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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



domingo, 9 de octubre de 2016

LA AVENTURA DE MANUEL.

Cuando a uno le pasa algo inesperado que viene a perturbar su vida, lo primero que hace es rebelarse : ¿ Por qué a mí ?
Pero, en el caso de Manuel, era todo lo contrario. Sentía que en su vida jamás pasaba nada, ni bueno ni malo. Todas las cosas interesantes le ocurrían a los demás.
Hasta que vivió algo tan increíble, que no pudo contárselo a nadie, por temor a que lo tomaran por loco.
Fue una tarde en que había salido a pescar y como el mar estaba en calma y la pesca era floja, se quedó dormido.
 Fue muy lejos de la playa. El agua tenía un color azul profundo y hacia el horizonte, bandadas de gaviotas marcaban la presencia de alguna ballena que nadaba bajo  la superficie.
Manuel despertó con un violento chapoteo junto a la lancha y al principio creyó que había atrapado a un pez muy grande.    Pero, una mano muy blanca desenganchó el anzuelo enredado en sus cabellos...Que por cierto eran verdes...Y a continuación, se asomó por la borda una niña encantadora que lo miró sonriendo.
Lo primero que Manuel pensó fue que había naufragado en algún barco e inútilmente, buscó restos en los alrededores. No había nada. Y además, la niña no se veía ni asustada ni exhausta.
Le tendió la mano para ayudarla a subir a la lancha y entonces casi se desmayó. De la cintura hacia abajo tenía una cola cubierta de escamas relucientes.  ¡ Era una sirena !
Ella lo miraba con malicia y en un momento, pareció que iba a ponerse a cantar.
Manuel se aterró. Ya sabía lo que les pasaba a los hombres que escuchaban el canto de una sirena. ¡ Se lanzaban de cabeza al mar y se ahogaban sin remedio !
Así es que, lo más suavemente que pudo, la hizo callar cubriéndole los labios con su mano.
Ella lanzó una risita y se echó en el fondo de la lancha. Parecía querer decirle algo, pero era evidente que no podía hablar.
Manuel la miraba asombrado. Tenía los ojos y el pelo verdes como las algas y la piel tan blanca como el nácar. Era preciosa y no podía apartar los ojos de su cara.
Echó a andar el motor y rápidamente se dirigió a la playa. Anochecía ya y no había nadie que pudiera verlo.
Envolvió a la sirena en un trozo de lona y la llevó en los brazos a su casa, que no estaba lejos de la orilla.
Vivía solo y esta vez se alegró de no tener que darle explicaciones a nadie.
Llenó la tina del baño con agua de mar y la puso ahí, esperando que se acostumbrara a vivir con él.
¡ Se había enamorado sin remedio y sabía que si la escuchaba cantar, se volvería loco!  Afortunadamente, ella no hizo otro intento...Sólo se reía y para Manuel, era como escuchar música. En esa risa estaba el rumor de las olas y el soplo del viento sobre el mar.
A la mañana siguiente, se levantó al alba para ir a buscarle algo de comer.  ¡Seguramente tendría hambre!
En la puerta de su casa tropezó con un montón de gatos que maullaban frenéticos. Seguramente el olor de la cola de la sirena les había abierto el apetito....
Los ahuyentó a escobazos y partió al almacén a comprar unas latas de sardinas. Por el camino,  encontró a una vieja que vendía flores y le compró un ramo.
La sirena lo recibió con muestras de alegría y se comió las sardinas  en un segundo. Y como no sabía lo que eran, se comió también las flores.
Pero Manuel notó muy pronto que a su amada la consumía la nostalgia por el mar.
Se arrastraba fuera de la tina dejando un rastro de gua salada y se acodaba en la ventana, mirando la playa. El rumor de las olas y el grito de las gaviotas le arrancaban lágrimas silenciosas.
En las noches, cuando Manuel encendía la televisión, tratando de distraerla, le quitaba de la mano el control remoto y buscaba documentales que mostraran el océano.  Después se deslizaba hacia la tina y ahí lloraba hasta el amanecer.
Desolado, Manuel comprendió que tenía que dejarla partir.
Un anochecer, la envolvió otra vez en un trozo de lona y la llevó en la lancha hasta alta mar.
La sirena le rodeó el cuello con los brazos y trató de arrastrarlo al agua con ella.  Manuel se soltó como pudo, aunque por un instante se sintió tentado de hundirse en sus brazos. ¡ La amaba tanto!
Pero se sobrepuso y la sirena, después de mirarlo con tristeza, desapareció en el mar.
La melancolía lo puso enfermo y ya no quiso salir a pescar.
Muchas tardes fue a sentarse en la arena, con los ojos fijos en las olas. Esperaba que ella se asomara un instante siquiera...Lo devoraba la nostalgia de ese amor imposible.

