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domingo, 16 de octubre de 2022

LA IMPOSIBLE.

Era Otoño y en el aire había una suave bruma, la tarde que Javier la vio por primera vez. Estaba sentada en un banco del parque, serena y erguida, como si esperara a alguien.

Él no se atrevió a aproximarse, pero permaneció algo alejado, mirándola, porque era tal su belleza que no podía apartar los ojos de su cara.

Se sentó en un banco , esperando ver llegar a su acompañante, pero ella permaneció sola, mientras los últimos rayos del sol parecían arrancar llamaradas de las hojas secas.

Luego, se levantó del banco y se alejó sin dirigirle  una mirada.

Javier volvió al día siguiente  con la esperanza de encontrarla y no podía creer su buena suerte, cuando la vio sentada en el mismo banco. Esta vez, la mujer clavó en él unos ojos fríos, grises e inexpresivos y luego los desvió, como si no lo hubiera visto. El perdió toda esperanza de poder hablarle, pero, al igual que la tarde anterior, permaneció observándola desde lejos. Su rostro era pálido y lo rodeaba una espesa cabellera rojiza, del color de las hojas secas.  También el sol parecía arrancarle llamaradas, al filtrarse entre las ramas.

Sus labios se curvaban en un leva gesto de ironía, como si le divirtiera la admirativa contemplación de Javier. Pero no había en ella ningún gesto alentador, ninguna señal invitadora.

Al tercer día, Javier no pudo contenerse más. La  misma atmósfera onírica que envolvía a la mujer le dio valor para acercarse. Pensó que estaba viviendo un sueño y no vaciló en hacer algo, que despierto no se habría atrevido a intentar.

Se acercó directamente a ella y le rogó:

-¡ Por favor, dime quién eres!

Ella alzó hacia él sus ojos inexpresivos y una luz fría, como la que atraviesa un pedazo de hielo, emanó de su cara.

-Soy la Imposible.

-¿ Qué dices?

-Lo que escuchaste. Soy la Imposible, la que no te puede amar.

Javier se dejó caer en el banco, a su lado y tomó su mano fría. Ella la retiró sin apuro. Se diría que disfrutó por un instante el placer de ver su cara contraída por la pasión.  Luego, sus rasgos se endurecieron y levantándose del banco, lo empujó lejos de sí.

-Veo que no has comprendido. ¿ Por qué insistes en tu deseo vano? Yo soy la que nunca podrás tener.

Javier se obstinó en seguir acudiendo al parque. Ella siempre estaba ahí, pensativa y remota. Al verlo, no hacía ni un gesto, pero por sus ojos pasaba una chispa de burla, como si le dijera:

-  ¿Aún no te cansas?  ¿ Todavía estás aquí?

El no cejaba. La pasión insatisfecha le destrozaba el corazón, como si un tigre afilara sus garras en él.  Hasta que una tarde, vio que ya no estaba.

 Día tras día la buscó en vano por el parque desierto, pero ella no volvió.

Cada tarde regresaba al mismo lugar y vagaba alrededor del banco vacío. Se quedaba ahí, con los ojos fijos en las sombras crecientes, como si la fuerza de su amor pudiera lograr que la figura de ella se materializara.

Pasaron semanas. Llegó el invierno. Y una tarde, creyó ver desde lejos una figura sentada en el banco que antes ocupaba ella.  Corrió hasta allá, sintiendo que su corazón pugnaba por escapársele del pecho.

Pero se trataba de una mujer desconocida.

Una joven de rostro dulce, que al verlo acercarse sonrió, como si hubiera estado esperándolo. Con un leve gesto de su mano, lo invitó a sentarse junto a ella. 

Javier la miraba asombrado. Era tan hermosa como la otra y tan parecida, que podrían haber sido hermanas.

-¿ Quién eres?- le preguntó.

-Soy la que te ama y a la que podrías amar. Junto a mí no conocerás ni la decepción ni el olvido. 

Pero Javier, apartándose de ella bruscamente, miró a su alrededor, en inútil búsqueda.

-Pero ¿ dónde está la Imposible? ¡ Es a ella a quién ansía mi corazón!



domingo, 9 de octubre de 2022

EL ANCIANO CABALLERO.

 Amalia se había quedado sola. Su sueño de amor había durado demasiado poco.  Se afligía menos por ella misma que por el niño, que tenía apenas dos años y crecería sin la imagen de un papá. 

