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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



lunes, 24 de septiembre de 2012

CAMBIO DE ESTACION.

La Primavera hizo su entrada puntualmente el día veintiuno. Y se resfrió.
El Invierno, que tenía pocas ganas de irse, había estado recién haciendo su maleta.
Un aguacero y una tarde de granizo se resistían a entrar junto con el resto del equipaje, y el viejo tenía unas ganas locas de arrojarlos sobre la tierra antes de irse.
No era cosa de abandonar el campo de batalla sin disparar un par de tiros como despedida.
Además, le cargaba la Primavera.
 Esa chiquilla loca que llegaba lanzando flores a diestra y siniestra y bailando con los pies desnudos sobre las praderas.
¡Quién sabe por qué no envejecía nunca!
Siempre saltando y correteando, como una niña. Y con un séquito de mariposas incondicionales que la seguía a todas partes y la envolvía como un manto multicolor.
En cambio, el Invierno siempre había sido viejo. No se acordaba de haber conocido la juventud, ni siquiera en los albores de la creación.
Rezongaba, gruñía y sacudía la tierra con sus vientos huracanados.
Llegaba vestido con su viejo impermeable de niebla y cargado con el bolsón de las tempestades.
Al verlo aparecer, los árboles temblaban asustados y en un solo suspiro, soltaban sus últimas hojas.
Quedaban desnudos y ateridos y la escarcha aprovechaba para envolverlos en papel celofán y congelarles la savia que animaba sus corazones.
Pero, ahora, el viejo malhumorado se iba.
Porque la fecha en el calendario se lo exigía, no porque de verdad quisiera irse.
Sólo por aparentar que acataba las normas, se sentó sobre su maleta, tratando de cerrarla.
Un relámpago travieso se escapó y le chamuscó los faldones del abrigo.
Lo volvió a meter, bien apretado entre dos nubarrones, pero el aguacero y la tarde con granizos, definitivamente se quedaron afuera.
-¡No tengo más remedio!- dijo en voz alta el Invierno, fingiendo contrariedad. Pero en  el fondo estaba feliz de tener una disculpa para soltarlos sobre los campos.
El aguacero salió de estampida y se lanzó sobre los cerezos recién florecidos.
Inundó varios nidos y mató a los pajaritos sin plumas que piaban en su interior.
El pasto quedó cubierto por un manto de pétalos.
-¡Habríamos podido llegar a ser sabrosas frutas!- exclamaron las flores al expirar.
Bajó la temperatura y entró en acción el granizo.
Brincó con sus zapatitos de vidrio sobre los techos y golpeó en las ventanas, llamando a los niños a jugar.
Sus abalorios de hielo enjoyaron los prados y troncharon los tallos de los juncos que acababan de florecer.
Y en ese preciso momento, llegó la Primavera.
Venía riendo y saltando por el camino.
Un cinturón de pájaros ajustaba su túnica y las mariposas brillaban como gemas de mil colores, engarzadas en el oro de sus cabellos.
De pronto, sus pies desnudos se hundieron en un charco de agua helada. Y en lugar de escuchar el trino de los pájaros, saludándola, oyó el rugido del viento y el zapateo del granizo, bailando sobre los tejados.
Se detuvo sorprendida y un escalofrío la hizo estremecer.
Su túnica mojada se adhirió a su cuerpo y asustadas, las mariposas se escondieron entre sus cabellos, tratando de proteger sus alas de la furia del vendaval.
La Primavera estornudó.
Algunos árboles se apresuraron a tenderle sus hojitas verdes, recién estrenadas, para que las usara de pañuelo.
 Pero ya el mal estaba hecho.  ¡Se había resfriado!
El Invierno se rió con crueldad.
Se hundió el sombrero hasta los ojos, tomó su maleta y partió a la Estación a tomar el tren que lo llevaría al otro hemisferio.


YA VEREMOS.