¿ Cómo iba a hacer ahora para olvidar su aventura?  Hubiera querido no haberla conocido nunca. Y a menudo se preguntaba:  ¿ Por qué a mí ?  


domingo, 2 de octubre de 2016

LOS ZAPATOS DE JOSÉ.

Pedro y José habían pasado la tarde jugando tenis y como siempre, José había alternado cada jugada con quejas de todo y de todos, especialmente de su mujer.
-¡ No tienes idea de lo pesada que puede llegar a ser!- rezongaba- Siempre de mal humor, todo el tiempo haciéndome reproches...¡ No me dan ganas de volver a mi casa!
- Pero, José ¿ no tendrás tú un poco de culpa también en las desaveniencias?   Nunca te veo salir con  Isabel. Te quedas bebiendo en el Club hasta que llega la noche... Si fueras más gentil con ella, si le demostraras tu cariño...
-¡ Es que ya ni sé si la quiero!   Siento que perdí la ilusión...Todo lo mío le desagrada. ¡ Es probable que ella también haya dejado de amarme hace tiempo!
-  No te enojes, pero pienso que eres tú el que está fallando en esta relación. Yo conozco a Isabel y me consta que es dulce y encantadora.
-¡ Ja, ja!   No sabes de lo que estás hablando. No puedes ponerte en mi lugar.. .¡Solo si estuvieras en mis zapatos podrías entender lo que me pasa !
Terminaron de jugar y fueron al vestuario a cambiarse.  José estaba tan furioso que se dejó puestas las zapatillas y salió, olvidando sus zapatos en el casillero.
Pedro los miró un rato y se acordó de lo que su amigo le había dicho:
-¡ Tendrías que estar en mis zapatos para comprenderme!
En un impulso extraño , se los puso y automáticamente sus pies lo condujeron a la casa de José, sin que él pudiera dominarlos.
Cuando iba llegando, la puerta se abrió y apareció Isabel con cara afligida:
-¿ Otra vez vienes bebido?
Pedro comprendió que, a los ojos de Isabel, él era José. Al calzarse sus zapatos,  literalmente " se había puesto en su lugar."
Decidió seguir la corriente.
- ¡ No, Isabel!  Todo lo contrario...Me vine temprano para estar contigo. Quiero que nos tomemos una bebida, tranquilos los dos, para que conversemos.
Ella lo miró atónita, pero un resplandor de alegría apareció en sus ojos.
-¿Lo dices en serio?  Hace tanto tiempo que no conversamos...
Pedro entró y preparó unos cócteles. Luego se sentaron en el jardín y miraron rodar la luna por el cielo, como una moneda de plata.
-Sé que he sido poco comprensiva contigo, José- suspiró Isabel- He sido dura y te he criticado mucho, pero es que veo como te alejas de mí  y eso me hace sentir humillada y triste...
-¡No, Isabel!  ¡No me alejo de tí !  Sigo enamorado como el primer día en que nos vimos. Es preciso que los dos pongamos algo de nuestra parte para salvar esta relación.
Al ver la sonrisa de ella, confiada y feliz, Pedro sintió que ya había ayudado lo suficiente a su amigo y que era hora de devolverle los zapatos...
-¡ Se me quedaron los lentes en el Club!- mintió, tanteando sus bolsillos- Voy y vuelvo en seguida, mi amor.
Al entrar al Club, miró en dirección al bar y vio a José en una mesa, bebiendo con cara de amargado.
Pasó rápidamente en dirección a los camarines y devolvió los zapatos a su casillero. Se calzó los propios y salió sin que nadie lo viera.
Al rato, José entró y se los puso.  Mientras caminaba en dirección a su casa pensaba en el mal recibimiento que seguramente iba a darle Isabel.
-¡ Si al menos una vez me recibiera con amor !- exclamó, apesadumbrado- Sé que la quiero todavía y que estaría dispuesto a cambiar si ella fuera más cariñosa conmigo...
Abrió la puerta e Isabel se arrojó en sus brazos:
-¡ Mi vida! ¡ Qué alegría me da verte!  Sé que te habías ido hace poco rato, pero ya empezaba a echarte de menos...  
José la miró incrédulo, porque le constaba que había pasado toda la tarde y una parte de la noche lejos de su casa.