Pronto notó que el dinero le alcanzaba apenas y decidió arrendar la mejor habitación de la casa. Primero llegó una joven de provincia, que se quedó pocos meses y luego, una mañana, apareció el anciano caballero.  Erguido y digno en sus ropas algo gastadas y  pasadas de moda, llegó portando una única maleta.

A Amalia le agradó de inmediato. Tenía una cara triste, surcada de arrugas pero en sus ojos grises quedaban todavía destellos de juventud.  Empezó a salir todos los días a caminar por el barrio y con frecuencia volvía con algún dulce o un modesto juguete para el niño. Este fue de a poco tomándole apego y terminó trepando a sus rodillas sin mediar invitación.

  Todas las noches, después de acostar al niño, Amalia empezó a llamar a su huésped, para que se sentara con ella  junto a la estufa.  Mientras ella tejía, él leía algún libro o se quedaba en silencio, contemplando la llama. Pero una noche, clavó en ella sus ojos tristes y le preguntó por qué estaba sola y si no tenía familia.

Amalia le contó que había perdido a su mamá hacía dos años. De su papá no recordaba nada. Nunca había visto una fotografía suya y las pocas veces que había preguntado por él, su madre había guardado un silencio reticente. Había terminado por convencerse de que había muerto.

Al principio, el anciano inclinó la cabeza sin hablar, pero luego, aunque Amalia no se atrevía a preguntarle nada, empezó un relato entrecortado por los suspiros.

  Dijo que se había casado enamorado y y era padre de una niña  a la que quería mucho. Pero desgraciadamente, tenía el vicio del juego. Era lo que llaman un ludópata. Para cubrir una deuda, había malversado un dinero en la empresa donde trabajaba y terminó en la cárcel.  Cuando cumplió su condena, su mujer le pidió que no volviera. Le dijo que se avergonzaba de él y que prefería decirle a la niña que había muerto. Desolado, partió a trabajar a provincia. No volvió a acercarse a una mesa de juego, pero de su mujer y de su hija nunca más volvió a saber.

-Lo que más quisiera- suspiró- es abrazar a mi hija. Ahora es adulta y talvez si yo le contara, entendería mi sufrimiento y me daría su perdón.

A la mañana siguiente, no se presentó a desayunar. Amalia pasó largo rato aguzando el oído, para sentir algún movimiento en su habitación, pero fue en vano.

Intranquila, terminó por entrar y lo vio inmóvil en la cama. Sus ojos la miraban angustiados y se notaba que trataba de hablar sin conseguirlo. Amalia comprendió que había sufrido algún ataque y llamó a una ambulancia.

Corrió a la casa de su vecina a dejarle al niño y luego se fue con el anciano, junto a la camilla, sosteniéndole la mano todo el tiempo. 

El médico lo examinó brevemente y ordenó que quedara hospitalizado.

La enfermera que lo ingresó le pidió a Amalia que llevara los documentos del paciente y que mirara entre sus papeles a ver si tenía algún seguro médico.  Amalia corrió a su casa y con cierto pudor abrió el cajón de la cómoda  en que el anciano guardaba su escasa ropa. En una caja de cartón encontró lo que buscaba, pero llamó su atención una vieja fotografía en la que aparecían dos recién casados. Con estupor reconoció a su madre. Confiada y orgullosa, se apoyaba en el brazo del mismo hombre que ahora, envejecido pero reconocible, yacía en la cama del hospital.

Amalia regresó  caminando como sonámbula. Una felicidad triste,  una especie de nudo de alegría y llanto le apretaba la garganta. 

Al llegar, el médico le informó que el paciente estaba reaccionando. Que había sido un ataque vascular leve y le aseguró que de a poco iría recuperando el habla. Con ejercicios adecuados, se restablecería también el movimiento de su brazo.

Amalia se acercó a la cama del anciano caballero. Apretó entre las suyas la mano que yacía inerte sobre la sábana y le dijo en un susurro:

-Pronto nos iremos a casa, papá.




domingo, 2 de octubre de 2022

LA HISTORIA DE GABRIEL.

