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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



lunes, 26 de diciembre de 2011

SANTA KLAUS BUSCA EMPLEO.

Santa Klaus se sentía acabado. Cada día había menos niños que creían en él.
Antes, su buzón rebosaba de cartas. Todas las semanas el cartero venía en su trineo a entregar una nueva carga que trataba de embutir en él a viva fuerza. Pero no cabían, y al final las dejaba apiladas sobre la nieve.
De aquello hacía bastante tiempo.
Luego, los niños se hicieron adictos a Internet y prefirieron mandarle correos electrónicos.
Si se buscaba en Google, se encontraba una dirección: Santa Klaus, Polo Norte. Pero el anciano nunca había podido aprender a manejar el computador, de modo que esos mensajes no le llegaban y se perdían en el infinito espacio cibernético.
Después, fue definitivo que los niños dejaron de creer en su existencia.
¡Veían a  tantos hombres disfrazados en los Malls, con barbas de algodón o de piel de conejo! Hacían publicidad en las puertas de los locales, agitando sus campanillas y riendo:¡ Jo jo jo! como decía la tradición que Santa Klaus se reía. Lo cual, por supuesto, era otra invención de los publicistas.
¿Cómo podrían distinguir, entre todos ellos, cuál era el verdadero?
Después de todo, era mejor ir a la tienda con sus padres y elegir allí mismo sus regalos. Y después pasar a comer hamburguesas. . . . Aunque se hubieran portado mal, sabían que igual recibirían obsequios. Sus papás eran más complacientes y benévolos que el severo Santa.
Además, si no les compraban nada ¿qué cosas lucirían al día siguiente frente a los vecinos? Sus padres no soportarían pasar una humillación.
Santa Klaus salió de su cabaña y se dirigió a la pesebrera a ver a sus renos. La nieve resplandecía bajo el fulgor de las estrellas y de las hojas de los pinos colgaban carámbanos, como lágrimas de hielo.
Rudolph, con su nariz roja brillando en la penumbra, se acercó al trote a tomar una zanahoria de la mano del viejo.
Este le dijo con melancolía:
-Creo, Rudolph querido, que llegó la hora de partir. Ve con tus compañeros hacia climas más cálidos. Si se dirigen al Sur, la nieve será menos espesa y hallarán hierba verde donde puedan pastar.
Abrió la puerta del pesebre para que salieran, y los renos partieron felices hacia la libertad, sin notar las lágrimas que se congelaban en las mejillas del anciano.
Al día siguiente, Santa Klaus partió a la estación en el trineo del cartero. Su cabaña quedó cerrada, pues los enanos fabricantes de juguetes ya habían partido la temporada anterior. Las nuevas tecnologías los habían superado.
Se despidió de su amigo con un abrazo y tomó un tren que lo llevara hasta la ciudad más cercana.
Alquiló una casita con su jubilación, que no era escasa, después de tantos años, pero bien pronto descubrió que el dinero no le alcanzaba. ¡Era tan cara la vida en la ciudad!
¿Qué hacer? ¿Buscar trabajo a esas alturas?
Le dolían las rodillas a causa de un principio de artritis y además, nadie querría contratar a un viejo.
Si ponía su fotografía en un currículum, al ver su barba blanca y sus mejillas arrugadas, se burlarían de él y tirarían el documento al papelero.
Se acercaba Navidad y las calles bullían de animación. Muchedumbres ansiosas colmaban los Malls empujándose y dándose codazos en su afán de acceder primero a los anaqueles.  Muchos hombres disfrazados con trajes rojos y barbas de algodón, tocaban sus campanillas en las puertas de las tiendas de artículos electrónicos.
Santa Klaus pensó que la única solución era pedir trabajo en alguno de esos locales. ¿Quién mejor que él poseía la autenticidad necesaria para atraer a los clientes?
Estuvo largo rato haciendo antesala, hasta que una atareada e impaciente secretaria lo hizo pasar a la oficina del gerente.
-Quisiera trabajar de Santa Klaus-dijo el anciano.
Desde su escritorio, el hombre gordo lo examinó con impertinencia.
-¿Tiene el traje rojo?-le preguntó.
-Lo tenía, señor, pero se me fue gastando. Y ahora, el forro de piel de la chaqueta se lo comieron las polillas.
-Lo lamento, entonces. Aquí no tenemos disfraces para prestar. Tiene que traerlo desde su casa.
Tocó el timbre y acudió la secretaria, presurosa, equilibrándose en sus altos tacones.
-Acompañe a este señor a la puerta.
Y el hombre gordo se volvió hacia la pantalla de su computador, donde columnas de cifras, las ganancias del día, pusieron una sonrisa en su rostro mofletudo.
Santa Klaus salió despacio, arrastrando las suelas de sus viejas botas por la vereda.
En la entrada, un hombre flaco vestido de rojo y con barba de algodón le lanzó una sonrisa burlona.
-¿Te fue mal, eh? ¡Es que no calificas, hombre! ¡Nunca había visto a alguien que se pareciera menos a Santa Klaus!

