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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



jueves, 20 de septiembre de 2012

EL ESPANTAPAJAROS.

Dorita había roto con su novio y llorando desconsolada, se internó en el trigal.
Se echó en el suelo, entre las espigas que la ocultaban por completo.
Rabiosa, hizo una bola con su pañuelo empapado en lágrimas y se lo metió en la boca. Pero, los sollozos la ahogaban y su corazón se debatía dentro de su pecho, como un pájaro que choca contras los barrotes de una jaula.
Sintió de pronto un suave toque en su hombro y alzó la cabeza esperanzada. ¡Creyó que era su amado, que había vuelto para pedirle perdón!
Pero, no vio a nadie a su lado y la decepción le arrancó un nuevo sollozo.
-¿Crees realmente que valga la pena?- le preguntó una voz cariñosa, con un dejo de burla.
Dorita volvió a constatar que junto a ella no había nadie, excepto un espantapájaros que habían puesto allí para alejar a los tordos que picoteaban las espigas.
Miró su cara, hecha de una bolsa de harina, rellena de paja. Dos grandes botones negros hacían las veces de ojos y su boca era sólo una rasgadura en la tela, que alguien había ribeteado con pintura roja, simulando unos labios. Para mayor realismo, le habían sujetado un cigarrillo en una de las comisuras.
-Han tratado de inducirme al vicio-comentó el espantapájaros-Pero detesto fumar. Hace mal para los bronquios.
Dorita lo miró asombrada.
-Haré cuenta de que no te he escuchado- le dijo- porque me consta que los espantapájaros no hablan.
-Ellos no, pero yo sí-le respondió el muñeco- Y sin ánimo de jactarme, te diré que soy alguien especial.
Dorita, atónita ante la inusitada situación, se había olvidado momentáneamente de su congoja, pero se acordó de pronto y soltó un diluvio de lágrimas.
-No llores más, niña. Desde este lugar que ocupo, en medio del campo, puedo ver muchas cosas. Otras me las cuenta el viento. Y puedo asegurarte que ese muchacho no vale ni un solo de tus suspiros.
Dorita lo miró enojada y olvidando su despecho, se sintió obligada a salir  en defensa del objeto de su amor.
-No quisiera ser grosera- le respondió con aspereza-pero te recuerdo que no  he pedido tu opinión.
-Igual te la doy, porque me caes simpática.
-No sé cómo puede tener opinión alguien que no tiene cerebro.
-Y no sé cómo podría amarte alguien que no tiene corazón.
 Dorita se quedó muda por un momento, pero luego, picada, le dijo con ironía: 
 -Estás enterado de muchas cosas para ser un simple espantapájaros. ¿Acaso el Mago de Oz ya te dio inteligencia?
-Tú sabes que el Mago de Oz no existe. Es sólo un hombrecito pequeño oculto tras una fachada grande. Encontrarás a mucha gente así, en el trascurso de tu existencia.
Dorita escuchó la campana que llamaba para el almuerzo.
-¡Tengo que irme!- exclamó-Pero antes, me gustaría saber cómo te llamas.
-Armani-contestó el muñeco- ¿No ves que está escrito aquí?
Y le mostró una etiqueta cosida en el forro de su chaqueta.
Dorita se rió y no quiso contradecirlo. Después de todo, el pobre no tenía por qué estar enterado de los apellidos de los grandes modistos.
El espantapájaros dobló su flexible cuerpo relleno de paja y cortó una amapola que había florecido entre las espigas. Con un gesto galante se la ofreció.
-¡Para que no te olvides de venir a verme otro día!
Dorita llegó a la casa muy agitada y su mamá, al verla entrar, le reprochó molesta:
-¡Por Dios, Dora! ¿Qué hace al medio día, sin sombrero, correteando por el campo? Le va a dar una insolación.
Dorita había cumplido ya los quince años y no soportaba que la trataran como a una niña. Pero, reconoció en su fuero interno que su mamá tenía razón.
