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jueves, 15 de marzo de 2012

UN CUENTO DE RADIO.

En la Radio me habían dado un programa de Crítica Literaria, de media hora. No era gran cosa y me pagaban poco, porque se suponía que no tenía mucha audiencia. La mayoría de la gente encendía su receptor a las nueve, cuando Helvecia Caviedes iniciaba su espacio de horóscopos y predicciones apocalípticas.
De todos modos, llegaban algunos mails felicitándome o consultándome sobre autores  más o menos desconocidos. Esos que en Buenos Aires leían todos pero aquí llegaban de vez en cuando. Total, para qué molestarse si está visto que Chile no es un país de lectores...
Recibía algunos mails, digo, y los contestaba en el aire, al final del programa. Por eso me sorprendió que me llegara una carta por correo. ¡Ya nadie escribía cartas!
Era un sobre blanco, chiquito, con una letra menuda. Todo bien femenino.
Me eché la carta al bolsillo y sólo me acordé de abrirla al llegar al departamento, donde desde hacía seis meses ya, pesaba la ausencia de Mariela.
Me salió a recibir el gato, maullando dulcemente y restregándose contra mis piernas. Le dí su leche y le rasqué detrás de las orejas, como a él le gustaba.
-¡Hola, Toribio! ¿Qué tal?-y él lanzó un ronroneo satisfecho que me confirmó  que por fín había dejado de extrañarla a ella.
Ahí recién me acordé de abrir la carta. La firmaba Elena y en ella me decía que era una fiel auditora de mi programa. Que le gustaba mucho leer y escribía también un poco.
Agregaba que mi voz le gustaba mucho y que la hacía imaginarme al lado suyo, tomando un café, mientras conversábamos de libros.
En resumen, la típica carta de mujer solitaria con la mente echada a perder por tanta lectura de novelas románticas.
Me daba su dirección, por si quería contestarle.
Al principio, no tuve la intención de hacerlo pero a la mañana siguiente, mientras analizaba frente al micrófono el último libro de Vargas Llosa, imaginé a Elena, atenta al lado de la radio, escuchándome con fervor.
Me di cuenta de que sin querer, me había hecho una imagen de ella. Bajita, delgada, de melena castaña y ojos grandes y tristes, verdosos tirando a gris. ¡Cosas que a uno se le ocurren!
Incluso, empecé a imaginar la casa en que viviría. Una de esas antiguas, del barrio Estación Central, con mampara de vidrio y patio interior con maceteros.
¿Con quién viviría Elena? ¿Qué edad tendría?
No manejaba el computador, se había quedado en la época nostálgica de las cartas manuscritas. Así es que tendría entre treinta y cinco y cuarenta años...Viviría con una tía vieja, hermana de su madre, y ambas se harían compañía. No habría hombres en la casa, pero Elena colgaría en la percha del recibidor un abrigo y un sombrero de su padre difunto, para infundir respeto a los  que atisbaran a través de la mampara.
Y fue a esa mujer chiquita, de melena castaña, a la que le contesté y con quién inicié una correspondencia que duró unas semanas.
Ella me mandó unos versos suyos y me sorprendió la delicadeza de las imágenes , nada de vulgares y la construcción moderna, libre de los sonsonetes y las rimas de antaño.
Correspondían absolutamente a la imagen que me deleitaba en forjar, de la mujer frágil de ojos tristes, sentada escribiendo en un sillón de mimbre, en un patio interior lleno de plantas.
La tía, mientras, tocaría en el piano algún vals de Strauss, con sus dedos que ya empezaban a ponerse rígidos por la artritis.
Al fin, ella me citó en un café del centro.
Me escribió que ya era tiempo de vernos en persona y fiel a sus fantasías románticas, ideó que para reconocernos, ella iría con un vestido azul y yo llevaría un libro en las manos. ¿Qué me parecía?
