiera llegado a interrumpirlos.

La joven le sonrió amistosa pero no se mostró especialmente interesada en conversar de literatura. Apenas evidenció saber que ella escribía.

Entonces Nelly comprendió que todo había sido idea de él.

-Tengo una amiga que escribe-le habría dicho- Podríamos juntarnos con ella y te la presento.

Había buscado un pretexto para citarse con la chica y era Nelly quién le había servido de señuelo.

Enrojeció de verguenza al comprobar su ingenuidad.  Se sentía ridícula, con ganas de salir corriendo de ahí... Pero sonrió con valor y se hizo parte de la charla intrascendente.

Lentamente la fue invadiendo el dolor y la rabia. Disimuló como pudo y mientras pasaban los minutos, le pareció que nadaba en un agua densa, manoteando y tragando agua, pero que al fin lograría alcanzar la orilla sin ahogarse.

Miró su reloj, fingió sobresaltarse y se paró, alegando un compromiso.

La chica dijo que ella también se iba y Roberto, solícito, se ofreció a llevarla.

- A tí no te ofezco, Nelly- dijo con soltura -porque sé que tú  vives cerca...

Los miró alejarse entre las mesas del café. El, con su pelo gris que Nelly había acariciado tantas veces cuando era negro como la tinta. Ella, meciendo sus caderas al caminar, ondeando en el aire su melena rubia. Dueña del mundo y de la vida, insultante en su  esplendorosa juventud.

Nelly se envolvió en la frazada, incapaz de soportar la luz del sol chocando contra sus párpados.

La puerta de calle se abrió con estrépito, anunciando la llegada de la mucama.

Nelly miró la blusa roja que la tarde anterior se había sacado a tirones y que ahora yacía en el suelo.

Se dio cuenta de que la aborrecía, que no soportaba verla ni un minuto más. 

Se levantó a recogerla.

-¡ Aurelia!  -llamó desde el dormitorio- Mire qué linda esta blusa. La compré recién, pero me aprieta bajo los brazos. Creo que a usted le quedaría mejor. 




domingo, 11 de abril de 2021

ANSIAS DE VIVIR.

Desde que Mariana había encontrado a Pablo, se sentía feliz como nunca antes . Ansiaba vivir eternamente para poder disfrutar de su amor. Pablo se había convertido en poco tiempo en lo más importante para ella.  ¡ Y estaba segura de que él le correspondía en igual forma!

Iba perdida en sus pensamientos mientras se dirigía a su trabajo. Sonreía sin darse cuenta y varias personas le devolvían el gesto. Tal vez les sorprendía ver a alguien tan alegre a esa hora de la mañana.

Al pasar frente a una iglesia, sintió fuertes deseos de entrar a dar gracias a Dios por su buena suerte.

Se arrodilló frente al altar mayor y estuvo rezando durante algunos minutos.  Al alzar la vista, se fijó en una puerta herrumbrosa que había a un costado del altar. Nunca antes la había visto.

La empujó suavemente y la puerta se abrió sin ruido.  Se encontró en un recinto muy grande, sumido en la penumbra. No había imágenes ni reclinatorios. Solo grandes mesones sobre los cuales ardían miles de lamparas.  Eran vasos llenos de aceite, en los que flotaban mechas encendidas.

- ¿ Qué será ésto?  - preguntó en voz alta- ¿ Qué serán todas estas lámparas?

-Cada una representa la vida de una persona- respondió una voz a sus espaldas. Era un anciano sacerdote el que le hablaba.

- Entonces ¡ tiene que estar también la mía!- exclamó Mariana.

-Por supuesto- le respondió el viejo y la condujo a uno de los mesones. Enseguida se alejó por un corredor de la iglesia, dejándola sola.

Mariana localizó su lámpara y aterrada notó que le quedaba poco aceite.

- Eso quiere decir que voy a morir pronto- exclamó aterrada- Y yo, que quería vivir junto a mi amor, eternamente... ¿ Es posible que el destino sea tan cruel?

