Pablo
iba todas las tardes al cementerio y se sentaba por más de una hora al borde de
la tumba de Sofía.
Quienes
lo miraba desde lejos, lo veía gesticular y sonreír a ratos, como si conversara
con ella y movían la cabeza, compasivos, pensando que había perdido la razón.
Sofía
había sido su mujer por más de quince años. En el pueblo los veían pasar
felices, siempre tomados de la mano y no faltaban los envidiosos que se
resentían de su amor, como si se tratara de una ofensa. Se les hacía poco el
que les había tocado a ellos y lo notaban desteñido, porque es cierto que
siempre el jardín ajeno parece tener las más lindas flores...
Ni
falsos rumores ni comentarios aviesos pudieron separarlos.
Solo
La Muerte, que entró un día a su casa y se sentó a los pies de su cama. No
tenía apuro. Esperaba pacientemente a que llegara el momento de segar con su
guadaña.
Sofía
empezó a adelgazar y un agudo dolor en el costado que llegaba de pronto, la hacía palidecer. Sus piernas se doblaban y gemía sin voz,
escondida tras la puerta del dormitorio.
No quería que Pablo se preocupara.
Cuando
al fin visitó a un médico, éste movió la cabeza apesadumbrado :
-¿
Por qué no vino antes? - le reprochó.
Y eso
fue todo.
Una
noche, la Muerte que estaba como siempre vigilante junto a la cama, alargó su
mano descarnada y tomó la de Sofía. Ella se incorporó en silencio y la siguió
dócilmente.
Desde
entonces, Pablo iba todas las tardes al cementerio. Se sentaba al borde de su
tumba y le hablaba durante horas.
Nadie
sabía si ella le respondía, pero parecía que sí, porque salía de ahí más sereno
y con una luz de consuelo en el fondo de los ojos.
Hasta
que poco a poco dejó de ir.
Primero
faltó un día, después dos, después una semana entera.
Con el tiempo, solo iba una vez al mes a
dejar unas flores sobre la tumba. No se quedaba más que un instante, siempre
callado, como si el torrente de palabras de amor que lo ahogaba al principio,
se hubiera secado dentro de su corazón.
En el
pueblo se alegraron de verlo curado de aquella obsesión. El sol sigue saliendo y la vida continúa,
dijeron los que se las daban de filósofos. Los que habían envidiado aquella
pasión , sonrieron escépticos...No podía durar eternamente, comentaron. Y se
sintieron más conformes con el amor descolorido que les había tocado a ellos.
Se les había hecho tan odioso tener que comparar...
Pero
Sofía lo echaba de menos. Los días se le
hacían eternos y aunque por las noches escuchaba conversar a los otros muertos,
ella guardaba silencio. Había una sola voz en el mundo que hubiera querido
escuchar, y esa parecía haber enmudecido para ella.
La
soledad crecía sobre su pecho como una hiedra oscura cuyas ramas se
entrelazaban oprimiendo su corazón.
¿ Por
qué no viene? ¿ Está enfermo? ¿ Algo malo le pasó y no quiere decírmelo?
Al
menos, sabía que no había muerto, porque lo habría visto llegar ...
Pero
la atormentaba su ausencia y una noche no pudo más y salió a buscarlo.
Se
sentía liviana y le parecía que el viento de la noche la llevaba en sus brazos
sin que tuviera que caminar. Así fue como se vio sin darse cuenta frente a la
casa donde había vivido con su amado durante tantos años.
Había
una ventana iluminada. Era la del comedor. Sentado a la mesa vio a Pablo y frente
a él, mirándolo con ternura, creyó verse
a si misma.
¡ No puede ser!- exclamó- ¿ Entonces no es
verdad que he muerto?
Pero
no era ella, sino otra, tan parecida que creyó estarse mirando en un espejo
empañado.
Pablo
había encontrado un nuevo amor, pero había elegido a alguien semejante a su
mujer, al extremo de que podrían haberlas tomado por hermanas.
Sofía,
permaneció inmóvil tras los vidrios de la ventana. Ya no sentía dolor.
Veía a Pablo de nuevo feliz y
comprendía que en cierta forma, él la seguía amando.
Su
desasosiego dio paso a una agridulce
melancolía y se alejó de allí, esta vez para siempre.
Aceptó
sin amargura que los muertos no tiene cabida en el mundo de los vivos. Y que a
ella solo le quedaba el recuerdo de aquel amor, como una canción de cuna para
arrullar su sueño bajo la tierra.
Ella descanse en paz...es lo único que podría anhelar para esa alma y se vaya a su sitio de luz de donde el amor es eterno y nos encumbra a la vida eterna.
ResponderEliminarEl amor nunca muere, es la amalgma del universo.
Besos.
qué triste pero preciosa historia. Buena semana, un besito
ResponderEliminarHace muchos años,los poetas tenian un estilo muy parecido a tu cuento,casi siempre estaban cantando a la muerte
ResponderEliminarEs una historia algo triste, pero a la vez es hermosa. Gracias por compartir amiga. Un fuerte abrazo y buen fin de semana. @Pepe_Lasala
ResponderEliminareres una Maravilla cuando escribes
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