La cabeza le pesaba y le zumbaban los oídos como si un inmenso oleaje golpeara contra las paredes de su cráneo.
-¿Estaré insolada?- se preguntó.
 Su conversación con el espantapájaros le pareció más un delirio que un hecho real y ya no estaba segura de que se hubiera producido.
Apenas almorzó. No tenía hambre, solo mucha sed y los párpados le pesaban como si fueran de plomo.
Preocupada, su mamá la mandó a acostarse.
En la tarde tenía fiebre alta y no sabía si estaba dormida o despierta.
La cama se mecía como un barco en alta mar y sorprendida, vio que al timón, iba el espantapájaros.
-¡No te aflijas, Dorita!- le gritó en medio del fragor del oleaje- ¡Esta tormenta no podrá derrotarnos!
Una ola inmensa los levantó hasta el techo y después cayeron en un abismo de espuma.
Sus papás llamaron al médico, que le recetó reposo y mucha hidratación.
Estuvo varios días en cama y cuando se levantó, su primer impulso fue ir al trigal a ver al espantapájaros.
Quería comprobar que su charla con él había sido un delirio provocado por la insolación. No podía pensar otra cosa. ¡Estaba demasiado grande para creer en fantasías!
Se adentró en las espigas y lo buscó inútilmente. ¡Ya no estaba!
Decidió preguntarle al capataz.
-¡Don Alamiro! ¿Qué pasó con el espantapájaros que había en el trigal?
-¡Se quemó, señorita!  ¿Me va usted a creer?  A algún gracioso se le ocurrió encenderle el cigarrillo que tenía en la boca. Como estaba relleno de paja, el fuego lo consumió en un minuto.  ¡Menos mal que se apagó solo, antes de que las llamas se propagaran al trigal!   Pero tengo que poner uno nuevo.  ¡No se puede descuidar uno con esos tordos de moledera!


VACACIONES DE FIESTAS PATRIAS.

Querida Nora, te escribo con la intención de que hagas un cuento con lo que me ha pasado. Talvez no lo halles interesante ni gracioso. Es posible que no dé para convertirlo en literatura. En fin, tú podrás juzgar mejor que yo.
Lo primero es contarte que fui a San Sebastián.
 ¿El balneario español donde hacen un  Festival de cine?- preguntarás tú.
 No, no a ese.  Al otro San Sebastián más modesto, ese que tenemos cerca de Cartagena.
Fui a descansar, agotada de tanto no hacer clases...¡Imposible trabajar, con el Liceo tomado por los estudiantes!
 Cuando me vine, los pupitres estaban decorando la reja de entrada y arriba del techo, los alumnos gritaban consignas contra el Gobierno.
Así es que partí a la playa, donde hace menos frío y los únicos gritos que se oyen son los de las gaviotas.
El Hotel La Marina está abierto en estas fiestas, y aunque no va mucha gente, siempre encuentro alguien con quién conversar.  Aunque los primeros días, sólo estábamos la dueña y yo y un par de garzones con cara de fastidio.
Hasta que una mañana, cuando leía sentada en el jardín bajo un cielo nublado, escuché una voz masculina en el vestíbulo.
La dueña le respondía, melosa e invitadora, así es que adiviné que se trataba de un huésped.
 Me ilusioné de inmediato, aunque no esperaba semejante bombón...
No lo vi hasta la hora del almuerzo.
Cuando entró al comedor, exclamé interiormente:
-¡My God! ¿Q´est que cet ?
Siempre me pongo políglota cuando estoy emocionada.
Luego, mi corazón le soltó una andanada de palabras tiernas:
-¡Caramelito de anís, galletita de vainilla!  ¿De qué fábrica de confites te escapaste?
¡Imagínatelo, por favor!  Un tipo alto, flaco, con un mechón de pelo rubio ceniza cayendo sobre su frente....
¿Por qué-digo yo- si me gustan los altos y flacos, me casé con un gordito achaparrado?