Cuando llegué a trabajar a la Tesorería Provincial, me pareció que el ambiente era bastante agradable.  Pronto noté que en el escritorio contiguo al mío, se sentaba un hombrecito flaco que apenas hablaba. Me saludaba muy educadamente, pero luego se sumergía en su trabajo y no levantaba la cabeza hasta pasado el mediodía. Se llamaba Gabriel Ratto, pero a sus espaldas lo llamaban Ratón.

Me pareció cruel, aunque se veía que lo hacían sin animadversión, como una burla fácil que se imponía por sí sola. 

Pronto me hice amiga de Pablo, el payaso de la oficina.  Nadie sabía a qué hora hacía su trabajo, porque siempre iba por los escritorios comentando rumores y haciendo chistes.  Un día, al salir me invitó a un café. 

Sentados en el frescor del anochecer, conversamos de mil cosas y sin saber cómo llegamos a Gabriel Ratto. Le pregunté por qué le decían Ratón.

- No son muy amigables- le dije- Seguro que más de alguna vez los ha escuchado. No merece que lo traten así.

Por un segundo se quedó callado, pero sonreía con desprecio. 

-Mira- me respondió finalmente-El solo se lo ganó. ¡ Nunca he conocido a otro hombre que se dejara basurear como él lo hizo!

Y a continuación me contó una historia muy grotesca y triste, que me dio qué pensar.

Unos años atrás, Gabriel los había sorprendido a todos al ponerse de novio con Chabela, una rubia muy atractiva de la sección Archivos. Todos se preguntaban qué había visto ella en ese flacuchento melancólico y no pocos envidiosos auguraban un fracaso en la relación. 

-   ¡Es tan corto el amor y tan largo el olvido!- declamaban en voz alta, recordando a Neruda.

Pero el romance siguió a delante y a fin de año, todos asistieron a la boda. Ella se veía preciosa y él, casi buenmozo en su traje oscuro. Su cara era como un letrero de neón, que proclamaba su dicha a los cuatro vientos.

Pero, meses después, empezó a llegar a la oficina con otro aspecto. Y de inmediato empezaron las especulaciones. A Chabela no la veían porque la habían trasladado a otro piso.  A él lo observaban llegar con unos ojos tristes de perro sin amo, pero nadie se dio por aludido ni se acercó a darle ánimos. Cuando entraba, se quedaban callados o se ponían a hablar de futbol.

¡ Hasta que un día se supo todo!  Chabela lo había abandonado por un tipo de la Sección Contribuciones, guapo y de bigote negro, al que apodaban Omar Sharif.

En el ambiente sudoroso y viciado del verano, estalló luego otra noticia. Lo suficientemente trágica para ahorrarle a algunos las sonrisitas socarronas.  Chabela y su príncipe árabe habían sufrido un accidente de automóvil. El había muerto y ella yacía internada en una clínica, con la columna rota.

 Durante una semana, Gabriel anduvo como sonámbulo , pero un día su cara se iluminó desde adentro, como si un fuego se hubiera encendido en lo profundo de su ser. Se lo vio resuelto, como a punto de dar un paso trascendental. Había averiguado en qué clínica estaba Chabela y empezó a ir todas las tardes, a la salida de la oficina.

Ella estaba grave, no se sabía si volvería a caminar.

 Alguien que vio a Gabriel a lado de su cama, les describió la escena.

Ella permanecía muda, con los ojos clavados en el techo, mientras un rictus de amargura y de rabia deformaba su boca. Él le sostenía la mano y a ratos se la besaba con ternura. Chabela no parecía siquiera saber  que él se encontraba en la pieza.

Pero él persistía. Ni un solo día dejó de ir a verla. Le llevaba flores y hasta un osito de peluche, buscando en vano arrancarle una sonrisa.  Cuando le dieron el alta,   se fue a su lado en la ambulancia, al mismo departamento que hacía un año atrás ella había abandonado para correr tras su aventura.

Gabriel había renacido, literalmente, de sus cenizas.   En la oficina, andaba todo el día alegre, el trabajo lo hacía con energía y a las seis volaba fuera del edificio. Le había contratado una enfermera que no sé cómo pagaba con su sueldecito mísero...

Ella se fue recuperando. Creo que era más la rabia que la esperanza lo que le dio fuerzas para erguirse y abandonar la silla de ruedas, con pasos vacilantes.  Pronto se vio a Gabriel, las tardes de los Sábados, llevarla del brazo a recorrer la cuadra. Tiernamente la sostenía y le acercaba la silla, cuando ella se cansaba...