René era un amor que yo había hecho durar a lo largo de toda mi vida.
Adolescente, adulta y mujer madura.
Soltera, casada y divorciada.
Había colgado su retrato en una pared de mi corazón, la más iluminada, esa que nos recibe al abrir la puerta.
Lo colgué a los diecisiete años y había continuado ahí, inamovible, a lo largo del tiempo.
Por supuesto, había sufrido trasformaciones.
De muchacho flaco de pelo oscuro había evolucionado a señor bajito, algo panzón y con el pelo y la barba completamente blancos, como si fuera el mismísimo Santa Klauss.
¡Y yo he creído en Santa Klauss toda mi vida!
Es decir, hasta hace un tiempo. Porque ahora he empezado a dudar, con un escepticismo lacerante...
Todo empezó cuando  René me cortó el rostro con el cuchillo de la indiferencia.
 ¿O debo decir mejor:  con el cuchillo de su ira glacial,  de su rencor hipotérmico?
(Los odios fríos son los más demoledores.)
Las cosas pasaron así.
René, que es pintor, (no de los que ganan plata pintando casas, sino de los otros...), me llamó un día para contarme que yo tenía una admiradora. Una alumna suya de Arte, que había leído los cuentos de mi blog y deseaba conocerme.
¿Qué me parecería que nos juntáramos a tomar un café en Providencia?
Me sentí envanecida y sobre todo feliz de tener así la oportunidad de volver a ver a mi amor casi platónico.
Llegué en punto a la hora convenida pero, desde lejos los vi ya instalados en una mesa. Me pareció que llevaban allí un largo rato. Tuve luego la oscura sospecha de que René la había citado a ella por lo menos media hora antes que a mí.
La chica tendría unos veinte años y era linda. Bueno, debe seguirlo siendo, creo yo.
Noté a René frío y casi agresivo.
Tampoco se me escapó la sensación de que la joven no era, después de todo, una gran admiradora mía.
Fue amable y encantadora, sin duda, pero, en el trascurso de la tarde, llegué a la conclusión de que todo había sido idea de René.
Y no para verme a mí, naturalmente, sino para tener la oportunidad de citarse con ella.
Aunque la chica era, por lo  menos, treinta años menor. Y totalmente inocente a las maquinaciones de aquella mente tortuosa...
No me dolió en mi amor por él, sino en mi amor por mí misma, que es mucho más grande y totalmente incondicional.
Fue cruel darme cuenta de que había sido utilizada por Fausto, para enamorar a Margarita.
Fue denigrante comprender que me había trasformado en involuntaria Celestina, para favorecer las pretensiones amorosas del que había sido mi amor durante tanto tiempo.
Me desquité en la única forma que podía.
Escribí un cuento donde ponía en evidencia al que me había ofendido con tanta mezquindad.
El cuento se llamó "Evelina".
Me las arreglé para que René lo leyera.
Y él se vengó de mí,  borrándose de la lista de los seguidores de mi blog.
Aparte de eso, guardó un silencio más culpable que digno y más cobarde que altanero.
Y yo ¿descolgué su retrato de la pared de mi corazón?
No pude.
 Sigue ahí, inamovible. Y lo único que me resta hacer, cuando entro, es mirar para otro lado.
Al que se ha amado a los diecisiete años, bien se lo puede seguir amando a los cuarenta, a los cincuenta y....mejor no sigo.
Y mejor no sigo escribiendo, en espera que pase algo que me inspire un nuevo capítulo de esta historia. 
Ya veremos.

CONVERSACIONES.

Le pedí a un vilano de cardo que pasaba volando:
-¡Llévale una carta a mi amado, por favor!
Y él me respondió:
-¡Voy muy apurado!   ¿Por qué no pruebas mejor con Internet?
-Es que eso es tan frío, tan poco romántico...-objeté decepcionada.
-¿Poco romántico, dices?  ¡Qué atrasada estás en noticias!  El Romanticismo murió. Lo sepultaron hace tiempo.
-¿Qué dices?- exclamé, no queriendo aceptar algo que ya había sospechado.
-Sí, lo sepultaron.- Me reiteró el vilano- Y la que más lloró en su funeral fue la Poesía.
-¡Yo seré la próxima! -gimió, ahogando un sollozo en su pañuelito perfumado de violetas-¡Ahora que apareció un viejo chiflado diciendo que inventó la Anti-poesía, y todos lo aplaudieron como si fuera un genio....!
-¿Y qué me queda a mí también, sino suspirar?- agregó la luna, que venía llegando atrasada al sepelio. (Se había demorado buscando un traje negro en el ropero de la Noche, para estar a tono con el luto. Al fin lo había encontrado, pero no le servía de mucho, porque su resplandor plateado se escapaba por todas las costuras.)
-¡Sí!  ¿Qué me queda a mí?- repitió la luna- Ahora nadie me busca para besar a su amada bajo la magia de mi luz. Desde que los hombres clavaron en mí sus banderas, dejé de ser apreciada por los amantes. ¡Todos mis secretos han sido revelados! ¿Cómo no iba a morir el Romanticismo?
-Y eso fue lo que se conversó durante el funeral- resumió el vilano de cardo-Así que es mejor que te modernices y te integres al progreso... Y ahora ¡adiós! Me voy volando a dejar esta semilla en tierra fértil. ¡Ya llegó la Primavera y es casi hora de germinar!
-¡Espera, vilano!- le grité al verlo alejarse- ¡Una última pregunta!  ¿Crees que el Amor también se esté muriendo?
-Desfallece de anemia. Sí. Le faltan glóbulos rojos... Pero ¡no te preocupes!  ¡Siempre habrá algún corazón desangrándose, que le coopere con una transfusión!