Notó que el vaso contiguo al suyo estaba lleno de aceite hasta los bordes.  Titubeó un momento, pero la tentación fue más fuerte que sus escrúpulos.  Lo tomó y quiso vaciar unas pocas gotas en su vaso, pero, al escuchar los pasos del sacerdote que volvía, hizo un movimiento brusco y lo vació casi por completo.

-¿ Qué haces, niña?  - le reprochó el anciano- ¿ Estás robando la vida de otro?

-¡ Perdóneme!- Solo quería sacar un poco...¡ Ansío tanto vivir, ahora que he encontrado el amor!

-Y ¿ no miraste el nombre del dueño de esa lámpara?

-¡ Pablo!- gritó ella, desesperada- ¿ Qué hice, Dios mío?

El viejo la miró severamente, sin responderle nada. Ella cogió su mano y cayó de rodillas, suplicándole :

-¡ Por favor!  ¡ Ayúdeme a devolver el aceite que robé!

-Lo lamento. No es posible deshacer lo que hiciste.

Mariana escapó llorando a gritos.  Salió corriendo de la Iglesia sin saber lo que hacía. La desesperación y el horror la obnubilaban.

Estuvo todo el día en el trabajo, sin poder concentrarse.  ¡ Tenía que haber alguna forma de remediar lo que había hecho !  Decidió volver esa tarde a la Iglesia y suplicarle otra vez al sacerdote que la ayudara.  Pensó pedirle que reemplazara su lámpara por la de Pablo.

-¡ Que él viva!- repetía- ¡ No importa que muera yo!

Ya en el interior de la Iglesia, buscó la puerta que conducía al recinto de las lámparas. Pero no había nada. Solo un muro sólido, rodeando el altar mayor. 

-Entonces, nada de eso pasó.¡ Fue cosa de mi imaginación !- exclamó esperanzada.

Tomó un taxi para regresar pronto al departamento que compartía con Pablo.

-¡ Mi amor!  ¿ Donde estás?- gritó desde la puerta- ¡ Tenía tantas ganas de volver a verte!

Lo vio sentado en un sillón, con aspecto abatido. Ni siquiera levantó la cabeza al oir su voz.

-¿ Qué te pasa, Pablo?  ¿ Por qué estás tan preocupado?

-Ha ocurrido algo horrible.  Me entregaron el resultado de los exámenes...El médico me dijo la verdad, sin miramientos. Estoy muy enfermo...¡ Me quedan seis meses de vida!




domingo, 4 de abril de 2021

EL ESPANTAPAJAROS.

Dorita había roto con Jorge y, llorando desconsolada, se internó en el trigal.

Se echó en el suelo entre las espigas y haciendo una bola con su pañuelo mojado, se lo metió en la boca. Sentía que su corazón se agitaba dentro de su pecho, como un pájaro que choca contra los barrotes de su jaula.

Un toque leve en su hombro le hizo alzar la cabeza, esperanzada. ¡ Jorge había vuelto a pedirle perdón!

Pero, no vio a nadie a su lado y soltó un nuevo sollozo de desesperación.

-¿ Crees realmente que vale la pena?- le preguntó una voz cariñosa, con un leve tono de burla.

A su lado no había nadie, excepto un espantapájaros, que habían puesto ahí para espantar a los tordos que se comían el trigo.

Miró su cara, que estaba hecha de un saco de harina relleno con paja. Dos grandes botones negros representaban los ojos y de una razgadura pintada de rojo,  que simulaba su boca, colgaba un cigarrillo.

-Han tratado de introducirme en el vicio- le comentó el espantapájaros- pero, no me gusta fumar. Hace mal para los bronquios.

Dorita lo miró atónita. Luego reaccionó y le dijo malhumorada :

-Haré cuenta de que no te he oído, porque me consta que los espantapájaros no hablan.

-Otros no, pero yo sí- le respondió el muñeco- Aquí entre nosotros y sin ánimo de jactarme, te diré que soy alguien especial.

Lo extraño de la situación había hecho que Dorita se olvidara momentáneamente de su pena, pero se acordó de pronto y soltó un sollozo.

-No llores más, niña. Desde este lugar que ocupo, en medio del campo, veo muchas cosas y te puedo decir que ese tal Jorge no vale ni una sola de tus lágrimas.

