Bienvenidos a Mi Blog

Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



viernes, 17 de febrero de 2012

LA MERIENDA DE JUAN.

Un día, mi hermano Juan se fue de la casa, después de una fuerte discusión con mi madre.
Ella lloró mucho y esperó en vano que él volviera.
Día tras día, noche tras noche, yo la veía con el oído atento al ruido de sus pasos en la vereda, al sonido de su llave en la cerradura.
Comíamos en silencio.
Ella ponía un plato y un cubierto en el puesto de Juan. Y a medida que comíamos, se iba poniendo cada vez más triste. Lavaba los platos en silencio y subía a acostarse.
Pero una noche, cuando me estaba poniendo el piyama, la escuché bajar y me sorprendió oír ruido de vajilla en el comedor.
Bajé a ver qué hacía.
Había puesto en la mesa un vaso de leche y un plato con un pan.
-Es para él-me dijo-Podría llegar tarde y con hambre.
Luego se acercó a la puerta de calle y la dejó apenas junta.
-¿No crees que es peligroso, mamá, dejar la puesta sin picaporte?
-No, hijo. ¿Quién querría hacernos daño? Y tal vez Juan ha perdido su llave...
No quise contrariarla. Vivíamos en un barrio tranquilo y nuestra casa era modesta. De lejos se notaba que teníamos bien poco que robar.
En la mañana ella se levantó  temprano y la vi desilusionada al ver intacta la merienda de Juan.
-Anoche no llegó-me dijo- ¡Pero sé que él vendrá!
Y siguió noche a noche con su ritual de amor y de nostalgia.
Hasta que una mañana, cuando bajó al comedor, la escuché dar un grito y luego llorar.
Pero no lloraba de pena sino de alegría.
El vaso estaba a medio llenar y del pan sólo quedaban unos pedazos.
-¡Juan vino! ¡El vino! ¿Ves que yo tenía razón? Tiene hambre y no se atreve a venir de día. ¡Seguro que piensa que no lo he perdonado!
A mí me sorprendió y me preocupó mucho el asunto.
Sabía que no podía ser Juan.
Hacía unos meses me habían llamado del cuartel de policía. Me condujeron a la morgue.
Sobre una loza vi el cuerpo de mi hermano. Flaco pero sereno, con una semi sonrisa en los labios.
Organicé el sepelio sin que lo supiera nadie. Mi madre tenía el corazón débil y una noticia así la mataría.
Fingí creer que era Juan el que había venido, pero esa noche, cuando supuse que ella se había dormido, bajé despacito y me senté en un rincón del comedor, en un sillón que quedaba totalmente en la sombra.
La débil luz que arrojaba el farol de la calle caía sobre la mesa e iluminaba escasamente la merienda preparada por mi madre.
Pasadas las doce, escuché crujir débilmente la reja del jardín y luego la puerta se abrió sin hacer ruido.
Un hombre joven y flaco entró en puntillas y se sentó a la mesa. En la penumbra pude ver que iba pobremente vestido, casi harapiento. Llevaba el pelo largo y desgreñado y una barba de varios días oscurecía sus mejillas hundidas.
Tomó leche y comió pan, pero vi, sorprendido, que dejaba una parte de ambas cosas.
Se limpió la boca con el dorso de la mano y salió tan silenciosamente como había entrado.
Mi madre estaba ilusionada.
-¡No se atreve a venir de día, pobrecito! Pero al ver que le dejo éstos alimentos comprenderá que todo está olvidado y que lo espero con amor. ¡Ya verás como una mañana viene y me despierta con un beso!
Vivió en la dulce esperanza hasta que un día, su corazón debilitado no quiso latir más.
La llevé a la clínica y esa noche murió con mi mano entre las suyas y con el nombre de Juan entre los labios.
Volví a la casa destrozado, pero no me olvidé de poner el vaso de leche y el pan sobre la mesa.
Como cada noche, me escondí en la sombra y esperé al desconocido.
Vino y cuando estaba comiendo lentamente su trozo de pan, le hablé en voz baja:
-¡No se asuste! No voy a hacerle daño.
Se sobresaltó y quiso huir, pero lo detuve poniendo la mano sobre su hombro..
-Noche tras noche te he visto venir. ¿Por qué crees que ahora te querría hacer daño o llamar a la policía? Sólo quiero saber quién eres.
-Me llamo Juan-me respondió ya más tranquilo-No tengo casa. Duermo bajo el puente. Una noche al pasar frente a su casa, vi la puerta entreabierta. Tenía hambre y sed. Por eso tomé los alimentos.
-Me pregunto por qué, si tenías tanta hambre, siempre dejabas algo.
-Porque pensaba que después de mí, podría venir alguien que también tuviera hambre.
Sus ojos eran transparentes y me miró con la confianza de un niño.
Le conté la historia de mi hermano, que se llamaba Juan igual que él, y de la ilusión que sin querer le había dado a mi madre, alegrando sus últimos días.
-Me he quedado solo-le dije-No tengo madre ni hermano. Ven a cenar conmigo cada noche y si quieres, puedes dormir en la cama de Juan. Mi madre la tenía preparada, esperándolo.
El ya no vendrá, pero quizás con el tiempo tú podrías llegar a reemplazarlo. Ella se alegraría, estoy seguro.