jueves, 20 de septiembre de 2012

LA CARTA.

Empujada por la nostalgia, una tarde tomé el Metro y me bajé en una estación del barrio donde había pasado mi juventud.
Era un crepúsculo dorado y transparente, típico de la Primavera, que daba sus primeros pasos.
En los pequeños charcos de la última lluvia, todavía flotaban hojas secas, pero un intenso aroma de alhelíes impregnaba el aire.
Me interné por las calles que tantas veces había recorrido y de pronto, noté que una leve bruma había empezado a envolver los árboles.
La tarde cambió. Todo cambió y me encontré, en medio de una sorpresiva niebla,  rodeada de casas antiguas, que sabía que ya habían demolido y de faroles de hierro pertenecientes a otra época. En el pavimento de adoquines, vi los rieles de un tranvía.
Sin saber cómo, parecía haber traspasado una puerta secreta que conducía al Pasado. ¿Sería la fuerza de mi nostalgia la que me había conducido a él?
Sentí que me envolvía una atmósfera irreal y por un instante, imaginé que soñaba. Que no me encontraba allí, sino dormida en la cama de mi solitario departamento.
En una esquina divisé un buzón de cartas, de esos que habían desaparecido hacía más de medio siglo.
Desde lejos, parecía un hombrecito rechoncho, vestido de rojo, parado ahí, como esperando algo.
Sin querer, pensé en los Hobbits de la Tierra Media. ¿Sería acaso Frodo, aguardando inútilmente  noticias del Anillo?
Me reía de mi absurda fantasía y continué caminando.
El chirreo de las ruedas de un tranvía expandió sus ondas de sonido, abriendo una brecha en la niebla crepuscular.
Se detuvo frente a mí y varias personas descendieron apuradas.
El último en bajar fue un muchacho que llevaba un viejo portafolios.
Reconocí a Daniel, a quien había amado en mi adolescencia.
Al verme, se detuvo turbado. Escrutó mi cara, como si me reconociera y luego siguió andando.
Pero, no dio más que unos cuantos pasos. Volvió a pararse, indeciso y luego retrocedió.
-Señora, perdone. Se parece usted mucho a alguien que conocí. ¿Será usted por casualidad la madre de Lillian?
Un intenso rubor subió a mis mejillas. Y luego, la desolación del tiempo ido y  la traición de los años, me traspasaron como una espada.
-Yo soy Lillian- hubiera querido decirle- Daniel ¿no me reconoces?
Pero miré mis manos ajadas, apretadas contra mi pecho, como si quisieran retener mi angustia. Recordé mi pelo encanecido y mis ojos cansados, ocultos tras las gafas.
Si le hubiera respondido así, él habría sonreído con incredulidad y burla. O su horror ante el paso del tiempo, lo habría hecho pensar que estaba loco.
-Sí, soy su madre- le respondí con un esfuerzo- ¿Tanto se parece ella a mí?
No respondió a mi pregunta y estudió mi rostro con ansiedad.
-Señora ¡qué extraordinaria coincidencia! ¡Hace tanto tiempo que no sé de Lillian!  Me llamo Daniel. ¿Le habló ella alguna vez de mí?  ¿Le dijo que nos queríamos?
Recordé cuanto había llorado a causa de su abandono. Cuanto tiempo había esperado inútilmente que volviera. ¡Que me explicara al menos por qué había dejado de quererme!
-No sé, no lo recuerdo- le respondí en un arranque de orgullo- ¡Tenía tantos enamorados!
 - Ya lo sé, pero lo nuestro fue único. Sé que me quería. ¡Cuánto lamenté haberme alejado de ella! Años después quise buscarla, pedirle perdón, pero supe que se había casado.
Bajó la cabeza, como abrumado por la culpa y después añadió:
-¿Al menos ha sido feliz? ¡Por favor, dígamelo!
No le respondí, pero él adivinó, en la expresión de mi cara, la respuesta amarga.
-Señora, perdone si la molesto...Sé que las cosas ya no tienen remedio, pero quisiera...
Titubeó unos segundos y luego buscó algo en el interior de su portafolio.
-Hace tiempo, le escribí a Lillian una carta, explicándole todo. Pero, no supe a qué dirección mandarla.  La he llevado conmigo todos estos años, esperando poder algún día hacérsela llegar.  ¿Podría, usted, por favor...?  ¡Se lo ruego!  ¡No quiero que ella ignore más mis sentimientos!  En esta carta le explico los motivos que tuve...
Me entregó un sobre arrugado y,fingiendo indiferencia, lo hundí en el bolsillo de mi chaqueta.
Me miró fijamente como si quisiera arrancarme la promesa de que se la entregaría.
¡A ella, a Lillian, la joven que había amado y que ya no existía!
Desde el fondo de esa mujer triste, con la piel marchita, lo que quedaba de ella, le devolvió la mirada.
Daniel se  alejó rápidamente, perdiéndose en la bruma.
Yo caminé en sentido contrario, tan conmocionada que no sabía a dónde iba.
Pero la niebla empezó a disiparse y el atardecer recobró el dorado resplandor de la Primavera temprana.
A pocos pasos, divisé la estación del Metro.
No supe cómo llegué a mi departamento. El hechizo del tiempo aún me perturbaba.
Al abrir la puerta, recordé de súbito la carta.
La busqué ansiosamente en mi bolsillo.
 Al principio no la hallé, creí haberla perdido.
 Pero, muy al fondo, mis dedos tocaron un puñado de ceniza.