Dorita lo miró enojada y le respondió con aspereza:  

-No quisiera ser grosera, pero te recuerdo que no te he pedido tu opinión.

-Igual te la doy, porque me caes simpática.

-No sé como puede tener opinión alguien que no tiene cerebro.

-Y no sé como podría quererte alguien que no tiene corazón.

En ese momento se ecuchó la campana que llamaba al almuerzo.

-¡ Tengo que irme!- exclamó la niña- Pero, antes dime como te llamas.

-Armani- contestó el espantapájaros- ¿ No ves que lo llevo escrito aquí?

Y le mostró una etiqueta que estaba cocida en el forro de su chaqueta.

Dobló su cuerpo blando, lleno de paja y cortó una amapola que crecía en medio del trigal. Se la entregó con un gesto galante.

-¡ No te olvides de venir a verme otra vez!

La mamá de Dorita la recibió enojada:

-¡ Niña!  ¿ Qué haces andando por el campo sin sombrero?  Te va a dar una insolación.

Dorita ya había cumplido los quince años y no le gustaba que la trataran  como a niña chica, pero tuvo que reconocer que su madre tenía razón.  La cabeza le pesaba y le zumbaban los oídos.  Su conversación con el espantapájaros le parecía a cada minuto más irreal y no estaba segura de que hubiera sucedido.

Al atardecer, ya tenía fiebre alta y no sabía si estaba dormida o despierta.  Le parecía que su cama se mecía como un barco en alta mar y sorprendida, vio que al timón iba el espantapájaros.

-¡ No te aflijas, Dorita!- le gritó en medio del oleaje- ¡ Esta tormenta no nos hundirá!

Una ola gigantesca los levantó hasta el techo y después cayeron en un abismo de espuma.

Estuvo varios días en cama y cuando al fin se levantó, su primer impulso fue ir hasta el trigal.

Quería comprobar que su charla con Armani había sido un delirio provocado por la insolación. No podía ser de otra manera. Ya estaba demasiado grande para creer en fantasías así.

Se adentró entre las espigas, buscándolo inutilmente. ¡ Ya no estaba!

Decidió preguntarle al capataz :

-Don Alamiro ¿qué pasó con el espantapájaros que había aquí?

-¡ Se quemó, señorita!  A un gracioso se le ocurrió encenderle el cigarrillo que tenía en la boca. Como estaba relleno con paja, ardió en un minuto. ¡ No sé como voy a espantar ahora a estos tordos de moledera! 





domingo, 28 de marzo de 2021

AIRES DE PRIMAVERA.

El doctor Coppelius estaba satisfecho. Más que satisfecho, eufórico.  ¡Había logrado construir un robot tan perfecto, que casi en nada se diferenciaba de un ser humano!

Lo había dotado de un cuerpo de proporciones armoniosas y en su cráneo  había instalado unos circuitos electrónicos que generaban pensamientos sencillos. Para hacerlo completo, en mitad del pecho llevaba una válvula que imitaba los latidos de un corazón.

Lo contempló con orgullo y el robot le devolvió la mirada con ojos en los que brillaba una especie de inteligencia elemental. 

-Te llamaré Igor- le dijo el sabio, complacido.

-Te agradezco la vida que me das- respondió el robot.

Por un momento, el científico se sintió Dios y pensó que bien podía llamar Adan a su criatura. Pero reaccionó, ant el temor de mostrarse demasiado soberbio.

Pensó que su invento lo haría famos en el mundo entero y que se cubriría de gloria.

Escuchó un rumor en el pasillo de su laboratorio y abrió la puerta, preocupado. Vio a su mujer, Laura, rondando cerca, con actitud interrogante.

-¡ Laura!  ¡ Te he dicho que no te acerques al laboratorio. ¡ Aquí hay elementos radiactivos que podrían dañarte !

-¡ Es que me aburro sola!- rezongó ella, con sonsonete infantil- ¿ Por qué no me muestras lo que estás haciendo!

-No, mi amor. Bien sabes que te faltan conocimientos científicos para comprender mi trabajo...Te prometo que pronto lo verás.

Ella hizo un mohín de despecho y se alejó por el pasillo, sin responderle.

