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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



viernes, 15 de junio de 2012

EL SUEÑO.

Julia tenía una pesadilla recurrente. Se veía en una cárcel, sin saber qué delito había cometido.
En vano le preguntaba a la celadora. La mujer se burlaba de ella con maldad y le decía:
-¡Ahora me vas a salir con que eres inocente! Podías ser un poco más original. ¡No hay ninguna que no jure lo mismo cuando le queda poco tiempo para ser ajusticiada!
-¿Qué dices? ¿Ajusticiada? ¡Pero si en este país no existe la pena de muerte!
-Ja ja. ¡No existía! Pero ahora cambiaron la ley, precisamente para castigar tu crimen.
-Pero ¿qué hice, por Dios? Te juro que no lo sé. No lo recuerdo.
La mujer le volvía la espalda y se alejaba por el pasillo sin responder.
Noche tras noche soñaba lo mismo. Le bastaba poner la cabeza en la almohada para verse transportada a la estrecha celda, siempre iluminada por una luz cruda que martirizaba sus ojos. ¡Cómo ansiaba tener al menos una penumbra bienhechora que le permitiera dormir!
Despertar en su cama, por las mañanas, era un alivio. Pero se levantaba sin fuerzas, extenuada por la angustia vivida durante el sueño.
Partía al trabajo y al anochecer regresaba al departamento, como una autómata.
Siempre encontraba a Muriel, leyendo en el living.
Bien pronto había dejado de fingir el duelo de las primeras semanas.
Abandonó la ropa oscura y volvió a maquillarse, haciendo resaltar sus ojos con sombras turquesa y pintando sus labios de rojo encendido.
Julia la miraba de reojo y no podía evitar reconocer que era bella. No parecía mayor ni un día desde aquel en que su papá se la presentó como su futura esposa.
Julia había corrido llorando a encerrarse en su pieza, pero alcanzó a ver el relámpago de odio que cruzó por los ojos de la que sería su madrastra.
Ella lanzó una risita como disculpándola y no pareció ofendida por el descortés recibimiento.
-¡Es sólo una niña!-exclamó- ¿Cómo condenarla porque extraña a su madre?
Al cabo de un tiempo, su padre murió sorpresivamente y en el departamento quedaron las dos, viviendo frente a frente, más enemigas que ajenas. Debatiéndose inquietas como insectos atrapados en la tela de una araña.
Ambas disimulaban con esfuerzo la atmósfera opresiva que las rodeaba.
Julia conoció a Tomás en un concierto.
Nunca esperó que se fijara en ella. Se sentía poco atractiva y no hacía nada por mejorar su apariencia. Llevaba el pelo lacio sobre los hombros y su rostro sin pintar se veía descolorido y carente de seducción.
Pero él pareció ver en ella lo que otros pasaban por alto.
Se encantó con su sencilla conversación y volvió a invitarla a salir varias veces.
-¡No sabes lo linda que eres!-le decía, acariciando sus cabellos-Los espejos de tu casa estarán empañados si no te lo saben decir.
Al final, se decidió a llevarlo al departamento. Le había contado que vivía con su madrastra y él manifestó interés en conocerla.
-Quiero saber cómo vives, para poder imaginarte, cuando estoy lejos de ti.
Julia había advertido a Muriel y ella los recibió peinada y vestida como para una fiesta.
Se había maquillado a conciencia y llevado su pelo rojizo peinado hacia atrás, haciendo resaltar los exóticos huesos de su cara.
Julia notó que Tomás hacía un movimiento de sorpresa, que dominó rápidamente.
-¡Pero ustedes parecen hermanas!-exclamó y Muriel sonrió con coquetería.
-Sí. Mi querida Julia y yo realmente podríamos ser hermanas, por lo bien que nos avenimos.
Un estremecimiento de repugnancia la sacudió, pero disimuló el rechazo que le producía la falsedad de su afirmación.
Poco tiempo pasó antes de que Tomás empezara a cambiar en su actitud con ella.