¡Bien, por supuesto! Le contesté de inmediato y quedamos en el Martes de la semana siguiente.
Llegué al café semi vacío a esa hora y puse ostensiblemente sobre la mesa un libro de Cortázar.
Entró una mujer alta, morena, vestida de azul claro. Mientras avanzaba hacia mí sonriendo, movía con donaire un cuerpo bien formado, de curvas llenas.
Me sentí totalmente decepcionado, incrédulo más bien.
¿Esa era Elena? ¿Esa la dulce mujer melancólica que escribía versos?
Ella no pareció notar mi desazón y se sentó a la mesa con desparpajo.
-¡Hola, Genaro! ¿Qué tal?
Tomamos café y conversamos largo. Ella era vivaz y simpática, no podía negarlo. Su charla inteligente me envolvía. Pero, mientras la miraba, una melancolía persistente se iba adueñando de mi alma y veía retroceder hacia el olvido la tierna imagen de la mujer de ojos grises, que se iba diluyendo de a poco en una bruma de desilusión.
Nada correspondía al tenor de sus cartas ni de sus versos.
Me había traicionado la imaginación, eso era todo.
Traté de sacudirme esos pensamientos y disfrutar de la compañía de Elena.
No podía negar que era atrayente con su pelo crespo color azabache y los graciosos movimientos de sus manos y de sus hombros mientras hablaba. Sus ojos casi negros me miraban coquetos y ansiosos de agradarme.
¡Sería un tonto si me dejaba embargar por la decepción y no disfrutaba de su compañía!
Nos despedimos quedando de juntarnos la semana siguiente en el mismo café.
Al llegar al departamento, busqué las cartas que había dejado entre las páginas de un libro.
Con Toribio ronroneando a mis pies, las leí de nuevo y volví a sentir que algo no encajaba.
O era yo el  necio romántico que había compuesto una imagen de mujer que se ajustaba a mis sueños.
Sin ningún asidero, había creado un ser correspondiente a mis anhelos profundos. Alguien totalmente diferente a Mariela, que me había dejado el corazón maltrecho y ansioso de un poco de paz y de dulzura.
Nos juntamos de nuevo y disfruté mucho de su charla.
 Una vez más rechacé hacia el fondo de mi pensamiento la imagen de la muchacha frágil de melena castaña. Esta vez me costó menos hacerlo y sentí que la vivacidad de Elena y su atractivo sensual iban ganando terreno en mi corazón y desplazando a la otra...
Súbitamente, el Lunes en la Radio me entregaron una carta.
Sobre blanco, letra menuda, igual que la primera vez.
La abrí de inmediato, confundido.
En ella, Elena me decía que ya estaba mejor y que ese día le daban de alta en la Clínica.
Le había pedido a una enfermera que pusiera en el correo esa carta.
¡Lamentaba tanto no haber podido asistir a nuestra cita en el café! Pero confiaba en que su amiga Olivia me habría dado el recado...
Habían pasado tres semanas desde que se enfermó y esperaba que yo no la hubiera olvidado. Al día siguiente ya estaría de vuelta en su casa, pero el doctor prescribía reposo por una semana más.
¿Sería mucho pedirme que fuera a verla? La dirección estaba en el reverso del sobre...
 Era una callecita corta en el Barrio Estación Central.
Me abrió la mampara una anciana que se presentó como su tía Amanda. Cruzamos un salón medio en penumbra en el cual distinguí un piano. Al final de una galería se abrió una puerta y llegamos a un patio interior lleno de plantas.
Allí, sentada en un sillón de mimbre y con las rodillas abrigadas por un chal, estaba una mujer menuda, de melena castaña y de ojos grandes y tristes, verdosos tirando a gris.
Su rostro se iluminó al verme. Hizo ademán de levantarse y de su regazo cayó un cuaderno de versos.
-¡Genaro! ¡Qué gentil ha sido en venir!  ¡Al fin podemos conocernos!

