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domingo, 15 de abril de 2018

NIEVE.

El tren atravesaba velozmente los campos cubiertos de nieve.
En un vagón semi vacío iba Cecilia. Miraba a través de la ventanilla, como los árboles se desvanecían antes de poder fijar su vista en ellos.  A su lado iba su madre llevando en su regazo a su hermanito enfermo. Después de una noche en vela,  la mujer dormitaba, agotada.
De pronto el niño tosió. Su garganta emitió un ruido extraño, como si algo se le desgarrara adentro. Luego se quedó inmóvil, con sus ojos fijos en el techo del vagón.
Una señora muy alta, vestida de negro, avanzó por el pasillo sin hacer ruido. Se detuvo junto al niño y puso una mano sobre su pecho. Los labios del niño se  entreabrieron y por ellos salió volando un pajarito. Aleteó en la penumbra por unos segundos, pero la mujer lo atrapó rápidamente y lo metió bajo los pliegues de su manto.
Cecilia comprendió que era la Muerte y que se llevaba el alma de su hermanito.
Se paró del asiento, tratando de detenerla. La mujer se volvió a mirarla y se soltó de sus manos con violencia.  Se bajó del tren en marcha y se perdió entre los copos de nieve que caían sin cesar.
Cecilia vio que se le había caído un cuaderno de tapas negras.
Al abrirlo, vio que las páginas estaban llenas de columnas de nombres. Había muchos tachados y otros marcados con una cruz. El último que aparecía era el de su hermanito. Lo seguían infinidad de nombres no tachados aún...
Aterrada por el descubrimiento, escondió el cuaderno en el bolsillo de su abrigo.
Su mamá despertó y al ver al niño inmóvil, se puso a llorar amargamente.
Al día siguiente fueron al cementerio llevando en brazos el pequeño ataúd blanco. Cuando el sepulturero lo bajó hasta la fosa, Cecilia arrojó también ahí el cuaderno de la Muerte.
Las paletadas de tierra lo sepultaron de inmediato.
...........
La Muerte, mientras tanto, se desesperaba al no poder cumplir con su tarea. Hacía inútiles esfuerzos por recordar donde había perdido el cuaderno. Notaba que su memoria le estaba fallando. Se sentía vieja y cansada. ¿ Qué harían con ella cuando ya no pudiera trabajar?  ¿Traerían a otra Muerte más joven, más eficiente y a ella la mandarían al asilo?
De pronto recordó los tirones que le había dado la niña en el manto, cuando estaba en el pasillo del tren. ¡ En ese momento se le había caído el cuaderno!  Y seguramente esa niña se había quedado con él....
Mientras la buscaba de pueblo en pueblo, no podía hacer su trabajo y la gente dejó de morir.
Al principio, nadie se daba cuenta. Pero, al segundo día, los obituarios de los periódicos aparecieron en blanco. Loa fabricantes de ataúdes no recibían  ningún encargo y un rumor fantástico empezó a extenderse por el mundo.
" Ya nadie muere" decía el titular de un diario.  "¿ Murió la Muerte?"   preguntaba otro con sarcasmo.
La gente iba por las calles eufórica y temeraria. Los autos pasaban con los semáforos en rojo y los transeúntes se atravesaban frente a los buses en marcha.
Solo los gobernantes le tomaban el pulso a la catástrofe demográfica que se avecinaba. Pero, nadie los escuchaba, en medio del júbilo irresponsable que se había apoderado de todos.
.......
La Muerte, mientras, había encontrado por fin a Cecilia.
Encorvada  por la aflicción, la esperó a la salida de la escuela, sin notar que nevaba copiosamente. La nieve  iba cubriendo su cuerpo y la hacía parecer una reina destronada, con una capa de armiño.
Al verla parada en la vereda, la niña tembló. Pero al ver la cara angustiada de la mujer, comprendió que no le haría daño.
-¿ Donde tienes mi cuaderno?- le preguntó ella.
-¡ No te lo devolveré!  Tú te llevaste el alma de mi hermanito y mi mamá llora todo el día.
-Pero ¿ no entiendes que no es mi culpa?  Yo solo recibo órdenes. ¡ No puede haber Vida sin Muerte!  ¿ Has pensado que si nadie muere no habrá espacio en la Tierra para  los que nacen?
Cecilia se quedó pensativa.  Clavó sus ojos en la cara angustiada de la mujer.
-¡ Tienes que devolverme el cuaderno!- insistió ella- Al no cumplir mi tarea, estoy introduciendo el caos en los asuntos de Dios.
La niña aceptó sus razonamientos  y tomándola de la mano la condujo al cementerio. En silencio, le señaló la tumba de su hermanito.
.......
Y así fue como la Muerte recuperó su cuaderno. Como estaba atrasada en su trabajo, se apuró en ponerse al día y el destino de los hombres siguió cumpliéndose sin remisión.  