Lo notaba distante, ensimismado y era evidente que cada gesto de cariño carecía de espontaneidad.
Dejó de ir todas las tardes a buscarla a la oficina y un día, ella, sin saber cómo, empezó a sospechar.
Quizás porque Muriel también había cambiado.
Pasaba las horas ensayando peinados y probándose vestidos y cantaba en su pieza, como si una secreta alegría rebalsara de su corazón.
Una noche, Julia se sentó en el sofá del living y bajo un cojín, su mano tocó un objeto extraño. ¡Era el encendedor de Tomás!  Había estado esa tarde allí, mientras ella se encontraba ausente...
Sintió que un hierro ardiente atravesaba su pecho y no supo si era más dolor que odio, o si era solo odio hacia aquella mujer que le había arrebatado primero el cariño de su padre y luego el amor del único hombre que la había querido.
Esa noche fue la primera vez que tuvo la pesadilla.
Nunca imaginó que se repetiría una y otra vez, hasta convertirse en otra faceta de su vida. Era como llevar dos existencias paralelas y llegó a dudar de cuál era el sueño y cual la realidad.
Pensó que se volvía loca y resolvió consultar a un médico.
Al relatarle su pesadilla, él la miró con curiosidad penetrante. Pareció a punto de preguntarle algo y luego desistió.
En silencio, escribió una receta.
-Este medicamento la hará sentirse mejor durante el día y por fuerza, tranquilizará su sueño.
Aquella noche, al cerrar los ojos, se encontró de nuevo en la celda.
Entró la guardiana, llevando un vaso de agua y un frasco de gotas.
-¡Así es que la princesa está teniendo problemas para dormir! ¡Era que no, con lo sucia que tienes la conciencia! El doctor me dijo que yo te administre el medicamento, no sea cosa que quieras tomártelo todo de una vez!
Julia tragó el agua amarga que le tendía la celadora. Y supo que de ahí en adelante, ningún sueño vendría a alternarse con la inexorable pesadilla que estaba viviendo.

miércoles, 13 de junio de 2012

LILÍ.

-"Las mujeres son como las castañas. Hay que ponerlas al fuego un rato y después saben deliciosas".
Esa era la frase favorita de Alfredo y la decía guiñando un ojo, con sonrisa de conocedor.
La verdad es que nos cargaba a todos. Era el vendedor "Estrella" de la sección Papeles. ¡Claro! Con esa pinta y esa labia, era imposible que no le fuera bien.
Nosotros también vendíamos, pero menos.
Messina logró superarlo un mes y todos lo aplaudimos con ganas. Mitad por él y mitad por la antipatía que le teníamos a Alfredo, con su petulancia y sus aires de galán.
Por supuesto que arrasaba en la Distribuidora. Niña nueva que llegaba, bastaba que él se le pusiera por delante con aire de no verla, para que se volviera loca tratando de obtener una mirada.
Alfredo se hacía el distraído, el difícil. "Ponía la castaña al fuego", como decía él.
No era que le tuviéramos envidia o celos. Aunque algo de eso había también. Más que todo era por la rabia de verlo tan cínico y tan picaflor.
Nunca un entusiasmo le duraba más de tres semanas.
Y las mujeres ¡tan tontas! Siempre yéndose por la pinta, por las apariencias, sin notar lo vanidoso y lo falso que era.
-¡Conmigo va a ser distinto!- parecían creer. Y al mes las teníamos con los ojos rojos, arrancándose a llorar al baño, mientras él le hacía la rueda a su nueva conquista.
La verdad, yo tomaba palco y me importaban poco sus andanzas de Don Juan barato... Hasta que a la Sección Abarrotes llegó Lilí.
No fui el único que se fijó en ella. Era primorosa. Menuda y fina, con una naricita respingada que le daba un aire infantil.
Messina se acordó de repente de una canción antigua que había escuchado no sé a dónde y se puso a tararear:
"Lilí, muñeca de ensueño,
Oh, Lili, oh,Lili, ay lo."
Pero, les duró poco el interés, porque ella se mostró seria y reservada, sin hacerle mucho caso a nadie.
