Bienvenidos a Mi Blog

Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



viernes, 10 de agosto de 2012

FRUSTRACION.

Había pasado otro día ocioso y melancólico, sin haber escrito nada.
Mi mente se encontraba vacía de ideas, como si nunca hubiera albergado el más mínimo pensamiento susceptible de llevarse al papel.
Mi lápiz yacía ocioso sobre el cuaderno y molesto, soltaba de vez en cuando una mancha de tinta sobre la página en blanco, queriendo llamar mi atención.
Pero nada lograba distraerme de mis tristes cavilaciones.
Y me rondaba una idea extraña que más de alguna vez me había asaltado: No era yo quién escribía los cuentos.
Cuando poseída por una inspiración casi sonámbula, llenaba y llenaba páginas sin descanso, este pensamiento se colaba en mi espíritu con molesta insistencia.
Muchas veces mis creaciones me parecían ajenas, como si esos argumentos y esas palabras provinieran desde afuera, desde el eter, por decirlo así, y mi único trabajo fuera llevarlos al papel.
Resumiendo, en más de alguna ocasión jugué con la inquietante idea de que el espíritu de un escritor frustrado se había posesionado de mí.
Y esa tarde, más que nunca me angustiaba el pensamiento de que el espíritu en cuestión me había abandonado, dejándome en la más completa sequía literaria.
La penumbra del anochecer, quebrada apenas por la luz de una lámpara, iba invadiendo con sus sombras cada rincón de mi escritorio.
Me sacó de mis penosas reflexiones, la extraña sensación de no encontrarme sola.
Escruté las sombras con fijeza y creí vislumbrar una silueta junto a la ventana.
Se encendió el farol de la calle y un rayo pálido cayó sobre la figura de un hombre.
Llevaba un impermeable y aunque afuera no llovía, se veía empapado. Gruesas gotas de lluvia resbalaban de sus cabellos y caían sobre su frente. El las enjugaba con un pañuelo.
-¿Quién es usted?- le pregunté asombrada de no haberlo visto entrar.
-Deberías suponerlo-me respondió algo molesto-¡No en vano te he acompañado durante tanto tiempo!
Se veía cansado y sin mirarme, se dejó caer sobre la silla que había frente a mi escritorio.
-¿Quiere decir que es un espíritu?- pregunté yo, viendo confirmadas mis insistentes sospechas.
-Sí-respondió melancólico- Yo fui en vida un escritor que no logró publicar su obra.
-La tarde en que morí me dirigía a una editorial, llevando mis cuentos. ¡Era la última puerta que me quedaba por tocar, después de muchos humillantes rechazos! Llovía a cántaros y al cruzar una calle, me resbalé frente a un autobus. El chofer no alcanzó a frenar y dio un grito.
-Yo morí en silencio, como había vivido. La carpeta con mis relatos se soltó de mi mano y cayó en un charco. Ahí quedó abandonada. Nadie se molestó en recogerla.
-¿Y son esos los cuentos que he escrito durante todo este tiempo?
-Bueno, no todos. Sólo los mejores. Los otros los has inventado tú, imitando mi estilo....Y sin ánimo de ofenderte, te han quedado harto mediocres.
Esto último me lo dijo con un tono petulante que me molestó. Herida en mi amor propio, me sumí en un terco silencio.
Pero luego pensé que no me convenía enemistarme con el espíritu y escondiendo mi resentimiento, le pregunté humildemente:
-¿Y dónde has estado estas semanas en que no he podido escribir?
-Me invitaron a un Congreso de escritores difuntos. Pero no creas que lo pasé muy bién. Había ahí un par de Premios Nobel pagados de sí mismos, que me trataron con menosprecio.
-¡Debieran suponer que si hubiera vivido más tiempo, habría llegado a ser tan famosos como ellos!
Guardé silencio, pensando que se sobre estimaba. ¡Su talento sólo alcanzaba para poner cuentos en un blog!
Suspiró agobiado por la frustración y se levantó para irse.
La lluvia de aquel día nefasto seguía empapando sus ropas y goteando de sus cabellos.
-¿Volverás?- le pregunté ansiosamente.
-Trataré- me respondió, dándose importancia.
Y sin agregar nada más, se esfumó en las sombras, dejando un charco de lluvia sobre el parquet.

viernes, 3 de agosto de 2012

NADA.