domingo, 8 de abril de 2018

CON INSOMNIO Y SIN SUEÑOS.

Ana se desvelaba en las noches echando de menos su casa y su pueblo.
De su casa le llegaban correos y la llamaban casi todos los días. Pero era indudable que se habían puesto de acuerdo para no hablarle de Marcos.
¡ Ay!  Marcos...
Era de él de quién había escapado a la Capital. De sus ojos grises y su figura esbelta.
Ella y su hermana Muriel lo habían conocido al mismo tiempo y él había simpatizado con las dos, sin mostrar preferencia por ninguna.  Iba a su casa seguido, a pedir y devolver libros. Porque era un extraño especimen, de esos que ya casi no quedan. Los que aún leen libros...
Ana se había ido enamorando de a poco. Como alguien que está parado al borde del mar. Mete un pie primero, luego los dos y se va envalentonando de a poco, hasta que acaba sumergiéndose y las olas lo arrebatan, sin salvación.
Un día, Muriel le informó que Marcos se le había declarado a ella y Ana notó  que en su voz había un matiz de burla.
Disimuló como pudo su tremenda decepción.
Si ella hubiera estado de candidata al Oscar para mejor actriz, seguro que se lo habría ganado. Pero ¡ ay!  su vida no era una película. Apenas daba para un Documental sobre el fracaso...
Se durmió con los ojos secos, pero cuando despertó a la mañana siguiente, su almohada estaba húmeda. Supo que había llorado en sueños hasta deshidratar su corazón.
Comprendió que tenía que irse, lejos de Marcos y donde no hubiera ojos que la siguieran para comprobar su dolor.
Y ahí estaba. En la pensión de la señora López, en un barrio antiguo de la Capital.  Sola en una ciudad inmensa, llena de esperanzados y desesperados, con los que viajaba cada día al trabajo, en un vagón del Metro.
A los pocos días llegó un nuevo pensionista a la habitación del lado.
-¡ Es chino!  Viene de Tokio- informó la señora López, orgullosa del pedigree internacional que iba tomando la casa.
-Entonces, es japonés- le corrigió Ana.
-¡ Ah!  ¿ Que no es lo mismo?- preguntó la señora, con una dulce ignorancia que conmovía.
Todas las mañana, Ana buscaba en el baño alguna huella del paso del nuevo huésped. Un cabello en el lavamanos, una maquinilla de afeitar en el papelero. Pero nunca había nada.
Apenas se le oía. Suaves pisadas en la escalera, el atisbo de una figura espigada cruzando la puerta de calle.
La señora López estaba embelesada con él. Cada día tenía un comentario nuevo que hacerle a Ana.
-¡ Es tan amable!  Y buenmozo...Lleva siempre un paraguas, aunque haya sol. Debe ser que en China llueve mucho...
-En Japón- insinuaba Ana con suavidad, no queriendo contradecirla.
Un día, al atardecer se encontró con él en la esquina de la casa. Llovía a cántaros y Ana había olvidado el paraguas.
El le hizo una reverencia y abrió el suyo en silencio, demostrando que la conocía bien, aunque se suponía que nunca se habían visto. Ella lo miró sorprendida.
 El rostro de él no expresaba más que una respetuosa cortesía, pero Ana notó que en sus ojos oscuros chisporroteaban llamitas, como si por dentro estuviera riéndose de su turbación.
Llevaba el cabello muy corto, aplastado con gel y  ceñido a su cabeza,como el yelmo de un samurai.
-¡ Con razón no deja pelos en el cuarto de baño!- se dijo Ana.
Mientras le sonreía bajo el paraguas, sintió que una marea cálida inundaba su corazón y que al retroceder, las olas se llevaban mar adentro los restos de su naufragio de amor.