FIRMANDO LIBROS.

En las páginas literarias del Diario del Domingo, apareció la fotografía de Pablo.
Debajo, un comentario elogioso de su último libro: "Pablo Siguretti, ampliamente traducido en varios países de Europa, nos presenta su última creación: "El suplicante", que a juzgar por la opinión de varios críticos nacionales, está destinado a ser un éxito de librería. "
Me alegré mucho, y por varios días estuve segura de que él me mandaría a mi oficina un ejemplar autografiado. ¡No en vano había sido yo su amiga predilecta durante tantos años! Pero los días formaron semanas y el esperado envío nunca llegó.
Mientras, supe que "El suplicante" se encaramaba ya a los primeros lugares de la lista de best seller, peleando codo a codo con el último de Gálvez Letelier, otro cotizado autor del momento.
Una semana estaba Pablo en el primer lugar de la lista de favoritos y a la semana siguiente, Gálvez Letelier parecía mostrarle la lengua mientras se instalaba al tope, desplazándolo.
En el Metro veía personas leyendo el libro de Pablo, mientras alguien les  metía un codo en un ojo o se aprovechaba de su éxtasis intelectual para robarles  la billetera.
Pero yo me empecinaba en no comprarlo, herida en lo más profundo de mis sentimientos.
Le hablé de mi decepción a Betty.
-Voy a decirte algo que debe quedar entre nosotras dos. No quiero que ese ingrato sepa cuanto me ha ofendido.
Entre paréntesis,  esa frase:  "que quede entre nosotras dos",  es la más infalible para asegurarse de que llegue a oídos del interesado. Es como mandarle un correo electrónico.
Pronto supe por Nora que,  ¡como era de esperar!,  Betty le había comentado a Pablo que yo estaba sentida con él por no mandarme el libro. Y Pablo le había respondido, con un airecillo suficiente
-Podría comprarlo ¿verdad? No voy a estar mandándoselo a todos. . .
Demás está decir que saberme incluida en ese anónimo "a todos" terminó por destrozar mi corazón.
Mi orgullo saltó a recoger los pedazos y a jurar  que ahora, más que nunca y por ningún motivo, jamás compraría su libro.
Por el diario supe que el Viernes a las siete estaría Pablo en la librería "Qué escribo" firmando ejemplares de su novela.
Sigilosamente me di una vuelta por allá y desde la vereda de enfrente vi una fila de gente con libros bajo el brazo, esperando que el cotizado escritor les estampara su firma.
La fila se demoró como media hora en avanzar y yo, mientras tanto, había entrado a la librería y permanecía observando.
Cuando el último admirador se marchó, quedé frente a Pablo, apretando un libro contra mi pecho.
El me dirigió una sonrisa complaciente y con un gesto de su vanidosa mano me instó a que me acercara.
-¡Ven! No te quedes ahí. . .
Y esgrimió su lápiz, dispuesto a firmar.
Entonces, di vuelta el libro que había comprado y le mostré la tapa.
Era la última novela de Gálvez Letelier, su rival odiado.
Se puso pálido, más bien con el color verdoso que anticipa un ataque de vesícula.
Yo sonreí, entre dulce y maligna y le volví la espalda, abandonando el Local.
Esa noche soñé que un enorme chorro de agua, como una tromba, entraba por la pared de la Librería y arrastraba todo a su paso. Los libros se iban navegando en un agua turbia que desembocó en el río y los llevó hasta el mar.
Ahí estaba yo en mi bote, justo en la desembocadura, cuando los vi llegar flotando como copos de espuma o gaviotas que se mecieran sobre el agua.
Entre ellos vi el libro de Pablo y traté, inútilmente, de engancharlo con el anzuelo de mi caña de pescar. Pero de pronto una ola se elevó sobre la borda y lo lanzó a la cubierta.
Lo tomé y al abrirlo, vi que sus páginas estaban en blanco.  
El mar había borrado las letras o tal vez siempre había estado así, el único libro de él que llegaría a mis manos y que parecía condenarme,   en esa forma,  a no leerlo jamás.

jueves, 22 de diciembre de 2011

LA TIENDA DE MEDIANOCHE.