Alberto siempre se quedaba fascinado frente a la tienda de antigüedades.
Era un batiburrillo de cosas maravillosas: violines, muñecas de porcelana, batallones completos de soldaditos de plomo, libros con las hojas carcomidas por el paso de los años...
Contemplar esos tesoros lo llenaba de nostalgia por un tiempo que él nunca había vivido. Eran tesoros que tenían un encanto que el prosaico mundo de ahora no le podía ofrecer.
La poesía de las cosas antiguas lo cautivaba y se quedaba largo rato parado frente a la vidriera.
En el mostrador estaba la dueña, una anciana de rostro astuto y ojos penetrantes que lo miraba y le sonreía, como invitándolo a entrar.
Sobre su cabeza colgaban máscaras, trajes de seda, sombrillas de encaje y junto a la puerta, un viejo organillo se sostenían en su único pié, como pidiendo ser tocado una vez más.
Al trasponer el umbral, Alberto sintió que entraba a la cueva de Alí Babá y ansió poseer siquiera uno de aquellos tesoros. Pero no tenía dinero para comprar ninguno.
La vieja observaba complacida su rostro juvenil y ávido.
-Te gustan las antigüedades ¿verdad?
-¡Oh, sí! Pero todo es tan caro...Y aunque tuviera dinero, no sabría qué cosa elegir.
Ella lo miraba en silencio mientras hacía girar entre sus dedos una cajita dorada, cubierta de pedrería.
-¿Y esa cajita? ¿Cuánto vale?
-Esta no se vende- respondió la anciana con aspereza y la cubrió con sus manos, como protegiéndola.
-¿Y qué contiene, qué la hace tan valiosa?
-Nada.
Alberto se sintió ofendido por esa respuesta y pensó:
¡Seguro que no va  a tener nada adentro!  Por algo no la quiere vender...Ocultará una joya o un anillo de valor incalculable.  Pero ¡aunque estuviera vacía!  Es tan hermosa, tan original...¡Qué no daría yo por ser el dueño de esa cajita!
Y no pudo apartarla de su mente.
Todos los días pasaba frente a la tienda y veía a su dueña sentada tras el mostrador. Ella lo miraba sonriendo en forma socarrona, como si adivinara la codicia que lo atormentaba y hacía girar entre sus manos la cajita enjoyada.
Siempre lo llamaba para mostrarle las cosas nuevas que recibía: libros forrados en cuero con hermosos grabados, tazas de porcelana, tan finas, que trasparentaban los dedos de quién las cogía, frutas de cera o de cristal...Todo se lo mostraba gustosa, pero sin soltar nunca la preciosa cajita.
Pero, un día entró un cliente a preguntar por una valiosa pintura y la vieja se levantó de su silla con presteza, olvidándola sobre el mostrador.
Alberto se abalanzó sobre ella y deslizándola en su bolsillo, se alejó de allí  corriendo.
Al llegar a su casa, puso la cajita en la palma de su mano, para ver brillar las piedras que la cubrían. No sabía si eran gemas o trozos  de vidrio azogado, pero resplandecían como estrellas.
Sus dedos jugaron un momento con la cerradura y la caja se abrió.
Instantáneamente, todo desapareció a su alrededor.
Se vio en medio de un paisaje blanco, como una infinita sábana de nieve. No había suelo ni cielo. Era el vacío total.
Entonces compendió que efectivamente, el contenido de la cajita era "Nada". "La Nada". Y que estaba aprisionado en ella, sin saber cómo escapar.
Echó a andar sin rumbo, porque no había horizonte hacia el cual dirigirse. Sus pasos no dejaban huellas y arriba, donde pudo haber nubes o estrellas, sólo había el mismo opresivo blancor.
No supo cuanto tiempo vagó sin rumbo por la asfixiante Nada que lo envolvía. ¿Sería así la Muerte?
De pronto, a lo lejos, vio un punto negro en medio de la blancura. ¡Algo había allí!  ¡Algo en medio de la infinita vaciedad!
Echó a correr esperanzado y a medida que se aproximaba, empezó a distinguir los contornos de una puerta. No había muro, sólo la puerta se alzaba allí y en su dintel vio un letrero que decía: "Todo".
Sentada en el umbral, como implacable centinela, estaba la vieja.
Alberto se precipitó hacia ella y le tendió la cajita:
-¡Tome!  ¡Aquí la tiene!  ¡Perdóneme, por favor!
Ella la cogió con avidez y le preguntó sarcástica:
-¿No te dije acaso lo que contenía?
-¡Déjeme entrar, se lo ruego!- le suplicó angustiado.
Ella hizo girar el picaporte y la puerta se abrió sin un rumor.
Alberto cruzó el umbral corriendo, antes de que se arrepintiera de dejarlo pasar.
Se encontró en la tienda de antigüedades. Echada sobre el mostrador, la vieja se reía. Espasmos de maligno gozo recorrían su cuerpo.
Alberto escapó corriendo, seguido por sus carcajadas.
Corrió despavorido durante muchas cuadras y no volvió a ese barrio nunca más.  