lunes, 12 de marzo de 2012

CADENAS DE AMOR.

¿Cómo pudimos terminar tan distanciados, nosotros, que nos creíamos unidos de por vida?
Un día lejano, cuando teníamos poco más de veinte años, me dijiste:
-"Tú y yo estamos atados por una cadena indestructible. Por muy distantes que estemos, cualquier movimiento de uno tirará de los goznes que aprisionan al otro."
Frases bonitas que dicta aquello que creemos amor pero no es más que una ilusión.
Un encantamiento que mantiene su magia a través del tiempo, como una atmósfera sutil que envuelve.
Es como el caer de la tarde sobre un parque en Otoño. La penumbra azul permanece intacta y atardece eternamente sin anochecer jamás.
Así fue la nostalgia que acompañó nuestra juventud.
Cuando nos separamos, fue sencillamente porque nuestro amor era sólo un pálido sentimiento sin sangre. Entonces me dijiste:
-¿Quién llorará por nosotros?
Nadie, por supuesto.  Nadie lloró por nosotros. Pero, tú o yo  ¿realmente lloramos por nuestra separación?
La Vida tuvo más fuerza que nuestros sentimientos pusilánimes. Eso fue todo. La mayoría de las veces, el Destino no es lo que nos pasa sino lo que nosotros hacemos.
Ahora te mantienes distante. Apenas te he visto en el último tiempo.
¡Cómo ha cambiado el muchacho flaco de cabello negro caído sobre la frente!
Ahora eres un hombre canoso que se enamora de jovencitas...
Hace años te divisé en una tienda, acompañado de una muchacha fea.
Fue otro encuentro en que aún parecía actuar la magia, pero sólo se trataba de una casualidad prosaica.
Yo me miraba en un espejo, probándome un abrigo, y de pronto, desde lejos, en otro extremo de la tienda, tú también te reflejaste en él.
Te vi con aquella joven y supuse que estabas comprándole ropa. Traté de sentir desdén, pero se me doblaron las piernas a causa de la emoción de verte.
¿Y tú y yo somos esos  mismos que un día creyeron amarse para siempre?
¿Los que a lo largo del tiempo siguieron cruzando puentes y derribando muros para encontrarse una vez más?
 El cinismo y la decepción que acompañan la Vida nos ha convertido en dos extraños.
Nuestro amor se trasformó en una amistad insípida, como una sopa apenas tibia, que se toma sin apetito.
Después de todo, no era una cadena la que amarraba nuestros destinos. Era apenas un hilo sutil, delgado como el que tejen las arañas, y la Vida se encargó de cortarlo con su tijera fría.

SOMBRAS EN LA LLUVIA.

