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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



domingo, 27 de diciembre de 2020

EL JARDIN DE JOSÉ.

José quería ser un jardinero profesional,  tan diestro y tan famoso, que de todas partes lo mandaran a buscar.  Pero, por lo pronto, solo era el ayudante de su tío Manuel.

Juntos atendían los jardines de un conjunto habitacional muy lujoso que habían edificado en las afueras de la ciudad.

Todas las casas eran blancas, con rejas verdes y amplios prados en los cuales había mucho qué hacer.   José y su tío llegaban al alba y se les iba el día regando, desmalezando y plantando nuevas flores, según la estación.

Al fondo de uno de los jardines había una gruta, con una imagen de yeso de la Virgen María.

Su cara era tan amable que José no se cansaba de mirarla. Le parecía que Ella le sonreía con dulzura y que sus labios le decían cosas que nadie más podía escuchar.

En la casa de José no se hablaba de religión y él hacía mucho que había olvidado las oraciones que le enseñaron para su primera comunión. Pero, a escondidas, se arrodillaba frente a la imagen y le contaba sus tristezas y sus preocupaciones.

-Virgencita- le decía- quiero contarte que estoy enamorado. Pero ella es mucho para mí. La veo pasar con libros bajo el brazo y yo soy tan ignorante...Tú sabes que me tuve que retirar de la escuela para trabajar y ayudar en mi casa...Ella ni me mira, no sabe que existo y la verdad es que no me extraña ¿ Como se iba a fijar en un simple jardinero?

La imagen lo miraba con sus ojos serenos y parecía decirle:

-¡ No te aflijas, José! Nada es imposible en las cosas del Amor. Le contaré a mi Hijo lo que tú me has confiado y  El verá qué hacer...

Detrás de la gruta de la Virgen había un pequeño terreno sin cultivar. José decidió que en sus ratos libres  plantaría ahí nardos y azucenas para ofrecercelos a Ella.  Contento con su idea, se puso a picar la tierra, arrancando las malas hierbas y abonándola con dedicación.

Las plantas crecieron verdes y estaban a punto de florecer, cuando José cayó enfermo.

  Una mañana se despertó con el pecho dolorido y al medio día lo consumía la fiebre. Incapaz de soportar el peso de las herramientas, se desmayó en medio de los arbustos.

-¡ Debe ser ese maldito virus que no perdona a nadie!- exclamó su tío Manuel, asustado.

Lo llevó hasta su casa en la vieja camioneta y le aconcejó a la madre que llamara a un doctor.

El médico pronunció la temible palabra : Covid. Pero, tranquilizó a la mujer que lloraba:

-   ¡ No se aflija, señora!  José es joven y fuerte. Hay que dejar que la enfermedad evolucione. Estoy seguro que saldrá adelante. Tenga paciencia.... ¡ Y no deje que los otros niños se acerquen a él!

Durante muchos días José ardió en fiebre. Le costaba respirar y en su delirio repetía:

-El jardín!  ¡ El jardín!

Su mamá lo tranquilizaba:

-¡ Cálmate, mi hijito!  Tu tío lo cuidará.

Ella no sabía que José se preocupaba por el jardín secreto que había estado cultivando para la Virgen y del que nadie más conocía la ubicación.

Seis semanas pasaron antes de que se pudiera levantar. Al fín, pálido y débil todavía, insistió en acompañar a su tio en su trabajo habitual.

Al llegar allá,  corrió desesperado en dirección a la gruta.¡ Estaba seguro de que el jardín estaría seco!  Nadie lo habría regado en más de un mes...

Pero, lo primero que vio le arrancó un grito .  ¡ La imagen de la Virgen había desaparecido!

-¡ No puede ser!- exclamó angustiado- ¿ Es que  robaron la estatua de la Señora?

Pero, una voz muy dulce lo llamó desde detrás de la gruta:

-¡ Estoy aquí, José!  ¡ No te preocupes!

Los nardos y las azucenas habían florecido y  erguida en medio de una nube de blanco esplendor, estaba la Virgen.

-He cuidado tu jardín, mientras estabas enfermo- le dijo, con sencillez.

José cayó de rodillas y sintió que una mano fresca se posaba sobre su frente, despejando los últimos vestigios de la fiebre que lo había atormentado.

