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sábado, 14 de diciembre de 2013

UN REGALO NAVIDEÑO.

Josefina estaba perdidamente enamorada de Diego.
O al menos, eso era lo que ella creía, a sus diecisiete años, cuando el amor es un noventa por ciento de imaginación y un diez por ciento de ilusión.
Tan frágil como un vilano de cardo y tan efímero como el pestañeo de una estrella.
Si le hubiéramos hecho semejante comentario a Josefina, habría reaccionado indignada:
-¡Falso!  ¡Siempre lo amaré!  ¡Mi amor por él durará lo que dure mi vida!
Así es que mirando las cosas desde su punto de vista, diremos que Josefina estaba perdidamente enamorada de Diego.
Antes de conocerlo personalmente, ya le había fascinado su aire intelectual. Tras los vidrios de sus lentes a lo Harry Potter, sus ojos le parecieron dos pedacitos de terciopelo marrón, capaces de mirar con singular dulzura...
Era serio y bien educado. ¡Tan distinto a los otros chicos que Josefina conocía!
Y lo mejor era que jugaba ajedrez.
Josefina también, pero eso era un secreto que ocultaba celosamente. Le parecía que se burlarían de ella, que la llamarían sabelotodo y matea, en momentos en que la cualidad más brillante y bien considerada entre las niñas era la frivolidad.
Su papá era su instructor y aunque se dejaba ganar con tierna benevolencia, a Josefina no le cabía duda de que estaba progresando en forma espectacular.
Cuando vio a Diego con un tablero bajo el brazo, supo que sería su gran amor y que nunca le confesaría que también jugaba. Porque existía el peligro de que jugara mejor que él y eso acabaría con todas sus posibilidades.
Al fin, se lo presentaron en una fiesta en casa de Maritza, una niña del colegio.
Se hicieron muy amigas y al poco tiempo, Josefina se atrevió a contarle que amaba a Diego. También le confesó su otro gran secreto, que era su pasión por el ajedrez.
Maritza le prometió absoluta lealtad. Jamás miraría a Diego con otros ojos que no fueran los de una amiga y en cuanto a sus secretos, los guardaría como una tumba.
Siguieron viendo al muchacho con regularidad.
Aunque él les mostraba simpatía a las dos por igual, aveces Josefina lo sorprendía mirando a Maritza con especial interés y temió que estuviera enamorándose de ella.
-¡Cómo se te ocurre!-la tranquilizó Maritza- ¡Si este tipo es un misógino!  ¡Lo único que le interesa es el ajedrez!  Además, si eso fuera cierto, que no lo es, ya sabes que no le haría caso. ¡Te lo prometí y yo jamás traicionaría a mi mejor amiga!
 Se acercaba la Navidad y Josefina ardía en deseos de regalarle algo a su amado.
Pero ¿qué?  Todo le parecía vulgar y poca cosa. Además había un escollo bien importante. ¡El dinero!
La escasa mesada que le daba su papá alcanzaría apenas para el regalo de sus padres y de los abuelitos. Seguro que no le sobraría ni un peso...
Y ella quería regalarle algo especial y único. Tan único como era Diego en su corazón.
Tendida en su cama, reflexionaba, cuando sus ojos tropezaron con una pieza de ajedrez que había sobre su cómoda. Era una reina tallada en jade, muy linda, que quedaba de un antiguo juego de su papá, ya incompleto por sucesivas pérdidas.
Para ella era valiosa, pero para él no significaría nada...A menos de que ella inventara algo que realzara su valor. Una historia romántica y extraordinaria en la cual la reina de jade jugara un  papel importante.
La envolvió y unos días antes de Navidad, se presentó en casa de Diego.
-Te traigo un regalo muy especial- le dijo- A simple vista, parece insignificante, pero ha estado en mi familia por generaciones. Has de saber que esta pieza de ajedrez la llevaba mi tatarabuelo apretada en su puño, la noche que lo rescataron del naufragio del Titanic.
Diego la miró impresionado.
-Pero ¡no debes renunciar a ella!- exclamó.
-Sí, Diego. Quiero que tú la tengas. ¿Quién sino tú, que amas tanto ese juego, podría ser el indicado para conservarla?
-¡Nunca me desprenderé de ella!- le juró él- ¡Es el más estupendo regalo que he recibido en mi vida!
Le dio un rápido beso en los labios y Josefina salió de ahí flotando en una nube de color de rosa.
La víspera de Navidad, apareció Maritza en su casa. Le traía un regalo.
Alargándole el paquete, le dijo con emoción:
-Te traigo algo que a primera vista parece insignificante, pero quiero que sepas que es una reliquia que ha estado en mi familia por generaciones. Esta reina de ajedrez la llevaba mi tatarabuelo apretada en su mano, la noche que lo salvaron del naufragio del Titánic...¡Tú eres mi mejor amiga, así es que mereces tenerla!
Josefina desenvolvió la pieza que tan bien conocía y a medida que escuchaba la historia que ella misma había inventado, se le iba apretando el estómago al comprender lo que había detrás de todo eso.
Le agradeció el regalo y a continuación le preguntó con fingida indiferencia:
-¿Has visto a Diego últimamente?
-¡Ah! Sí...- respondió Maritza, con igual desinterés.
-Te llevaría algún regalo, supongo...
-Pss, sí... Una libro. Pero ya lo había leído. ¡Qué fomedad!