Empezó a llover temprano y cuando al anochecer dejé la oficina, ya las calles estaban inundadas.
Unos pocos transeúntes se apresuraban bajo sus paraguas. Otros, sorprendidos por la lluvia, corrían cubriéndose la cabeza con el diario de la tarde.
En el paradero de buses, vi a una joven solitaria. Estaba sentada inmóvil con las manos sobre su regazo y miraba caer la lluvia con semblante tranquilo.
Pasaron varios buses y no vi que tuviera intención de subir a ninguno. Notando que oscurecía , me senté a su lado y le hablé:
-Disculpe, la veo muy sola y ya cae la noche. ¿Puedo ayudarla en algo?
Se volvió hacia mí sonriendo y me respondió serena:
-En realidad, no estoy aquí. Alguien está pensando en mí y me sitúa en este paradero, porque fue el lugar donde nos conocimos.
-¡No le entiendo!-exclamé turbado.
-Quiero decir que sólo soy un recuerdo. El me trajo aquí con la fuerza de su nostalgia y me quedaré durante el tiempo que esté pensando en mí. Eso es todo.
Poco a poco, su figura empezó a palidecer y a diluirse en la penumbra.
-¿Lo ve? El ahora se ha dormido o tal vez, sencillamente, me ha apartado de su pensamiento.
Su rostro dulce y triste se volvió hacia mí  y clavó en mis ojos los suyos, melancólicos.
Al minuto siguiente, no estaba.
Creí haber tenido una visión. No era posible aquel diálogo absurdo, como no fuera en un sueño.
Había leído que uno puede dormirse por dos o tres segundos, incluso estando de pié, y soñar. ¿Sería eso lo que me había pasado?
No volví a ver a la joven en el paradero de buses durante toda una semana. Hasta que volvió a llover.
Entonces la encontré en el mismo lugar. Llevaba el abrigo gris y la boina de la vez anterior y su cabello oscuro caía húmedo sobre sus hombros.
-¿La están recordando de nuevo?-le pregunté un poco escéptico.
Ella me miró serena y con la misma sencillez de antes, replicó:
-Fue un día de lluvia en este paradero, donde nos encontramos por primera vez. Por eso, cuando llueve, él piensa en mí y la fuerza de su anhelo me trae al lugar donde nos conocimos.
-Y si la quiere tanto ¿por qué en lugar de recordarla no la busca?
-Porque no hay ningún lugar sobre la tierra donde pueda encontrarme.
-¿Quiere decir que usted ya no existe?
-Sí, eso quiero decir. Han pasado dos años desde mi muerte y sé que me va olvidando. Lucha por no hacerlo, pero la fuerza de la Vida lo vence y pronto borrará mi imagen de su memoria.
-¿Por qué dice eso?
-Porque lo siento. ¿Usted no lo ve? ¿No nota acaso que mi figura se vuelve difusa? Mi recuerdo va palideciendo en su mente y cada vez le cuesta más visualizar los rasgos de mi cara.
La miré y noté que era cierto. Su cuerpo se había vuelto casi transparente. A ratos se confundía con la penumbra del anochecer y veía a través de él los troncos de los árboles mojados por la lluvia.
-¡Mejor es que me olvide!- continuó-EL es joven y amará de nuevo.
Pero contradiciendo ese deseo, una lágrima resbaló por su mejilla.
-Debiera alegrarme al ver que de a poco se ha ido liberando de su pena, y sin embargo sufro.
Todos los que me quisieron me van olvidando. Nadie me recuerda ya con la fuerza suficiente para traerme a este mundo.
Lentamente su imagen se disolvió en la lluvia. Lo último que vi fueron sus ojos, grandes y tristes, que se confundieron con la penumbra color violeta del anochecer.
No volví a hablar con ella.
Sólo una vez más creí divisarla sentada en el paradero. Apenas se distinguía  y cuando quise acercarme, se diluyó como un jirón de niebla.
Nunca más volví a verla y comprendí que la habían olvidado.

viernes, 9 de marzo de 2012

O QUIZAS SIMPLEMENTE.... (En el Día de la Mujer)