Cuando abrió los ojos, se halló de nuevo solo. En el hueco de la gruta, la imagen de la Virgen sonreía como siempre.




domingo, 20 de diciembre de 2020

UNA NOCHEBUENA ESPECIAL.

Unas noches atrás, mi hermana Silvia se sentó a mi lado en la cama y me preguntó por sorpresa:

- Si volvieras a ser chica ¿ qué le pedirías al  Viejo Pascual ?

Me quedé pensativa un momento y después le contesté:

-Le pediría ser feliz.

-Eso estaría muy bien- me dijo ella sonriendo- siempre que sepas lo que es la Felicidad...

Me quedé muda, porque me di cuenta de repente de que no lo sabía.

 Creo que la Felicidad es un enigma para la mayoría de la gente. Es como una puerta cerrada cuya llave se perdió hace mucho tiempo. Los hombres van por la vida buscándola, con los ojos clavados en el suelo. ¿ No sería mejor que miraran hacia arriba?

Silvia me dijo, entonces, al verme tan pensativa, que es posible que la Felicidad no exista. O que sea como agua que se nos escapa entre los dedos sin que nunca la alcancemos a beber.Se fue a su dormitorio y yo me quedé un rato desvelada, tratando inutilmente de ordenar mis pensamientos.

Se acercaba la Navidad y a la noche siguiente, nos pusimos a adornar el árbol.

Nuestros padres ya murieron y siempre en estas fechas su recuerdo se hace más cercano y su ausencia nos pesa más.

Mientras ella sujetaba la estrella en lo alto del pino, la noté silenciosa y supe que también   la invadía la nostalgia de las Navidades pasadas.   Para distraerla, le dije que volvieramos al tema anterior.   

-¿ Sabes? -continué razonando- Creo que la Felicidad no es más que la Tristeza vestida de gala, como la Cenicienta...

-¿ Por qué se te ocurrió eso?

-¡ Porque se parecen tanto las dos!  Se llora de pena, pero también de alegría.  Y cuando una se siente feliz, siempre en el fondo está triste...Creo que después de todo, la Felicidad es  saber sobrellevar las penas con elegancia.  Una forma aristocrática de vivir.

-¡ Por favor!- me interrumpió ella- ¿ Como se te ocurre comparar la tristeza con la alegría?   Es como si trataras de empatar la noche con el día.   La tristeza es oscura como un charco de barro en el que una se hunde mientras camina. En cambio la Felicidad es alta y dorada como un rayo de sol, o como un pájaro que vuela...

Las dos nos quedamos calladas, mirando las luces que parpadeaban en el arbol de Navidad.

-¿ Te acuerdas cuando creíamos que era Papá Noel el que nos traía los juguetes?

-Hasta ese año que el papá perdió el empleo y supimos que no habría regalos...

-Cro que fue para mejor, porque entonces supimos que la Navidad es mucho más que desenvolver paquetes...

-Sí. Me acuerdo que fuimos a la Misa del gallo y después cenamos los cuatro juntos. Creo que esa Navidad sin regalos fue el mejor regalo que pudimos tener.

- Bueno y ¿ en qué quedamos?  ¿ Qué es la Felicidad?

- Creo que las dos acabamos de saberlo.




domingo, 13 de diciembre de 2020

TINTA CHINA.

Desde que tenía memoria, Genaro había sido secretario de un escritor. Vivía en su casa y sus tareas eran múltiples.  Responder los llamados telefónicos, redactar los correos y estar pendiente, en fin, de sus más triviales necesidades.

No tenía recuerdos de ninguna época anterior y se decía, afligido, que en algún momento había perdido la memoria. Sobre el velador había una fotografía de una mujer madura y él presumía que sería su madre, pero no la recordaba y mirar su cara no le provocaba la más mínima emoción.

La ausencia de afectos y de recuerdos tornaba su existencia vacía. Para llenar ese hueco

 había procurado enamorarse, pero dos veces había fracasado.

La primera mujer a la que amó, se llamaba Rosario y vivía en la casa vecina a la del escritor.

La cortejó durante un tiempo, pero ella, desde el principio le había advertido que tenía novio.  Que estaba en el extranjero, trabajando y que en unos meses  volvería para casarse con ella.

Genaro creía que era un invento , un subterfugio quizás, para librarse de su acedio.

Pero una tarde en que había ido a visitarla, sonó el timbre y ella corrió a la puerta. 