Tal vez, porque lo encontré parecido a mi papá y cuando era chica  siempre decía que me iba a casar con él. Así es que me traicionó ese sueño incestuoso.
En fin, eso ya pasó. ¡Y ahora es otra la que lo pone a dieta y batalla con sus kilos!
Pero, vuelvo a mi relato.
Al segundo día, la dueña, con sonrisitas insinuantes y pestañeos varios, nos propuso que almorzáramos juntos, para que nos hiciéramos compañía.
Me paré tan rápido, que me crujieron las rodillas, pero después disimulé y caminé hasta su mesa con un vaivén de caderas que ya tenía olvidado.
El sonrió acogedor y se apresuró a servirme un vaso de vino.
Dijo llamarse Rodolfo y ser profesor de Literatura Inglesa.
En la tarde fuimos a caminar por la playa. Al otro día tomamos el bus al puerto y visitamos en lancha los enormes transatlánticos anclados en la bahía...
¿Para qué extenderme en tanto detalle?.
Solo puedo decirte que con el trascurso de los días, mi arrobamiento no cedió.
Y no quise tampoco combatirlo. El Amor es como una ola. Si le haces frente, te bota. Lo mejor es nadar por debajo y así no tragas agua...
Eso pensaba yo. ¡Pero tragué tanta, que creo que hasta un pescado se me fue garganta abajo!
En resumen, quedé herida de muerte, pero feliz.
Estábamos solos en el Hotel y yo no quería que nadie más llegara.
¡Era como estar de luna de miel...pero en piezas separadas!
 Una tarde, fuimos a la playa y nos sentamos en la arena. El fumaba su pipa en silencio, con la vista perdida en el horizonte.
De pronto, se volvió hacia mí y me dijo que era viudo. Que la soledad era como estar en la cima de una montaña, rodeado de niebla. Gritas un nombre, pero sólo el eco responde a tu llamado...
Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó en la arena, tal como en la letra de un bolero cursi.
Yo estaba emocionada y sentía que el corazón me estallaba dentro del pecho.
El agregó, quizás para que no me entusiasmara tanto, que en el libro de su existencia ya no quedaban páginas donde escribir una nueva historia.  Sólo recuerdos de lo ya vivido...
Se fue antes que yo, pero me pidió mi número, para llamarme cuando estuviera en Santiago.
-¡Nos vemos, nena!- me dijo a la más Humprey Bogart, y mordió su pipa con intensidad varonil.
 Al día siguiente, la dueña del Hotel me invitó a almorzar a su mesa.
-¡Qué simpático es este profesor Rojo!- exclamó- Es cliente habitual del Hotel. ¡Claro que siempre viene con su señora! Una morena estupenda...Este año, ella se quedó en Santiago, acompañando a una tía. ¡Pero me prometió que en Febrero se vendrán juntos, por todo el mes!
Me miró de soslayo, como calculando la gravedad de las heridas y contusiones que había dejado el paso de su aplanadora.
Noté que una sonrisita burlona le colgaba en la comisura de su hocico de hiena.
Pero, tú conoces, Nora, el dominio que tengo sobre mis facciones cuando le hago frente a la perfidia. No se me movió ni un músculo, no me delató ni un pestañeo...
Y eso fue todo.
Releo lo escrito y me queda claro de que no da para que hagas un cuento. Es un argumento demasiado vulgar. ¿No crees?
Pero igual amerita que lo comentemos tomándonos un café. ¿Qué tal esta tarde, en el  Drugstore?   
Un abrazo. Betty.


jueves, 13 de septiembre de 2012

UNA BIOGRAFIA CONTROVERTIDA.

En el curso de computación que seguí en el verano, conocí a un chico muy simpático, llamado Abel.
Me dijo que tenía muchos contactos sociales y políticos y que contaba con un empleo asegurado, para cuando sacara el título.
-Pienso, incluso,  que podría darte una mano-me aseguró. Por supuesto, no le creí y pensé que estaba tratando de impresionarme.
Sin embargo, un mes después, recibí un correo de él:
-Querida Flor, creo que tengo un trabajo adecuado para ti.