José amaneció más desanimado que nunca en los últimos meses.
¡Había escuchado en la radio que ese era el Día Internacional de la Mujer y no tenía ni un centavo para comprarle una flor a Ruby!
Había quedado sin trabajo por "reducción de personal", la típica frase de consuelo que no le sirve a los desconsolados.
Llevaba tres meses mandando currículums y haciendo fila bajo el ardiente sol, frente a los locales comerciales donde se requería un dependiente. Marzo no era el mejor mes para encontrar trabajo pero sí para pescar una insolación recorriendo las calles de la ciudad hostil.
¡Y lo peor había sido dejar de ver a Ruby!
Ella era la recepcionista de la Empresa y cada mañana, al entrar, veía su dulce rostro sonriéndole detrás de su escritorio.
Era cierto que le sonreía a todos, pero José, con la vista algo nublada quizás por la emoción, había creído notar que los ojos de ella resplandecían más al verlo llegar a él...
Sin embargo, ¡su puesto era tan humilde, de tan baja categoría!  Mensajero de la Gerencia, nada más.
Nunca se había atrevido a hablarle. Sabía que había muchos que la admiraban y todos tenían más posibilidades de salir con ella. ¿Cómo invitarla si su sueldo apenas le alcanzaba para vivir y ayudar con unos pocos centavos a su madre?
Y así se había debatido, semana tras semana, entre sus dudas y su ilusión de gustarle un poco, entre su anhelo de hablarle y la inseguridad que le causaban su magro sueldo y su ropa gastada.
Y entonces vino lo peor. ¡Lo despidieron!
Así, sencillamente, como quién da vuelta la página de un libro. ¡Pero era el Libro de la Vida de José ! Y automáticamente la página siguiente quedaba en blanco... O en negro, porque así vio él su futuro de ahí en adelante.
Ahora era El Día de la Mujer y no tenía dinero con qué comprarle a ella una rosa.
Porque ese era el sueño acariciado aquella mañana sin esperanzas. Llegar al escritorio de Ruby con una rosa roja y entregársela como homenaje. ¿Quién otra sino ella era la encarnación de La Mujer en toda su dulzura y su belleza?
Ella sonreiría y entonces él sacaría la voz desde el fondo de su timidez y le diría no sabía qué cosa, pero algo que le hiciera comprender cuanto la amaba y cómo pensaba en ella cada día.
Se le vino a la mente la canción de Leonardo Favio:
"cuando venga mi amor, le diré tantas cosas, o quizás simplemente le regale una rosa..."
Y vio en ello su salvación.
Se afeitó rápidamente, peinó con pulcritud su cabello castaño y se lanzó a la calle.
Subió al primer bus que encontró y con un gesto humilde, le pidió permiso al chofer para recorrer el pasillo.
Entonces se puso a cantar la canción de Leonardo Favio.
 Al principio, los pasajeros lo miraron indiferentes, pero muy pronto los cautivó su voz juvenil y su agradable rostro, arrebolado por la emoción. Le llovieron las monedas en su mano extendida.
En el siguiente bus, fue lo mismo. Vencida la humillación y la vergüenza, las frases brotaban de su corazón enamorado y subían a sus labios con facilidad como si no hubiera hecho otra cosa que cantar para ganarse la vida.
Cuando creyó haber reunido el dinero suficiente, se dirigió a un puesto de flores. Allí pidió la rosa roja más bella, rodeada de ramitas de lavanda y envuelta en celofán.
Entró a la Empresa y desde lejos divisó a Ruby. Sobre su escritorio había un enorme canastillo de rosas que perfumaban todo el pasillo. Regalo sin duda de otro admirador más pudiente....
Se le encogió el corazón y miró su rosa que tanto esfuerzo le había costado comprar y que ahora le parecía pobre y deslucida.
Iba a dar media vuelta y salir, cuando ella lo vio y su rostro se iluminó como cuando el sol sale detrás una nube.
José avanzó hacia ella y mientras lo hacía, vio como Ruby iba empujando disimuladamente con el codo el ostentoso canastillo de rosas , hasta que cayó en el papelero.
El le extendió su flor y ella la apretó contra su pecho.
Le sonrió entre lágrimas y fue como ver el arcoíris resplandecer entre la lluvia.
José sintió que no era preciso hablar y en su corazón resonaron las palabras de la canción de Favio:
"....le diré tantas cosas o quizás simplemente le regale una rosa..."

miércoles, 7 de marzo de 2012

AÑORANZA.