En el umbral había un hombre alto y bien parecido. Rosario se echó en sus brazos y él la besó con pasión. Perdidos en su arrobamiento, ninguno de los dos percibió siquiera la salida de Genaro.  Pasó junto a ellos aplastado contra la pared y se alejó calle abajo, agobiado por la humillación. 

Su segundo amor se llamaba Elsa.

Tenía la piel muy blanca y una cabellera rojiza que parecía arder. Fue en esa hoguera donde el corazón de Genaro se asó a fuego lento, hasta quedar casi carbonizado.

Ella decía amarlo, pero él se sentía siempre insatisfecho.

Hasta que una tarde la sorprendió en un café con otro hombre. Hablaban en voz baja y con deseo contenido, entrelazaban sus manos. Cuando ella divisó a Genaro, fingió no conocerlo.

Y así, una vez más, la soledad volvió a apropiarse de su vida.

Un día en que el escritor había salido, Genaro entró a su escritorio a buscar unos papeles. Sin gran curiosidad, le echó un vistazo a lo que estaba escribiendo.

Aunque tenía un moderno computador, el escritor prefería hacer su trabajo a mano. Es más, ni siquiera usaba un bolígrafo. Llevado por no sé qué nostalgia del pasado, siempre escribía con una pluma metálica y un tintero de tinta china.

Genaro empezó a leer las anotaciones y con estupor comprobó que se trataba de su propia historia.

Era una novela que empezaba en su juventud, con él trabajando en casa del escritor. No había ninguna referencia a su infancia.

En ella se detallaban sus dos romances fracasados y el último parrafo escrito terminaba con la frase:  "Y así la soledad volvió a apropiarse de su vida".

El siguiente capítulo, aún no empezado, se titulaba:  Un nuevo fracaso de Genaro.

Comprendió entonces que él no existía, que era un personaje inventado por el escritor. Y que su creador era un hombre cruel que pensaba darle una existencia sin esperanzas.

Furioso, tomó la botella de tinta china y la vertió sobre el manuscrito. ¡ Ahora sería libre y saldría de ahí antes de que su verdugo regresara!

Fue a su cuarto y llenó una maleta con su escasa ropa. El retrato sobre el velador pareció mirarlo con reproche. Pero no quiso llevarlo. ¿ Para qué, si no era su madre? ¿ Si era la fotografía de una mujer anónima puesto allí por el escritor para darle realismo a su vida inexistente?

Mi verdadera madre es una botella de tinta,  reflexionó con amargura.

Salió de la casa dando un portazo y corrió hacia la esquina.  Quiso cruzar con el semáforo en rojo y un automóvil se precipitó sobre él, arrollándolo.

Se reunió la gente alrededor de su cuerpo que yacía tretorcido en el pavimento. Alguien tomaba fotos con su celular...

- ¿Alguien anotó  de la patente?- preguntó un policía.

-No tenía patente, oficial. Estoy seguro.

-¿ De qué marca y de qué color era el automovil?

-No conozco esa marca, oficial, pero era negro.  Negro como la tinta china.   




domingo, 6 de diciembre de 2020

EL VESTIDO DE NOVIA.

Dejó de llover y un viento helado sopló sobre los árboles.  Los pobres se pusieron a tiritar y la niebla, creyendo hacerles un favor, los envolvió en una frazada gris. Pero ellos tuvieron más frío todavía.

Juana salió de la iglesia cuando las campanas empezaban a llamar a la oración de la tarde. Le había estado ayudando al señor cura a arreglar las flores  y ahora se iba a su casa a lavar el mantel del altar mayor. Con esos menudos quehaceres trataba de llenar su vida.

Al bajar la escalera de la iglesia le pareció que chocaba contra un muro blanco. Era la niebla que había espesado y pretendía cerrarle el paso. Arremetió contra ella armada con el ariete de su nariz. Un frío glacial le envolvió las piernas y sintió que vadeaba un lago de agua helada. Pensó que nunca lograría llegar a la otra orilla.

Tembló y se arrebujó en su delgado abrigo de liquidación de temporada. 

Frente a ella escuchó un chirrido de ruedecillas, apenas amoriguado por el barro de la vereda. Casi chocó con una mujer que empujaba un carrito de supermercado.