domingo, 1 de abril de 2018

CHARLAS DE CAFÉ.

-¡ Ay, viejo!- suspiró Ramiro, con la cabeza entre las manos- Necesito que me resulte esta pega...No puedo pasar cesante ni un día más . 
-¿Y cuando vas a saber?
-Se supone que tendrían que llamarme mañana...Estoy tan desesperado que sería capaz de venderle mi alma al Diablo.
-Jaja ¡ Ya me gustaría a mí encontrarme con el Diablo!  Lo primero que haría sería preguntarle si existe Dios.  Y si me dijera que no, entonces capaz que le vendiera mi alma. ¡ Total!  Ya no tendría nada que perder. ¿No es cierto ?
-Pero, ¿ acaso no sabes que el Diablo es el mayor mentiroso que existe?  ¿ Cómo le ibas a creer lo que te dijera?
-Tienes razón- contestó Pablo- Mejor es pensar en otra cosa.
Y siguió tomando tranquilamente su café mientras Ramiro se tiraba los pelos, atormentado por la incertidumbre.
Al otro día se encontraron en la Estación del Metro.
-¿ Y, compadre?  ¿ Alguna novedad?
-¡ Sï, viejito!   ¡ Me resultó!  Mañana voy a la entrevista con el psicólogo...
Contentos, se fueron a un bar a celebrar la noticia.
En una mesa había un tipo solo, inclinado sobre una copa a medio vaciar. Se veía abatido, con cara de futuro suicida. 
Ramiro y Pablo estaban tan contentos que le pidieron permiso para acompañarlo con un trago. Sentían que todo el mundo tenía que celebrar con ellos.
El tipo levantó la mirada y un débil relampagueo atravesó por sus ojos. Apartó un maltrecho maletín que tenía a su lado, para dejarles espacio.
Ambos amigos sospecharon lo mismo, que era un vendedor. Por eso se veía tan cansado y sin ánimo.
  -Perdone, amigo- le dijo Pablo- Usted ¿qué vende?
-Nada. Yo no vendo, yo compro.
-¡ Vaya! Eso sí que es novedoso...Y ¿ qué compra?
-Almas, por supuesto- contestó el individuo, sin inmutarse- Por si no se dieron cuenta ya, soy el Diablo.
-¡ Ah! -exclamó Pablo, eufórico- ¡ No sabe las ganas que tenía de encontrarme con usted!
 -¿ Necesita algo? ¿ Quiere que hagamos negocio?- preguntó el Diablo esperanzado y sus ojos chisporrotearon como brasas de rescoldo.
-La verdad es que no. Yo solo quería hacerle una pregunta:   ¿ Existe Dios?
El tipo palideció. Su cara pareció cubrirse de una capa de ceniza, pero se rehizo de inmediato. Se paró de un salto y tomando su maletín, salió del bar casi corriendo.
Ramiro exclamó con una carcajada:
- ¡ Vaya! No puedes decir que no te respondió...¡ La cosa ha quedado muy clara!

  


domingo, 25 de marzo de 2018

LA CHICA SOÑADA.