Recuerdo la primera vez que fui a su casa.
La había llamado antes desde un teléfono público, luchando con las monedas y mi ansiedad adolescente.
Luego subí a su departamento.
Me abrió su madre y pareció sorprenderse. Maquinalmente, dirigió su mirada a mis manos. Tal vez pensó que era el chico del almacén que llegaba con algún pedido...
Pero Lucy rompió aquel impasse algo bochornoso, saliendo de su dormitorio ya enfundada en su abrigo y su boina. Me tomó de un brazo y me arrastró hacia la escalera.
-¡Vuelvo pronto, mamá!- gritó por sobre su hombro.
Luego me miró a la cara y soltó una risita entre satisfecha y burlona.
-¡Así que viniste!
Me atrevería a decir que yo temblaba un poco. Pero me sentía feliz y dócil, blando y entregado a todo lo que ella quisiera hacer con mi vida.
Cuando llegamos a la calle, desde el café de la esquina surgía a todo volumen la canción de Carl Dobskin: "MI corazón es un libro abierto".
Y así fui atesorando durante treinta años, los recuerdos que tenía de Lucy.
¿Qué fue ella para mí?
¿La puerta de entrada a mi juventud, con todos sus violentos anhelos y su melancólica añoranza?
No. Fue más bien un largo pasadizo entre mi adolescencia y mi madurez, que recorrí imaginariamente de su mano. Lleno de luces y de sombras, de música y silencio, de tormento y felicidad.
Nuestro romance fue muy corto. Sólo duró el último año de enseñanza media. Pero me quedó indeleble en el olfato el olor que emanaba de ella, una mezcla de abrigo húmedo por la lluvia y de polvos compactos "Angel Face".
Cuando nos abrazábamos en el parque aquel Invierno gris, cuando yo besaba sus labios y rápidamente la capa de pintura con sabor a frambuesa se diluía en mi boca..., ella no sabía, o tal vez sí, sabía muy bien lo que esos momentos significaban para mí.
La lluvia mojando lentamente los prados, sus cabellos castaños escapando de la prisión de la boina...Y ella riendo mientras me arrastraba bajo un árbol para que nos refugiáramos de un chaparrón.
A fin de año dimos la Prueba para entrar a la Universidad. Ella quedó inscrita en Provincia. Yo permanecí en Santiago y su presencia corpórea pasó a ser un evanescente fantasma que rondaba mis días.
Y así pasaron los años. ¡Treinta años dedicados a su recuerdo! A seguirla con la imaginación, a suponer encuentros y diálogos que nunca se producirían.
Supe que estaba de novia con Jaime, un amigo común de nuestra infancia.
Me llegó un parte de matrimonio y por supuesto no asistí.
Pero seguí caminando por la vida amarrado a su recuerdo, viéndola siempre como había sido entonces. En esos días en que era mi amada, la chica de la boina. ¡Tan delgada bajo su abrigo! Frágil pero fuerte, dulce pero tiránica. ¡Lucy!
Un día se me ocurrió volver al departamento donde aún vivía su madre.
La llamé y le dije que hacía años tenía un libro de Lucy, que sabía que era muy preciado para ella y quería devolvérselo. ¿Le parecía bien que me dejara caer por ahí esa tarde?
No me recordaba, pero aceptó que fuera hacia las cinco.
Había enviudado y vivía sola, con una empleada de confianza.
¡Con qué emoción volví a subir aquella escalera hasta el cuarto piso!
En cada peldaño, un  gesto de Lucy, un mohín caprichoso, un beso mío esquivado por ella con petulante indiferencia...
Me abrió la puerta una anciana pequeña, vestida de gris.
No sé por qué me recordó a una crisálida. Sólo que de esa crisálida no había tiempo ya para que naciera una mariposa. O tal vez sí, cuando ella muriera, se desplegarían dos alas de multicolores reflejos. ¿Acaso morir no es nacer a la inversa?
Le entregué un libro mío, cualquiera, tomado al azar de mi biblioteca.
La anciana llamó a la señora que permanecía en la cocina y ella apareció prontamente con una bandeja con dos tazas y un plato de galletas.
Me habló de Lucy. Vivía en Valparaíso, tenía dos niños y ejercía la abogacía en un estudio particular.
Pero todo lo que me contaba, me resultaba irrelevante. Lucy seguía viviendo en mí con sus dieciseis años, efervescentes y melancólicos. Y la vida con sus prosaicos sucesos no podía alterar esa imagen.
Mientras la anciana hablaba, yo recorría con la vista el departamento.
Allí estaba, como siempre el piano, donde ella tocaba con un dedo "La polka de los perros", el reloj carillón que anunciaba cada cuarto de hora con los acordes de un vals y el cuadro pintado por una tía de Lucy, ingenuo y feo, con su barca entre los juncos y su convencional atardecer arrebolado...
Me despedí de su madre con un beso en la mejilla, que a ella la sorprendió y luego le arrancó una sonrisa.
Me había casado también, por supuesto, durante aquellos años en que añoré a Lucy. Mi carrera desembocó del Periodismo en la Novela, con relativo éxito.
Aquellos treinta años invertidos en su recuerdo, siguiéndola con la imaginación en cada minuto, habían sido como una doble vida que se desarrollaba fantasmalmente en un territorio azul, entre los sueños y la nostalgia.
Una tarde estaba parado en una esquina del centro, acompañado de Diego. El había sido compañero de curso de Lucy y mío, y yo había conservado su amistad, aunque nos frecuentábamos poco.
De entre los escasos transeuntes que circulaban a aquella hora, vi venir hacia nosotros a una mujer gris y anónima, de aspecto avejentado. Nos miraba fijamente y por eso llamó mi atención.
Al pasar junto a Diego sonrió e hizo un gesto de saludo. Luego me miró a mí y noté en su cara una expresión suspensiva, como si esperara que yo dijera algo.
Como no sabía quién era, incliné la cabeza y me toqué el ala del sombrero con deferencia.
Por su rostro descolorido cruzó una rara mezcla de ironía y decepción.
Pasó de largo y se perdió entre la gente.
-¡Qué desmejorada está! ¿No crees?
-No sé quién es. No sabría decirte...
-¡Es Lucy! Por favor...¿Cómo no vas a acordarte?