Llevaba una chaqueta masculina que a todas luces le quedaba grande y un sombrero alón echado sobre la frente.  Juana pensó que era una anciana, pero ella alzó el rostro y le sonrió. Entonces comprobó que era muy joven y que sus ojos relucían en la penumbra del atardecer.  Largos mechones de pelo cobrizo le caían sobre los hombros.  

 Antes de verla perderce entre la niebla, Juana alcanzó a distinguir que bajo la deforme chaqueta asomaba un vestido de novia. Su blancura parecía iluminar la vereda y aunque el borde estaba manchado de lodo, su aspecto era suntuoso y perturbador.

Intrigada, Juana decidió seguirla, confiando en que sus galochas no hicieran ruido sobre el pavimento embarrado. Pero la mujer demostró tener un oído muy fino, porque se volvió de repente y la increpó, enojada:

-¿ Se puede saber por qué me sigues?

-Es que me impresionó ese vestido que llevas...¿ de donde lo sacaste?

La mujer la miró airada:

-¡ Es mi vestido de novia!  Lo llevaba el día en que él me dejó plantada en la puerta de la iglesia.

-¿ Qué dices?

-Lo que oyes. Yo era una novia llena de ilusiones.    Estaba enamorada y pensaba que él me amaba también...Lo esperé una hora, hasta que todos los invitados empezaron a irse. Me miraban con lástima, pero ví un destello de satisfacción en los ojos de aquellas que creía mis amigas.

-¿ Y cuando pasó eso?- preguntó Juana, consternada.

-Ya no me acuerdo...Hace mucho tiempo...

-Y ¿ por qué llevas el vestido todavía?

-Porque ando buscándolo a él y sé que un día lo voy a encontrar. Cuando me vea con el vestido, comprenderá que todavía lo amo...Que nadie podrá amarlo así...y entonces se arrepentirá y se casará conmigo.

Después tomó la manilla del carrito y sin agregar nada más, se perdió entre la niebla.

Juana la miró apesadumbrada. Ella, que nunca había tenido un novio, sintió que su corazón se contraía de dolor.

Luego, pensó en todas las veces que había renegado de su soledad, sin comprender que gracias a ella, se había mantenido a salvo de una tragedia semejante.

-¡ Fue mejor no haberme enamorado  nunca!- se dijo, sin mucha convicción.  Pero, sabía que se estaba engañando a sí misma. Que más vale que te rompan el corazón en mil pedazos, antes de no haber conocido el amor.

Esa noche, Juana durmió poco y mal y al otro día, temprano, se dirigió a la iglesia.

Cuando le contó al señor cura el extraño encuentro de la víspera, este sonrió compasivo.

- ¿ Y tú le creíste?

-¡ Como!  ¿ Que no es verdad?

- ¡ Claro que no!  Conozco hace años a esa mujer. Duerme bajo el puente con otros vagabundos. El vestido de novia se lo encontró en la basura...En este barrio botan las cosas más insólitas.

Juana se quedó pensativa, sin saber si las palabras del cura le prestaban alivio o le causaban decepción.

¡ Después de todo, era una historia tan triste y tan romántica!




domingo, 29 de noviembre de 2020

ELIZABETH.

Cuando Hugo y yo nos casamos, nos fuimos a vivir a una enorme casa en el barrio República. La había heredado de sus padres y por  motivos económicos, era nuestra única opción.

La casa era bonita, pero aterradora por su tamaño y mi marido de inmediato  me dijo, mirándome con la ternura  con que se mira a una niñita inútil:

-No serás capáz de llevarla sola.

Así es que llamamos a una Agencia de Empleos y días después fuimos a una población de los suburbios, a recoger a Elizabeth.

Apareció en la puerta de su casa, cargando una vieja maleta y se despidió con un abrazo de  mamá. Era muy flaca y a mí se me ocurrió que seguramente  todo lo que comía lo destinaba a alimentar una larga melena rubia que le colgaba por la espalda.

Era tan joven como yo y me simpatizó de inmediato. Me dio pena que llegara a vivir a una casa tan grande y tan inhóspita...¿ Echaría de menos también a su familia?

Le regalé una radio que yo tenía y ella, al terminar su trabajo, pasaba las tardes en su cuarto, escuchando música y cepillando sus largos cabellos, que eran el único adorno de su carita fea.

Hacía el trabajo a conciencia y se le iba toda la mañana en asear la enorme casa. Mientras, yo preparaba el almuerzo ayudada por un libro de recetas que me había dado mi mamá.