Sí, a ellos les duró poco, pero yo quedé flechado, como se dice. Fue un amor a primera vista.
Y me alegraba mucho de que ella no fuera llamativa ni curvilínea, como le gustaban a Alfredo. Confiaba en que no la descubriera muy pronto. Pero fue ella la que lo descubrió a él.
¿Vale la pena que me extienda en describir el papelón que hizo la pobrecita tratando de interesarle? A veces me daban ganas de zamarrearla, por tonta. Decirle que dejara de dar vueltas alrededor de él, ruborizada y tímida, esperando que se dignara mirarla siquiera. Como una polilla chamuscándose  las alas en el calor de una ampolleta.
Por supuesto, Alfredo ya la había visto. Pero estaba demorándose para interesarla más.
Al final, la invitó a salir.
Todos vimos el cambio que se produjo en ella. Brillaba como si se hubiera tragado un tubo de neón. Y circulaba por la sección con una sonrisa fija, una sonrisa de embobamiento que me hacía mucho mal...
Messina había notado lo que me pasaba y me miraba con un aire entre compasivo y burlesco. Adrede se ponía a tararear la canción, para que yo me diera cuenta de que también por mi parte estaba haciendo el loco.
"Lilí, muñeca de ensueño,
comprenderás mi pasión.
Te quiero, mi alma, mi dulce bién.
Oh Lili, oh Lili, ay lo."
A Alfredo esta vez le duró más tiempo el entusiasmo. ¿Sería porque ella era diferente?
Tan dulce, tan delicada como una flor.
Creo que hasta anduvo un poco enamorado. ¡Como si yo no pudiera comprenderlo!
Una parte de mí sufría por mi amor contrariado y otra parte, más generosa, se alegraba por ella, porque no quería verla sufrir. Pero, nunca creí que la cosa fuera a durar mucho. ¡Conocía tan bien a Alfredo!
Y claro, se corrió la voz de que Verónica había roto su noviazgo con Galvez y estaba libre y de nuevo en circulación.
Ella siempre había sido la secreta frustración de Alfredo. Su argolla de compromiso era como una armadura que la protegía de su asedio. ¡Y ahora estaba libre! La diosa, la hechicera, con sus ojos verdes y su cabellera roja que parecía despedir chispas cuando pasaba.
Fue en la kermess que se hizo en el Casino, para financiar el paseo de fin de año.
Yo no quería ir para no ver a mi Lilí bailando con Alfredo.
No sabía que esa noche se preparaba el destrozo de su corazón. Ignoraba que él ya había planeado su acercamiento a Verónica y que nada ni nadie podría detener la fuerza de su deseo ni impedir el triunfo de su voluntad.
Habían dado las once cuando me decidí a darme una vuelta por el Casino.
Había empezado a llover despacio y las veredas copiaban en sus charcos las luces parpadeantes.
En la puerta vi una figurita menuda, envuelta en un abrigo gris. Me acerqué y vi que era ella.
Contemplaba la lluvia, encogida como un gorrión, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
No necesité preguntar nada para entender.
Adentro estaría Alfredo, bailando con su nueva conquista, olvidado ya por completo de la dulce Lilí, a quién había amado ¡qué record!, por casi cuatro semanas...
Fingí que no veía su llanto y le pregunté:
-Lilí ¿quieres que te acompañe a tu casa? Como ves, fui precavido y traje paraguas...
Y lo abrí, desplegándolo sobre su cabecita húmeda.
No dijo nada. Estaba como adormecida de pena, pero se apartó del umbral y caminó a mi lado, en busca de un taxi.
Vi que una de sus manos estaba desnuda y amoratada de frío.
-¿Perdiste un guante, Lilí?
Se miró la mano sorprendida, como si no entendiera.
Se la cogí tiernamente y la deposité en el fondo de mi bolsillo. La dejó ahí y rápidamente la encogió y la anidó en el calor, como un pajarito aterido.