EL LADRON DE LOS SUEÑOS.

Hacía varias semanas que Marcos estaba durmiendo mal.
Aunque despertaba a la hora de costumbre, se levantaba cansado y sin ánimo.  Sabía que había dormido la misma cantidad de horas, pero sentía su mente tan agotada como si no hubiera pegado los ojos en toda la noche.
Pidió cita en una clínica, donde le hicieron un examen muy complejo. Cantidad de electrodos  iban desde su cabeza a una máquina que registraba sus ondas cerebrales, mientras él dormía.
Al término del procedimiento, el médico le dijo, preocupado:
-Lo que pasa, Marcos, es que usted no sueña. Duerme, pero el período REM, que es el que hace descansar a su mente, ha desaparecido. Si no lo recupera, empezará a sentirse cada vez más fatigado y realmente temo por su equilibrio emocional.
Le recetó un somnífero y un relajante muscular, pero no lo tranquilizó con respecto a su problema. La verdad era que se sentía perplejo.
Marcos también, por supuesto. Se preguntaba cómo era que había perdido la capacidad de soñar y cuando había sucedido eso.
Entonces, recordó que la última vez que había soñado, había visto a un hombre alto y flaco, que entraba a su habitación con una maleta. Lo vio abrirla y guardar en ella algo que Marcos no alcanzó a distinguir. ¡Ahora comprendía que eran sus sueños y que el hombre se los había robado!
¿Los querría para venderlos?  ¿Existiría un mercado negro para los sueños ?
Lo importante era recuperarlos, pero no sabía como.
Iba por las calles, buscando en vano al ladrón de los sueños. Recorría la ciudad en la noche, cuando la gente dormía. ¡Quizás lograra atraparlo cuando se dispusiera a cometer un nuevo delito! 
Pero, era inútil.
Ya había perdido la esperanza, cuando una tarde en el Metro, vio a un señor gordo que roncaba plácidamente, apoyado en el vidrio de la ventanilla.
A esa hora iban pocos pasajeros en el vagón y vio claramente avanzar por el pasillo al hombre flaco. En una mano llevaba su maleta y en la otra blandía unas tijeras.
Se sentó al lado del durmiente y empezó a recortar, con rápidos chasquidos, una materia gris y sedosa que parecía envolver su frente. ¡Eran sus sueños!
El hombre los echó rápidamente en su maleta y se bajó en la siguiente estación.
Marcos alcanzó a bajarse tras de él y lo siguió a distancia, sin que el ladrón lo advirtiera.
Lo vio entrar a una casa sombría y se puso a espiarlo por una ventana.
Lo vio abrir la maleta y guardar su contenido en un armario que tenía numerosos cajones.
Luego salió y se perdió por una callejuela, sin notar la presencia de Marcos.
Apenas se vio solo, empujó la desvencijada puerta y con alivio, vio que cedía al contacto de su mano.
Entró a la habitación en penumbra y se acercó al armario. Vio que cada cajón tenía un rótulo distinto:  Sueños fantásticos. Sueños tristes. Sueños de Amor. Sueños infantiles. etc.
Marcos se fijó en el que decía: Sueños tristes.  ¡Ahí estaría los suyos, seguramente!
Nunca había logrado, ni siquiera mientras dormía, desprenderse de la melancolía que llenaba su vida.
Pensó sacarlos y huir corriendo, pero vaciló.
¿Por qué no llevarse mejor el contenido del cajón que decía: "Sueños infantiles" ?
¡Hacía tanto tiempo que no soñaba algo lindo!  ¡Tantos años que había perdido la inocencia de la niñez!
Abrió el cajón y tomó a puñados la materia sedosa que se adhería a sus dedos, como el algodón dulce que le compraba su papá cuando era niño.... Se llenó con ella los bolsillos y escapó corriendo.
Esa noche vació una porción de sueños sobre su almohada y confiado, cerró los ojos.
Vio que una legión de enanitos verdes, rojos y azules, surgía de la tierra y todos se ponían a saltar y hacer cabriolas.
  Tomándolo de la mano lo condujeron por un camino amarillo hacia el castillo de esmeraldas del Mago de Oz. En el último instante, éste se transformó en una inmensa juguetería, donde vio todos los juguetes que había anhelado en su niñez.
Pero, el sueño más lindo fue aquel en que volvió a ver a su madre.
Despertó relajado y alegre como no había estado en mucho tiempo.
Pensó cuanto bien le había hecho a su espíritu soñar de nuevo.
 Y aunque fuera en sueños, volver a ser niño otra vez.