viernes, 27 de julio de 2012

EL ROMPECORAZONES.

Waldo era un personaje enigmático y esquivo, de quién muchas hablaban entre suspiros pero ninguna había logrado conquistar. No al menos, entre las amigas de Nora.
Siempre la afortunada era otra.
Pero...¿por qué afortunada? Se sabía que él era voluble y que sus relaciones sentimentales eran efímeras. Un hombre así solo garantizaba días de incertidumbre y noches de insomnio.
Sin embargo, Nora sentía curiosidad por conocerlo.
Siempre asistía a las fiestas a las cuales Waldo había sido invitado, pero cuando llegaba, él acababa de partir....
Otra fiesta, en la misma noche, requería su codiciada presencia.
Se había ido, pero todavía persistía en el aire el aroma de su colonia importada.
-¡Este tipo es como el bosón de Higgs!-pensó ella, que no se perdía información sobre el tema- ¡Es imposible de atrapar, pero por donde pasa deja su huella!
Al final, lo conoció.
Era alto, con pinta de príncipe ruso y una mirada verde como el mar, que hacía pensar que morir ahogada ahí sería morir feliz.
Nora trató de no caer en el embrujo de esa mirada. Había tenido unos cuantos desengaños y lo que menos quería era enamorarse de un galán.
Soñaba más bien con alguien sencillo, tal vez un poco tímido, cuyo encanto soterrado sólo ella fuera capaz de percibir.
-¡Qué sin gracia es este tipo!-sería la frase mágica que la llevaría a enamorarse sin vacilación.
La acobardaban los hombres arrolladores como Waldo, acostumbrados a caminar sobre una alfombra roja de corazones destrozados.
La ayudó en su propósito de resistir, la absoluta indiferencia que él le demostró al conocerla.
Se lo presentaron y por costumbre, Waldo la envolvió en la sonrisa deslumbradora que lucía ante cualquier mujer que se le acercara. Pero Nora notó que la miraba sin verla y que aquella sonrisa era la reacción automática de su ego avasallador, que no admitía que nadie se le resistiera.
Como de costumbre, una rubia colgada de su brazo, le hacía arrumacos.
Por entre sus pestañas, filtró hacia Nora una mirada de advertencia.
Ella le sonrió candorosa, como si no notara que acababa de recibir un ultimátum.
Waldo se relamía como gato que tiene leche en los bigotes.
Pasó un tiempo, y por uno de esos inexplicables o maliciosos equívocos, alguien comentó en un cotilleo social, que Nora se había prendado de Waldo.
Y él, que había roto su relación con la rubia de turno, se sintió tentado de comprobar si era cierto.
Le envió un correo en el que, luego de algunas observaciones triviales, escribió:
"No soy un experto en decir lo que otros quieren escuchar, pero no puedo negar que más de una vez, tu proximidad alteró mi compostura".
Nora se enfureció al leer esto porque sabía que era falso y que Waldo sólo estaba tanteando el terreno.
No se molestó en contestarle siquiera.
Quizás fue la primera vez que alguien le hacía un desaire al galán y sin duda sirvió para bajarle los humos.
Al menos, eso esperaba Nora, que no estaba halagada sino ofendida. Y que no le mencionó a nadie la invitación que había recibido su corazón para suicidarse en el mar de esos ojos veleidosos. 