jueves, 16 de febrero de 2012

ROMINA.

Dicen que el Amor es como el carbón. Cuando está encendido, quema. Cuando está apagado, ensucia.
Si es así, de mi "affaire" con Romina, yo salí tiznado hasta las orejas.
Pero quiero empezar por el principio. Es decir, explicándoles que soy feo.
Tan feo, que cuando me bautizaron, parece que mi mamá se equivocó de correo y en lugar de mandar la invitación al mail de las hadas, lo mandó al de las brujas.
Y llegaron todas, felices, y se afanaron en lanzar sus conjuros malignos sobre mi inocente cuna. Menos mal que cuando ya se habían cansado de perjudicarme, llegó el Hada Buena y tocándome con su varita, dijo dulcemente:
-....Pero será simpático.
Eso me salvó.
De niño, mi mamá no me mostraba mucho cuando iban las visitas y  crecí con cierta sospecha que se confirmaba cruelmente al mirarme al espejo.
Pero cuando llegué a la adolescencia y empecé a interesarme en las niñas, descubrí algo fantástico:
-¡Yo les gustaba!
No a la primera mirada, tampoco a la segunda, tal vez. Pero cuando conversaba con ellas, me encontraban divertido, celebraban mis chistes y sin saber cómo, me encontraba yendo al cine con la más linda de todas.
No diré que era envidiado por el rubio atlético del barrio. No, él tenía su propio séquito de admiradoras, porque es innegable que a las niñas de quince años les gustan los lindos aunque sean tontos.
Pero yo, trabajando un poquito, sacándole lustre a la cualidad que el Hada Buena me había concedido, terminaba siempre conquistando al objeto de mis amores.
De la Universidad, pasé a una gran empresa constructora y ahí conocí a Romina.
¡Ah! Verla y quedar hechizado fue todo uno. Porque decir que era linda sería demostrar una pobreza de vocabulario propia de un analfabeto. Era preciosa, esplendorosa. La Luna en traje de noche. Un rayo del Sol atrapado en una jaula de oro. ¡Qué sé yo!
Todos en la Empresa opinaban lo mismo. Incluso nuestro Rodolfo Valentino, (siempre hay uno a donde tú vayas) , le lanzaba unas miradas de lobo hambriento  que jamás la Caperucita Roja lo habría confundido con su abuela...¡Para qué decir el resto!
Ella pasaba moviendo las caderas y todos nos quedábamos esperando el tsunami que forzosamente tenía que venir a continuación.
Había tenido ella sus cortos romances con uno que otro, pero no le duraban mucho.
Bastaba ver llegar el Lunes al último de los incautos, ojeroso y cabizbajo después de la pateadura. El ego, ahorcado con el cordón de los zapatos y la mirada opaca como la pantalla de un computador desenchufado.
Yo, feíto y modesto como la Vida me ha enseñado a ser, no habría tenido la audacia de pretender conquistar a Romina.
Se me había aparecido un par de noches en algún sueño erótico inconfesable, pero fuera de eso, nada. Tranquilito en mi escritorio, ocupado con mis planos.
Hasta que noté que Romina, que siempre escuchaba mis bromas y las celebraba mucho, a la hora del café, había empezado a mirarme con ojos adormecidos.
Pasaba junto a mí y se le caía el lápiz. Diligente, me agachaba a recogérselo y ella me sonreía y se quedaba conversando conmigo. ¿Necesito explayarme más?
Un día la invité a salir y me dijo que sí.
Antes de seguir, quiero hacer una reflexión:
Si un hombre se enamora de una mujer hermosa y luego descubre que está vacía como un joyero de cuyo interior se robaron la perla, se desilusiona y punto. Repite eso de que "no es oro todo lo que reluce" o algún refrán que sirva para el caso y pasemos a otra cosa.