lunes, 9 de diciembre de 2013

EL SUEÑO DE FELIPE.

Felipe iba por la vida, manejando el automóvil de la Nostalgia, siempre marcha atrás.
El Presente le parecía una carretera árida y sin señalizaciones y el Futuro, un destino incierto al que temía llegar.
En resumen, el Pasado era lo único que lo mantenía a salvo de la incertidumbre, puesto que ya lo conocía y la añoranza le prestaba un agridulce encanto a su existencia sin expectativas.
Tal vez esa actitud ante la Vida lo llevó a tener el más extraño sueño que sea dable imaginar.
Una noche, apenas se durmió, se vio conduciendo su auto por una carretera solitaria. A lo lejos, se veía una ancha puerta de hierro que le cerraba el paso.
A medida que se acercaba, vio unas grandes letras en el dintel, que anunciaban:  "EL PASADO."
Al detenerse frente a ella, la puerta se abrió silenciosamente.
Felipe sintió una gran alegría al pensar en la maravillosa oportunidad que se le ofrecía.  ¡Volver atrás ! ¡Revivir su infancia!  Los días de escuela, las vacaciones a la orilla del mar junto a sus padres...Todo lo bueno y dulce que la vida le había arrebatado, arrojándolo a la tierra yerma de una adultez sin ilusiones.
Le imprimió más velocidad a su automóvil. ¡Quería llegar cuanto antes!
Pero, se encontró con una ciudad semi derruida.  Entre nubes de polvo, vio cuadrillas de obreros ocupados en su demolición. Sólo unas pocas murallas se mantenían en pie.
-¿Por qué lo hacen?- se quejó, desesperado- ¿Por qué demuelen el Pasado que tanto añoro?
-Porque no se puede vivir en él- le respondió un anciano, que parecía ser el capataz- ¡Hay que hacer polvo estas viejas paredes y, sobre ellas, construir el Futuro!
-¡No!  ¡No quiero!- gritó Felipe, en su sueño- ¡Odio el Futuro!
Y subiendo a su automóvil, dio marcha atrás y huyó de ahí a todas velocidad.
Al borde de la carretera, vio a una niñita con uniforme escolar, que le hacía señas para que se detuviera. Llevaba trenzas y no tendría más de doce años...
-¿Me lleva, por favor?
-¿Y a donde quieres ir?
-¡Al Futuro!  ¡Quiero ir al Futuro cuanto antes!  ¡Quiero crecer!  ¡Para que nadie me de órdenes y me quite la libertad de hacer lo que se me ocurra!
-Sube, entonces- le respondió Felipe, con tristeza- Pero, no sabes lo que pierdes al querer dejar tu infancia. La vida es muy dura, ya lo verás...
Siguió manejando, sin mirarla. Al cabo de un rato, la oyó suspirar y observó que se había dormido.
Sus trenzas se habían deshecho y con el pelo suelto se veía mayor.
Lo cierto era que, a medida que se alejaban del Pasado, la niña había ido creciendo. De su nariz se habían borrado las pecas y una piel tersa y luminosa embellecía sus rangos. Turbado, Felipe notó la la delicada curvatura de su pecho adolescente...
Un par de kilómetros después, ya representaba dieciocho años y Felipe descuidaba el volante, por mirarla embelesado.
La chica despertó y se desperezó con languidez gatuna.
-¿Falta mucho para que lleguemos?
Felipe tragó saliva y no pudo sacar la voz para contestarle.
Antes de llegar a la caseta de peaje, ya estaba locamente enamorado.
Se detuvo a pagar y a cambio de su dinero, no le dieron un recibo, sino una rosa roja.
Se volvió hacia la joven, para ofrecérsela, pero unos estridentes bocinazos del auto que venía atrás, lo sobresaltaron.
Pero, no era una bocina, sino la alarma de su reloj despertador...
Se quedó sentado en la cama, atontado. Le pareció que aún sostenía la rosa roja, y que frente a él estaba la joven, tendiendo su mano, para recibirla.
Le costó reaccionar. Pero, el tiempo apremiaba y se metió a la ducha, confiando en que un chorro de agua fría lo sacaría de su embotamiento.
 Al llegar a la Sección del Banco en que trabajaba, notó un movimiento inusitado.
Varios habían abandonado sus escritorios para saludar a alguien que llegaba.
Felipe recordó que ese día empezaba a trabajar la reemplazante de Susana, que se había ido a su casa, con el pre-natal.
El grupo se deshizo y alguien llamó a Felipe, para presentársela.
El comprobó, estupefacto, que era la chica de su sueño.
Ella lo miró como si ya se conocieran y sus labios se entreabrieron en una sonrisa cómplice.
Desde ese mismo momento, el Presente le pareció menos árido y el Futuro, mucho más prometedor....
En cuanto al Pasado, no sé... Dicen que lo enterró. Y que sobre la tumba, puso una rosa roja.


BETTY SALE A TROTAR.