lunes, 5 de marzo de 2012

DOS AMORES.

Habla Verónica:
Un día de lluvia estuve parada frente a tu casa.
No llevaba paraguas y pronto mi pelo y mi chaqueta estuvieron empapados. LLoraba y las lágrimas se confundía con las gotas de lluvia que rodaban por mi cara.
Si hubieses abierto la puerta y me hubieras visto ahí, no habrías sabido que era llanto el que corría por mis mejillas. Pero yo sí distinguía su sabor salobre en mis labios.
¡Por supuesto que no ibas a abrir!.
Estarías sentado frente al fuego de la chimenea, leyendo algún diario  vespertino y frente a ti, ella, con un libro abierto sobre su regazo. Se mirarían y sonreirían.
¿Por qué iban a abrir la puerta para ver a esa mujer empapada de lluvia y de llanto, parada en la vereda , acechando su casa?
Cuando me dejaste, lo hiciste con ese modo discreto y leal con que lo hacías todo.
Me dijiste que te ibas a casar. Que siempre supiste que tu verdadero amor era Paula, una joven de tu ciudad. Que partías a buscarla porque estabas seguro de que ella te estaría esperando.
Tiempo después supe de tu matrimonio.
Un conocido mencionó frente a mí donde vivías y empecé a ir a rondar tu calle al anochecer. Sólo para ver las ventanas iluminadas de tu casa y adivinar tu presencia tras las cortinas.
Escondida en las sombras de un portal, te vi llegar muchas veces.
Al escuchar tus pasos, ella abría la puerta y se abrazaban en el umbral.
¿Por qué buscaba hundir más el puñal que atravesaba mi pecho?
Quería sacarte de mi vida y pensaba que contemplando una y otra vez tu felicidad,  perdería toda esperanza.
Pero, mi dolor persistía y me atormentaba como una quemadura.
Una tarde de Martes, me acuerdo bien porque yo volvía del dentista, vi a un hombre delgado, de cabello gris, parado frente a tu puerta. Un instante después salió Paula y lo hizo entrar. Los vi abrazarse en el umbral de la puerta, tal como ella te abrazaba a ti.
Estuve rondando más de una hora hasta que lo vi salir. Aun era muy temprano para que tú llegaras.
Decidí ir el Martes siguiente a apostarme en mi escondite y vi de nuevo al hombre canoso entrar en tu casa.
Se iba una hora antes de que tú llegaras. Me di cuenta de que esa era la rutina de su engaño.
Luego, más tarde, ella salía  a recibirte con un beso y yo la odiaba por cínica y por hipócrita.
¡Por esa mujer que te traicionaba me habías dejado a mí!
¡No podía permitirlo!
Te mandé a la oficina una nota, desfigurando mi letra, adonde te advertía de la rutina de los Martes.
"No puedo permitir que lo traicionen así. Usted es un buen hombre"
y firmé como "Un amigo"
Me arrepentí después. Me sentí ruin y vengativa. Comprendí que había querido desquitarme de tu abandono. Y que no lo había hecho por ti sino por mi propio interés, pensando que con el tiempo me buscarías para que te ayudara a olvidar tu desengaño.
Me horrorizó mi acción. No quise conocer el desenlace de lo que había hecho, y me alejé de tu vida para siempre.
......................................................................................
Habla Esteban.