Largos meses duró la convalecencia. La enfermera se fue y Chabela empezó a desplazarse sola, apoyada en bastones. El siguió la rutina feliz de correr a su lado, apenas el reloj piadoso marcaba las seis para liberarlo.

Llegaba al departamento a cocinas, lavar, quitar el polvo, mientras ella lo miraba desde un sillón. Seguramente sentía que toda la angustia había quedado atrás y que la vida le devolvía en monedas de dicha el capital que había gastado en abnegación.

Hasta que una tarde, al llegar, no la halló en el departamento. Los bastones yacían abandonados sobre la cama, vacíos los cajones de la cómoda. Ni una nota siquiera.

Nunca más la volvió a ver.




domingo, 25 de septiembre de 2022

EL POEMA QUINCE.

( Inspirado en el poema de Pablo Neruda)


" Y me oyes desde lejos y mi voz no te toca."

Hace dos semanas que estás como perdida en un mundo tuyo en el que no puedo entrar. Partiste en un barco, vas navegando en no sé qué mares y me dejaste en la orilla, mirando como te alejas.

El médico no me da esperanzas. Dice que prefiere no engañarme.

-Ud. no querrá- me dijo- que ella despierte en el estado en que se encuentra su cerebro.

Y me ha explicado todo lo del aneurisma y el daño neuronal, severo e irreversible. No quiero saber más. Solo quiero quedarme a tu lado, mirando como tu pecho se expande suavemente al ritmo de esa respiración inútil que no significa que estés viva.

Contemplo tu cara inexpresiva, tan hermosa aún. Eres tú y eres otra, porque llevas puesta la máscara de tu ausencia, que es como un velo que trasparenta apenas tus rasgos desvanecidos.

" Mariposa de sueño, te pareces a mi alma

y te pareces a la palabra melancolía."


Me quedo horas junto a ti, apoyando mi frente en tu mano que ya no me acaricia. Me dejan quedarme contigo cuanto quiera.  Te hablo de nuestros recuerdos, de tantas cosas que vivimos juntos...

" Y me oyes desde lejos y mi voz no te alcanza".

¿ Como pudo pasar esto, si te veías tan bien?  En un rincón de tu cerebro había un malhechor, agazapado quizás desde cuándo, esperando el momento para atacarte.  Ni un aviso, ni un síntoma. 

Esa tarde llegamos a la casa de Nina, a celebrar su cumpleaños. Te veías preciosa, con el vestido azul y el collar de lapislázuli, que yo te había comprado, haciendo juego.  Alcanzaste a entrar, te adelantaste hacia Nina, sonriendo. De pronto tu rostro se torció en forma  extraña. Sin un gemido, caíste al suelo, inconsciente.

" Déjame que te hable también con tu silencio.

Estás como distante, mariposa en arrullo."

Le avisé a tus  hermanas y a tu madre, pero llegaron cuando ya estabas perdida en esa marea púrpura de tu sangre, que llegó para borrarlo todo, para borrarte a ti. ¡ Fue tan corta nuestra historia de amor!   Yo te recitaba los poemas de Pablo Neruda y a ti te gustaba tanto el poema quince...

" Me gustas cuando callas, porque estás como ausente"

Y ahora grito que no quiero que calles, que quiero que me hables y me digas que aún estás conmigo.

" Eres como la noche, callada y constelada"

¡ No, la noche no, por Dios!   El día...y que tus ojos se abran para mirarme una vez más.

Vuelvo a nuestra casa vacía y la recorro como un sonámbulo. En cada habitación hay imágenes tuyas congeladas en el recuerdo. Miro el jardín y te vuelves

hacia mí, sosteniendo una rosa. Tus rosas, que no sé por qué se obstinan en seguir floreciendo en este octubre en que tú ya no volverás.

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Hoy me llamaron a la oficina con urgencia. En el ascensor alguien me preguntó por ti. Me escuché diciendo:  Ahora voy a la clínica. Y terminé gimiendo como un loco: No sé, no sé... Pero sabía.

Cuando llegué, ya te habías ido. Me acerqué a tu cama y vi tu rostro pálido y apacible, libre ya de los tubos y las máquinas. Tu barco había llegado a ese muelle ignoto donde te esperaba un ángel.