Elizabeth era reservada y tímida, así es que hablaba muy poco. Pero una vez que la interrogué al notarla preocupada, me contó que ella y su mamá estaban atrasadas en el pago de los dividendos de su casa y que eso la  angustiaba mucho.

De inmediato le pedí a Hugo que le aumentara el sueldo, pero se negó.

-Lo que le pagamos es lo justo- me respondió con firmeza- Y sus problemas personales no son de tu incumbencia.

Cuando cumplimos un año de casados, Hugo me regaló un precioso anillo de oro con una perla. Era muy lujoso y solo me lo ponía en ocasiones especiales.

Un día, al entrar a mi dormitorio, sorprendí a Elizabeth contemplándolo. Se lo había puesto y, alzando su mano, jugaba con los reflejos que la perla emitía bajo la luz.

Al verme entrar, se lo sacó rápidamente y lo guardó en el alhajero.

-No te preocupes, Elizabeth- le dije, para tranquilizarla- No me importa que te lo hayas probado.  Es lindo ¿ verdad?

Pero ella se puso roja de verguenza y salió de la habitación sin responderme.

Poco tiempo después, me puse el anillo para ir al matrimonio de una prima. 

Al día siguiente, había desaparecido.

Desesperada, lo busqué bajo los muebles y en los lugares más inverosímiles. Estaba segura de que lo había guardado  al volver de la fiesta. Mis sospechas cayeron de inmediato sobre Elizabeth. Me acordé de la deuda que tenía por la casa y también rememoré ese día en que la había visto probándose el anillo en mi habitación.

El corazón me dolía de angustia. Pensé ocultarle a Hugo la pérdida, pero entendí que sería imposible.

Apenas lo supo, se enfureció y despidió a Elizabeth.

Ella repetía entre sollozos que no lo había tomado.  Al verla así, me puse a llorar yo también y con mi desesperación  logré, por lo menos, que Hugo no llamara a Investigaciones.

Ví a Elizabeth salir, aferrada a su vieja maleta. Los sollozos estremecían su cuerpo delgado y los últimos rayos del atardecer arrancaban destellos en su pelo rubio. 

-Pobre Alicia en el País de las pesadillas- pensé compadecida.

Pasaron cinco años.

Un día en que fui a la bodega en busca de unos libros, tropecé con el baúl en que gardaba mi ropa en desuso. Me puse a escarbar en él y encontré el vestido que me había puesto para el matrimonio de mi prima. Junto a él estaba los guantes largos que usara en esa ocasión.

Quise ponérmelos y distinguí algo duro en el interior de uno de los dedos. ¡ Era el anillo!

Seguro que esa noche me había sacado el guante a tirones y el anillo quedó allí, sin que me diera cuenta. Me fui a dormir, segura de haberlo guardado en el cofre.

Desesperada, tomé el auto y partí a los suburbios, donde vivía Elizabeth. Me acordaba de su casa, que quedaba frente a una plaza de juegos infantiles.

Toqué el timbre y me abrió una mujer extraña.

- No vive aquí- me dijo hosca y me cerró la puerta en la cara.

Una vecina que regaba su pequeño jardín, se acercó a informarme.

-Sí, esa era la casa donde ella vivía con su mamá. Pero, se las quitaron por no pagar los dividendos. Elizabeth había perdido el empleo y como no le dieron recomendaciones, no pudo encontrar otro trabajo.

-¿ Y no sabe donde se fueron?  

-Al Sur, creo. Iban a vivir de allegadas en casa de unos parientes...Pero, no dejaron dirección.

Me alejé de ahí, destrozada por la pena y los remordimientos.

Y el anillo con la perla, nunca me lo volví a poner.




domingo, 22 de noviembre de 2020

RECUERDAME OLVIDAR.

Descubrió que lo peor es la esperanza, porque cuando se pierde, es como si apagaran la única luz que te señalaba el camino.

Durante meses había esperado que Mario volviera.

Se había ido con una sola maleta. Su abrigo y una chaqueta medio raída que despreció, aún colgaban en un rincón del closet.

Ella sacó el abrigo y lo colgó en el perchero de la entrada. Así, cuando en las mañanas se levantaba a preparar su desayuno- un simple tazón de café que tomaba parada frente a la ventana- podía fantasear con la idea de que él todavía vivía ahí.