Mandé mi currículum y al cabo de una semana, fui citada a la oficina de mi posible empleador.
Era un anciano alto y delgado, de cabello blanco y mejillas sonrosadas. Rebosaba dignidad y alta alcurnia.
Se trataba de Don Heriberto Campobello, un distinguido diplomático, ya jubilado, cuya fotografía había visto frecuentemente en el periódico.
Trabajaba en su casa y me recibió en un escritorio muy espacioso,  lleno de libros hasta rebosar.
Llamó a la doncella y le pidió que nos sirviera café.
-Flor Arratia -murmuró, señalando mi currículum- ¿Algún parentesco con los Arratia de San Fernando? ¿Con Don Segismundo Arratia, el eminente catedrático...?
-No.
-Claro que no...-y me miró de soslayo, como para confirmar que mi aspecto no daba para relaciones tan distinguidas.
 Me di cuenta de que era un snob.
-Su función será sumamente interesante-continuó-Estoy escribiendo mis memorias y de usted depende que avancemos en la tarea. Mis notas están un poco desorganizadas, pero son altamente confidenciales. Me imagino que podré contar con su reserva. He dispuesto que mi biografía sólo sea  publicada después de mi muerte.
Dirigió la mirada a un alto mueble y me lo señaló con severidad.
-Ahí hay guardados grandes secretos.¡ Cualquier infidencia podría desatar un conflicto internacional !
Me quedó claro que estaba fantaseando, pero puse cara de profunda interés y fidelidad a toda prueba.
Acababa de sonar el teléfono cuando se abrió la puerta y entró una mujer flaca y viejísima, con el pelo teñido color azabache y los labios pintados de rojo intenso. Se veía impresionante, vestida de raso negro y con dos vueltas de perlas cayéndole hasta la cintura. Se tambaleaba un poco y sus ojos tenían una expresión alucinada.
-¡Mamá, por favor!-exclamó don Heriberto, cubriendo el fono- ¡Estoy hablando con la Felicita Morandé, casada con...
-¡Si sé quién es! ¿ Me crees loca?-le respondió la anciana con voz agresiva, mientras estrujaba sus perlas con unas garritas pequeñas, parecidas a las patas de un pájaro. Vi que tenía las uñas pintadas del mismo rojo furioso que cubría sus labios.
-¿Quién es esta niña?-preguntó, dulcificando el tono.
-Flor Arratia, mi nueva secretaria.
-¡Flor! ¡Qué lindo nombre!-alcanzó a decir la viejita antes de que se abriera la puerta a sus espaldas y apareciera una mujer enorme, vestida de enfermera.
-¡Señora Rebeca!- exclamó impaciente, tomándola de un brazo.
-¡No me toques, arpía!- protestó la anciana y mirándome con repentina simpatía, me dijo:
-Este viejo snob y esta bruja me tratan como si estuviera loca.
-¡Mamá! Estoy trabajando-protestó Don Heriberto.
En los días siguientes, la señora Rebeca logró escapar repetidas veces de su carcelera y precipitarse en la oficina de su hijo. Pero, no duraban mucho sus incursiones y rápidamente, era hecha desaparecer por la siniestra señorita Rina, que así se llamaba la enfermera.
Me caía bien la viejita, en la medida en que me caían mal los otros dos.
Observé que la anciana desvariaba adrede delante de ellos, pero cuando nos quedábamos a solas, conversaba con total lucidez y tenía tiempo de sobra para llegar al baño...
En presencia de la enfermera, caminaba con lentitud desesperante, para no llegar a tiempo, y dejaba pocitas de orina sobre el parquet.
-Precipitaciones intermitentes-sugerí yo, en broma, y a la enfermera pareció encantarle la frase.
Un rato después la escuché decirle a Don Heriberto:
-¡No puedo controlar las precipitaciones intermitentes de su mamá! Debería estar en una Residencia.
Miró de reojo a mi jefe, esperando alguna reacción a su favor, pero él no le hizo caso, perdido en sus  nostálgicas ensoñaciones.