En el transcurso de los días, el doctor Coppelius le fue agregando más circuitos al cerebro de su robot. Era capaz de responder preguntas sencillas y hasta parecía haber desarrollado cierta vida emocional.

Al cabo de un tiempo, lo empezó a notar cambiado. .No respondía a sus preguntas y parecía resentido  por algo.

-¿ Qué tienes, Igor?  ¿ Qué te hace falta?  ¿ Necesitas que recargue tus baterías?

El robot no lo miraba. Permanecía con los ojos fijos en la ventana.

-Allé afuera están brotando los árboles y el cielo se ha puesto azul y brillante...

-Es que está llegando la primavera, Igor.

-Ya lo sé- respondió el robot, friamente - Usted ha incorporado a mis circuitos el concepto del cambio estacional.

-¿ Y entonces?

-Entonces, nada.

El robot apartó la vista con impaciencia y clavó los ojos en la rama de un árbol. Un pajarito se había posado allí y trinaba con entusiasmo.

Al salir del laboratorio, el doctor Coppelius volvió a ver a su mujer rondando por el pasillo.

Pero, esta vez ella lo miró con un aire ausente y no le insistió que le mostrara su trabajo.

Por si acaso la vencía la curiosidad, el científico había escondido la llave del laboratorio en un lugar donde a ella no se le ocurriría buscarla.

-¡ No es muy ocurrente, la pobrecita!- suspiró Coppelius con ternura.

Por un momento, se detuvo a pensar que Laura estaba diferente. Ya no se quejaba de sus ausencias constantes ni lo urgía para que volviera temprano de sus reuniones en la Universidad.

Ahora pasaba las horas pegada a los cristales de la ventana, siguiendo el vuelo de los pajaros.

-¡ Otra que anda emocionada con la llegada de la primavera!- pensó Coppelius enternecido.

Lo distrajo la llegada de una invitación para que dictara una conferencia en una Universidad extranjera.

Pensó exponer allí sus avances en el campo de la robotica. Pero sería cauteloso. Prepararía primero el terreno antes de mostrarles su prodigioso invento. No quería alarmarlos. Sabía que ya rondaba el temor de que en el futuro las máquinas dominaran la tierra...

Partió emocionado, recomendando una vez más a Laura que no se acercara al laboratorio. 

Ella no mostró un gran pesar al verlo irse.

-Se ve que ha madurado- pensó complacido - Ya no es la chiquilla insistente que me abrumaba con sus caricias. Parece que por fin entendió que un cintífico eminente como yo no tiene tiempo que perder en niñerías.

La conferencia fue un éxito.  Disertó sobre sus avances sin revelar los resultados. Preparó así la atmósfera para la presentación triunfal de Igor, que vendría pronto y que los dejaría atónitos.

Al llegar a su casa, vio todo oscuro. Ni siquiera había luz en el dormitorio de Laura. Pero, su primer pensamiento fue para Igor.  ¿ Algún extraño habría irrumpido en el laboratorio? ¿ Estaría a salvo?

No encontró la llave en su escondite y aterrado se dirigió allí, corriendo. La puerta estaba abierta y el robot había desaparecido.

-¡ Entraron a robar!- gritó- ¡ Se llevaron a Igor!  ¿ Qué voy a hacer ahora?

Pensó que Laura estaría durmiendo y no había oído nada.

-¡ Estúpida!- murmuró y subió la escalera, enceguecido por la rabia.

En el dormitorio no había nadie. Sobre la mesa de noche encontró un papel con unas pocas líneas garabateadas con la letra infantil de Laura.

-  "Perdóname, Coppelius. Igor y yo nos hemos enamorado y nos vamos juntos. Adios"

Se precipitó a la ventana, desesperado, confiando en que aún los podría divisar en la calle...

No vio a nadie, pero el aire nocturno, cargado de los efluvios de la primavera entró a bocanadas al dormitorio y lo hizo estremecer. 




domingo, 21 de marzo de 2021

RECORDANDO A LUCY.

Julio recordaba nitidamente la primera vez que fue a su casa.

Primero la había llamado desde un teléfono público, luchando con las monedas que se le caían y su timidez adolescente.

Cuando supo que ella lo esperaba, se atrevió a subir a su departamento.