Caminamos en silencio por la acera mojada. Los árboles refulgían con mil gotas, como enjoyados de diamantes. Busqué la mano de Lilí en mi bolsillo y la apreté sin decir nada.
Me vino a la mente la canción que cantaba Messina, para hacerme burla:
"Mañana tal vez me amarás a mí,
Oh, Lili, oh Lili, ay lo. "

jueves, 7 de junio de 2012

BETTY SE REBELA.

Betty se miró en el espejo, confiando en haber adelgazado mientras dormía. Había soñado que corría kilómetros, perseguida por un rinoceronte.
Pero, sus redondos ojos azules que tantas veces la habían mirado con mal disimulada satisfacción, esta vez se detuvieron críticos en sus mejillas regordetas y en los botones de la blusa que pugnaban por escapar del secuestro de los ojales.
¡Su guardarropas de Invierno había encogido, colgado en el closet!
Los cierres no subían, las faldas no bajaban...¡Oh!
Pero el golpe de gracia lo había recibido el día anterior, en la fila del supermercado, cuando escuchó a dos mujeres que se referían a ella como "la gordita de rojo".
Si se hubiera puesto su otro abrigo, ¿habrían dicho "la flaquita de negro? " No, habrían comentado tal vez "la gorda de negro, a la que no le cruza el abrigo"....
Llamó a Nora, única confidente de sus humillaciones.
-Oye, Nora, esas Clínicas a donde la hacen adelgazar a una ¿crees tú que sirvan de algo?
-No sé, Betty, pero Josefina les tiene mucha fe.
-Pero ¡si ella es delgada!
-Sí, lo que pasa es que ella va a una Clínica donde combaten todas las adicciones: al cigarrillo, a los somníferos, al chocolate...Sí, todas las adicciones, incluso "aquella"-Terminó lanzando una risita que Betty respondió con un gruñido.
¡Para chistes estaba ella! ¡Claro!
Fue a ver a Josefina y le preguntó a boca de jarro:
-¿Tú crees que estoy más gorda?
-¿Más gorda que cuando? ¿Que ayer a esta misma hora?
Betty dio dos pataditas en el suelo y se puso a llorar.
-¡Ay, niña! ¿No aguantas bromas tú? Sí, creo que estás un poquito pasada de kilos.
-¡Josefina, estoy desesperada!. Cada vez que veo a una mujer flaca me falta el aire y creo que me voy a reventar. ¡Necesito hacerme una cura!
-¡Regio! Yo te acompaño.
-¿En serio? Y tú ¿qué harías allá?
-Me sometería a una cura de mi adicción a los somníferos. Aprovecharé que Nestor anda en China, haciendo sus negocios y me voy a internar allá, para que me regaloneen.
Josefina hizo un llamado al Centro médico donde era paciente habitual y reservó habitación para ambas.
-¿Y no será muy caro?
-No te preocupes, Betty. Tú vas como invitada mía.
Ella la miró con agradecimiento no exento de envidia.
En realidad, Josefina tenía problemas de dinero: le faltaba tiempo para gastarlo. Cuando ya creía haber saqueado su cuenta corriente, su amoroso marido le depositaba una nueva remesa. Agradecido, tal vez, de que ella no pusiera objeciones a sus frecuentes viajes...
Llegaron a un enorme edificio en los faldeos cordilleranos. La Clínica era fastuosa y estaba rodeada por parques y jardines y separada del mundo exterior por una alta reja de fierro.
El médico pesó a Betty y soltó un involuntario resoplido, rápidamente seguido por una sonrisa tranquilizadora.
-Todo irá bien, señora. Le recetaré ejercicios moderados y masajes reductores para acompañar su dieta. Aquí la tiene. Como puede ver, las primeras cuarenta y ocho horas sólo ingerirá jugo de rábano. Después pasaremos a las zanahorias y si las cosas van saliendo bien, el fin de semana le agregaremos un huevo duro y alpiste.
A los dos días, Betty no se podía ni mover, a causa de los "ejercicios moderados". Ella no estaba acostumbrada a gastar energías más que en localizar el control remoto para cambiar el canal...