Pero, si una mujer preciosa empieza a salir con un feo, es porque vio algo en su interior que le gustó y lo más seguro es que siga gustándole.
Ahora, si él, decepcionado al descubrir que ella era sólo un envase de lujo sin nada adentro, quiere romper, está perdido.
Su inconmensurable vanidad femenina le impedirá aceptar que un feo la abandone. ¿A ella?
¿A la codiciada por todos ?  Imposible, aquí debe haber un error...    
Mi romance con Romina fue como tomar champaña en una copa de cristal fino.
Al principio me embriagué. Después miré la copa y estaba vacía.
El sol y  la luna le arrancaban destellos luminosos. Su cristal daba sonidos exquisitos  de campanitas en la nieve...Pero seguía estando vacía.
Y es bien sabido que la embriaguez de la champaña dura poco.
¿Pero cómo romper con ella sin destrozar su pedestal de diosa?
Quise alejarme, pero me la encontraba en todas partes.
A la salida de la oficina, iba con unos compañeros a tomar un trago en un bar cercano.
Ahí estaba Romina con sus amigas, riendo fuerte y haciendo brindis estúpidos, llenos de indirectas, para que yo la escuchara.
Probó con darme celos.
Un día la fue a buscar en la tarde, un rubio alto con musculatura de rugbista.
Aliviado de verla por fin del brazo de otro, al la mañana siguiente, la felicité.
Ella me dio una cachetada y partió llorando al baño, donde tuvo un berrinche.
Me tenía agotado.
No crean que estaba envanecido.
 A esas alturas sabía de sobra que Romina no me quería. Al contrario, me odiaba. Lo que no soportaba era no haber sido ella la que rompiera conmigo. Su vanidad de mujer hermosa la tenía acostumbrada a romper corazones y a caminar encima de ellos como por una alfombra roja. Y he aquí que un hombre feo como soy yo, se permitía desdeñarla. ¡Eso no lo iba a tolerar!
Así es que le di en el gusto.
Un Viernes me acerqué a su escritorio y en presencia de todos, fingiendo que hablaba a media voz, pero preocupado de que no se perdieran palabra, le pedí que me perdonara. Le dije que había estado ciego. Que ahora comprendía que sin ella no podía vivir.
Se quedó atónita. No esperaba ese vuelco. Y no sospechó en ningún momento que con esa declaración de amor lo que yo perseguía era que me rechazara, que me humillara, que me dejara por el suelo como un pobre ratón pisoteado. Así ella podría salvar su amor propio y yo mi tranquilidad.
Creyó que había triunfado y con salvaje alegría se rió en mi cara y me dijo que no perdiera el tiempo...
Puse cara de dolor y salí encorvado, arrastrando los pies, como bajo el peso megalítico de su desdén.
Afuera me enderecé y me fui silbando al bar, a juntarme con mis amigos.

martes, 14 de febrero de 2012

EN EL DIA DE LOS ENAMORADOS.

Poema de Amor.

El verde valle que ha florecido de tu mano voy a cruzar,
porque tú eres el elegido para mi vida completar.
Me sostendrá tu fuerte brazo si en la lucha me ves flaquear
y en mí hallarás dulce regazo para tus lágrimas llorar.
En la dureza de la jornada, el uno al otro nos sostendremos,
y el Amor, espiga dorada, día a día cosecharemos.
Mira mis ojos, toma mi mano, acepta, amado, mi compañía.
Y nos daremos calor humano en la tristeza y en la alegría.
Verás que suave es el sacrificio si nos unimos para luchar.
Alcemos juntos el edificio que nuestro Amor ha de cobijar.
Si me quieres y eres querido, en el futuro pronto verás
como el dolor nos encuentra unidos y derrotarlo nos une más.
El verde valle está florecido. Juntos lo vamos a atravesar,
porque los dos hemos elegido juntos vivir y juntos amar.