Fue la semana entre Navidad y Año Nuevo. Esa semana en que Olivia, invariablemente, se sentía triste, porque la noche del veinticuatro la había pasado sola. Luego de llamar por teléfono a sus padres, que vivían en Provincia, se había sentado en la alfombra, bajo el árbol de Navidad. El mismo que cada año se empecinaba en adornar y que en lugar de alegrarla, la llenaba de melancolía.
El cartero le había traído una sola tarjeta de felicitación.
-¡Viene del extranjero!-le dijo, entusiasmado, como si con ese dato pudiera reemplazar a todas las otras que nadie le había mandado.
Era cierto que Olivia no había enviado ninguna tampoco. Pero ¿por qué tenía ella que tomar la iniciativa siempre?-se preguntó disgustada.  Además, le resultaba insufrible hacer la fila en el Correo. . .
La tarjeta era de su amiga Mariucha. Quizás había ido hasta el buzón abriéndose paso entre la nieve, para enviarla al otro lado del mundo, donde el calor del Verano arreciaba.
Fue una noche de esa semana, lo recordaba bien.
Estaba desvelada y ya eran pasadas las doce, cuando fastidiada por no poder dormir, se levantó para ir a la cocina a buscar un vaso de leche. A través del vidrio de la ventana le llegó un extraño resplandor azul que venía desde la otra vereda.
Levantó la cortina y vio algo asombroso.
En la casa que había estado vacía durante meses se había instalado una tienda. La luz brotaba de un letrero hecho con tubos de neón que decía:
"Tienda de Medianoche.  Artículos no tradicionales. "
¡Qué extraño! Pero si esa misma tarde había pasado por frente a la casa y había visto la puerta y las ventanas cerradas. ¡Y una tienda abierta a medianoche, además!
El poco sueño que podía tener se disipó por completo. Ya no quería dormir. ¡Quería ir a conocer la tienda y saber lo que vendían en ella!
Se vistió rápidamente y cruzó la vereda. La luz azul la envolvió como un halo mágico. No sólo parecía brotar del letrero de neón sino que reinaba dentro de la tienda entera.
Vio al fondo, tras el mesón, a una señora de cabello azul, que le sonreía alentándola. Todo en ella era azul, los ojos el pelo, el vestido. . . Por efecto de la luz, ¡claro!, pero no pudo evitar pensar en el Hada Azul del cuento de Pinocho.
-Señora-le dijo-¡Qué tienda tan extraña tiene usted, que está abierta a esta hora!
-Es para los que no pueden dormir.
-¿Y qué vende usted?
-Lo que les hace falta a los desvelados, por supuesto.
-¿Acaso somníferos?
-¡Claro que no!-le respondió riendo-Los que no pueden dormir es porque están tristes o preocupados y aquí se vende lo que ellos necesitan para calmar su inquietud.
Olivia quedó asombrada y miró los anaqueles. Vio que estaban llenos de cajitas y frascos forrados en papel de plata.
-Y tú ¿por qué no duermes?-la interrogó la señora con dulzura.
-Porque siento en el corazón un vacío tan hondo que ni todos los suspiros del mundo lo podrían  llenar.
-¿Y qué te gustaría comprarme?
-Me gustaría comprar Amor.
La vendedora se puso seria y sacudió la cabeza con cierto disgusto.
-No. Aquí no vendemos Amor, porque el Amor depende de los otros. Pero te puedo vender "Amar", que depende exclusivamente de ti misma. ¿Comprendes la diferencia?
Olivia se quedó pensativa. Nunca antes lo había visto así.  Sólo había ansiado que la quisieran y sentido que se estrellaba contra un muro de hielo. Miró dentro de su corazón y vio un cuarto vacío. Nadie habitaba allí porque la puerta había permanecido cerrada .