" Parece que los ojos se te hubieran volado

y parece que un beso te cerrara la boca".





lunes, 19 de septiembre de 2022

TARDES EN EL HOSPITAL.

Llevaba más de una semana en el hospital. Me sentía bastante mal y pensé que me quedaban pocos días de vida, cuando gente extraña empezó a venir a verme, fuera de las horas de visita.  Noté que las enfermeras pasaban de largo sin notar su presencia y era evidente que la única que las veía era yo.

La primera que vino fue una señora gorda vestida de gris. Llevaba uno de esos sombreros con velo que se usaban en los años treinta. Llegó un poco sofocada y se dejó caer en la silla que había al lado de mi cama.

-¡ Ay!- suspiró, abanicándose con el pañuelo- No le extrañe mi falta de aire. Morí del corazón y en mis últimos días, no podía andar ni media cuadra sin perder el aliento. Por eso, algunos dijeron: Por fin descansó la pobre. Pero, sigo igual, aunque ahora camine por la otra vereda. Ud. me entiende...

La miré aturdida, dudando de  si me encontraba despierta. En ese momento vino una enfermera a darme un sedante e hizo caso omiso de la gordita. Ella ni se inmutó por el desaire. Se notaba que se había acostumbrado a pasar desapercibida. 

Pensé que era la Muerte que venía a buscarme y me alcanzó a dar un escalofrío, pero ella me tranquilizó en seguida:

-Mire, pasé un ratito no más, porque tengo que hacer otras visitas. Resulta que este mes soy yo la encargada de repartir el  " Manual de Convivencia en el Otro  Mundo."

La miré extrañada y ella me explicó con paciencia:

-Lo que pasa es que la gente llega allá sin preparación ninguna. No aceptan la realidad y se lo pasan buscando alguna puerta para volver para acá. Alborotan con sus quejas, dicen que se murieron por error y se empecinan en hacer apariciones extoplasmáticas que dejan a los vivos erizados de espanto. En general, muestran una falta de criterio y de urbanidad que es necesario corregir con estas normas.

Me entregó un librito de tapas grises y acomodándose el sobrero, se paró de la silla y se alejó. En realidad, no supe si se había ido o  se había desvanecido.  Metí el librito debajo de la almohada, para leerlo después y amodorrada por el sedante, me dormí sin haberme recuperado todavía de la sorpresa.

A la mañana siguiente, no encontré el manual y aliviada, decidí que todo había sido un sueño. Pero, bien poco me duró la tranquilidad, porque dos días después, recibí otra visita fuera de horario.  Esta vez era un hombre flaco, de terno y corbata.  Tan flaco, que los huesos de la cara pugnaban por asomársele por la piel.

Al notar que yo lo miraba alarmada, sonrió con tristeza y me dijo:

-No se preocupe, solo vine a acompañarla un rato, para que no se le haga tan larga la tarde.

Miró hacia la ventana y se quedó absorto contemplando caer la lluvia.

-Allá también llueve- observó melancólico- No es tan distinto de acá. Se va a acostumbrar, se lo aseguro. Hay más gente con quién conversar. Aquí andan todos apurados por llegar a alguna parte. Allá no tenemos ninguna parte a la cual llegar. El tiempo no existe y si existe, a nadie le importa ya.

El dudoso pronóstico de que me iba a acostumbrar muy  luego me había dejado sin habla. Al notar mi silencio,  se acomodó en la silla y continuó hablando.

- Me morí solo en una pieza de pensión. Me encontraron a los tres días, cuando la dueña  fue a cobrarme la mensualidad. En cambio, ahora tengo harta gente dispuesta a conversar conmigo. Todos los días llega un bus con nuevos habitantes. Es cosa de ir al paradero y acompañarlos a recorrer el barrio...

Me miró con simpatía y me dio unos golpecitos en la mano.

La retiré bruscamente y le contesté con rabia:

-  Yo no tengo ganas de irme todavía.

-No se preocupe, ya las tendrá. La Muerte no anda a tirones con la gente. Llega suavecito y lo mejor es que se parece a la mamá de uno.  Es tan sabia que toma la apariencia de la madre de cada uno. Así, nadie vacila en seguirla...¿ Quién no querría volver a su regazo?

Se paró de repente y me dijo: 

 -Ahora me voy, porque hace  demasiado rato que ando por aquí. Pero estaré en el paradero de buses, cuando usted llegue. ¡ La estaré esperando!