Le abrió su mamá y pareció sorprendida. Por un momento dirigió su mirada hacia las manos de Julio. Tal vez pensó que era el chico del almacén, que le llevaba algún pedido...

Pero Lucy salió de improviso de su dormitorio, con una boina de lana y  enfundada en un abrigo gris. Lo tomó de la mano y lo arrastró hacia la escalera.

-¡ Vuelvo pronto, mamá!- gritó por sobre su hombro.

Luego lo miró a la cara y soltó una risita entre satisfecha y burlona:

-¡ Así que viniste!

Julio sentía las piernas flojas  pero al mismo tiempo lo embargaba una felicidad embriagadora.  Y en ese mismo instante supo que  ya estaba entregado por completo a lo que ella quisiera hacer con su vida.

Cuando bajaron a la calle, desde el café de la esquina surgía a todo volúmen la canción de Carl Dobskin:  " Mi corazón es un libro abierto".

Se le quedó grabado ese detalle, como muchos otros relacionados con ella...

¿ Qué había sido Lucy para él?  Quizás la puerta de entrada a su vida adulta, con todos sus violentos anhelos y su melancólica añoranza.

No.  Había sido más bien un largo pasadizo entre su adolescencia y su madurez, que él había recorrido atado a ella. Lleno de luces y sombras, de música y silencio, de tormento y de euforia.

Su romance había sido muy corto. Solo duró hasta el último año de la enseñanza media. Pero le había quedado indeleble en el olfato el aroma que emanaba de ella, una mezcla de la tela de su abrigo mojado por la lluvia y de polvos compactos " Angel Face". 

A fines de ese año, los dos rindieron la prueba para entrar a la Universidad. Lucy quedó inscrita en una sede de provincia, Julio en la capital. Así fue como sus caminos se separaron y la presencia de ella  se convirtió en un evanescente fantasma que rondaba sus días.

Pasó el tiempo. ¡ Treinta años en total, consagrados a su recuerdo!  A seguirla con la imaginación, a fantasear con encuentros y diálogos que no se produjeron jamás.

Supo que se había casado con Jaime, un amigo común.

Pero siguió caminando por la vida amarrado a su nostalgia, viéndola siempre como había sido entonces... En esos días en que era su amada, la chica de la boina de lana, tan delgada dentro de su abrigo gris. Frágil en apariencia pero fuerte, dulce pero tiránica.  ¡ Querida Lucy!  ¿ Como fue que te perdí?

Un día se le ocurrió ir al departamento donde aún vivía la madre.  La llamó por teléfono y le dijo que tenía hacía años un libro de Lucy y que lo quería devolver. Un tonto pretexto,  pero la anciana no demostró extrañeza.  

  ¿ Le parecería bien, señora, que me dejara caer por ahí esta tarde?

   Quedaron a las cinco...

¡ Con qué emoción volvió a subir la escala hasta el cuarto piso!   En cada peldaño parecía surgir una expresión de Lucy, un mohín caprichoso, un beso esquivado por ella con petulancia infantil.

Le abrió la puerta una anciana pequeña, vestida de negro y lo hizo pasar con un gesto afectuoso. Tal vez Julio era una visita inesperada que venía a acompañar su soledad.

Se dirigió a la cocina y reapareció casi en seguida con dos tazas de té.

Julio le entregó un libro cualquiera, sacado de su biblioteca.  Ella le habló de Lucy.

Pero él apenas la escuchaba. No quería saber...Para él, Lucy seguía teniendo dieciseis años y la vida, con sus prosaicos sucesos no podía alterar aquella imagen.

Mientras la madre hablaba, Julio recorría con la vista el departamento. ¡ Todo estaba igual! 

En un rincón el piano, donde Lucy tocaba con un dedo " la polka de los perros", el reloj con un carillón que anunciaba cada cuarto de hora y ese cuadro pintado por una tía, ingenuo y feo, con una barca entre juncos y un atardecer convencional...

Julio llevaba varios años casado también y ese largo período consagrado a su recuerdo habían sido como una doble vida.  Como una existencia paralela desarrollada en un comarca azul,   donde  habitara la nostalgia y donde todos  permanecieran  siempre jovenes, como en el país de Nunca Jamás. 