EL ESPANTAPAJAROS.

Dorita había roto con su novio y llorando desconsolada, se internó en el trigal.
Se echó en el suelo, entre las espigas que la ocultaban por completo.
Rabiosa, hizo una bola con su pañuelo empapado en lágrimas y se lo metió en la boca. Pero, los sollozos la ahogaban y su corazón se debatía dentro de su pecho, como un pájaro que choca contras los barrotes de una jaula.
Sintió de pronto un suave toque en su hombro y alzó la cabeza esperanzada. ¡Creyó que era su amado, que había vuelto para pedirle perdón!
Pero, no vio a nadie a su lado y la decepción le arrancó un nuevo sollozo.
-¿Crees realmente que valga la pena?- le preguntó una voz cariñosa, con un dejo de burla.
Dorita volvió a constatar que junto a ella no había nadie, excepto un espantapájaros que habían puesto allí para alejar a los tordos que picoteaban las espigas.
Miró su cara, hecha de una bolsa de harina, rellena de paja. Dos grandes botones negros hacían las veces de ojos y su boca era sólo una rasgadura en la tela, que alguien había ribeteado con pintura roja, simulando unos labios. Para mayor realismo, le habían sujetado un cigarrillo en una de las comisuras.
-Han tratado de inducirme al vicio-comentó el espantapájaros-Pero detesto fumar. Hace mal para los bronquios.
Dorita lo miró asombrada.
-Haré cuenta de que no te he escuchado- le dijo- porque me consta que los espantapájaros no hablan.
-Ellos no, pero yo sí-le respondió el muñeco- Y sin ánimo de jactarme, te diré que soy alguien especial.
Dorita, atónita ante la inusitada situación, se había olvidado momentáneamente de su congoja, pero se acordó de pronto y soltó un diluvio de lágrimas.
-No llores más, niña. Desde este lugar que ocupo, en medio del campo, puedo ver muchas cosas. Otras me las cuenta el viento. Y puedo asegurarte que ese muchacho no vale ni un solo de tus suspiros.
Dorita lo miró enojada y olvidando su despecho, se sintió obligada a salir  en defensa del objeto de su amor.
-No quisiera ser grosera- le respondió con aspereza-pero te recuerdo que no  he pedido tu opinión.
-Igual te la doy, porque me caes simpática.
-No sé cómo puede tener opinión alguien que no tiene cerebro.
-Y no sé cómo podría amarte alguien que no tiene corazón.
 Dorita se quedó muda por un momento, pero luego, picada, le dijo con ironía: 
 -Estás enterado de muchas cosas para ser un simple espantapájaros. ¿Acaso el Mago de Oz ya te dio inteligencia?
-Tú sabes que el Mago de Oz no existe. Es sólo un hombrecito pequeño oculto tras una fachada grande. Encontrarás a mucha gente así, en el trascurso de tu existencia.