Pero decidió saborear el beso que ella le estaba dando, sin hacerle preguntas.


domingo, 25 de septiembre de 2016

IMITACIÓN DE LA VIDA.

Habían sido amigos desde niños y cuando crecieron y se hicieron hombres, su amistad se fortaleció aún más.
Uno  llegó a ser un rico empresario, que duplicó con ingenio la herencia que le dejaron sus padres. El otro, que no tenía fortuna, se consagró al estudio y llegó a ser un científico eminente, inventor de maquinarias prodigiosas.
Sus vidas eran muy diferente, pero no por eso dejaron de estar unidos, incluso cuando tuvieron la mala suerte de enamorarse de la misma mujer.
Ella se llamaba Rosa y era tan bella como la flor que lleva su nombre.  Como era de esperarse, -así dijeron muchos por despecho- fue el rico empresario el que conquistó su corazón.
Se casó con ella y se la llevó lejos a recorrer el mundo, para lucir su belleza y mostrarle a todos lo afortunado que era.
 El científico se encerró en su laboratorio, abatido por la tristeza.  No podía olvidar a Rosa. En todo instante creía verla frente a él, con su cutis de seda y sus ojos resplandecientes.
Decidió buscar consuelo en la ciencia que había nutrido su vida y construyó un robot igual a ella.  Reprodujo su cara y su cuerpo voluptuoso hasta en los más mínimos detalles. La dotó de muchas capacidades propias de los seres humanos :  la muñeca caminaba, sonreía y hablaba, expresando en forma simple una variedad de ideas encantadoras. Y cuando no tenía nada que decir, cantaba.
Pero hubo algo que el científico no pudo lograr y fue dotarla de un corazón capaz de sentir.
Cuando apoyaba la cabeza sobre su pecho seductor, escuchaba un  latido acompasado, semejante al del corazón humano.  Pero era solo un  mecanismo parecido al de un  reloj.  Una mera imitación de la Vida.
El hubiera querido que ella lo amara.
Al no poder lograrlo, se sintió fracasado. Pensó  que su invento no valía nada, que no hacía más que recordarle a Rosa, reavivando su dolor. Ya no soportaba ni mirarla.
Así es que una noche la tomó en sus brazos y se fue con ella hasta la orilla del mar. La recostó en la arena y la dejó ahí, abandonada.  Se alejó apesadumbrado, sin mirar atrás.
Por un instante, ella pareció temblar de frío. Sus ojos  insinuaron una mirada triste. Pero solo era una reacción mecánica ante una situación nueva para ella. Luego se quedó muy quieta, mirándolo alejarse hasta que la noche se lo tragó.
Todos  los días, apenas el amanecer teñía de rosa el cielo, un hombre solitario iba a pasear por la playa.
No tenía amigos. Cuando niño, había sido abandonado y crecido sin familia, en un hogar para huérfanos.  Nadie lo había querido nunca y él  tampoco sabía lo que era el amor.
Esa mañana,  vio desde lejos a la muñeca sobre la arena.  Era tan real, tan perfecta, que la tomó por un ser vivo.
Asombrado por su belleza, se acercó tímidamente y al no ver en ella ninguna señal de rechazo, se atrevió a saludarla.
-¡ Buenos días!- le respondió ella, sonriendo.
-¿ Qué haces aquí, tan sola?
Ella no tenía respuesta a eso, en su repertorio de frases programadas, porque no conocía la palabra soledad.  Y como no sabía que decirle, se puso a cantar.
Cantó con una voz tan hechicera que él cayó de rodillas y pensó que así cantarían las sirenas en alta mar, cuando hacían naufragar los barcos.
Cuando terminó su canción, él cogió su mano y le preguntó:
-¿ Vendrías conmigo?
Ella lo miró con ojos sonrientes y sin dudarlo, le respondió que sí.
La llevó a su casa y pensó que ya no volvería a estar solo.
  Con el correr de los días,  un sentimiento cálido y desconocido empezó a crecer en su corazón.  Sintió que la quería, pero como a él nadie lo había querido nunca , no tuvo conciencia de que ella no correspondía a su amor.
  Le bastaba su presencia.

 Su vida se llenó con la luz de su sonrisa y la magia de sus canciones. Y fue feliz como jamás pensó que llegaría a serlo.


domingo, 18 de septiembre de 2016

SEIS EXTRAÑOS EN UNA HABITACIÓN.