-No es tu belleza, chica, lo que te va a poner en aprietos en este mundo- suspiró Betty, mirándose al espejo con desaliento.
Nunca había sido muy linda que digamos, pero había sabido suplir sus carencias con ingenio y un entusiasmo algo injustificado, que pasaba por "alegría de vivir".
Sin embargo, ahora, un nuevo enemigo había quedado al descubierto. El sobrepeso, que había permanecido agazapado tras los gruesos sweters invernales, salía a la luz, con una  desfachatez sin disimulos.
-¡Estoy gorda!- gimió Betty, dándoles tirones a su blusa, en un vano intento por ocultar las almohadillas que se le habían formado en las caderas.
¡Tanto chocolate, tanto turrón con nueces saboreado impunemente, frente al televisor!  Las penas de amor y los días de lluvia habían tenido la culpa...¡El verano se veía tan lejos, entonces, y la ropa gruesa resultaba tan buena aliada de la gula!  Como una amiga traicionera, que en secreto te desea lo peor...
Nora la encontró deprimida y haciendo muecas de asco, frente a una taza de café con sacarina.
 -¡Pero, Betty, no te amargues!  ¡El reinado de las anoréxicas está tocando a su fin!  ¡Otra vez es la talla mediana la primera que se agota en las tiendas!  La talla pequeña es solo para flacuchentas impúberes. Las mujeres adultas como nosotras, con nuestras figuras rellenitas, no tenemos nada que envidiarle a "Las tres Gracias" de Rubens...
-¡A las tres grasas, será, pues!- resopló Betty, enojada- Y si es por irnos al terreno del arte, a esa antiguaya de Rubens le gustarían las gordas, pero Modiglianni pintaba puras flacas, y él era mucho más moderno.
-Bueno, ya. ¡No te enojes! Has de saber que no hay gordura que el trote sistemático no logre disolver. Dicen que está de moda hacer jogging en los faldeos del cerro Colorado. Toda la gente linda se junta a transpirar ahí...Y en una de esas, conocemos a un par de gorditos sexis que nos suban la moral...
-¡Así que estamos tan mal que sólo podemos aspirar a unos gordos adiposos!
-Pero, Betty. ¡Si con el trote bajarán de peso y terminarán esbeltos como las columnas del Partenón!
-¡Claro! Y entonces nos dejarán por dos flacas...
-¡Pero, si esas flacas seremos nosotras mismas. ¡Ya lo verás!
Esa tarde fueron al Mall y se compraron dos tenidas deportivas de colores fluorescentes.
 Betty se sintió reanimada al mirarse al espejo con ese pantaloncito diminuto que dejaba al aire sus muslos bien torneados. Ni los turrones ni los chocolates con nueces habían llegado hasta ahí...
El Domingo se levantaron temprano y partieron a trotar a los faldeos del cerro.
Había mucha gente, luciendo el último grito de la moda deportiva. Más que todo, parejas- suspiró Nora, desanimada. Pero, también se veía algunos tipos solitarios, que trotaban relajados, bajo el sol primaveral.
Al Domingo siguiente, conocieron a Raúl y Carlos.