Una tarde,  tiempo después de aquella visita, estaba parado en una esquina con Diego, un amigo de la juventud.  Había sido compañero de Lucy y de él en el Liceo y habían continuado viéndose esporádicamente a lo largo de los años.

Entre los escaso transeúntes que circulaba a esa hora, vieron venir hacia ellos a una mujer de mediana edad, de aspecto muy corriente y rostro avejentado.

Julio notó que los miraba fijamente, como esperando que la saludaran. Cuando pasó junto a ellos, Diego esbozó una sonrisa y se quitó el sombrero.

Como no sabía quien era, Julio hizo una inclinación de cabeza y apartó la mirada.

Por el rostro de la mujer cruzó una expresión extraña, mezcla de ironía y desdén.

Pasó de largo y se perdió entre la gente.

-¡ Qué cambiada está! ¿ No crees?- comentó Diego.

-No sé quién es, no sabría decirte...

-¡ Es Lucy!  ¡ Por favor!  ¿Es que ya no la recuerdas? 





domingo, 14 de marzo de 2021

EL CUENTO DE CAPERUCITA.

Rosita quedó huérfana a los diecisiete años y fue a vivir con su abuela en las afueras del pueblo.

Había terminado la secundaria y comprendió que no podría seguir estudiando y que debía buscar trabajo. No sabía hacer nada, pero era bonita y de buen trato, así es que pronto encontró un puesto de vendedora en la panadería.

Ese primer invierno de su nueva vida hizo mucho frío y la abuela le tejió un gorro de lana roja, para que se protegiera de la helada matinal.  Pronto los vecinos empezaron a llamarla afectuosamente "Caperucita Roja", pero no faltó una mujer que comentara con insidia:

-¡ Pronto vamos a ver a algún lobo rondándola!

Quizás fue mera coincidencia, pero al poco tiempo, un joven desconocido empezó a rondar la panadería. Casi todos los días pasaba a comprar un pastel, pero pronto quedó claro que no era el azúcar de las golosinas lo que lo tentaba, sino la dulzura que mostraba Rosita.

Ella empezó a alegrarse cunado lo veía entrar y a ruborizarse cuando le dirigía la palabra.

Un anochecer, al salir de la tienda, lo vio esperándola en la vereda.

-Te acompaño a tu casa, Rosita.

-Pero es lejos....-objetó ella.

-Con mayor razón, entonces. No es conveniente que una niña tan bonita ande sola por las calles a esta hora.

Rosita se puso como la grana y él pareció complacido al notar su turbación.

-¿ Con quién vives, Caperucita Roja?

 -Solo con mi abuelita- suspiró ella y el recuerdo de sus padres muertos hizo acudir lágrimas a sus ojos.

-¿ Y no tienen miedo de vivir tan solas?

-No. En el pueblo la gente es buena. Además, en la casa no hay nada que robar.

-Pero, tu abuelita tendrá joyas, quizás- insinuó él.

-No, no tiene. Lo único que hay es una colección de monedas antiguas que dejó mi abuelo. Pero no creo que tengan valor...¡ Son sólo un recuerdo!

-Pero, hay que ser precavido...Me imagino que tu abuelita tendrá siempre el cerrojo puesto.

-No, ella no desconfía de nadie. El cerrojo lo pongo yo en la noche, cuando vuelvo a la casa.

Lo miró disgustada y quiso cambiar de tema:

-¡ No hablemos más de ladrones ¿quieres?  Ni siquiera me has dicho como te llamas.

-Me llamo Alberto y desde que te ví, pienso en tí a toda hora.

Empezó a ir a dejarla todas las noches y al poco tiempo, ella se atrevió a invitarlo a pasar.

El se sentó en un sillón y trató de entablar conversación con la abuela mientras Rosita se afanaba en la cocina preparando el té.

La anciana le contestaba con monosílabos y a las claras se veía que no le inspiraba confianza.

No dejó de notar como los ojos del hombre se escapaban a menudo, para clavarse en la vitrina donde refulgían las monedas.

Cuando Alberto se hubo marchado, Rosita le reprochó amargamente  a su abuela la frialdad con que lo había tratado.