Julio despertó con dolor de cabeza. Eso fue lo primero que notó.  Lo segundo fue que no se encontraba en su cama, sino vestido para salir  y recostado contra la pared de una habitación que jamás había visto.
-¿ Donde estoy?- pensó-  ¿ Qué es ésto?
Escuchó una risa burlona y vio que junto a él se hallaba un vagabundo bastante sucio y desarrapado. Instintivamente se apartó, al notar el mal olor que emanaba de su ropa.
- ¿ Qué le pasa, amigo?  ¿ No sabe donde está? -le preguntó el hombre con sorna y se rió aún más fuerte. Pero en su risa se notaba amargura.
Julio miró en todas direcciones y no vio más que paredes y cielo raso. En el rincón opuesto, sentadas en el piso, vio a un grupo de personas desconocidas.
Eran un anciano, dos hombres de edades y aspectos dispares y una mujer joven y muy linda,
que lo observaba sin mayor curiosidad.
Julio se dirigió a ella:
-Perdone ¿ sabe usted donde estamos?
-No,  ninguno de nosotros lo sabe. Llegamos aquí como usted, de un minuto a otro y sin saber de donde venimos ni qué lugar es éste.
Julio se dio cuenta de que él tampoco sabía de donde había venido. Lo único que recordaba era su nombre.
Miró su ropa y vio que llevaba un traje gris de buen corte, una camisa fina y una corbata de seda.
¿ Donde estaba yo ayer?   Parece que trabajo en alguna Firma importante, pero ¿ en cual?
-Hace días que estamos aquí- le explicó el anciano-  Esperamos que en cualquier momento pase algo...Que se abra alguna puerta y venga alguien a explicarnos lo que pasa...Pero, no hay ninguna puerta, como usted ve...
La mujer se levantó y Julio notó que llevaba un vestido de tul blanco y zapatillas de ballet. Estiró sus brazos en un gesto gracioso y elegante y dio varios pasos de danza a través de la habitación.
- ¡ Tanta inmovilidad me tiene acalambrada!  -suspiró- Se supone que pronto me llamarán a escena...No sé cuanto más tendré que esperar.
Uno de los hombres la miró con cierta insolencia. Era gordo y llevaba un clavel en el ojal de la chaqueta.
-Podrías bailarnos algo, linda...Así matamos este tiempo que se hace eterno.
Julio los observó uno por uno. Aparte del anciano y del vagabundo, estaban el gordo del clavel y un hombre flaco y taciturno, que no parecía interesarse por nada. Junto a la bailarina y él mismo, sumaban seis personas encerradas en una pieza sin puertas ni ventanas. ¿ Qué significaba eso?
De repente, se le ocurrió una explicación:
-Creo que estamos muertos y esperamos una especie de juicio o algo así.
-¡ No !- gritó la bailarina, indignada-  ¡ Yo no estoy muerta!  Al contrario. Estoy llena de vida, como si hubiera nacido ayer... Y me queda mucho tiempo por delante para bailar y bailar...
Con una grácil pirueta, atravesó la habitación y casi cayó en los brazos de Julio.
Este la retuvo unos momentos y pensó:
- No sé qué nos va a pasar...Pero, si logramos salir de aquí, me gustaría volver a verla.
-Tengo otra teoría- dijo el vagabundo- Esto es una cárcel y estamos presos. Para mi no sería novedad. Varias veces me han llevado detenido por vagancia, como si no tener donde vivir fuera un delito y no una desgracia...
-¡ Nadie me puede acusar de nada!- gritó el hombre gordo, entre asustado y rabioso - Mucha gente se está haciendo rica gracias a mi...Y mi negocio es legal, se los aseguro.
El anciano suspiró:
-A mi no me importaría mucho morir aquí...Me queda poca vida y estoy tan solo...Pero querría saber en qué consistió mi culpa, para alcanzar a pedir perdón.
-¡ Nadie tiene culpa de nada! -gritó el hombre taciturno, que hasta ese momento no había hablado- Es el Destino el que nos maneja como a títeres...¡ Y sólo cuando le de la gana nos explicará este misterio!
En ese preciso instante, se encendió una luz blanca y fuerte, que casi los encegueció y una serie de sonidos electrónicos invadieron la habitación.
Escucharon una voz que venía desde afuera.
-¡ Bueno, bueno, bueno! - exclamó el hombre, después de echar a andar su computador-  ¡ Ya tengo esbozados los personajes de mi novela!  Ahora falta redondear la trama...¡ Será policial y de misterio!  Pero, para eso necesito un cadáver...La bailarina tendrá que morir en el primer capítulo....Por supuesto que al principio, todos culparán al vagabundo...Pero, el verdadero asesino será Julio. Un psicópata escondido tras la identidad de un famoso abogado, de quién nadie se atrevería a sospechar...jaja
Y ahora ¡ manos a la obra!   CAPÍTULO PRIMERO.....


domingo, 11 de septiembre de 2016

AMOR SONÁMBULO.