Dorita escuchó la campana que llamaba para el almuerzo.
-¡Tengo que irme!- exclamó-Pero antes, me gustaría saber cómo te llamas.
-Armani-contestó el muñeco- ¿No ves que está escrito aquí?
Y le mostró una etiqueta cosida en el forro de su chaqueta.
Dorita se rió y no quiso contradecirlo. Después de todo, el pobre no tenía por qué estar enterado de los apellidos de los grandes modistos.
El espantapájaros dobló su flexible cuerpo relleno de paja y cortó una amapola que había florecido entre las espigas. Con un gesto galante se la ofreció.
-¡Para que no te olvides de venir a verme otro día!
Dorita llegó a la casa muy agitada y su mamá, al verla entrar, le reprochó molesta:
-¡Por Dios, Dora! ¿Qué hace al medio día, sin sombrero, correteando por el campo? Le va a dar una insolación.
Dorita había cumplido ya los quince años y no soportaba que la trataran como a una niña. Pero, reconoció en su fuero interno que su mamá tenía razón.
La cabeza le pesaba y le zumbaban los oídos como si un inmenso oleaje golpeara contra las paredes de su cráneo.
-¿Estaré insolada?- se preguntó.
 Su conversación con el espantapájaros le pareció más un delirio que un hecho real y ya no estaba segura de que se hubiera producido.
Apenas almorzó. No tenía hambre, solo mucha sed y los párpados le pesaban como si fueran de plomo.
Preocupada, su mamá la mandó a acostarse.
En la tarde tenía fiebre alta y no sabía si estaba dormida o despierta.
La cama se mecía como un barco en alta mar y sorprendida, vio que al timón, iba el espantapájaros.
-¡No te aflijas, Dorita!- le gritó en medio del fragor del oleaje- ¡Esta tormenta no podrá derrotarnos!
Una ola inmensa los levantó hasta el techo y después cayeron en un abismo de espuma.
Sus papás llamaron al médico, que le recetó reposo y mucha hidratación.
Estuvo varios días en cama y cuando se levantó, su primer impulso fue ir al trigal a ver al espantapájaros.
Quería comprobar que su charla con él había sido un delirio provocado por la insolación. No podía pensar otra cosa. ¡Estaba demasiado grande para creer en fantasías!
Se adentró en las espigas y lo buscó inútilmente. ¡Ya no estaba!
Decidió preguntarle al capataz.
-¡Don Alamiro! ¿Qué pasó con el espantapájaros que había en el trigal?
-¡Se quemó, señorita!  ¿Me va usted a creer?  A algún gracioso se le ocurrió encenderle el cigarrillo que tenía en la boca. Como estaba relleno de paja, el fuego lo consumió en un minuto.  ¡Menos mal que se apagó solo, antes de que las llamas se propagaran al trigal!   Pero tengo que poner uno nuevo.  ¡No se puede descuidar uno con esos tordos de moledera!


VACACIONES DE FIESTAS PATRIAS.