Me sentí muy poco inclinada a agradecerle su gentileza y esa noche me costó más quedarme dormida. A la mañana siguiente, al abrir los ojos vi a una mujer idéntica a mi madre parada al lado de mi cama.  Acordándome de las palabras del flaco, imaginé que era la Muerte.

-¡ Ay! ¡ No me quiero ir todavía!  ¡ No me lleve, por favor!

Mi mamá me miró consternada:

-¡ Qué te pasa!  ¿ Te volviste loca?  Los médicos te dieron el alta y te vine a buscar para llevarte a la casa.




domingo, 11 de septiembre de 2022

COSAS DEL DESTINO.

Las opiniones de las personas diferían bastante sobre el tema. Algunos decían que el Destino manda en nuestras vidas, que nada es casualidad y que siempre las cosas pasan por algo. Otros, más fríos y cerebrales, afirmaban que el Destino no existe y que tenemos libre albedrío para elegir.

Los que más se reían de esa imaginaria libertad eran unos hombres vestidos de oscuro que trabajaban en una gran oficina, en el centro de la metrópoli. Se nombraban a sí mismos  "Los Agentes del Destino" . Algunas personas creían en ellos, pero los llamaban " Ángeles de la guarda". Y en cierta forma, tenían razón. Eran ángeles sin alas, pero su ocupación no era proteger a la gente, sino vigilar que cada uno cumpliera estrictamente el destino que tenía trazado de antemano.

Jaime estaba en el grupo de los que se creen predestinados y decía siempre que " las cosas pasan por algo".  Por eso, una tarde, cuando empezó a llover y se refugió en un café, al ver ahí a Elisa, pensó que era cosa del Destino.

A esas alturas de su vida, estaba bastante decepcionado del amor en general y de las mujeres en particular. Eso, porque una chica llamada Paula, le había destrozado el corazón.

Por culpa de ella, se había vuelto cínico y de ahí en adelante, se había propuesto no volver a enamorarse jamás. Pero, la lluvia lo empujó a ese café y al encuentro con Elisa y sus propósitos se derrumbaron como un castillo de naipes.

Ella estaba sola en una mesa, leyendo una novela. A su lado humeaba una taza de café. Al escuchar el ruido de la puerta, levantó los ojos con ansiedad, como si esperara a alguien. Al ver a Jaime, una sombra de decepción opacó sus facciones.

Ella ignoraba que, unos minutos antes, un Agente del Destino montado en una bicicleta, se había subido a la vereda  y había mandado al Hospital  con un esguince de tobillo al joven que ella esperaba. La razón era evitar a toda costa que se encontraran, porque ese día Elisa debía conocer a Jaime.

La orden venía de " arriba", del Director máximo a quién nadie conocía pero cuyas órdenes eran imposibles de cuestionar.

Cuando Jaime notó que ella lo miraba con disgusto, no se amilanó. Decidió esperar en una mesa cercana para ver si llegaba el acompañante de la chica. 

- Si no llega- pensó- estaré seguro de que este encuentro es cosa del Destino.  Pero, en ese momento, la vio cerrar su novela y hacer amago de marcharse.

-¡ Por favor! ¡ No te vayas!  Acompáñame con un café hasta que termine de llover. Estoy seguro de que el Destino me trajo hasta aquí, para que pudiera conocerte.

-¡ Tonterías!- rebatió ella, en son de burla-  Sencillamente entraste al café porque andabas sin paraguas. El Destino no existe. 

En la mesa contigua, un hombre de traje oscuro que leía un diario, soltó la risa y disimuló tosiendo.  -Ya verás, niña! - exclamó en voz baja- Yo te voy a enseñar si el Destino existe o no.

Y así fue como Jaime y Elisa se enamoraron.

  Si estaban predestinados o fue simple casualidad, eso es lo de menos. El Amor no es un filósofo ni se rige por ninguna ley. Todo lo contrario, es un cabeza hueca que anda por ahí, trastornando al Mundo.  




domingo, 4 de septiembre de 2022

LA SONRISA DE HERIBERTO.

Lily había quedado cesante. La pequeña tienda de hilos y lanas donde era dependiente, cerró sus puertas.  Estaba claro que en la actualidad, las mujeres ya no cosían ni tejían como antaño. Ni siquiera  las abuelas se preocupaban ya de tejer el ajuar del nieto que venía en camino. Preferían pasar las horas chateando o buscando en Facebook la amistad de algún viudo interesante.