-Siempre venimos a trotar aquí- comentó Raúl-y nunca las habíamos visto.
-¡Me acordaría! - aseguró Carlos, mirando a Betty con ojos apreciativos.
-¡Oh!   Venimos muy de vez en cuando, solamente a tomar aire -mintió ella-Porque afortunadamente, ninguna de las dos tiene problemas de peso.
Dos semanas después, Raúl llegó acompañado de una rubia tonificada, que había conocido en el Gimnasio.
-¡Hola, gorditas!- saludó ella, mirándolas con desprecio- ¡No pierdan la esperanza!  ¡Mirenme a mí!
Y giró sobre sí misma, para que apreciaran la firmeza de sus glúteos.
Nora y Betty se sintieron humilladas y apuraron el tranco, para dejar atrás a la rubia insidiosa.
 A Raúl, había que darlo por perdido...
Carlos las alcanzó resoplando y Betty le lanzó una mirada de odio, vertiendo sobre él las aguas servidas de su frustración.
El la miró sorprendido, sin entender qué había hecho de malo y siguió trotando a su lado, con 
fidelidad canina.
Cada pocos metros, la miraba expectante, como esperando que le lanzara un hueso.
Dos Domingos después, Nora renunció.
-Después de todo, yo estoy bien. Iba, más que todo, por acompañarte a ti- argumentó con descaro- Además, ya logré bajar un kilo. ¡El único que me estaba sobrando!
Betty se sintió traicionada, pero se guardó los comentarios sarcásticos. Después de todo, ella también había perdido la ilusión.
Hacía meses que almorzaba una hoja de lechuga y un vaso de agua, sin notar ningún cambio en su figura. Y en cuanto al trote, sólo servía para dejarla exhauta y con unos calambres en las patorrillas, que no le permitían dormir.
Un anochecer, sonó el timbre de la puerta. Pensando que era Nora, salió a abrir en bata y con el pelo erizado, como si hubiera visto un zombie.
En el umbral estaba Carlos, el gordito de los Domingos.
En lugar de la ropa de jogging, llevaba un pantalón oscuro y una camisa celeste, que le sentaban muy bien. Betty hubiera jurado que estaba más flaco...
La miró indeciso.
-No sé si te molesto...Como no fuiste más a trotar, vine a ver si estás bien, si no te ha pasado nada...
-¡Oh! ¡Estoy muy bien, gracias! Es que he estado yendo a la piscina- mintió ella, que ahora pasaba la mañana del Domingos en piyama, haciendo puzzles.
Como ya había renunciado a la ambición de bajar de peso,se acordó sin remordimientos del helado de chocolate que había en el freezer. Con naturalidad, fue  a la cocina a buscarlo.
Se sentaron en el balcón del departamento, saboreando el helado y aspirando la fresca brisa que llegaba desde el río.
-¡Qué linda está la noche!- suspiró Betty.
-¡Preciosa!- respondió él.
 Pero no miraba el cielo, sino a Betty, con su pelo erizado y sus kilos de más.
Ella se ruborizó de placer y pensó que, después de todo, ser ella misma era la máxima belleza a la que debía aspirar.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