LA VISPERA.

-¡Aló, Beatriz! ¡Habla Joaquín!
-¿Joaquín Almarza?...
-¡Claro! ¿Quién otro? ¿O es que conoces a muchos Joaquines?
Beatriz se calló un momento, tratado de recuperarse de la sorpresa. ¡Hacía tanto tiempo que no escuchaba su voz!
El continuó hablándole con tono jovial:
-¡No me extraña que te sorprendas! Estuve muchos años en el extranjero como para pretender que te acuerdes de mí.
-¡No, Joaquín! No es eso. ¿Cómo no voy a acordarme?
Lo que pasa es que me sorprendiste de veras. ¿Y cómo conseguiste mi número?
-Llamé a tu mamá. ¡Es increíble que siga viviendo en el mismo edificio!  Pensé que nunca es tarde para reanudar el contacto ¿No crees?
-¡Claro, Joaquín! ¡Estoy tan contenta de escucharte!
-Oye, Beatriz. ¿Sabes qué día es mañana?
Ella pensó un momento y luego recordó la publicidad en la televisión y en los diarios.
-Bueno, es San Valentín. ¿A eso te refieres?
-Claro. ¡Mañana es San Valentín, nadie lo ignora!. Y ¿sabes qué día es hoy?
Ella se quedó desconcertada.
-Un día como cualquier otro, creo...
-Te equivocas, Beatriz. Hoy, Víspera del Día del Amor, es el día de la infidelidad y del olvido. Nuestro día, pues, Beatriz. ¿No crees?
Ella emitió un gemido y se le quebró la voz.
-¿Me llamas para decirme esto? ¿Cómo puedes ser tan cruel?
-Perdona, Beatriz. No quise herirte. Pero un amigo me dijo que la víspera de San Valentín es el día de la infidelidad. Y yo pensé que podría ser también el día de los que no supieron amarse.
-¡Por favor, Joaquín! No sigas...
-Beatriz, no te llamo para recriminarte. Han pasado demasiados años para mantener vivo el rencor. Tú te casaste con Diego y dos años después yo me casé con Verónica. Ambos tomamos distintos caminos, eso es todo. Pero los dos hemos sido felices. Imagino que mañana saldrás a celebrar con él el Día de los Enamorados. ¿No?
Beatriz miró a su alrededor el departamento casi sin muebles. En el librero faltaban los libros de Diego y en el closet, semivacío, sólo colgaban los vestidos de ella.
-¡Por supuesto!- mintió con voz que trataba de sonar alegre- ¿Y tú ? Saldrás con Verónica, me imagino.
Joaquín miró su mano donde la ausencia de la argolla matrimonial había dejado una marca descolorida en su dedo.
-¡Sí! Ya he reservado una mesa en un restaurante. Verónica no sabe, cree que me he olvidado. Será una sorpresa, junto con las rosas que recibirá a primera hora.
La garganta de Beatriz se contrajo en un sollozo inaudible.
-¡Cuánto me alegro, Joaquín! Ella merece que tú la festejes.
Diego recordó la infidelidad descubierta, los reproches, los gritos...La voz dura de Verónica pidiéndole el divorcio y el odio con que se sacó la argolla y la arrojó sobre la cama. La volvió a ver haciendo la maleta, mientras afuera la esperaba el auto de otro hombre, con el motor en marcha.
 Una mueca de amargura deformó sus labios, pero se rehizo y exclamó:
-¡Los dos tenemos motivos de sobra para celebrar mañana el Día de San Valentín! Después de todo, hemos sido afortunados...Cuando me dejaste, sufrí mucho, no lo niego. Pero ya ves que me recuperé pronto. Estos años en el extranjero han sido muy exitosos en mi profesión y en mi matrimonio.
-Bueno, Joaquín. Tengo que cortar.¡ Viene llegando Diego y se extrañará si no salgo a recibirlo!
-¡Adios, entonces, Beatriz! ¡Ha sido un gusto haber hablado contigo!

lunes, 13 de febrero de 2012

TRISTE SAN VALENTIN.