Laura había amado a Renato desde su adolescencia.
Habían tenido un romance corto, lleno de altibajos. Más de bajos que de altis...Cada pelea era una paletada de cenizas con que sepultaban las brasas de su amor. Pero al cabo de un tiempo, se reencontraban y volvían a brotar llamas  que los consumían hasta los huesos...
En los intervalos de su relación, Laura se había enamorado de varios otros, pero sabía que siempre seguía amándolo a él, así como de soslayo. Viéndolo todo el tiempo , con el rabillo del ojo de su corazón.
¿ Qué magia tenía él que lo hacía inolvidable?
Su último reencuentro había durado menos que de costumbre. Y Laura se halló de nuevo sola, caminando por la vida como incompleta. Como si la otra parte de su ser anduviera por ahí, respirando la mitad del oxígeno que ella necesitaba para vivir.
Una noche soñó que le escribía una carta. No un correo electrónico, breve y árido, sino una verdadera carta, de esas antiguas, escritas en papel y enviadas con estampilla.
Como las que se habían mandado cuando eran unos chicos de escuela secundaria.
En esa carta, Laura le decía que lo echaba de menos. Que él era la única persona cuya ausencia le dolía. Que si naufragara en una isla desierta, sólo a él lo querría a su lado. Que no le importaría ser Robinson Crusoe con tal de que él fuera su Viernes... Y que en ese caso, no querría que la rescataran jamás.
Cuando despertó, la asaltó el temor de que fuera verdad que le había escrito.¡ Lo sentía tan real ! Pero después se convenció de que sólo había sido un sueño.
 Días después, le mandó un correo electrónico, contandándole lo que había soñado.
Su impresión fue grande cuando Renato le contestó diciéndole que no había sido un sueño, que ella efectivamente le había mandado una carta.  Su tono era frío y algo burlón.
Laura quedó anonadada. Y de anonadada, pasó a atónita.
¿ En qué momento podía haberlo hecho?  ¿ Era posible que un sueño se volviera realidad?
No sabía qué cosa le escocía más en el alma, si el misterio sin resolver o la frialdad con que Renato le había contestado. Se sentía humillada y ridícula.
Varias semanas después, volvió a soñar que le escribía.  Se veía a sí misma inclinada sobre una hoja en  blanco, pero por más que trazaba letras y frases, tratando de expresar sus sentimientos, no dejaba ninguna huella sobre el papel.
Al final, desistía de su intento y metiendo la hoja en blanco en un sobre, iba en medio de la noche a ponerla en un buzón.
Cuando despertó, pensó que probablemente lo había hecho. Fue a su escritorio y vio restos de una denodada escritura nocturna. Papeles arrugados, un lápiz casi sin tinta...
Y por fin comprendió que era sonámbula.
Para evitar seguir escribiéndole a ese tipo frívolo sin corazón, decidió no dormir más.
Se pasaba las noches en vela, leyendo o viendo películas viejas en la televisión.  Cuando empezaban a cantar los pájaros, sentía que había sorteado el peligro y que la luz del amanecer llegaba en su rescate.
Durante el día, andaba chocando contra los postes  y se quedaba dormida colgada de la barra del Metro, sin que los empujones y pisotones lograran mantenerla despierta.
Aguantó una semana sin acostarse, durmiendo en los cines o en cualquier lugar donde no hubiera cerca ni lápices ni papel que la hicieran recaer en su vicio epistolar.
Hasta que la tarde del Sábado no aguantó más y se echó en el sofá de su casa, envuelta en una manta, como una momia indígena. Cayó en un sueño profundo que la hizo rodar dulcemente hasta el mar del olvido.
La despertó el sonido del timbre de la puerta. Al parecer, llevaba un rato sonando porque su en su sueño, se veía paseando por  la nieve,en un trineo lleno de campanillas...
Arrastrándose, fue a abrir.
En la puerta estaba Renato.
-¿ Por qué no me has seguido escribiendo?- le preguntó con descaro.
-Pero, si me demostraste que te importaba un bledo...
-Reconozco que me porté antipático, pero después sentí que tus cartas me decían tanto...Sobre todo la página en blanco que  me mandaste... Esa fue la que más me habló y me hizo comprender lo importante que eres en mi vida...
Laura apenas lograba tener los ojos abiertos y se balanceaba, envuelta en la manta, segura de que seguía soñando y que Renato no estaba ahí.
Pero él la tomó de los hombros y le miró la cara con preocupación:
-¿ Qué te pasa?  Pareces sonámbula...
-  ¿ Yo sonámbula?  ¡ Como se te ocurre !  Lo que pasa es que tengo unos vecinos ruidosos que hace varias noches que no me dejan dormir...