VOLVER A CASA.

Hacía quince años que Juan se había ido del pueblo.
Había cumplido su sueño de ser escritor. Después de permanecer un largo tiempo en el anonimato, sus libros se empezaron a vender y al fin había terminado por hacerse relativamente famoso.
Viajó a dar charlas sobre su obra, invitado por universidades extranjeras y en una de ellas, dictó un curso sobre Literatura Latinoamericana.
Ahora, estaba de vuelta en Santiago y un día, sin saber cómo, empezó a sentir nostalgia de su casa.
Se había mantenido ajeno a su familia durante todos esos años.
Por alguien que viajaba al pueblo constantemente, había sabido de la muerte de su padre, hacía ya diez años.
No sintió dolor. Era natural que muriera, ya estaba viejo...Y el recuerdo de la amarga discusión que había tenido con él y que gatilló su partida, aún permanecía vivo en su corazón.
Esa misma persona, años después, le informó de la muerte de su joven hermana.
¡Nelly! ¡Su única hermana, a quién de verdad había querido!
Lloró a solas y los recuerdos de su infancia inundaron su alma, como una marea incontenible.
Pero, ni aún así pensó en volver.
Aquella noche, su padre le había exigido que estudiara una profesión. Quería que fuera abogado, como su abuelo.
-¡No quiero que te pases la vida en un empleo fiscal, como yo! Contando el dinero para llegar a fin de mes, soportando la tiranía de los jefes y los malos modales del público...
-¡Pero, papá! ¡Yo quiero ser escritor!
-¿Y quién te dice que tienes talento? ¡Terminarás en la miseria!
La discusión subió de tono.
La madre vino desde la cocina y Juan la vio parada en el umbral, retorciéndose las manos con impotencia y sin atreverse a sacar la voz para apoyar a su hijo.
¡Siempre había sido así! La palabra del padre era ley en la casa y ella siempre había agachado la cabeza, sin decir jamás lo que sentía o pensaba.
Terminaron gritando y su padre salió del comedor, dando un portazo.
Esa misma noche, Juan preparó su maleta y al amanecer, sin despedirse de nadie, abandonó la casa.
¡Nunca pensó que pasaría quince años sin volver!
Ahora, la nostalgia lo atormentaba. Se veía recorriendo otra vez las calles del pueblo, llegando hasta la puerta de su casa.
Sentía que debía ver a su madre una vez más, antes de que fuera demasiado tarde. Pero, no se decidía, y se le iban los días en esa estéril lucha entre su corazón hambriento y su mente que el tiempo había vuelto fría.
Una noche soñó que regresaba.
Se vio recorriendo las calles ¡tan cambiadas! que apenas las reconocía.
Estaba anocheciendo y se había bajado del tren con una maleta. Una fina garúa humedecía su frente.
Sus pasos lo llevaron sin vacilar hasta la casa paterna.
La habían pintado de otro color y con sorpresa vio en la ventana un aviso que decía "Se arriendan piezas"
¿Tan escasa de dinero estaba su madre que había trasformado el que había sido su hogar en una casa de huéspedes?
Tocó el timbre y después de unos minutos se abrió la puerta con cautela. En el umbral apareció una anciana de rostro desconfiado, que lo miró especulativamente.
-¿Qué desea, señor?
Se quedó atónito. ¡Su madre no lo reconocía!
Vaciló un instante y luego dijo, con voz ronca:
-Quiero una habitación para pasar la noche.
Ella lo condujo hasta la pieza que había sido su dormitorio. No vio su mueble de libros ni su escritorio. Sólo una cama extraña, un velador y una silla junto a la ventana.
-Se acostumbra pagar por adelantado, si no le molesta...
Lo dejó solo y Juan se tendió en la cama, sin desvestirse.
Cayó la noche y la pieza se llenó de sombras. A lo lejos, la campana de la iglesia desgranó sus notas melancólicas.
De pronto, escuchó la voz de su hermana muerta:
-¡Juan! ¡Juan! ¿Por qué has vuelto?
Pasó junto a la cama y el roce de su vestido emitió un leve rumor.
Juan se incorporó y la vio sentada en la silla, junto a la ventana.
La luz del farol de la calle iluminaba débilmente sus cabellos, pero su rostro permanecía en la sombra.
  -¡Juan!- repitió ella con voz queda- ¡Es demasiado tarde para volver!
Despertó sobresaltado.
Recordaba nítidamente cada detalle de su sueño. El rostro de su madre, inexpresivo. Sus ojos cautelosos y suspicaces, que lo analizaban sin reconocerlo. Y la voz de Nelly, susurrando en las tinieblas de la pieza extraña:
-¡Es demasiado tarde para volver!
Era lo que necesitaba para decidirse. Preparó una maleta y tomó el tren de la tarde.
Anochecía cuando pisó el andén y una llovizna helada humedecía su frente.
Recorrió las calles ¡tan cambiadas! que apenas las reconocía.
Al principio, una alfombra de hojas secas crujía débilmente bajo sus pies. Luego, la lluvia la humedeció rápidamente y la convirtió en una masa descolorida y lodosa, que no emitía ningún rumor.
Se detuvo en la vereda, frente  a su casa. Vio que la habían pintado de otro color y con  sorpresa, comprobó que en la ventana había un aviso que decía: "Se arriendan piezas".
Se quedó sobrecogido de angustia, parado frente a la puerta, y no se atrevió a llamar.