Julián amaneció más desanimado aún que los otros días.
Era catorce de Febrero, Día de San Valentín y Katty se había ido.
Hacía casi seis meses ya que, al volver de la oficina, encontró el departamento oscuro y silencioso.
Al entrar, había tenido un presentimiento. La luz del recibidor estaba encendida, pero al entrar al dormitorio, vio el closet abierto y en la parte que habían ocupado los vestidos de ella, colgaban los ganchos vacíos.
Al principio, no se inquietó mucho. Pensó que volvería. Y por otra parte, aún lo dominaba la pasión que lo había empujado hacia Sonia.
Llevaba meses teniendo una aventura con ella.
Casi desde que llegó a la sección, despertando la codicia de todos con sus labios sensuales y su andar insinuante.
Notó que era a él a quién ella miraba con insistencia y pensó que sería fácil conquistarla. Halagaba su vanidad haber sido el elegido, despertando así la envidia de los otros.
Por supuesto que le gustaba también. Cuando la conoció mejor lo sedujeron aún más su carácter extrovertido y su generosa disposición al amor, sin plantear exigencias.
Empezó a llegar tarde a la casa, con diversos pretextos.
Al principio, Katty lo esperaba para comer con él. Luego empezó a guardarle la cena en el microondas y a servírsela en silencio. Sus ojos, infinitamente tristes, lo miraban sin decir nada y sin formular preguntas.
¿Quién se lo contó?
Seguramente fue la infaltable amiga bien intencionada que empieza su discurso diciendo:
-Mira, te quiero mucho para permitir que ese imbécil se salga con la suya. ¡Tú mereces algo mejor que esto!
Y tras la frase llena de lealtad  y de empatía, llega la información que es preciso transmitir cuanto antes, para que se haga justicia...
No supo cómo fue, pero una tarde, al volver, ella se había ido.
Su pasión por Sonia fue menguando como una hoguera que se apaga de a poco, dejando sólo un rescoldo cubierto de cenizas.
Se fueron distanciando sin reproches ni dramas.
Tiempo después, Sonia se fue de la Empresa y Julián se quedó solo.
Solo sin Katty a quién había amado y amaba aún, sin saber dónde encontrarla.
Hizo preguntas en su trabajo y a sus amigas, pero nadie sabía nada. O si sabían, no quisieron decírselo. Algunas lo miraron con desdén y se rieron a sus espaldas.
Y ahora era el Día de San Valentín.
Varios, en la oficina, se fueron más temprano a comprar flores o el regalo de última hora. Otros, desde hacía días se habían preocupado de hacer reservas en algún restaurante.
A las siete, sólo quedaban Gajardo y él, fingiendo que trabajaban pero sumidos en la amargura de no tener a dónde ir.
Gajardo se había separado hacía años y nunca se le había conocido una nueva pareja. Era callado e introvertido y nadie sabía la verdadera historia de su fracaso sentimental.
Dieron las siete y media y llegó la señora del aseo.
-¿Vamos a tomar un trago?- propuso Julián.
Se fueron a un bar y estuvieron allí hasta las diez.
Ninguno tenía ganas de hablar. Ensayaban temas  que morían al nacer, entre murmullos inconexos.
Se tomaron varias copas que en lugar de alegrarlos, acentuaron su melancolía.
Gajardo se paró, algo mareado, y dijo que se iba a dormir.
Julián pidió otro trago para prolongar su estadía en el bar.
Tenía miedo de llegar al departamento.
-¡Katty, Katty !-pensaba-¿Por qué fui tan estúpido?
-La vanidad me cegó. Sonia me hacía sentir atractivo y la envidia de los otros incentivaba mi interés en ella. Me gustaba mucho, es cierto, pero ¿cómo es posible que por razones tan triviales haya perdido un amor que era verdadero? Ahora que ya es tarde, me doy cuenta de que Katty ha sido la única mujer a quien en realidad he querido.
Eran más de las doce cuando abrió la puerta del departamento. Se había ido caminando para enfriar su cabeza y disipar los efectos del alcohol en su sangre.
Vio luz en el interior y una loca esperanza hizo palpitar más a prisa su corazón. Pero no había nadie.
Sobre la mesa del comedor, una rosa roja se marchitaba por el calor. A su lado  había una nota:
"Estuve esperándote durante horas, pero veo que todo sigue igual. Ahora sí que el adiós es definitivo.
Katty."  

jueves, 9 de febrero de 2012

CELEBRANDO SAN VALENTIN.