Lily debía un mes de pensión y no quería llegar a la casa y enfrentarse con la cara hosca de la dueña. Necesitaba pensar.

  Paladeando su incertidumbre como si chupara un limón agrio, se fue caminando sin rumbo por las calles y no supo como se encontró en el cementerio. Recorrió las avenidas sombreadas de cipreses y vio como los últimos rayos del sol se perdían entre las ramas oscuras. Cuando quiso salir, comprobó que habían cerrado las puertas del cementerio.

No tuvo miedo. Más le temía a los vivos que a los muertos, así es que de a poco se fue tranquilizando y terminó por sentarse en una tumba. Los pájaros nocturnos se llamaban suavemente entre los árboles y no tardó en asomar la luna como un botón dorado que abrochara el manto de la noche.

Era verano y aún a esa hora, hacía calor. Lily sin saber como, se quedó dormida.

Despertó con las primeras luces del día. Se lavó en un grifo y se peinó, antes de que apareciera el jardinero. Esta vez pudo leer las señas del difunto sobre cuya lápida había estado acurrucada. Se llamaba Heriberto y había muerto hacía poco, cuando apenas tenía veinticuatro años. En la cabecera de la tumba habían puesto su fotografía enmarcada en metal. Lily lo encontró muy atractivo y viendo sus ojos oscuros y pensativos, se imaginó que había sido un poeta. 

-¡ Quizás ni siquiera había alcanzado a amar!- suspiró, condolida.

Notó que la tumba no tenía flores y decidió remediar esa negligencia. Sin ningún remordimiento, sacó unos claveles de la tumba vecina. Pero no olvidó dar disculpas a su ocupante:

-¡ Perdone, señor! Pero usted tiene muchas flores. Se nota que lo querían mucho....En cambio, Heriberto era un joven poeta que no había alcanzado a amar...

Apareció el jardinero y le prestó una escoba. Con ella barrió el polvo de la lápida y arrancó la maleza que había crecido alrededor. Finalmente, con el puño de su blusa frotó el vidrio de la foto,  hasta dejarlo reluciente. 

Al salir, miró por última vez a Heriberto y estaba casi, casi segura de que él le había sonreído...

No demoró ni un día en hallar otro empleo.  Esta vez en un restorán, para que ayudara a servir las mesas. Siempre estaba lleno de gente. La mayoría le sacaba fotos con su celular a la comida que tenía en su plato, seguramente para subirla al Facebook e informar a los demás lo bien que lo estaba pasando...

Pero Lily pensaba siempre en Heriberto. Recordaba la noche en que sentada sobre su tumba, había lamentado su desgracia a media voz y cómo él había callado comprensivo, brindándole su apoyo incondicional.  Se sentía incluso un poco enamorada. ¡ Somos tan unidos!- pensaba- Si hasta pasamos la noche juntos...

Así es que, dos tardes a la semana, al concluir su turno en el restorán, se encaminaba al cementerio. Ahora disponía de dinero para comprar flores y siempre llegaba con un ramito.

Hasta que una tarde de otoño, cuando una bruma dorada envolvía los cipreses, lo vio parado al lado de su tumba, como si la estuviera esperando.

Cuando pudo articular palabra, le preguntó en un susurro:

-¿ Como saliste?

-Bueno, pedí permiso para salir.

-Y ¿ se puede hacer eso?

- En mi oficina sí. Les dije que quería visitar la tumba de mi hermano gemelo, que hacía tiempo que tenía abandonada...

Se volvió a mirar con cariño la foto de Heriberto y notó el ramo de violetas que había en el florero.

-¿ Has sido tú quién ha cuidado de la tumba todo este tiempo? No sabes cuanto te agradezco...

Lily asintió sin hablar. ¿ Para qué iba a contarle que había conocido a Heriberto después de muerto? 

Mientras hablaban, el cielo otoñal se fue cubriendo de nubes y repentinamente empezó a llover.

- ¡ Vamos!- invitó él- Cerca de aquí hay una cafetería. Nos vendría bien tomar algo caliente.

Al alejarse, Lily miró la foto de Heriberto y esta vez estuvo segura, absolutamente segura de que él le había sonreído.