¿A quién he amado yo?-pensó de pronto, y no obtuvo respuesta.
La señora del cabello azul sacó del anaquel más alto una cajita plateada. En la tapa se leía "Amar".
-¡Toma! ¡Llévala!. Aquí dentro hay un poderoso talismán, pero si no lo usas pronto, su poder se desvanecerá.
-¿Y qué debo hacer con la caja?
-Para empezar, no debes abrirla. La magia se irradia a través de ella. Cada día al despertar debes leer el rótulo de la tapa. Dice "Amar", no lo olvides. En las noches, déjala sobre tu velador y en el día, llévala siempre contigo.
-¿Y cuánto vale?
-No tienes que pagarla ahora. La última noche del año vendrás a contarme si te ha servido y entonces me la pagarás. Pero, no temas, ¡no será cara!-agregó sonriendo.
Olivia se quedó pensativa con el paquete en sus manos. Mirando los anaqueles, preguntó:
-¿Y qué otras cosas vende usted aquí?
-Vendo Paciencia, Comprensión, Ternura. . . . Pero tú no necesitas llevar nada de eso, porque "Amar" lo involucra todo.
Olivia cruzó hasta su casa y se acostó ilusionada. Sobre su velador, la cajita irradiaba un débil resplandor y a través de la cortina, la luz azul de la tienda brillaba como un faro en medio de la noche.
-¿Cuántas personas más irán a comprar?-se preguntó Olivia y ese fue el último pensamiento que tuvo porque después se durmió.
Toda la semana llevó en su cartera el talismán y bajo su influjo olvidó el egoísmo que la había impulsado a querer ser amada en lugar de amar. Sus ojos resplandecían cálidos y su sonrisa atraía otras sonrisas.
Al terminar la semana se sentía satisfecha de sí misma porque había sido generosa con quienes la necesitaban y había prodigado su afecto sin esperar retribución.
Recibió una invitación para la Noche de Año Nuevo.
Iría a la casa de una compañera de Sección en quién nunca antes había reparado siquiera. Pero una tarde, Olivia, aunque estaba cansada,  se quedó a ayudarle a terminar un pesado trabajo de fin de año y luego fueron juntas a tomar un café.
-Antes me habías parecido fría e indiferente-le dijo su compañera-¡Cómo se nota que no te conocía bien!
Olivia tocó la cajita plateada en el fondo de su cartera y sonrió misteriosa.  
La noche de fin de año se vistió feliz para ir a la fiesta,  pero pensó que antes debía cruzar a la Tienda a pagar el talismán. Esperó en vano que se encendiera la luz azul y ya pasadas las doce debió partir, sin haber podido cumplir su compromiso.
Fue una fiesta maravillosa y era muy tarde cuando el hermano de su nueva amiga fue a dejarla en su auto.
Olivia miró hacia la vereda del frente y vio que la casa permanecía cerrada y oscura como siempre.
¿Ya nunca volvería a abrir la" Tienda de medianoche"?
La primera semana de Enero aparecieron unos albañiles en una camioneta y empezaron a pintar las paredes de la casa. Otros retiraron escombros del interior y luego trajeron máquinas  para pulir el entablado.
Olivia comprendió que ya no volvería a ver a la señora del cabello azul.
Tomó el talismán y lo desenvolvió con cuidado. Bajo un papel de estaño corriente vio una simple caja de cartón y al abrirla, no se sorprendió de que estuviera vacía.
No sintió decepción alguna, porque ya había comprendido que el sortilegio de "Amar" no se encontraba ahí,  sino en su propio corazón.
 