Pablo era muy amigo de Jorge, aunque secretamente lo consideraba un latero.
Cuando empezaba con las reminiscencias de su niñez en el Sur, no había quién lo parara.
Pero era un buen tipo y tenía la más envidiable colección de discos de Jazz que un amante del género pudiera soñar. Y Pablo era un fanático.
A menudo Jorge lo invitaba a su departamento a escuchar música.  Lo malo era que las melodías parecían  inspirar sus recuerdos y al rato estaba tan embalado en su cháchara nostálgica que hasta se le olvidaba respirar.
A Pablo le bajaba sueño y luchaba por mantener los ojos abiertos. Pero, sin poder evitarlo se ponía a cabecear.
Una tarde estaba entregado a su secreta lucha contra la somnolencia, cuando de pronto entró a la pieza una chica espectacular. Alta y pelirroja, con una figura espléndida.
Pablo alcanzó a pensar que sería una hermana de Jorge y que éste podría presentársela. Ensayaba una sonrisa conquistadora, cuando la chica, sin más, desapareció.
Jorge seguía hablando, la música seguía sonando...y Pablo comprendió que, por un par de segundos, se había quedado dormido y había tenido un sueño.
Por si acaso, le preguntó a Jorge:
- Viejo ¿ tú tienes alguna hermana?
-No, soy único hijo...Pero, ahora que lo dices, me acuerdo que mi mamá...
Y siguió hilvanando sus recuerdos sin hacerle caso.
Esa noche, en su cama, Pablo se ilusionó pensando en que, quizás, al quedarse dormido, volvería a soñar con la chica pelirroja. Y tanto deseaba dormirse, que al final se desveló y pasó todas la noche con los ojos pegados en el techo.
Días después, fue al departamento de Jorge a escuchar discos. La tibieza del ambiente, la música en sordina y el monólogo de su amigo volvieron a adormecerlo. Y de nuevo se encontró frente a la mujer de sus sueños.
Esta vez, ella cruzó la habitación y se sentó a su lado. Pablo vio de cerca sus ojos verdes donde saltaban chispitas de luz. Emocionado, Iba a hablarle, cuando ella se esfumó...
Varias veces volvió a soñar con ella por unos segundos y siempre era de día. Generalmente, bajo el influjo hipnótico de la charla de Jorge, que lo hacía dormir.  Terminó por convencerse de que era obra suya  la magia que hacía aparecer  a la chica pelirroja.
Y lo buscaba para pedirle que le contara más cosas de su niñez.  Jorge , engañado sobre sus habilidades como narrador, hasta pensó escribir una autobiografía....
     Pero Pablo no se conformaba con soñar.  Estaba convencido de que la chica tenía que existir.   ¿Por qué iba a soñar siempre con ella si no era real?
Empezó a buscarla entre la muchedumbre. A toda hora, día y noche, escrutaba las  caras a su alrededor.  Echaba a correr si a lo lejos vislumbraba un cabello cobrizo...Si lo invitaban a una fiesta, de inmediato pensaba que era allí donde la iba a encontrar. Que el Destino por fin iba a terminar con su incertidumbre.
Un día, iba manejando por la carretera. De pronto, otro auto se salió de su carril y se le atravesó por delante. El choque fue brutal.
Pablo quedó atrapado entre los fierros. Luchando por no desmayarse, fijó sus ojos en el otro conductor. Era una chica.  Una preciosa mujer pelirroja que se bajó de su auto y se acercó a él, llorando. Parecía ilesa, excepto por un ligero rasguño en la mejilla.
-¡ Ay, por Dios!- gemía- ¡ Perdóname!  ¡ Qué hice! , Dios mío!  ¿ Te sientes mal? ¿ Estás herido?
Pablo la miraba incrédulo.  ¡ Era la chica de sus sueños!
 -¡ Eres tú!- balbuceó con un hilo de voz- ¡ Sabía que existías!  Por fin te he encontrado...
Y sonreía dichoso mientras ella se inclinaba sobre él, tratando de entender lo que decía.
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- ¡Mira, compadre!- exclamó el empleado de la Morgue- ¡ Nos llegó un cadáver sonriente!  Pobre tipo....¡No hay duda de que se murió feliz!



domingo, 18 de marzo de 2018

LA REINA DE AJEDREZ.