Se aproximaba el Día de San Valentín y Claudia confiaba en que ese año Pablo la saludaría.
El año anterior,  él había tenido que viajar a provincia por la enfermedad de su padre,  y habría sido absurdo esperar que en medio de su preocupación se acordara de llamarla.
Pero ésta vez sí.  ¡Seguro que lo celebrarían!
Hacía dos años que vivían juntos en el departamento de Pablo y Claudia sentía que ya era tiempo de que pensaran en casarse.  Había cumplido treinta y dos años y su deseo de ser madre había aumentado hasta volverse angustioso.
Sentía que ambos se complementaban bien y que su amor se había ido fortaleciendo.  Nunca discutían y su vida juntos se deslizaba como un río manso que no encuentra obstáculos en su fluir.  En realidad, a veces se preguntaba inquieta si esa pasividad sin emociones no sería una mala señal. . .
Pasaban los días y Pablo no planificaba una salida especial ni parecía inquietarse por comprarle algún regalo.
Sus compañeras de oficina le contaban las entradas sigilosas de sus maridos con algún regalo escondido bajo la chaqueta o preguntas directas por sus preferencias en la elección de un restaurante.
¿Le prepararía Pablo una sorpresa? ¿Aprovecharía el Día de San Valentín para pedirle que se casaran?
La víspera no pudo más y le preguntó tímidamente:
-¿No haremos nada especial mañana?
-¿Qué pasa mañana?-le contestó él sin despegar la vista del diario.
-¡Mañana es San Valentín! ¡Por favor,  Pablo! ¡Es imposible que lo ignores!
-¡Ah, esa tontera! ¡Pura propaganda comercial para hacer gastar a la gente! No pensarás morder ese anzuelo ¿no?
Claudia se quedó muda y una profunda tristeza invadió su corazón. Todas sus ilusiones cayeron rotas como si alguien hubiera destrozado brutalmente con su puño un objeto de cristal.
Dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
A la mañana siguiente Pablo salió apurado y al despedirse le advirtió:
-No me esperes a comer. Hay un proyecto que el jefe quiere dejar encaminado antes de salir a vacaciones.
Su única pequeña esperanza se desvaneció.  Había pensado,  aún contrariando a Pablo,  preparar una pequeña cena de celebración.
Todo el día lo pasó triste en la oficina,  viendo llegar los mensajeros con ramos de flores o escuchando los llamados telefónicos que hacían reír o suspirar a sus compañeras.  Disimuló su pena y ante las preguntas curiosas,  respondió sonriendo que Pablo y ella saldrían a comer.  Se sentía humillada.
Al anochecer,  llegó al departamento oscuro y se dejó caer en un sillón,  sin encender la luz.
El silencio se hacía más opresivo marcado por el tic tac del reloj que cada cuarto de hora hacía sonar su carillón.
Al fin no pudo soportar más su angustia y decidió salir.  Se vestiría y saldría a comer fuera.  ¡No importaba que tuviera que hacerlo sola! Comería algo especial y pediría champaña.  ¡Celebraría consigo misma ya que no podía hacerlo con Pablo!
Se puso su vestido negro y peinó su pelo en un elegante rodete sobre su nuca. Se perfumó y sacó su cartera de fiesta.
Eligió un restaurante discreto en el que hacía dos años había estado con Pablo celebrando el cumpleaños de un amigo.  Estaba bellamente iluminado y habían decorado las mesas con ramos de claveles rojos.
Eligió una pequeña mesa en un rincón y el mozo,  al presentarle la carta,   le preguntó:
-¿Espera a alguien la señora?
-No, sólo cenaré yo-respondió con sencillez e indicándole su preferencia en el menú, agregó-Tráigame champaña.
Lentamente las mesas fueron ocupadas por parejas de distintas edades.  Incluso una anciana de cabello blanco hizo entrechocar su copa con la de su compañero,   que la miraba con ternura.
Ya tarde,  se abrió la puerta del restaurante y entró una última pareja. Ella era rubia y elegante y se reía con las bromas que su compañero le susurraba al oído.  El era Pablo.
Desde su rincón,  Claudia los estuvo observando largo rato.  Lo vio a él sacar de su bolsillo un paquete envuelto en papel dorado y entregárselo,  mirándola a los ojos.  Era un perfume.  Ella se lo aplicó tras las orejas . Luego le salpicó a él la punta de la nariz y ambos se rieron al unísono.
Claudia llamó al mozo con una seña y pagó su cuenta.
-¿Hay alguna puerta lateral por la que pueda retirarme? No quisiera tener que atravesar todo el comedor para salir a la calle.
-¡Por supuesto,  señora! Yo la acompaño.
Al llegar al departamento,  sacó su maleta que estaba en el closet y puso en ella la mayor cantidad de ropa.  El resto vendría a buscarlo luego.
Sobre el velador de Pablo,  como única despedida,  dejó la boleta de su consumo en el restaurante.
Lo más caro había sido la champaña con la que había brindado a solas.
¡Feliz Día de San Valentín,  Claudia!