martes, 24 de julio de 2012

CUANDO BETTY Y NORA FUERON AL CASTING.

Betty entró como una tromba al departamento de Nora:
-¡Acabo de inscribirnos a las dos para el casting de modelaje!
-¿A nosotras? ¡Pero, Betty! ¡Eso es para veinteañeras anoréxicas!
-¡Te equivocas! Habrá casas de moda que exhibirán colecciones para mujeres como nosotras, que ya pasamos los cuarenta...
-¡Ja! ¡Los pasamos hace tanto rato que si miro para atrás, apenas los diviso!
-¡Ya pues, Nora! No seas derrotista. Te digo que el casting incluye a las maduras...¡y a las gorditas también!- agregó esperanzada.
Y se miró de reojo en el espejo de la cómoda.
-¿Y cuándo será?
-Esta tarde. Así es que almuerza temprano y come poco. ¡Una hoja de lechuga bastará!
El desfile de modelos lo auspiciaba el Alcalde, queriendo asegurarse el voto femenino para su reelección, de modo que el castig se efectuaría en uno de los tantos recintos municipales.
Las alumnas de "Tango" se habían inscrito  todas y se pavoneaban encaramadas en sus tacos de quince centímetros.
Al pasar, les echaban una mirada irónica a las del Taller Literario, como queriendo decirles:
-¡Se equivocaron de fecha, gorditas! El concurso de cuentos es en el mes que viene...
Una comentó con aire despectivo:
-¡No hay nada que agrande más el trasero que pasarse el día sentada frente al computador!
Betty se sintió tocada y enrojeció de ira.
Nora la miró preocupada. Comprendió que para ella, ser elegida en el casting se había convertido en un asunto de vida o muerte.
Queriendo llamarla a la cordura, comentó:
-¡No me importa si no quedo! Soy algo más que una percha para colgar ropa...
-¡Ja, ja! -se burló Betty, con un sarcasmo agresivo-¡Esa es una buena forma de asumir de antemano el fracaso! ¡Creí que tenías más confianza en ti misma!
En su fuero interno, Nora rogó que si alguna de las dos resultaba elegida, fuera Betty, porque otra cosa seguramente haría peligrar su amistad.
Todas las postulantes estaban reunidas en el Casino y cuando las dos amigas entraron, por lo menos cincuenta pares de ojos las atravesaron como dagas mortíferas.
Al parecer, no las juzgaron muy peligrosas, porque el ruido de colmena se reinició de inmediato, sin  que nadie las saludara ni les diera alguna información.
El jurado estaba compuesto por una modelo argentina que a todas las llamaba "querida", tres dueñas de boutique, cuyas colecciones serían exhibidas en el futuro desfile y el famosos modisto Luchino Fréscolli, que llegó envuelto en un abrigo de pieles descomunal.
No se supo quién les había avisado, pero rápidamente se juntó en la vereda un grupo de ecologistas premunidos de tarros de pintura. Obviamente, pensaban esperar la salida del modisto, para vaciárselos sobre el abrigo.
Mientras, esgrimían pancartas y gritaban a favor de los animales en peligro de extinción.
Afortunadamente para Luchino, al rato empezó a llover a cántaros y los manifestantes, luego de resistir un rato los embates del chaparrón, acabaron por dispersarse chorreando.
A cada una le dieron un número, le tomaron una foto y la hicieron desfilar por una pasarela, al ritmo de una música pegajosa.
Nora se tentó de la risa y desfiló riéndose, como si acabaran de contarle un chiste.
Betty, queriendo imitar a las modelos que había visto en la televisión, se quitó la chaqueta lentamente y la arrastró por el suelo con displicencia.
La modelo argentina despedía a cada una con una sonrisa:
-¡Nosotros te llamamos, "querida"!
A la salida, las esperaba la jauría de las que ya habían desfilado.
-¿Cómo te fue? ¿Cómo te fue?-preguntaban a gritos, confiando en ver en sus caras algún signo de desaliento.
Nora escuchó a una decirle a otra:
-Tú, siempre con tu melena perfecta....¡Claro, como no tienes a nadie que te despeine!
-Aquí, no hay amistad que sobreviva-pensó con tristeza y temió por Betty y por ella.
Pero, afortunadamente no eligieron a ninguna de las dos, y superada la decepción inicial, siguieron siendo tan amigas como antes.