Josefina  se sentía total y profundamente enamorada de Diego.
Tenía diecisiete años...Esa edad en que los amores son eternos y en que abundan los corazones destrozados que siguen latiendo por pura inercia, nada más.
Desde que lo vio, le fascinó su aire serio e intelectual.  Y lo más interesante de todo era que jugaba ajedrez.
Josefina también sabía jugar y bastante bien, pero era un secreto que guardaba celosamente.
No quería que sus amigas la tildaran de fome y sabelotodo.
Cuando vio a Diego con el tablero bajo el brazo, supo que lo amaría para siempre.
Al mismo tiempo, decidió que nunca le confesaría que ella también sabía jugar. Y menos que a veces le ganaba a su papá...
En el Liceo, Josefina se hizo amiga de una chica llamada Maritza y sintió que congeniaban tanto, que se atrevió a hablarle de su amor por Diego.
Maritza le prometió lealtad absoluta:  Jamás le  contaría  a nadie  su secreto ni menos miraría a Diego con interés.  Sin embargo, a Josefina le parecía a veces que Diego sí  miraba a Maritza y temía que se estuviera fijando en ella.
-¡ Como se te ocurre!-  la tranquilizaba Maritza- ¡ Si ese tipo es un fome!  ¡ Lo único que le interesa es esa lata del ajedrez !   Además, yo jamás traicionaría a mi mejor amiga.
Por boca de otras chicas se enteró de que la siguiente semana era el cumpleaños de Diego.
No podía pensar en nada más que en hacerle un regalo a su amado. Pero ¿qué?
Quería regalarle algo especial y único. Todo le parecía vulgar e inapropiado para él.  Lo malo era que ya no le quedaba ni un peso de su mesada.
Tendida en su cama reflexionaba sobre ese problema cuando sus ojos tropezaron con una pieza de ajedrez que estaba sobre su cómoda.
Era una reina tallada en madera clara, de hermosas formas, única pieza que quedaba de un viejo juego de su abuelo.  Para ella era muy valiosa, pero para Diego sería insignificante...A menos de que ella le inventara una leyenda, algo mágico que acrecentara su valor.
La envolvió en un lindo papel de regalo y el día del cumpleaños se presentó en la casa de Diego.
-Te traigo un regalo muy especial- le dijo- Ha estado en mi familia por varias generaciones.
Es una pieza de ajedrez que llevaba mi tatarabuelo  apretada en su puño cuando lo rescataron del Titanic...El naufragio lo sorprendió jugando una partida trascendental...
Diego la miró impresionado.
-  Pero ¡ Cómo vas a regalármela! ¡ No debes renunciar a ella!- exclamó.
-Es que quiero que tú la tengas. ¿ Quién sino tú, que ama tanto ese juego podría apreciarla en su justo valor?
-¡ Gracias, Josefina!  Es un regalo maravilloso...Jamás me desprenderé de él.
Le dio un rápido beso en los labios y Josefina salió de ahí como flotando en una nube color de rosa.  Estaba segura de que él comprendía ahora la inmensidad de su amor...Y lo más probable era que empezara a corresponderle.
A los pocos días se encontró con Maritza y fueron juntas a tomar un helado.
Al ir a pagar  a la caja, a Maritza se le cayó el monedero, que se abrió, soltando una lluvia de monedas por el piso .
Josefina se agachó para ayudarle a recogerlas y entonces vió entre las monedas caídas, había una pieza de ajedrez.   Era la reina que ella le había regalado a Diego.
Se quedó mirándola, incrédula. ¿ Qué hacía ahí su preciado regalo?
En realidad, no era difícil comprender....  Una zarpa helada le apretó el corazón.
Con disimulo, empujó a la reina con el pie y la hizo rodar bajo el mostrador. Maritza no se dio cuenta de nada.
Un rato después, mientras caminaban por la plaza, le preguntó con tono casual:
-¿ Has estado viendo a Diego?