martes, 20 de diciembre de 2011

PRESAGIO.

Se aproximaba el fin del año y la melancolía inevitable en esa fecha se había apoderado de su ánimo.
Tenía miedo de la llegada de la Noche Vieja porque sabía que estaría solo. Más solo que nunca, porque había roto la relación,  que desde antes era distante y fría, con su único hermano Javier. El, al menos tendría a Marta, su mujer, a quién abrazar cuando sonaran las doce. Marcos, en cambio, ¿a quién abrazaría?
Adela había muerto hacía ya cuatro años.
Y su hijo, que vivía en el extranjero, ni siquiera se acordaría de llamarlo.
Cuando le avisó el fallecimiento de su madre, le contestó con frialdad y deslizó una vaga acusación contra él, culpándolo de haberla hecho desgraciada.
Se enfureció y cortó la comunicación sin despedirse. ¡Y habían pasado cuatro años!
Ensimismado, salió a caminar sin rumbo. Anochecía y de pronto le llegó una música vocinglera que parecía venir desde un sitio eriazo.
Vio que se había instalado una Feria de atracciones. Giraba el carrusel y la gente gritaba y reía, trepada a la rueda que los elevaba hasta el cielo. Otros, provistos de rifles, competían por derribar una figuras móviles y así ganar un oso o una muñeca.
Casi oculta entre los puestos de diversiones, distinguió una carpa listada que ostentaba un cartel: "Madame Zuleika. Tarotista y adivina. "
No había nadie esperando frente a la entrada y Marcos, burlándose de su propia ociosidad, se asomó al interior.
Vio a una mujer de mediana edad sentada frente a una mesa. Llevaba una túnica negra  y un turbante del que se escapaban algunos mechones de pelo gris.
-¡Adelante! ¡Adelante, caballero!-exclamó al verlo.
Marcos percibió un aire de miseria y soledad rodeando a la mujer.  ¡Todo se veía tan viejo y deslucido!
Mitad por lástima y mitad por matar el tiempo,  traspasó el umbral de la carpa.
Se sentó frente a la adivina y ella retiró un paño negro salpicado de estrellas que cubría una bola de cristal. Esta se veía imponente y misteriosa porque irradiaba una débil luz que surgía de su interior sin que se viera conectada a ningún cable. Bajo la superficie de vidrio parecía moverse una nube de gas luminoso, como inquieta por escapar del recipiente que la contenía.
-Usted querrá saber qué le depara el destino para el año que viene ¿verdad?
-Sí-respondió Marcos, escéptico en su interior, pero fingiendo seriedad  por respeto a la adivina.
Ella cerró los ojos y posó sus manos sobre la bola de cristal.
Al retirarlas, abrió los ojos y se quedó muda. Se había vuelto opaca y grisácea y el gas luminoso que antes parecía fluir en su interior, había dado paso a una oscuridad sin reflejos.
Incrédula, volvió a posar sus manos sobre ella, cerrando los ojos y moviendo los labios como si invocara a algún espíritu o a una deidad  premonitoria.
No ocurrió nada.
Se quedó pensando unos minutos y luego miró a Marcos con aprensión. Un velo de tristeza y de profunda compasión cubrió su rostro.
-Señor, lo siento. No podré ver su futuro.
-Pero ¿por qué?
-Porque no lo tiene. Creo que la bola de cristal le avisa que usted morirá el próximo año.
Marcos quiso reírse, pero no pudo. Su anterior escepticismo dio paso a un escalofrío que lo recorrió desde la nuca hasta los talones.
-¡Esto es absurdo! ¡No creo una palabra!-dijo con voz colérica y se paró bruscamente.
Iba a marcharse cuando se acordó de pagar y depositó un par de billetes sobre el mantel deslucido.
La mujer estaba pálida y parecía implorarle perdón con la mirada. Había en sus ojos una infinita conmiseración, como si ya lo viera convertido en cadáver.
Marcos salió rápidamente del recinto de la Feria y se dirigió a su casa.
-¡Tonterías!-iba diciendo, pero el escalofrío continuaba erizándole la piel y a su pesar, una voz interior le repetía: ¿Y si fuera cierto?
Esa noche no durmió casi nada. Sólo tuvo un sueño breve en el que vio a su hermano Javier que le traía una carta.
-¡Es de tu hijo!-le decía-¡Ábrela antes de que sea tarde!
En la mañana recordó con nitidez el sueño y pensó que tal vez era otra señal de advertencia.
Si voy a morir, pensó, debo arreglar  mis cosas antes. Mi vida se ha ido quedando vacía de afectos. ¿Quién pondrá una flor sobre mi tumba o derramará por mí una lágrima?