Los masajes tenían su encanto.
Los hacía un joven chino, esbelto y atlético, que dijo llamarse Pin Tun Chang. Eso, en chino mandarín significaba "Esplendor de Oriente". Para corroborar su afirmación, le sonrió mostrando todos los dientes en una sonrisa deslumbradora.
Betty quedó muda.
Mejor dicho, soltó varios gemidos agónicos, mientras "Esplendor" le tiraba brazos y piernas hasta casi descoyuntarla.
Pero, lo peor era el hambre.
Al tercer día la visitó Josefina, que había quedado en otra ala del edificio.
-¡Ay, niña! Te ves fatal.
-¡Y eso que hoy me comí dos zanahorias!
-¡Qué glotona! ¿Y no te cayeron pesadas?
-Sí, ríete no más, mala pécora.
-Oye, Betty. Es que nadie toma la dieta tan a pecho. Descubrí que detrás del gimnasio funciona un mercado negro. Hoy vi a varias gorditas comiendo empanadas de mariscos, escondidas en el vestidor.
-¿Y tú, Josefina? ¿Cómo te va con el tratamiento?
-Bueno, yo tampoco lo tomo tan a pecho. Descubrí que en la pieza del lado está la Pilola Errazuriz. Ella se trajo un neceser con doble fondo, lleno de píldoras. Así es que lo estoy pasando bastante bien. Y detrás del gimnasio venden wisky...
Betty decidió huir.
Llegó caminando distraídamente hasta la reja, para tantear el terreno.
-¿Busca algo, señora?
-Quería salir...
-¡Ah! Pero ¿trajo el certificado médico donde le dan de alta?
-¿Qué dice?
-Que no la puedo dejar salir sin autorización del doctor.
-¡Así es que estoy prisionera aquí! ¡Esto es el colmo!
-Es por su bien, señora. Mire, al principio las pacientes podían salir sin restricciones. Pero se instaló en la cuadra una verdadera mafia de vendedores de cigarrillos, somníferos y chocolates.
Mire, todavía anda por aquí uno de los traficantes...
Y le señaló a un hombre rechoncho, de cara grisácea y párpados a media asta.
-¡Ese es el peor! Le hace al turrón de almendras y a los bombones rellenos... ¡El doctor se las tiene juradas!
Betty se alejó cabizbaja.
Pero se animó al recordar que las enfermeras tenían su vestidor al fondo del pasillo.
Esperó el cambio de turno y como un rayo entró y sacó un delantal y una toca.
Los escondió en su closet y confió en que las sombras de la noche y el cambio de portero en la reja, serían cómplices de su escapatoria.
Salió sin problemas. Previamente había arrojado afuera su maletín, por entre los barrotes.
Lo recogió y caminó, liviana y animosa, las dos cuadras  hasta el paradero de buses.
No le avisó a Josefina, porque ella se habría opuesto.
-¡Así cómo vas a adelgazar, pues, Betty! Si no tienes fuerza de voluntad...
A las mujeres flacas les encanta decir que ellas comen lo que quieren sin engordar un gramo. Josefina era así. Pero, a cambio de haber sido favorecida con un metabolismo de impúber, no podía dormir.
-¿Qué será menos malo?-pensó Betty-¿Una delgada insomne o una gorda acomplejada, pero que duerme bien?
Se bajó en el supermercado y compró un pollo asado y un litro de helado de vainilla.
¡Ah, su postre favorito!  ¡En dos segundos le quitaría de la lengua el asqueroso sabor del jugo de rábanos!
Con un suspiro de alivio, se acomodó en el sillón, con el pote de helado en las rodillas.
-¡Aló, Josefina! Te llamo para decirte que te encuentro toda la razón. ¡No voy a tomar tan a pecho la dieta, de ahora en adelante!

jueves, 31 de mayo de 2012

SE LLAMABA MALU.

Siempre supe que sería escritor.
De novelas policíacas, se me ocurrió después.
Pero, yo quería ser un escritor serio, en lo posible, con un solo cadáver por novela.