Querida Nora, te escribo con la intención de que hagas un cuento con lo que me ha pasado. Talvez no lo halles interesante ni gracioso. Es posible que no dé para convertirlo en literatura. En fin, tú podrás juzgar mejor que yo.
Lo primero es contarte que fui a San Sebastián.
 ¿El balneario español donde hacen un  Festival de cine?- preguntarás tú.
 No, no a ese.  Al otro San Sebastián más modesto, ese que tenemos cerca de Cartagena.
Fui a descansar, agotada de tanto no hacer clases...¡Imposible trabajar, con el Liceo tomado por los estudiantes!
 Cuando me vine, los pupitres estaban decorando la reja de entrada y arriba del techo, los alumnos gritaban consignas contra el Gobierno.
Así es que partí a la playa, donde hace menos frío y los únicos gritos que se oyen son los de las gaviotas.
El Hotel La Marina está abierto en estas fiestas, y aunque no va mucha gente, siempre encuentro alguien con quién conversar.  Aunque los primeros días, sólo estábamos la dueña y yo y un par de garzones con cara de fastidio.
Hasta que una mañana, cuando leía sentada en el jardín bajo un cielo nublado, escuché una voz masculina en el vestíbulo.
La dueña le respondía, melosa e invitadora, así es que adiviné que se trataba de un huésped.
 Me ilusioné de inmediato, aunque no esperaba semejante bombón...
No lo vi hasta la hora del almuerzo.
Cuando entró al comedor, exclamé interiormente:
-¡My God! ¿Q´est que cet ?
Siempre me pongo políglota cuando estoy emocionada.
Luego, mi corazón le soltó una andanada de palabras tiernas:
-¡Caramelito de anís, galletita de vainilla!  ¿De qué fábrica de confites te escapaste?
¡Imagínatelo, por favor!  Un tipo alto, flaco, con un mechón de pelo rubio ceniza cayendo sobre su frente....
¿Por qué-digo yo- si me gustan los altos y flacos, me casé con un gordito achaparrado?
Tal vez, porque lo encontré parecido a mi papá y cuando era chica  siempre decía que me iba a casar con él. Así es que me traicionó ese sueño incestuoso.
En fin, eso ya pasó. ¡Y ahora es otra la que lo pone a dieta y batalla con sus kilos!
Pero, vuelvo a mi relato.
Al segundo día, la dueña, con sonrisitas insinuantes y pestañeos varios, nos propuso que almorzáramos juntos, para que nos hiciéramos compañía.
Me paré tan rápido, que me crujieron las rodillas, pero después disimulé y caminé hasta su mesa con un vaivén de caderas que ya tenía olvidado.
El sonrió acogedor y se apresuró a servirme un vaso de vino.
Dijo llamarse Rodolfo y ser profesor de Literatura Inglesa.
En la tarde fuimos a caminar por la playa. Al otro día tomamos el bus al puerto y visitamos en lancha los enormes transatlánticos anclados en la bahía...
¿Para qué extenderme en tanto detalle?.
Solo puedo decirte que con el trascurso de los días, mi arrobamiento no cedió.
Y no quise tampoco combatirlo. El Amor es como una ola. Si le haces frente, te bota. Lo mejor es nadar por debajo y así no tragas agua...
Eso pensaba yo. ¡Pero tragué tanta, que creo que hasta un pescado se me fue garganta abajo!
En resumen, quedé herida de muerte, pero feliz.
Estábamos solos en el Hotel y yo no quería que nadie más llegara.
¡Era como estar de luna de miel...pero en piezas separadas!
 Una tarde, fuimos a la playa y nos sentamos en la arena. El fumaba su pipa en silencio, con la vista perdida en el horizonte.
De pronto, se volvió hacia mí y me dijo que era viudo. Que la soledad era como estar en la cima de una montaña, rodeado de niebla. Gritas un nombre, pero sólo el eco responde a tu llamado...
Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó en la arena, tal como en la letra de un bolero cursi.
Yo estaba emocionada y sentía que el corazón me estallaba dentro del pecho.
El agregó, quizás para que no me entusiasmara tanto, que en el libro de su existencia ya no quedaban páginas donde escribir una nueva historia.  Sólo recuerdos de lo ya vivido...
Se fue antes que yo, pero me pidió mi número, para llamarme cuando estuviera en Santiago.
-¡Nos vemos, nena!- me dijo a la más Humprey Bogart, y mordió su pipa con intensidad varonil.
 Al día siguiente, la dueña del Hotel me invitó a almorzar a su mesa.
-¡Qué simpático es este profesor Rojo!- exclamó- Es cliente habitual del Hotel. ¡Claro que siempre viene con su señora! Una morena estupenda...Este año, ella se quedó en Santiago, acompañando a una tía. ¡Pero me prometió que en Febrero se vendrán juntos, por todo el mes!
Me miró de soslayo, como calculando la gravedad de las heridas y contusiones que había dejado el paso de su aplanadora.
Noté que una sonrisita burlona le colgaba en la comisura de su hocico de hiena.
Pero, tú conoces, Nora, el dominio que tengo sobre mis facciones cuando le hago frente a la perfidia. No se me movió ni un músculo, no me delató ni un pestañeo...
Y eso fue todo.
Releo lo escrito y me queda claro de que no da para que hagas un cuento. Es un argumento demasiado vulgar. ¿No crees?
Pero igual amerita que lo comentemos tomándonos un café. ¿Qué tal esta tarde, en el  Drugstore?   
Un abrazo. Betty.