Se vistió y fue al Supermercado a comprar una botella de vino y un pan dulce.
Apretando su paquete con mano tensa, tocó el timbre en la casa de su hermano.
Se miraron en silencio. La palidez de Marcos y sus ojos húmedos decían más de lo que habrían podido sus labios.
Javier le abrió los brazos y llamó a Marta con voz alegre.
-¡Ven, mujer! ¡Ven! ¡Ha llegado mi hermano!
Almorzó con ellos y esa noche marcó el número de teléfono de su hijo, en Buenos Aires.
Atendió Anita, su nuera, al principio reticente, pero algo en la voz temblorosa de Marcos la hizo cambiar de actitud y rápidamente llamó a Esteban.
-¡Papá! ¡Qué sorpresa!-exclamó el joven y luego añadió, preocupado-¿Te pasa algo? ¿Estás enfermo?
-No, hijo. Sólo quería saludarlos y desearles felicidad en el año que viene. -y agregó pesaroso-¿Cuándo vendrás a Chile?
-¡Pronto, papá! Apenas haya cerrado unos negocios.
Marcos cortó la comunicación aliviado y contento. No sabía si alcanzaría a ver a su hijo antes de morir, pero persistía en su oído el sonido cariñoso de su voz y en su espíritu el convencimiento de que la muralla que los separaba empezaba a derrumbarse.
Pasó otra noche en un agitado duerme-vela y de pronto un rostro hermoso y querido surgió de sus recuerdos. ¡Margarita! Aquella novia que lo dejara para casarse con su mejor amigo. . . ¡Cuánta tristeza y cuánto rencor había guardado en su corazón durante años!
Volvió a encontrarlos, ya maduros, en una plaza del barrio y,  sereno por el paso de los años, se acercó a saludarlos. Supo que, por esos azares de la vida, estaban viviendo a pocas cuadras de su casa.
De eso hacía cinco años. Tal vez se habrían ido. . . .
Quiso ver de nuevo a Margarita. Sintió que nunca había dejado de amarla y esa había sido la causa de su fracasado matrimonio con Adela. Había tratado de hacerla feliz empujando hasta lo más profundo de  su corazón el recuerdo de aquella novia, pero no pudo volver a sentir una pasión como la que ella le inspirara.  ¡Pobre Adela! Sólo le brindó, apenas tibias, las sobras de su traicionado amor.
Quiso verlos, a ella y a Joaquín. Demostrarles que su rencor se había disipado. Contarles que estaba solo, que Adela había muerto y que su hijo vivía lejos.
Pero, por sobre todo, sentía que era a Margarita a quién quería ver. Grabar sus rasgos en su memoria para que al morir fuera su imagen la que lo acompañara en el último sueño.
Buscó la casa y aliviado, vio en las ventanas los visillos de siempre. . .
Le abrió ella y su rostro se iluminó al verlo:
-¡Marcos! ¡Qué gusto!
-Venía a saludarlos por el Año Nuevo-murmuró él, emocionado.
El rostro de ella se contrajo con un rictus de tristeza y a sus ojos asomaron lágrimas.
-Joaquín murió el año pasado. Me he quedado sola.
Lo hizo pasar al patio donde, bajo un toldo listado, había una mesa con tazas para el té.
Se quedaron conversando hasta que cayó la noche. ¡Tenían tantas cosas de qué hablar, tantas explicaciones que darse!
Días después, Marcos volvió a la Feria instalada en el sitio eriazo. ¿Por qué sus pasos lo llevaron hasta allá? No lo sabía.
En la puerta de la carpa, esperando algún cliente, estaba la adivina con su túnica negra.
Al verlo, corrió hacia él y se cogió de su brazo.
-¡Señor, por favor, tengo que hablarle! ¡No sabe qué alivio me da que haya vuelto!
Marcos la miró sorprendido, pero se dejó llevar al interior de la carpa.
La mujer le rogó que se sentara.
-Señor, le debo una explicación. Pasó algo raro la noche que usted vino. Tuve después otros clientes y con ellos ocurrió lo mismo. La bola de cristal permaneció opaca y no pude leer nada en ella. Entonces entendí que no era un presagio de muerte, que algo pasaba con el gas luminoso que la llena y que se vuelve transparente al calor de mis manos.
-Consulté con un colega-continuó la mujer-El gas, por una extraña razón se había condensado y con su ayuda, logré que se normalizara.
-Es decir que yo a usted, por error lo asusté con un presagio horrible. ¡No sé cómo lograr que me perdone!
-Señora-le respondió Marcos, sonriendo-No tengo nada que perdonarle. Al contrario, le agradezco. ¡Usted, al anunciarme la Muerte,  me devolvió la Vida!