-¿ A ese fome?   ¡ Como se te ocurre!...No podría, sabiendo que te gusta.... ¡ Yo nunca traicionaría a mi mejor amiga! 


domingo, 11 de marzo de 2018

TARDE DE LLUVIA.

Alicia se había acomodado recién junto a la estufa y se preparaba a continuar la lectura de un libro apasionante, cuando sonó el teléfono.
Era Paulina, su amiga del alma.
-¡Ay!  Alicia ¡ necesito que vengas!   Estoy tan deprimida ...¡ No sé qué hacer!
-Pero, Paulina...Estoy resfriada - mintió sin remordimientos- Y  además está lloviendo ¿ Por qué no vienes tú?
-Es que también estoy resfriada- dijo Paulina, ensayando una tos que parecía maullido de gato- Si salgo, con el decaimiento que tengo , seguro que me pesco una pulmonía... ¡Por favor, ven!  Necesito tanto hablar contigo...
Alicia estaba calentita, envuelta en una bata, y ni por todo el oro del mundo habría salido a mojarse. Así es que también tosió y se sonó la nariz en forma convincente y las dos cortaron el teléfono, algo enfurruñadas.
El viento arrojaban manotadas de lluvia contra los cristales de la ventana.  Alicia trató de concentrarse en la lectura, pero no pudo.
-Y si Paulina está  tan deprimida que se le ocurre poner fin a su vida...¡ Oh! Jamás podría perdonármelo.  ¡Nunca le he fallado!  Una lluviecita de morondanga no puede echar a pique nuestra amistad.
 Sacando el paraguas del closet, se lanzó a la calle inundada.
Mientras, en su casa, Paulina reflexionaba:
- Es mucho lo que le pedí, después de todo. Si necesito desahogarme de mis penas, tendría que ser yo la que fuera  a su casa.  Y si por mi culpa se agravara su resfrío, no me lo podría perdonar...
Se imaginó llorando en su funeral, abatida por los remordimientos y sin pensarlo más, tomó su paraguas y salió a enfrentar el aguacero.
 Me iré por el medio de la plaza, para acortar camino- pensó Alicia.
 Me iría por la plaza, pero me voy a hundir en los charcos de barro que se forman ahí- razonó Paulina- Mejor tomo otra ruta ...
Y así fue como se cruzaron de lejos, sin encontrarse.
La mamá de Alicia abrió la puerta sorprendida al ver a Paulina:
-Pero ¡ como!  Si fue a tu casa. Ya debe estar llegando allá.
Mientras, el hermano de Paulina miró a Alicia sin entender:
-¡ Pero si Paulina me dijo que iba a tu casa a verte porque estás resfriada!  Si es así, chica, con lo empapada que estás, mañana te llevan a la clínica...
Las dos amigas corrieron bajo la lluvia, tratando de divisarse entre las sombras del atardecer. Pero fue inútil.
Cada una se arrepentía de haber sido tan egoísta y haber inventado un resfrío para no abandonar la comodidad de su casa.
Pero, esa noche, después de haberse reconciliado por teléfono, se acostaron estornudando y al otro día no pudieron levantarse....
El doctor recomendó  aspirinas y mucha limonada caliente...

Pero lo que quedó muy claro es que la amistad es más poderosa que el más formidable de los aguaceros.  


domingo, 4 de marzo de 2018

LA NIÑA MUÑECA.