A media tarde, encontraba a Rina en la cocina, tomando café.
Me sonreía con fingida cordialidad, lanzando risitas y diciendo tonteras.
- A los hombres no les gusta que dejemos rouge en el borde de la taza, pero les encanta que nos pintemos los labios.
-A los hombres les gusta que llevemos de adorno alguna joyita...
Siempre me informaba lo que le gustaba a los hombres y mi instinto me avisaba que lo decía pensando en Don Heriberto.
La había visto coqueteándole en forma descarada, batiendo las pestañas y frunciendo la boca como para lanzar besitos al aire.
 La señora Rebeca me informó un día, cuando estábamos solas:
-¡Está desplegando todas sus malas artes con el tontorrón de mi hijo! Y lo primero que va a hacer, cuando le resulte, será echarme de mi casa y mandarme a un hogar de ancianos.
La tranquilicé asegurándole que don Heriberto no le hacía caso.
-No creas-suspiró resignada a su suerte- Hace ya mucho tiempo que el pobre está solo...
Pronto comprobé que la biografía de Don Heriberto no pasaba del primer capítulo. Y harto latosa por lo demás. No pude evitar adornarla con algunas frases simpáticas, para hacerla más atractiva a los hipotéticos lectores.
Don Heriberto, totalmente fuera de la realidad, se daba aires de importancia frente a Rina  y a mí.
-Esta narración será de gran valor para los historiadores del futuro. Y revelará secretos que modificarán por completo el panorama actual de nuestras relaciones bilaterales...Eso sí, tendrán que esperar a que yo me muera...
Me daba risa escucharlo, pero vi a Rina muy interesada y pronto empecé a sospechar que maquinaba algo relacionado con la Biografía. ¿Pensaría chantajear al viejo, en vista de que no parecían resultarle sus intentos de conquista?
Varias veces la vi merodeando con aviesa intención en torno al escritorio, cuando yo iba al baño o a la cocina a preparar un café.
Al volver, encontraba el trabajo recién impreso desordenado sobre el escritorio y las notas de Don Heriberto caídas sobre la alfombra.
  Pronto se confirmaron mis sospechas.
Me llegó un correo de Abel, el amigo a quién le debía el puesto.
"Flor, es urgente que hablemos. No trates de evadirte. Llámame."
Me sorprendió el tono del mensaje y sin dudarlo partí a la dirección del periódico donde Abel trabajaba.
-¡Flor! ¿Qué te pasa? ¿Es que cometí un error al confiar en ti?- me espetó sin preámbulos.
-No sé de qué hablas, Abel, te lo juro. ¿Podrías explicarme?
-Mira, Flor: Un compañero de la Redacción, me contó que está a punto de obtener una primicia. Una fuente cercana a Don Heriberto Campobello prometió conseguirle un adelanto de su Biografía, que se supone que destapará situaciones escabrosas...¿De quién puedo sospechar sino de tí?
Le aseguré que no era yo la culpable sino la enfermera que trabajaba en la casa y me comprometí a avisarle a Don Heriberto, antes de que se produjera la filtración.
Al día siguiente, llegué muy temprano a la oficina. El me esperaba, de muy buen humor, sentado frente a su escritorio.
Comprendí que iba a hacerle pasar un mal rato, pero no podía callarme ni un minuto más.
-Don Heriberto-empecé con voz insegura- Necesito decirle algo...
-¡Qué coincidencia, querida Flor! Yo también. Como leal colaboradora mía, tienes derecho a esta primicia: Estoy de novio y me voy a casar.
Rina entró con andar ondulante y pensé que si hubiera sido una gata, habría entrado relamiéndose los bigotes. Se colgó del brazo de Don Heriberto y me miró con sonrisa triunfal.
Quedé atónita.
-¿Y tú, Flor?- me preguntó Don Heriberto, sin notar mi turbación- ¿Qué era lo que querías decirme?