lunes, 23 de julio de 2012

EL ALMA DE JUAN.

En mitad de la noche, Juan despertó sobresaltado. Sintió en su pecho algo parecido al dolor, pero más que dolor, era una ausencia...Los latidos de su corazón resonaban con un eco extraño, como si palpitara en medio de un recinto vacío. No se sentía él mismo...Entonces comprendió que su alma lo había abandonado.
Se había ido mientras él dormía. Pero ¿a dónde?
Sin saber por qué, corrió hacia un espejo, como si esperara encontrarla allí. Su rostro era el mismo de siempre. Sólo sus ojos no tenían el brillo de antes. Una sombría opacidad los velaba. El fuego de su alma ya no ardía en ellos.
La buscó inútilmente por toda la casa. Luego salió a las calles semi vacías, a esa hora del alba. Escasos transeúntes se cruzaban con él, sin prestar atención a su caminar vacilante.
Quería llamarla, pero no sabía cómo. Su nombre era Alma, sí, pero ¿acaso podía ir voceándolo a gritos por las calles, sin que lo consideraran loco?
Deambuló por los barrios cercanos a su casa. ¡No podía haber ido muy lejos!
Al fin, la vio sentada a la mesa de un bar, con un vaso de licor en sus manos. Se veía tranquila y satisfecha, indiferente al sentimiento que su ausencia pudiera haber despertado en Juan.
El entró caminando a tropezones, cegado por la angustia. Se paró frente a ella y le preguntó:
-¿Por qué te fuiste en medio de la noche, abandonándome en forma tan artera?
Su alma lo miró impasible y le respondió:
-Porque me tienes cansada. Me agobian tus recuerdos y tus tristezas.
 -¡Pero yo sin ti no sería nada! Tú eres yo. ¡Sin ti estoy vacío!
-No me importa. Quiero que me liberes, que me dejes ir. ¡Permíteme ser menos desgraciada!
-¡Pero sí tú eres quién me ha hecho desgraciado a mí!
-Te equivocas. Yo llegué a ti con mi túnica blanca sin mácula y mírala ahora, llena de las manchas oscuras de tus rencores y tu resentimiento.
Bajó la vista con disgusto hacia su traje. Luego tomó el vaso de licor y se lo bebió de un trago.
Casi instantáneamente, se la vio más animada. Incluso se tentó de la risa la mirar la cara demudada de Juan.
-¡No te pongas así! Podríamos llegar a un arreglo. Tú me dejas ir y yo te ayudo a buscar otra alma para llenar el hueco que dejará mi ausencia.
-Pero, estoy acostumbrado contigo. ¡Llevamos tantos años juntos!
-Por eso mismo es que me quiero ir. Perdona la franqueza, pero me tienes harta.
-¿Es tu última palabra? ¿No cuenta para ti el tiempo que pasamos juntos, la vida que compartimos?