Edelmira tenía seis años y era inquieta como todas las niñas de su edad. Le gustaba correr, saltar y gritar, porque sentía que de no hacerlo, su cuerpo iba a explotar como un globo demasiado lleno de gas.
Pero, sus papás siempre estaban haciéndola callar y pidiéndole que se estuviera quieta.
-Edelmira ¡ basta!  ¡Siéntate derecha y come en silencio!
-¡ Edelmira!  ¡Te dije que no salieras al jardín!  ¡Mírate como te has ensuciado el vestido con barro!
-¡ Edelmira! No corras que me duele la cabeza...¿ Por qué no ves televisión tranquila y con el volumen bajo?  Las niñas educadas saben jugar en silencio y sin molestar a su mamá.
Y así, todo el día se iba en reprimendas.
Edelmira se fue poniendo triste. Andaba de puntillas por la casa para no hacerse notar y se quedaba largas horas mirando el jardín, pegada a los cristales de la ventana. Desde ahí, las flores y las mariposas la llamaban para que saliera, pero ella tenía miedo de ensuciarse el vestido.
Su tío, que era un famoso fabricante de juguetes empezó a observarla, cada vez que iba de visita a la casa. La quería mucho y se preocupó al verla tan silenciosa y apática.
La llevó al Mall a tomar un helado y le preguntó qué le pasaba.
- Es que a mis papás no les gusta que haga ruido. Quieren que esté quieta todo el día y me porte como una niña educada.
Su tío se quedó pensativo y luego le dijo:
-¡ No te aflijas, Edelmira!  Alguna solución vamos a encontrar a tu problema...
Se fue directo a la fábrica de juguetes y se encerró en su taller una semana entera.
Nadie sabía lo que estaba haciendo y sus empleados comentaban:  ¡ Seguro que está diseñando un nuevo juguete para esta Navidad!
Un día se abrió por fin la puerta y lo vieron salir con un paquete muy grande bajo el brazo.  Se quedaron intrigados tratando de adivinar qué sería...
Esa tarde, el tío pasó a buscar a Edelmira.
La llevó a su  casa y le mostró una muñeca tamaño natural que estaba sentada en una silla.
Era tan igual a Edelmira, que puestas una junto a la otra, nadie habría sabido distinguirlas.
La niña se quedó muda contemplándola.
-¡ Tío!  ¿ Me has fabricado una hermanita para que juegue con ella?
-No, Edelmira. Esta es una niña- muñeca, que seguramente le dará en el gusto a tus papás. Se quedará muy quietecita y solo contestará cuando le pregunten...
Y esa tarde, en lugar de llevar a Edelmira de regreso a su hogar,  la cambió por la muñeca que había fabricado.
Sus papás no se dieron cuenta de la sustitución y quedaron encantados al ver lo bien que se portaba la niña.
Se sentaba muy derecha en su silla y se comía toda la comida. Cuando le servían brócoli o betarragas las aceptaba con una sonrisa y no dejaba sobras en el plato.
Al terminar de comer, se iba a lavar los dientes sin que se lo recordaran y contestaba amablemente a todo:  Sí, papá.  Muy bien, mamá.
Sus papás estaban contentos y orgullosos. ¡ Qué niñita tan bien educada habían logrado criar!
La muñeca, en lugar de corazón, llevaba una batería recargable con energía solar, así es que seguiría funcionando indefinidamente.
Mientras, el tío de Edelmira viajó con ella a un pueblo que quedaba a la orilla del mar. Ahí había vivido él  durante su infancia, cuando ya soñaba en convertirse en un famoso fabricante de juguetes.
La llevó a la casa de una familia amiga, donde había muchos niños.
Todos se alegraron al recibir a Edelmira.
-¡ Vamos a jugar a la playa!- gritaron y tomándola de la mano, corrieron con ella hasta el mar.
Jugaron toda la tarde en la arena. Persiguieron las olas , se empaparon la ropa sin preocuparse y solo volvieron a la casa cuando se escondió el sol.
Esa noche, Edelmira se acostó rendida. Había corrido y gritado hasta quedarse ronca, sin que nadie la hiciera callar.
Mientras, en su cama de la ciudad, dormía la niña-muñeca.... Tan quietecita que ni arrugaba las sábanas.¡ Tal como le gustaba a sus papás!