-No, nada... Es decir, sí. Quería avisarle que dejo mi puesto. Debo partir urgente al Sur, porque mi papá está enfermo.

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Dos años después, la prensa informó el deceso del distinguido diplomático. Al cabo de un par de meses, una importante Editorial anunció  el lanzamiento de sus memorias. El libro sería presentado por su viuda, que no era otra que Rina, naturalmente.
Abel y yo fuimos de incógnito a la presentación y nos parapetamos detrás del público.
Junto a un mesón atestado de libros, estaba Rina, dando una conferencia de prensa. Se veía impactante con un vestido de satén negro y una doble vuelta de perlas que le colgaban hasta la cintura.
-¡El collar de la señora Rebeca!- constaté, apenada- ¡Seguro que la viejita ya no está en este mundo!
En una ocasión me había dicho que cuando llegara su hora, El Señor iba a mandar una limusina a recogerla, para llevarla al Paraíso.
Me imaginé un  ángel con gorra de chofer y una limusina con alas, remontándose hacia el cielo. En la ventanilla de atrás, la señora Rebeca me hacía señas, en un gesto de adiós.
-Y tú ¿por qué sonríes con esa cara de tonta?- me preguntó Abel, que es insolente por elección propia.
No le contesté y me acerqué al mesón, a pedirle a Rina que me dedicara la Biografía.

lunes, 10 de septiembre de 2012

NUBES DE VERANO.

Hacía más de un año que no iba a ver a mis padres y ni siquiera los llamaba por teléfono.
Avergonzado de mi conducta, decidí ir a pasar con ellos las vacaciones de Verano.
Me bajé del bus a la entrada del pueblo y cargado con mi maleta, caminé las tres cuadras que me separaban del que había sido mi hogar durante tantos años.
Salió a abrir mi papá y me miró sorprendido:
-¡Jaime! ¡Hijo! ¡Qué alegría!
De nuevo me impresionó verlo tan buenmozo. Siempre me hacía el mismo efecto, como si lo viera por primera vez.
Alto, con el pelo gris todavía abundante y esa forma que tenía de andar de perfil, como mural egipcio, para que todos pudieran apreciar su nariz recta y su mentón enérgico.
El paso de los años no había disminuido su conmovedora vanidad de adolescente.
Me dio un abrazo y me dijo con voz dolida:
-Tu mamá se fue.
Me quedé atónito y las preguntas me salieron a borbotones.
- ¿Qué dices?  ¿Cómo no me avisaste?  ¿Cuánto tiempo estuvo enferma?
-No, no estaba enferma. Hizo su maleta y se fue a Chimbarongo, a casa de tu abuela.
Lancé un suspiro de alivio. Había alcanzado a visualizarme llorando frente a su tumba.
-¿Quieres decir que te dejó?
-Eso creo, porque se llevó casi toda su ropa....
-¡Ay, papá! ¡Algo le habrás hecho tú para que se fuera!
Mi padre puso cara de niño pillado en falta y sacudió la cabeza, enérgicamente.
Por supuesto que no le creí. Bastantes cosas le había perdonado mi mamá y de otras tantas se había hecho la desentendida.
Pero, me imagino que durante todos esos años, el resentimiento había crecido como una planta parásita que se alimentaba de su amor y había terminado  por consumirlo por completo.
Quizás los amores sin ataduras que se viven ahora sean más sanos, porque se acaban antes de que el rencor se haya extendido por el alma entera, como una mancha de tinta en un papel secante. 
Y tal vez se aprecien más los momentos de dulzura y reconciliación, sabiendo que tarde o temprano vendrá el final.  Y que sólo vivimos la eternidad de lo efímero...
No le dije nada y me fui a mi dormitorio para tenderme un rato en mi cama de juventud.
Hacía calor y en el huerto zumbaban las abejas, borrachas de néctar y del sol del Verano.
Antes de dormir, llamé a mi mamá a la casa de la abuelita.