DIA DE LOS ENAMORADOS.

Clementina tenía un miedo atroz de que llegara el "Día de los Enamorados" y pasara por su vida sin detenerse, como un día más.
En sus sueños, esos que se tienen al amanecer y que son tan nítidos que parecen reales,  Juan le mandaba una tarjeta de San Valentín.
Una grande,  con un corazón de terciopelo rojo y que al abrirla,  tocaba una canción de amor.  ¿Existiría una tarjeta así? Al menos,  en los sueños de Clementina era real y se la traía un gigantesco oso de peluche que tocaba a su puerta y le decía: Vengo de parte de Juan.
Otras veces era un mago vestido de etiqueta que sacaba de su sombrero de copa un enorme ramo de rosas rojas.  Ella lo apretaba contra su pecho y leía en la tarjeta la dedicatoria: Con el amor de Juan.
 Entonces el mago le decía: ¡Falta el acompañamiento! Y una bandada de mariposas azules salía volando de su chistera y se prendía en el pelo de Clementina.
Ella se sentaba todas las tardes en un banco de la Plaza,  para ver pasar a Juan en su bicicleta.  Fingía leer,  pero nunca lograba pasar de la misma página.  El pedaleaba airosamente y sus largos rizos castaños se escapaban del casco y flotaban en el viento.  Al pasar, la miraba.
Ella leía una y otra vez las mismas frases,  que en su imaginación se trasformaban en un diálogo con Juan.
-¿Qué lees , Clementina?
-Un libro de Jane Austen.
-¿Será,  por casualidad,  "Orgullo y prejuicio"?
-¿Acaso lo has leído?
-No,  es cosa de mujeres.  Pero su título resulta interesante.
-¿Por qué lo crees?
-Porque el Prejuicio es la borra en el café del Amor.
Otra variante de lo mismo:
-¡Hola,  Clementina! ¿Siempre leyendo?
-Sí.  Pedí en la Biblioteca "Sensatez y sentimientos".
-Mmm ¡Qué buen título! Pero contradictorio.
-¿Por qué lo dices?
-Porque el Amor está loco y la Sensatez es su camisa de fuerza.
-Pero ¡Ay!  Nada haría posible aquellos despliegues de pirotecnia intelectual.  Juan ni siquiera sabía su nombre y sólo la saludaba desde lejos,  agitando una mano.  Jamás se le acercó a preguntarle  qué leía.
Para colmo,  ahora había aparecido Javier,  un gordito jovial y entusiasta que pasaba el Verano en casa de unos tíos.
Clementina notó que siempre se las arreglaba para estar parado en la puerta cuando ella pasaba de vuelta del Supermercado.  Se apresuraba a cogerle las bolsas para llevárselas con galantería.
Ya en la puerta de su casa,  echaba la mano al bolsillo y le ofrecía un caramelo:
-¿Te sirves?
Se veía que hacía enormes esfuerzos para caerle simpático.  Un par de veces la había invitado al cine,  pero Clementina siempre le decía que no.  ¿Cómo arriesgarse a que Juan la viera y pensara que ya no estaba libre para recibir las invitaciones de él?
También se encontraba con  Javier en la Biblioteca.  Al principio pensó que la seguía,  pero luego notó que era un entusiasta de Salinger y que leía sus libros con devoción.  Le recomendó sus cuentos a Clementina,  pero ella hizo un mohín desdeñoso.
Javier sonrió sin darse por ofendido y extrajo de su bolsillo el eterno paquete de caramelos:
-¿Te sirves?
Siempre estaba comiendo dulces o maní confitado.
-¡Con razón está tan gordo!- pensó Clementina- ¡Desde lejos parece un hipopótamo con bermudas!. Le daba rabia que fuera precisamente él quién le demostrara interés,  mientras el objeto de su amor  pedaleaba indiferente con su nariz al viento.