lunes, 19 de diciembre de 2011

SUEÑO DE NAVIDAD.

Clarita se acostó pensando en una Navidad con nieve, como en las películas. Pero ¡hacía tanto calor!
A través de la ventana veía brillar las estrellas en un cielo despejado y ni un soplo de brisa aliviaba la pesadez del aire.
A media noche despertó tiritando, envuelta en la frazada y no supo si era el frío el que la había despertado o unos golpecitos misteriosos en el vidrio de la ventana.
Se levantó y vio a un hombre de nieve con brazos hechos de ramas, una  de las cuales había tocado el cristal.  
Asombrada le preguntó:
-¿Qué haces aquí? ¿No vas a derretirte?
El le contestó riendo:
-¿No sientes acaso el frío?
La niña se envolvió más en la frazada y miró hacia afuera. Un vasto campo cubierto de nieve rodeaba la casa.
-¡No puede ser!-exclamó-¿Dónde está la calle?
-Lo ignoro-respondió el hombre -Tu casa llegó volando por los aires y aterrizó aquí, en el lindero del bosque.
-¡Eso es imposible!
-Tienes razón. Sólo es un sueño que estás teniendo. Pero, mientras dure ¿no lo quieres disfrutar?
-¡Claro! Pero si salgo tendré mucho frío. Este camisón es de los que uso en el Verano.
-¡Oh! No te preocupes. Yo te prestaré mi bufanda.
Y el hombre desenrolló de su cuello una larga chalina a listas rojas y verdes que fue envolviendo a Clarita hasta cubrirla por completo.
-Ahora ¡vamos!
La niña se cogió del brazo de su nuevo amigo y de un salto atravesó el alféizar.
Se encontraron caminando por la vastedad del campo, hacia un bosque de pinos que se veía a lo lejos. Estaban cubiertos de nieve y se veían majestuosos como reyes gigantescos envueltos en capas de armiño.
El hombre de nieve tenía una graciosa nariz de zanahoria y llevaba un sombrero de copa.
Se lo quitó haciendo una reverencia y se presentó:
-Me llamo Oskar ¿y tú?
-Yo, Clara-contestó la niña, riendo-Y ¿a dónde vamos ahora, Oskar?
-Bueno, este sueño es tuyo. Dime tú a dónde quieres ir.
Clarita se quedó pensativa y luego dijo:
-Me gustaría ir a ver a Santa Klaus.
-Pero ¿tú crees en él?
-Bueno, ya tengo once años-suspiró Clarita con tristeza-Antes creía y en el colegio se burlaban de mí. Pero ahora pienso ¡ qué lindo sería si existiera. . !.
-¡Vamos a verlo entonces!
-Pero ¿no tendríamos que viajar al Polo Norte?
-No-rió Oskar-No tan lejos. Desde que jubiló ya no sigue viviendo en ese clima tan inhóspito.
-¿Dices que jubiló?
-¡Cierto! Los niños de a poco dejaron de creer en él, así es que decidió retirarse. Ahora vive en la casa que se divisa allí, entre los pinos.
Pronto se encontraron frente a una cabaña de ventanas iluminadas. Les abrió la puerta una anciana pequeñita que vestía de rojo. En silencio les franqueó la entrada.
Junto al fuego de la chimenea estaba sentado Santa Klaus, en bata y zapatillas, tomando té con limón.
-Está con gripe-se lamentó la viejecita-Además, todo el día lo ha molestado el reumatismo.
-¡Santa Klaus!-exclamó Clarita y se acercó corriendo a abrazarlo-¡Cuánto siento haber dejado de creer en ti!
-No te aflijas, pequeña. Algún día tenía que jubilar. Ya estoy cansado y también mis renos han ido envejeciendo conmigo. . . .
De pronto, la niña notó que los contornos de las cosas empezaban a borrarse y asustada, miró al hombre de nieve.
-Es tu sueño, que se está terminando. Pronto despertarás o entrarás en un sueño distinto. ¡Es preciso que vuelvas a tu cama!.
Clarita se cogió de su cuello y juntos volaron por sobre el campo nevado que empezaba a esfumarse. La cabaña y el bosque ya habían desaparecido. .
La niña entró rápidamente por la ventana y se metió en su cama, arrebujándose con la frazada. Oskar golpeó el vidrio suavemente y le hizo un gesto de adiós. Fue lo último que vio, antes de volver a dormirse.
A la mañana siguiente la despertó el sol que entraba a raudales hasta su cama.
Arrojó lejos las sábanas y corrió a ver los regalos que sus padres le habían dejado bajo el árbol.  .
De su sueño no recordaba nada y nunca, tampoco, lo volvió a recordar.