Estaba bien. Descansando, me dijo, pero el hecho de que no preguntara por mi papá me convenció de que estaba ofendida. De todos modos, se alegró al saber que yo estaba ahí, para que lo vigilara, me imagino.
A las cinco me levanté y fui a la cocina a preparar el té. Vi que la panera estaba vacía.
-¡Papá, no hay pan!
-No te preocupes-me respondió, entrando desde el jardín- Toyita lo va a traer dentro de un rato.
-Y ¿se puede saber quién es Toyita?
-¡Cómo! ¿No te acuerdas de ella? Jugaba con tu hermana cuando eran chicas.
Me acordé de una niña flaca, con los ojos desorbitados como si viera gente muerta por todas partes. En ese tiempo tenía casi mi edad, así es que calculé que en la actualidad andaría por los treinta.
Casi de inmediato, sonó el timbre y llegó ella.
Ya no era flaca. Mejor dicho, había engordando en las partes más estratégicas y los chapes tipo crin de caballo habían sido reemplazados por una melena de bucles ensortijados.
Me saludó con cierta timidez y pasó directo a la cocina a dejar el pan.
Sirvió el té, desplegando su gracia y se sentó a la mesa, entre ruborizada y desafiante.
Mi papá la miraba de lado. Para lucir el perfil, me imagino.
 Yo lo miraba a él y le encontraba algo distinto, no sabía qué. Después caí en la cuenta de que se había teñido el bigote.
Cuando Toyita se fue, se quedó sentado con la mirada perdida, mientras una sonrisita tonta se le asomaba por debajo del bigote  recién teñido.
-Es una chica muy amable-dijo-Me ha acompañado mucho desde que tu mamá se fue...
-Yo creo que mi mamá se fue porque ella te acompañaba mucho- le respondí muy serio, pero con un dejo burlón.
El no se amilanó y continuó, como si no me oyera:
-¡Es muy simpática!  ¡Y tan original!- añadió con tierno menosprecio-Cree en la Astrología y no hace nada sin consultar su horóscopo.
Se notaba que veía con claridad que no era la persona adecuada para él, pero su afán de confirmarse a sí  mismo que continuaba siendo irresistible, superaba todos sus razonamientos...
Toyita siguió viniendo a la casa a tomar el té con nosotros.
Mi papá regaba los tomates cantando:
"Soy tu dulce alegría,
tu rayito de sol"
y cualquiera hubiera dicho que estaba enamorado.
Yo lo encontraba entre conmovedor y ridículo y me  preguntaba hasta dónde lo conduciría todo eso.
No hasta mucho más allá, afortunadamente.
Una tarde, cuando habíamos terminado de tomar el té y Toyita enjuagaba las tazas en el lavaplatos, escuchamos chirrear los goznes de la reja.
Mi mamá entró con su maleta y se quedó parada en medio de la cocina.
Alta y flaca, se veía majestuosa como una columna del Partenón.
Me recordó una fotografía que guardaba de su juventud, de cuando la habían elegido Reina de la Primavera. Mantenía la cabeza en alto,  como si todavía llevara la corona. Y la verdad era que no la necesitaba para llenar toda la cocina con su presencia.
No nos miró ni a mi papá ni a mí.  Sus ojos estaban fijos en la espalda de Toyita que, inclinada sobre el lavaplatos, parecía haber perdido de golpe por lo menos diez centímetros de estatura.
Mirándola con altivez, le dijo:
-Eso es todo. Ya no necesitaremos sus servicios. Puede pasar el Lunes a cobrar lo que se le adeuda.
Toyita dio un respingo sin volverse y vi como el cuello se le ponía color púrpura.
Al fin, se volvió en dirección a la silla de mi papá, esperando que interviniera en su favor,  pero él había desaparecido sigilosamente hacia el  dormitorio, llevando la maleta de mi madre.
Toyita salió en silencio, recogiendo al pasar su cartera, como quién recoge los despojos de una batalla en la cual no se ha alcanzado a disparar ni un tiro.
 Así, todo volvió a la normalidad y el sol del Verano siguió brillando sin nubes.