Pero,  a principios de Febrero,  Juan detuvo por fin su bicicleta frente a ella.  Clementina,  como siempre,  hacía más de media hora que leía la misma página.  En ella,  una y otra vez,   Mr. Darcy humillaba a la pobre Elizabeth. . . .
El sonrió y quitándose el casco esponjó sus rizos con vanidoso descuido.
-Me llamo Juan.  (¡Cómo si ella no lo supiera!. )
-Yo,  Clementina-balbuceó ruborizada.
-¿No sales en bicicleta?
Ella enrojeció aún más,  porque no tenía bicicleta y lo que era peor,  nunca se había montado en ninguna.
-Prefiero leer-dijo con timidez y bajó la vista sobre las páginas de la novela.
Juan ni siquiera le preguntó qué leía y ella comprendió que los libros no formaban parte de su universo.  Fue una decepción,  pero rápidamente quedó borrada por el brillo de sus ojos claros y los destellos que el sol arrancaba a sus rizos castaños.
Llegó el Día de los Enamorados y Clementina despertó soñando con Juan.
La tarde anterior había pasado repetidas veces frente a ella en su bicicleta y siempre la saludaba y le sonreía como si quisiera decirle algo.  ¿Sería que por fin su corazón había empezado a latir al unísono con el suyo?
Cerca de las once sonó el timbre. Era un mensajero que traía un paquete envuelto en celofán.
-¿La señorita Clementina?-preguntó.  Y al ver su cara radiante le gritó al partir:
-¡Feliz Día de los Enamorados!
 En su dormitorio,  Clementina rompió ansiosa el papel y se encontró con una caja de chocolates en forma de corazón.  La acompañaba una tarjeta que decía:
"Has conquistado mi corazón.  Aquí te lo entrego lleno de amor.  J "
¡"J" de Juan, naturalmente !
 Clementina,  eufórica,   apretó la caja contra su pecho.  ¡Sus sueños más hermosos se hacían realidad!
Todo el día anduvo sobre nubes.  Sin saber qué hacer con la inquietud que cosquilleaba en todo su cuerpo,  le ayudó a su mamá  a hacer el aseo y se ofreció a ordenar su pieza,  cosa que hacía semanas le venía rogando inútilmente.
Al atardecer se arregló como nunca.  Peinó su corta melena con esmero y se puso la blusa rosada que le quedaba tan bien.
Esta vez,  junto con su libro llevaba la caja de bombones.  Se sentó en el banco de siempre,  sintiendo que su corazón latía alocadamente.  ¡Estaba segura de que él llegaría de un minuto a otro!
De pronto,  divisó a lo lejos la figura bamboleante del gordito majadero.  Se aproximaba a la Plaza y venía directo al banco en el que ella se sentaba.
¡Qué pesado! No pensaba saludarlo para que no se parara a conversar. ¡Seguro que venía otra vez a recomendarle a Salinger!
Simuló que no lo había visto y ocultó la cara tras su libro.
Pero al mismo tiempo escuchó sonar la campanilla de la bicicleta de Juan.
Otro campanilleo respondió a su llamado y una niña rubia se le aproximó pedaleando.  Juntos se alejaron riendo y conversando y él,  ni una sola vez dirigió la vista al banco donde estaba Clementina.
Sus ojos se quedaron fijos en ellos,  incrédulos y desolados,  mientras dos gruesas lágrimas se iban formando entre sus pestañas.
Una voluminosa figura le obstruyó la vista y vio a Javier parado frente a ella.  Sin notar su llanto,   exclamó entusiasmado:
-¡Qué bueno que trajiste los chocolates, Clementina! ¡Tenía unas ganas de probarlos. . . . !