Que estaba todavía en el cuarto de baño, que en unos minutos más saldría, oliendo a colonia de afeitar...Se pondría el abrigo y partiría apurado, después de robarle un par de sorbos a su café...

El chasquido de un beso flotaría en el aire...

En las tardes, aún creía escuchar sus pasos en la escalera. Vendría cansado y mientras se duchaba, Olivia prepararía un trago para que lo tomaran juntos, contándose mutuamente las experiencias del día.

En la noche se desvelaba en la cama, demasiado grande para ella sola. Imaginaba escuchar el sonido de su llave en la cerradura. ¡ Era tan viva la ilusión que a veces soltaba un grito !

Llegó al primavera y al salir del trabajo, viendo los árboles florecidos se preguntaba con amargura:

¿ Como es que vino la Primavera?  ¿ Para qué vino, si mi corazón es como un árbol desnudo que no tiene fuerzas para volver a brotar?

Aunque había habido muchas señales que le advertían que él se estaba distanciando, nunca quiso verlas ni se preparó para su abandono.

Una pared de rutina y hastío había empezado a  levantarse entre ambos.  Afuerza de fingir que su amor seguía vivo, habrían terminado odiándose...

Quizás Mario prefirió irse antes de que eso pasara.  Vencida, Olivia no hizo ni un gesto para retenerlo.

El departamento quedó súbitamente vacío. Un ancho hueco de ausencia se abrió en el espacio que había ocupado su cuerpo.

Ella se sentó al borde de un pozo sombrío, donde iba dejando caer las horas, como guijarros que se hunden sin dejar huellas.

Pero detrás del Amor, siempre camina el Olvido.

Al principio lo va siguiendo de lejos, husmeando sus pasos como un perro paciente. Sabe que tarde o temprano terminará por alcanzarlo. 

A medida que el Amor va haciendo más cansino su paso, fatigado de la inútil persistencia de una entrega sin pasión, el Olvido va acortando la distancia. Y al final se funden en un solo sentimiento. ¡ Qué descando para el corazón!

Así fue como, un año después, Olivia se cruzó con Mario en el andén del Metro.

Notó que él palidecía, que se aprestaba a hablarle, pero entonces notó que ella iba acompañada. 

Retrocedió y se saludaron con un gesto evasivo.

  El amigo de Olivia la miró con curiosidad:

-¿ Quién era ese?  Parece que se impresionó al verte...

-¡ No creo!  Es solo un antiguo conocido.  Alguien a quién hace tiempo olvidé.




domingo, 15 de noviembre de 2020

ROSALBA SE HA IDO.

Me acuerdo como lloraron mis papás esa mañana, cuando al llamar a Rosalba a desayunar, vieron que no estaba en su pieza.

En el closet faltaban sus vestidos y sobre el polvo de la cómoda, se veía la marca que había dejado su maleta.

Ellos no salieron a buscarla, porque sabían a donde y con quién se había ido. Pero me acuerdo de que mi papá andaba más callado que nunca.

Nos sentábamos a comer y luchábamos por encontrar un tema, pero las palabras se nos morían antes de salir al aire.

Durante mucho tiempo mi mamá estuvo poniendo el cubierto de Rosalba en la mesa. Y había en la casa una atmósfera de espera, que poco a poco se fue diluyendo.

Pasaron varios meses. Me acuerdo porque en el Liceo se acercaban las vacaciones de Invierno y todas las chiqquillas andábamos contentas.

Los árboles del patio ya no tenían hojas y casi todos los días amanecía lloviendo.

Hasta que una noche, cuando estábamos recién empezando a tomar la sopa, sonó el timbre. Fue un campanillazo estridente por lo inesperado y creo que a los tres se nos paró el corazón.

Mi mamá se levantó de la mesa y estaba muy pálida, con una expresión de terror y esperanza que nunca antes le habíamos visto.

Corrió a abrir la puerta y ahí, en el umbral estaba Rosalba. Me acuerdo de que le había crecido harto el pelo y le caía lacio a los lados de la cara. Parecía que estaba débil, porque aferraba la maleta con las dos manos y ni siquiera la soltó cuando mi mamá la rodeó con sus brazos. 

Mi papá siguió comiendo con la cabeza baja, como si nada pasara, pero yo veía como las lágrimas le iban cayendo lentamente en la sopa.