Nada de "Diez indiecitos" o "Cinco cerditos"...Por supuesto que admiraba las novelas de Agatha Christie, pero lo mío no era el asesinato en serie.
Tampoco los charcos de sangre ni las muertes violentas. Mi ideal era que la gente asesinada pareciera fallecida de muerte natural.
Y ahí estaría, por supuesto, la pista, el detalle ingenioso que señalaría que eso no era más que una ilusión óptica.
Me cargaban las descripciones sórdidas. En vano, mi editor me rogaba que introdujera otro asesinato en la trama, para acrecentar el suspenso. Yo me negaba y me valía, en cambio, de efectos misteriosos, como cortinas agitadas por el viento, velas que se apagaban de improviso, puertas que crujían sin que nadie las tocara, y cosas así...
Mis novelas se vendían y el editor acabó por aceptar que yo era "hombre de un solo cadáver". Los excesos me parecían de mal gusto.
Claro que la trama de mis novelas no surgía así no más, de la Nada, con un chasquear de dedos.
A veces pasaba semanas con la mente en blanco e insultándome a mí mismo por haber elegido un género tan difícil en vez de haberme dedicado a las novelas de amor.
¡Ahí sí que hay tema de sobra! Es cosa de andar por la calle mirándole la cara a las personas.
De cada cinco, tres van con aspecto de sonámbulos, sumergidos en las angustias deleitosas de eso que llaman Amor. Y que para mí, aquí entre nosotros y no lo comenten, no existe y sólo es cosa de la imaginación.
Bueno, pero volvamos a lo mío.
Para inspirarme, salía muchas noches a deambular por los barrios marginales. Con la precaución, claro, de dejar en la casa el reloj, el celular y la billetera. Me echaba al bolsillo el dinero suficiente para cubrir una emergencia y partía.
Veía borrachos, candidatos al suicidio, mujeres de faldas cortas y desvergüenza larga, traficantes de droga defendiendo su esquina, en fin. Todo lo observaba y lo archivaba en mi mente para usarlo cuando la necesidad lo ameritara.
Así fue como una noche llegué a un barrio, donde una música sugerente brotaba de una casa, cuya puerta permanecía entornada, como invitando.
Entré y vi un salón donde varias parejas bailaban. Los hombres eran en su mayoría conscriptos de franco o turistas persiguiendo "el color local".
Me salió a recibir una chica menuda y gordita que dijo llamarse Malú.
-¿Me pagarías un trago?-me preguntó coqueta.
-¡Claro que sí!
Hizo una seña y un garzón con cara de "cinco años y un día" nos trajo dos vasos. El mío contenía wisky y el de la chica, obviamente, una infusión de té.
Le dije, para entablar conversación, que era casado y que mi mujer andaba de viaje.
Ella sonrió comprensiva y su rostro se llenó de una dulzura poco corriente en lugares de esa índole.
En realidad, Malú tenía un aire de frescura y sencillez y carecía totalmente de la malicia habitual en otras mujeres dedicadas a esa profesión.
Era muy joven y su rostro conservaba una cualidad de inocencia que confundía.
-¿Quieres subir?- me preguntó, poniendo su mano sobre mi brazo.
-No, Malú, gracias. Esta noche no. Conversemos mejor. ¿Te gustaría que pidiera champaña?
Acostumbrada a los vasos de té insípido, sonrió encantada. Seguramente pensó que con ese gasto, la patrona no le reprocharía después su poca maña...
Bebimos el fresco vino espumoso y poco a poco nos fuimos alegrando.
Ella entró en confianza y se puso locuaz. Me contó que era del sur, que su papá criaba ovejas y que tenía un hermano guardiamarina.
Envalentonado, me atreví a preguntarle lo que hacía rato me inquietaba:
-Malú ¿por qué trabajas en esto?
-¡Estoy ahorrando para casarme!
Aquella insólita respuesta me dejó mudo.