Me dolió dejar a Verónica porque sabía que me quería de veras, pero yo nunca le había prometido nada.
Nuestro amor fue la  pasajera aventura de dos compañeros de Universidad. Sabía que apenas me recibiera, correría a buscar a Paula.
Nos casamos unos meses después.
¡Éramos tan felices!
No quería que ella trabajara porque su salud era delicada. Quería que se fortaleciera para que pudiéramos cumplir el sueño de tener un hijo.
Además me hacía dichoso saber que me esperaba cada tarde, al volver de la oficina. Antes de que alcanzara a poner la llave en la cerradura, abría la puerta y se arrojaba en mis brazos.
Hasta ese día en que recibí el anónimo.
Pensé que era una infamia, un invento de alguien que envidiaba mi felicidad. Incluso pensé en Verónica, pero de inmediato deseché la idea. ¡Ella no sería capaz de herirme así!
 Me atormentaban las dudas. Paula se mostraba dulce y cariñosa como siempre. Y su pasión era la misma, cuando la tomaba en mis brazos cada noche.
Al fin decidí comprobar la falsedad del anónimo.
Un Martes, salí más temprano de la oficina y me aposté en la puerta de un edificio, desde el cual veía mi casa.
Cerca de las cinco, un hombre extremadamente delgado y canoso tocó el timbre. Lo hizo en forma huidiza ,como temiendo ser visto. Paula lo invitó a entrar de inmediato y era evidente que lo  estaba esperando. Su alegría al verlo me hizo desfallecer. ¡No podía creerlo!
Me quedé una media hora inmóvil, paralizado por la impresión. ¡Y el anónimo decía que era la rutina de todos los Martes!
Crucé la calle y abrí la puerta con mi llave. Estaban sentados a la mesa tomando té.
  Al verme, ella se sobresaltó y parándose, vino de inmediato a mi encuentro.
El se levantó con un aire triste y resignado y se quedó inmóvil junto a la mesa.
-¡Este es Juan, mi hermano!-exclamó Paula.
-¡Nunca me dijiste que tuvieras un hermano!-le respondí sarcástico.
-Es que Juan estaba preso y no quería que te avergonzaras...¡Pero ahora ya cumplió su condena y ha estado viniendo a verme!
-¿Por qué no me lo dijiste?
Tuve que sentarme, porque mis piernas se doblaban.
-Mi amor ¡perdóname! ¡No quería que lo vieras así, tan desmejorado! Quería que se recuperara primero, que consiguiera un trabajo para que comprara ropa...¡No quería que lo despreciaras, porque él es bueno! ¡Es bueno a pesar de todo!
Y rompió a llorar como si su pobre corazón fuera a estallar de angustia.
La cogí por la cintura y la senté en mis rodillas. Ella puso su carita en mi cuello y lo empapó con sus lágrimas. Yo oculté en su pecho mi rostro enrojecido por el alivio y la vergüenza.
Juan me miraba dudoso. Reparé en su terno raído y en las arrugas de su camisa gastada. Era indudable que se sentía humillado e hizo ademán de irse.
-¡No, Juan! ¡No se vaya!
Lo que haya hecho, ya lo pagó. Y no tiene que explicarme nada.
¡ Ahora debemos hacer algo para remediar su situación!.
Paula le dará algún traje mío...¡Y el Lunes, sin falta, vaya a verme a mi oficina !