FELICIDAD.

Cuando Alex volvió de Londres, donde había asistido a un Seminario de economistas, Paula le dijo, abrazándolo con fervor:

-¡Te eché tanto de menos!

Pero, ambos sabían que no era cierto.

En realidad, Paula se había sentido aliviada por esa tregua que le permitía estar sola en el departamento.

Incluso, notó que le daban más ganas de levantarse en las mañanas, al despertar extendida a todo lo ancho de la cama matrimonial. ¡En ausencia de él, hasta había mejorado el clima! El sol había entibiado más esa semana...

Al escuchar sus palabras, Alex le respondió conmovido :

-¡Yo también te eché de menos!

Pero, ambos sabían que no era cierto.

Alex no había pensado ni una sola vez en ella, durante la semana que pasó en Londres.

Incluso, desde el primer día había simpatizado con una economista argentina que iba a exponer en el Seminario. Habían conversado durante horas y se habían reído mucho.

Al segundo día, salieron a recorrer Londres. Visitaron el Museo Británico y luego cedieron a la tentación de tomarse unas fotografías en "el paso de cebra de los Beatles". Ella se veía preciosa con su pelo brillando bajo el mezquino sol de la primavera londinense. Su risa era tan seductora, que se le erizaba la piel de la nuca. Y algo más...

La última noche de su estadía, lo invitó a su habitación del Hotel.

¡Había sido una experiencia estimulante, que lo hizo sentirse rejuvenecido!

Al escuchar sus palabras, Paula lo besó en los labios y fingió creerle. Pero, ambos sabían que estaban mintiendo.

Que su relación se mantenía en pié gracias a esas mentiras, que eran como andamios que sostenían el precario edificio de su matrimonio.

Que si una sola de esas mentiras era puesta en evidencia, todos los fingimientos se desmoronarían con estrépito, y se encontrarían parados entre los escombros, mirándose uno al otro, con odio glacial.


domingo, 1 de diciembre de 2013

UN AMOR SOÑADO.