-Pero ¡mírate, Juan!- y le señaló su reflejo en el espejo del bar-La amargura y el escepticismo te han envejecido. ¡Mira tu boca curvada en ese eterno rictus de sarcasmo! Acompañarte se ha hecho muy duro para mí. ¡Libérame, por favor!
-Pero ¿cómo puedo hacer eso y quedarme vacío? ¿Dónde puedo encontrar yo otra alma que quiera reemplazarte?
-No es tan difícil como crees. Acompáñame al Campo Santo.
Salieron juntos después que Juan hubo pagado la consumición, puesto que el alma no llevaba dinero encima...Caminaron en dirección al Cementerio, en la brumosa claridad del amanecer.
Al cruzar la reja, tomaron por una avenida sombreada de cipreses y llegaron a una tumba. En ella estaba sentado alguien que lloraba desesperadamente.
-¿Qué congoja te aflige?-le preguntó el alma de Juan.
-¡Cómo quieres que no llore? Aquel que me albergaba ha muerto. ¡Era un joven que amaba la vida! ¡Un escritor, un poeta! Habría llegado a ser famoso, pero vino la Muerte con su guadaña, y lo segó como a una espiga. ¿Qué voy a hacer ahora?
-No te aflijas. Yo te traigo aquí a  alguien que se ofrece a ser tu dueño.
El alma afligida dejó de llorar y fijó sus ojos en Juan con mirada crítica.
-¿Te refieres a éste? ¿No estará un poco gastado?
-¡No creas! Es joven aún, pero sus tribulaciones le han dado ese aire taciturno. ¡Pero tú, con tu vivacidad lo harás renacer!
Juan escuchaba este diálogo entre asombrado y molesto. Los veía debatir su destino como si él no estuviera presente y eso le parecía bastante descortés, por no decir ofensivo.
Al fin se llegó a un acuerdo.
El alma del escritor entró en el pecho de Juan y él sintió una tibieza nueva y un ímpetu de vivir que no recordaba haber conocido antes.
-Y tú ¿qué harás ahora?-le preguntó a la que había sido su alma por tanto tiempo-¿Buscarás a otro más de tu agrado en quién habitar?
-¡No! ¡Qué va! Por el momento no pienso encadenarme a nadie. Volaré por ahí, libre y dueña de mí destino, hasta haber saciado mis ansias de libertad. Después veré...¡Total, mi vida es eterna!
Asombrado, Juan la vio transformarse en una paloma. El ave extendió con júbilo sus alas y se perdió en el aire diáfano del amanecer.
Juan regresó a su casa y se acostó de nuevo. Antes de quedarse dormido, pensó ilusionado:
-¡Necesitaré lápices y papel!  ¡Tengo una idea magnífica para escribir una novela!

jueves, 19 de julio de 2012

CUANDO WALTER SE FUE DEL TALLER.