Ella continuó, llena de fervor:
-¡Somos pobres! Mi novio es obrero de la construcción. Gana muy poco. Yo, en el día trabajo de dependiente en una farmacia. Con lo que sacamos entre los dos no nos alcanza para comprar los muebles ni nada...El se quiere casar ahora. Soy yo la que prefiere esperar para hacer las cosas bien.
-¿A qué te refieres?
-Que quiero casarme con fiesta y traje de novia. ¡La gente se casa una vez en la vida! ¿No crees?
-Bueno, a veces más de una-le respondí escéptico.
Pero, la verdad era que estaba consternado. Todo lo que me decía me parecía una broma infinitamente triste, un delirio afiebrado. ¿Cómo no medía la real magnitud de su tragedia? ¿Lo grotesco de su situación?
-El no sabe, por supuesto...-aventuré.
-¡Claro que no! Me va a dejar a la pensión todas las tardes. Ahí descanso un poco y a las nueve me vengo para acá. Ya he juntado harta plata. En poco tiempo más podré dejar esta vida.
-¿Y cómo explicarás ese dinero delante de tu novio?
-Le diré que me lo mandó mi papá, de su crianza de ovejas.
Y todo lo decía con una ingenuidad y una simpleza abismantes..
Sus ojos brillaban de amor y entusiasmo cuando hablaba de su novio.
¡El la quería tanto, la respetaba tanto! Se había negado a poseerla antes del matrimonio, aunque ella se le ofreció...Incluso le pedía perdón si, llevado por la pasión, perdía el control sobre sí mismo.
Nunca había creído llegar a escuchar una historia tan trágica y que a fuerza de ser terrible, llegara a ser cómica.
Pasé varias semanas ocupado en una novela y una noche, casualmente, me acordé de Malú.
¿Estaría todavía en aquella casa?
Cuando pregunté por ella, la patrona se quedó en silencio y una lágrima rodó por su mejilla pintada.
El colombiano que servía los tragos me dijo brutalmente:
-¡Se murió la Malú, pues amigo!. Hace ya tres semanas.
-Pero, ¿cómo? ¿La mataron?
-Fue lo primero que se nos ocurrió-continuó el hombre-Pero la autopsia no mostró "daños atribuibles a terceros". Infarto masivo, dijo el forense. Se le paró el corazón y eso fue todo.
Quedé consternado. ¡No podía ser! ¡Era tan joven! Algo tenía que haberle pasado...
Mi mente detectivesca me hizo sobreponerme a mi dolorosa impresión. Llevé a un lado al colombiano y lo invité a un wisky.
Se le soltó la lengua y me contó en detalle lo que había pasado esa noche.
-Llegó un hombre preguntando por ella. Era un tipo rudo, musculoso. Se me ocurrió un obrero de la construcción, tal vez porque le vi cal en los zapatos, no sé...
-Preguntó por ella, como le digo, y subió a verla. Bajó al poco rato y se lanzó a la calle, corriendo como un loco. Lo perseguí, pero se me perdió en las sombras. Subí a verla a ella, temiendo una desgracia.
-La encontré sentada en la cama, con la cabeza doblada sobre el pecho.
-¡Malú! ¡Malú! ¿Estás bien?
Al remecerla, se me cayó en los brazos. Estaba muerta.
-Para mí es un misterio-continuó el cantinero, después de eructar ruidosamente-¿Quién era ese hombre? ¿Qué vino a decirle?
No le contesté y me fui, luego de pagar el consumo.
Yo lo tenía bien claro.
Alguien que conocía al novio, la vio en esa casa y no dudó en prevenirlo. El fue a confirmar la horrible sospecha. ¿Qué le dijo? ¿Qué insultos soeces reemplazaron a las palabras de amor?
El corazón de Malú no soportó el impacto. Su mente, incapaz de procesar la magnitud de su desgracia, le ordenó que dejara de latir. Y su vida se detuvo, mientras el agresor huía.
Fue un asesinato, está claro. Pero la víctima murió de muerte natural.
Una paradoja digna de una novela policial. De las que a mí me gustan, sin sangre, sin estridencias...Y con un sólo cadáver en la trama.