Alberto no recordaba cuando había empezado a soñar con ella.
Pero, se había convertido en una imagen recurrente en sus sueños y al despertar, permanecía en su memoria con una nitidez asombrosa.
¡Se convenció de que ella tenía que existir en alguna parte!
Su cara era pálida y reservada, como si ocultara un dolor que no le hubiera contado a nadie  y que atormentara sin tregua su corazón.
Una y otra vez, se aparecía en sus sueños.
Aveces, caminaba a su encuentro. Otras, la veía de espaldas cuando iba entrando a una casa. Su pelo oscuro caía suavemente sobre sus hombros, como una lluvia de anochecer y antes de traspasar el umbral, se volvía hacia él y lo miraba.
¡Era tan linda y tan triste!
Cada vez estaba más seguro de que existía y que él tenía que buscarla.
¿Por qué, si no, se iba a aparecer en sus sueños con tanta frecuencia?  Lo llamaba, pidiéndole que la encontrara. No había otra razón, más que esa.
Empezó a vagar en las tardes, por barrios desconocidos de la ciudad. Miraba con atención las casas, seguro de que podría reconocerla. Y que un día vería esa puerta que ella atravesaba en sus sueños.
 Un atardecer, cansado de andar inútilmente, se dirigía a la estación del Metro, cuando sorpresivamente la vio caminando delante de él.
¡No podía creerlo!  Pero, era ella, sin duda alguna. Su pelo oscuro cayendo sobre sus hombros, su silueta fina y su caminar pausado eran los mismos que conocía tan bien...
La siguió y la vio detenerse frente a la casa antigua, semi derruida, que recordaba nítidamente haber soñado.
Ella empujó la puerta y ésta se abrió de inmediato, bajo la presión de su mano.
Antes de trasponer el umbral, se volvió hacia Alberto , como si adivinara que la había estado siguiendo.
Lo miró con serena confianza, como si se conocieran desde hacía mucho tiempo y le sonrió.
   Alberto estaba tan sobrecogido que no atinó a moverse ni menos a decirle algo. Al minuto siguiente, se halló solo en la vereda.
Pero una alegría inmensa invadió su corazón. ¡Ahora tenía la prueba de que ella era real!  ¡Y más aún, sabía donde vivía!
Se quedó un rato largo frente a la casa, con la esperanza de que ella se asomara a alguna de las ventanas. Pero todas permanecieron cerradas herméticamente y parecía como si hiciera mucho tiempo que nadie las abría.
Cayó la noche y decidió volver a su casa.
Sentía que caminaba entre nubes... ¡Ya no tendría que esperar a soñar para volver a verla!
Ella estaba allí, en esa casa. Al día siguiente tal vez volvería a verla y entonces se atrevería a hablarle.
¡Tenía tantos deseos de contarle que ella era parte de un sueño que se había introducido en su vida y del cual ya no quería despertar!
Muchas tardes se paseó inútilmente por la acera. Varias veces golpeó con un viejo llamador de bronce, que parecía de otra época. Nadie le respondió y tampoco vio a nadie salir o entrar a la casa.
El silencio la envolvía por completo y parecía deshabitada.
Hasta que un día, al llegar, vio maquinarias y camiones cargados de escombros. ¡La estaban demoliendo!
¡No podía ser!  ¿Y ella?  ¿Donde estaba ella?
Angustiado, cruzó hasta el almacén que había en la vereda de enfrente.
-¡Señora, perdone! ¿Por qué están demoliendo esa casa?
-No es nada de raro, pues...Si ya hace más de un año que está deshabitada. Dicen que quedaba la pura fachada y que detrás había puros escombros...
-Pero ¡no puede ser!  ¡Si hace apenas unos días que vi entrar a una joven!
-¡Qué raro! Porque la familia que vivía ahí se fue hace mucho tiempo...Cuando murió su hija, la única que tenían, los padres no pudieron soportar quedarse en la casa con todos los recuerdos de ella y prefirieron partir.
-¿Dice usted que murió una niña?
-No, una niña no. Una jovencita. Se llamaba Oriana. Era muy linda, con su pelo largo y su cara tan dulce...¡Todavía parece que la veo cuando me saludaba cada tarde, al volver de la Universidad!
Roberto había comprendido todo y ya no necesitaba seguir oyendo la charla de la señora.
Se despidió brevemente y se alejó.
Una tristeza desoladora se había instalado en su alma.
Luego se consoló pensando que aún podría soñar con ella. ¿No había sido acaso en un sueño donde había empezado todo?
Pero no volvió a soñar con Oriana nunca más.
Entonces comprendió que ella se había ido definitivamente. Que si algo la había retenido en la tierra era aquella casa donde había pasado su infancia.
 Y ahora que la habían demolido, el último lazo se había cortado.
Ahora, ella pertenecía por completo a ese mundo de sombras, a donde nunca la podría alcanzar.