-Rosita, no quisiera contrariarte, pero hay algo en él que no me gusta. Esos ojos que tiene, parecen los de un lobo...

Rosita pensó que la abuela estaba celosa, que tal vez temía que ella se casara con Alberto y la dejara sola. 

Y a pesar de las advertencias de la anciana, siguió viéndolo cada tarde, confiada en que la quería como ella a él.

Un día, Alberto la llamó por teléfono  a la panadería. Le dijo que no podría ir a buscarla, pero que al salir del trabajo lo encontrara en la cafetería de la plaza, porque tenía algo importante que decirle.

Rosita se sintió emocionada. Pensó que por fín él le iba a pedir que se casaran.

Al anochecer, se dirigió presurosa al lugar de la cita.  El aún no había llegado, así es que se sentó a una mesa y pidió un café.

El tiempo empezó a transcurrir ain que Alberto apareciera. En vano, Rosita escudriñaba las sombras.  La gente pasaba apurada, porque empezaba a llover.

Pasó más de una hora y al fin, comprendió que él no se presentaría.   

 A su tristeza se sumó de pronto la angustia al pensar en su abuelita. ¡ La estaría  esperando, preocupada,  sin saber qué le había pasado!

Echó a correr bajo la lluvia.  Su gorro rojo se enredó en una rama y cayó  al barro sin que ella se detuviera a recogerlo.  Corría llorando y sus pies se hundían hasta el tobillo en los charcos helados.  Las alcantarillas, tapadas por las hojas secas, no dejaban escurrir el agua y verdaderos ríos corrían por las aceras.

Al fin llegó a la casa, pero, al querer abrir con su llave, notó que la chapa estaba rota.  La puerta se abrió sola y vio a su abuelita, echada en el sillón, blanca con la palidez de la muerte y sus ojos abiertos, que la miraban sin ver.

Dió un grito y se arrodilló a su lado. Trozos de vidrio se clavaron en sus piernas.  La vitrina estaba rota y las monedas habían desaparecido.

En ese instante escuchó que alguien, a sus espaldas, le echaba el cerrojo a la puerta. Y una voz que tanto conocía, le reprochaba con burla:

-¡ Tanto que te demoraste en llegar, Caperucita!   Tu abuela se moría de la preocupación...




domingo, 7 de marzo de 2021

LOS DOS JARDINES.

Había dos jardines separados por un muro.

En uno de ellos reinaba la primavera. Su dueño era un joven que se deleitaba paseando entre los arbustos verdes y los rosales florecidos. Al atardecer, un ruiseñor le brindaba sus trinos.

Un día se asomó por encima del muro y miró el jardín vecino. 

Vio que en él reinaba el otoño. Los árboles estaban casi desnudos y una tenue neblina los envolvía. Bajo uno de ellos había una mujer sentada sobre una alfombra de hojas secas.

El joven cortó una rosa de su jardín y se la tendió por encima del muro.

Ella miró a su alrededor y no hallando nada que ofrecerle,  desprendió una hoja amarilla que temblaba en una rama y se la entregó.

Entonces se enamoraron.

En el jardín del joven, el verano sucedió a la primavera.  Los árboles se cargaron de frutos maduros.  El cortó uno y se lo tendió a la mujer por sobre el muro.

Pero en el jardín de ella, había llegado el invierno. Ni una hoja quedaba en las ramas desnudas.

Entonces, recogió un puñado de nieve y lo apretó contra el pecho de él.  

-Ahora, olvídame- le dijo con tristeza.

El joven sintió que el frío de la nieve le llegaba hasta el corazón y se preguntó, extrañado:  ¿ Como alguna vez pude amarla?

Vio que a su jardín había entrado una muchacha con los brazos cargados de frutas y de flores.  Le dio la espalda al muro y avanzó hacia ella, sonriente.

En el jardín vecino, la mujer rompió la capa de escarcha que cubría la fuente. Se miró en el agua y vio su pelo encanecido y los profundos surcos que rodeaban su boca.

Suspiró por su amor perdido, pero no derramó ni una lágrima, porqque a su edad ya había llorado lo suficiente.