  
  

domingo, 4 de septiembre de 2016

ENCRUCIJADA.

Había caído la noche y Jorge conducía feliz su automóvil, en dirección a su cita con Lucy.
Le habían hecho un nuevo corte de pelo que a él le parecía que le sentaba muy bien. Sacó su celular para tomarse una selfie y en ese preciso segundo, sintió un violento impacto en el parachoques.
Aterrado, vio un par de ruedas de bicicleta girando todavía a un costado del camino. Entre los fierros, yacía un muchacho que respiraba penosamente.  Desde su pecho hundido brotaba unos estertores que lo llenaron de pavor.
 Subió rápidamente al auto y se alejó de ahí a toda velocidad. Constató que no venía nadie en dirección opuesta y que no había casas en ese tramo del camino.
Aceleró, temblando de horror, aunque lúcido. Pero, de pronto, un enorme árbol pareció salirse de la carretera y precipitarse contra él.
El impacto lo oprimió contra el volante.
Al minuto siguiente, se encontró parado en una nube, frente a un escritorio. Detrás de él, se sentaba un anciano majestuoso, que lo miraba con serenidad.
-¿ De donde vienes, Jorge?- le preguntó, como si lo conociera de toda la vida. Lo cual era totalmente cierto, pues el anciano no era otro sino Dios.
-De la carretera, Señor....Iba apurado...No sé qué pasó.
-Pero, antes de chocar, algo te ocurrió ¿ no es cierto?
-¡Oh, sí, Señor !  Un ciclista....Iba tomándose fotos con su celular y se me atravesó, sin mirarme...
El Señor lo observó con severidad y Jorge enrojeció violentamente. Se dio cuenta de que estaba contando la historia según su  conveniencia, y con Dios esas cosas no resultan bien.
-  Te quedaste a auxiliarlo, me imagino....
-La verdad es que no, Señor. Tuve miedo de meterme en un lío...Y además creí que estaba muerto.
Jorge se quedó en silencio, con la cabeza gacha, sin atreverse a enfrentar aquellos ojos tan dulces y tan severos, al mismo tiempo.
- Lo que no entiendo- dijo el Señor- es qué haces aquí.  Debieras haber tomado otra dirección.
-Es verdad. A medio camino vi una encrucijada entre las nubes. De un lado venía un calor infernal, como si hubiera un incendio....y de la otra dirección, esta frescura y esta paz , así es que me vine para acá sin dudarlo.
Dios fijó en él esa mirada en que la piedad y la justicia resplandecen juntas.
-Debes volver a la tierra y auxiliar al ciclista que atropellaste. De otro modo no podrás quedarte aquí.
De inmediato, Jorge volvió a encontrarse en la carretera. A lo lejos, los restos de su automóvil humeaban incrustados en el árbol. A sus pies, yacía el joven ciclista entre los fierros doblados. Las ruedas aún giraban, como si quisiera llevarlo a un lugar mejor.
-¡ Amigo!- gritó Jorge- ¡ No te duermas, quédate conmigo!
-Es tarde - suspiró el muchacho- El que me atropelló escapó....Tú eres bueno, pero no creo que puedas salvarme. Siento que me voy...
Sus ojos lo miraron con gratitud, antes de cerrarse definitivamente.
Jorge lo tomó en sus brazos y lloró, desesperado. Los remordimientos y la vergüenza atenazaban su corazón.
Lo siguiente que pasó fue que se encontró de nuevo entre las nubes,  frente a  Dios, que lo miraba desde detrás de su escritorio.
-¡ Fue inútil, Señor!  Te lo traje hasta tu Cielo y ahora me voy al lugar que me corresponde...
- Puedes quedarte aquí.
-¡ Pero, Señor!  ¡ No logré salvarlo!

- Es cierto.No pudiste salvar su cuerpo. Pero salvaste tu propia alma y eso es lo que realmente importa.