Todos los días, Nora se levantaba sin ganas y su único consuelo, mientras tendía su cama, era pensar que al cabo de algunas horas, se volvería a acostar.
¿Habrase visto algo más patético y aplastante para el espíritu?
Se preguntó si en el fondo, todo ese decaimiento, ese spleen, como lo llaman los ingleses, se debería a la ausencia de Walter en el taller literario.
A principios de año se supo que no se había matriculado.
Hubo un desencanto general y la melancolía cayó sobre las alumnas, como la niebla cae sobre el campo escarchado. (¡Uy! ¡Qué cursi!)
No sobre todo el curso, es verdad. Los miembros del sexo rudo que se atrevían a escribir versos y prosa poética eran escasos, pero existían. Y ellos sin duda se alegraron al ver desaparecer en el horizonte  a aquel seductor empedernido.
¡Ah! ¡Qué vacío se veía el pupitre que él acostumbraba a ocupar! ¡Qué penumbra se adueñó de ese rincón, no iluminado ya por el chisporroteo de sus ojos verdes!
Hasta la profesora, que era demasiado vieja para exteriorizar sus sentimientos sin ponerse en ridículo, juntó sus manos como en una plegaria, y suspiró bajito:
-¡Si pudiéramos hacerlo volver!
Todas comprendieron entonces que aquel trajinado corazón, candidato al infarto, había latido en secreto por él, durante todo ese tiempo.
Dos alumnas se ofrecieron para visitarlo en su departamento de soltero recalcitrante y averiguar si estaba enfermo.
Volvieron diciendo que, al parecer, estaba deprimido, porque tenía las luces bajas y se respiraba allí un aire de melancolía.
¡Eso vieron ellas, las pobres ingenuas, queriendo justificar esa ausencia que tanto les dolía!.
No pensaron que tal vez Walter tenía las luces bajas y las cortinas corridas porque preparaba un escenario romántico para recibir a alguna de sus conquistas...
Sólo Nora adivinó la realidad. No hay nada más clarividente que un corazón zarandeado por las mareas del desengaño.
Así pensó ella, con esa saludable costumbre que tenía de hacer literaturas con sus sentimientos y reírse de ellos, como si fueran ajenos.
Mientras, se corrió la voz: "El está deprimido". Y cada una tuvo la convicción de ser la indicada para sacarlo de ese estado.
¡Lástima que días después apareció fotografiado en las páginas sociales de una revista de moda! Sonreía de oreja a oreja, acompañado de una rubia genuina, que se colgaba de su brazo con ademán de posesión.
Fue Nora quién, malintencionadamente, llevó la revista al Taller. Quería que todas la vieran, porque si ella se sentía mal, quería que las otras se sintieran peor.
Pero no le sirvió de mucho consuelo, y esa tarde, cuando Betty llegó a visitarla, la encontró de lo más alicaída.
-¡Puf! ¡Otra cara triste!-se quejó-Justo ahora que tengo que ir a ver a Lucy. Me pidió llorando que pase por su casa. ¿Me acompañarías, Nora?
-¡Pero si ella y yo no nos conocemos! ¿Crees que le gustaría que una extraña se enterara de sus quebrantos emocionales?
-No te preocupes. A ella le encanta publicitarlos. Si pudiera, llamaría a los periodistas.
-¿Y qué le pasó?
-Peleó con el novio. Lo pilló con otra y hace una semana que está llorando.
Nora aceptó acompañarla. Pensó que no hay nada que ayude más a sentirse mejor que ver a otra que se siente peor.
Pasaron directo al dormitorio.
-La señora está con jaqueca, señorita Betty. Dijo que entre no más.
Nora iba a la zaga, tratando de pasar desapercibida.
En la cama había un bulto envuelto en una colcha y con la cabeza metida bajo la almohada. Hipos y sollozos brotaban de ahí, en forma intermitente.
-¡Lucy, por favor! ¿No será tiempo ya de que te olvides de ese...tipo?
-¡No me hables de ese canalla, traidor, Tenorio de pacotilla!- exclamó Lucy y tomando una fotografía enmarcada que tenía sobre el velador, la arrojó contras la pared opuesta del dormitorio.
El marco se partió y el vidrio saltó en pedazos.
Nora se agachó a recoger la fotografía y vio con estupor que se trataba de Walter.
Una cabeza iracunda emergió de debajo de la almohada y a Nora no le cupo duda de que pertenecía a la rubia de las páginas sociales.
-¡Vaya! ¡Con que esas tenemos!-pensó, como siempre tan literaria en sus reflexiones.
Se retiró sigilosamente en dirección al living, llevando en sus manos la fotografía arrugada.
¡Se sentía tan liviana, tan libre del negro pesar que la había atormentado!
Miró una vez más la fotografía de Walter. Estudió con desdén esa sonrisa llena de dientes y esos ojos verdes cargados de seducción varonil.
Luego la metió en un florero que había sobre la mesa y vio como se hundía lentamente en el agua, enredada entre los tallos de las rosas.
¡Total, ya la rubia no la necesitaba!
Y Nora tampoco.