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lunes, 12 de noviembre de 2012

LA IMPOSIBLE.

Javier la vio una tarde, al pasar por el parque.
Reinaba el Otoño con su esplendor dorado que invitaba a caminar bajo los árboles.
Una alfombra de hojas secas se había depositado junto a los troncos y a él le encantaba hacerlas crujir bajo sus pies. Crepitaban como si ardieran y el sol del atardecer les arrancaba destellos rojos semejantes a llamaradas.
Caía una suave bruma, la primera tarde que la vio.
Estaba sentada en un banco, serena y erguida, como si esperara a alguien.
Javier temió acercarse, pero era tal la belleza de su cara, que no pudo apartar de ella sus ojos.
Esperó a cierta distancia, creyendo que vería llegar a su acompañante, pero ella permaneció sola, mientras las sombras caían sobre los prados húmedos.
Luego, la hermosa mujer se levantó del banco y se alejó, sin dirigirle ni una mirada.
Javier volvió al día siguiente, con la esperanza de verla y lo embargó un júbilo incrédulo al encontrarla sentada en el mismo banco.
Esta vez, ella clavó en él sus ojos, fríos e inexpresivos y luego los desvió, como si no lo hubiera visto.
Sintió desvanecerse la esperanza de poder hablarle, porque esa mirada era como un muro que ella había alzado entre los dos.
Se atrevió, sin embargo, a sentarse en un banco cercano, desde donde podía observarla.
Su rostro era pálido y lo rodeaba una espesa cabellera rojiza, del color de las hojas secas.
El sol también le arrancaba llamaradas, al filtrarse entre las ramas.
Sus labios parecían curvarse en un leve gesto de ironía, como si le divirtiera la extasiada contemplación de Javier.
Pero no había en ella ningún gesto invitador, ni una señal alentadora.
Al  tercer día, Javier no pudo contenerse más.
La misma extraña atmósfera, casi onírica, que rodeaba a la mujer, le dio valor para hablarle. Creyó estar viviendo un sueño y no tuvo miedo de un gesto osado que, despierto, no se habría atrevido a hacer.
Se acercó directamente a ella y le preguntó:
-¡Por favor, te lo ruego, dime quién eres!
Ella alzó hacia él sus ojos profundos y una luz fría, como la que atraviesa un pedazo de hielo, emanó de su rostro.
-Yo soy la Imposible.
-¿Qué dices?
-Ya lo escuchaste.  Soy la Imposible, la que no puedes amar.
Javier se sintió desfallecer.
Sin darse cuenta, cayó de rodillas a sus pies y tomó su mano helada.
Ella la retiró sin apuro.
Se diría que disfrutó por un instante el placer de ver esa cara contraída por la pasión insatisfecha.
Luego, sus labios se endurecieron y levantándose del banco, lo rechazó lejos de sí.
-Veo que no has comprendido- le dijo con frialdad- ¿Por qué insistes en tu deseo vano? Yo soy la que nunca podrás tener.
Javier se obstinó en seguir acudiendo  al parque. Ella siempre estaba ahí, majestuosa y remota.
Al verlo, no hacía ni un gesto, pero en el fondo de sus ojos parecía brillar una chispa de burla. Por sus labios entreabiertos pasaba la sombra de una sonrisa. Aleteaba un instante en las comisuras de su boca y  al esfumarse, Javier creía entender que le decía:
-¿Aún no te cansas? ¿Todavía estás aquí?
Pero, él no cejaba. La pasión insatisfecha le rasgaba el corazón, como si un tigre afilara en él sus garras. Sentía que nunca podría dejar de amarla.
Hasta que una tarde, vio que no estaba.
Día tras día, la buscó en vano por el parque desierto. Pero, ella no volvió.
Pensó que era una señal de que debía olvidarla y luchó por apartarla de su mente. 
Pero cada tarde regresaba al parque y vagaba alrededor del banco vacío. Se quedaba ahí, con los ojos fijos en las sombras crecientes, como si con la fuerza de su deseo pudiera lograr que la figura de ella se materializara una vez más.
Pasaron semanas. Llegó el Invierno y sintió que el frío de la lluvia parecía calmar el fuego de su ansiedad.
Retomó sus paseos por el parque, ya no con la esperanza de encontrarla, sino para recuperar el placer perdido de aquellas caminatas.
De pronto, una tarde creyó ver desde lejos una figura sentada en el banco que antes ocupaba Ella.
Corrió, sintiendo que el corazón quería escapársele del pecho y correr más veloz, adelantándose a sus piernas.
Pero al llegar, vio que en el banco estaba sentada una desconocida.
Era una joven de rostro dulce que alzó sus ojos hacia él y le sonrió, como si hubiera estado esperándolo.
Con un leve gesto de su mano, lo invitó a sentarse junto a ella.
Javier la miró asombrado.
Era tan hermosa como la otra. Y tan parecida,. que habrían podido ser hermanas.
Pero lo que había de frialdad y rechazo en la otra, en ésta se trasformaba en ternura y aceptación.
-¿Quién eres?- le preguntó.
-Yo soy la que te ama y a quién puedes amar. Junto a mí no conocerás ni la decepción ni el olvido.
Pero, Javier se apartó de ella bruscamente y con ojos angustiados, miró a su alrededor en una inútil búsqueda.
-Pero ¿donde está Ella? ¿Donde está la Imposible? ¡Es a Ella a quien ansía mi corazón!


jueves, 8 de noviembre de 2012

BAILE DE MASCARAS.

Cien años después de un baile de máscaras que se convirtió en leyenda, el Museo Histórico Nacional decidió exhibir algunos de los trajes usados en aquella noche memorable.
La fiesta se había celebrado en el Palacio Concha Cazotte, propiedad de un acaudalado aristócrata, con ocasión del cumpleaños de su esposa.
No se escatimaron gastos y más de trescientas personas llenaron los salones profusamente iluminados y bailaron toda la noche, a los sones de una gran orquesta.
Justo cien años después, porque el baile se había celebrado en 1912, los descendientes de aquellos seres privilegiados recolectaron fotografías y disfraces, algunos comidos de polilla o con fuerte olor a alcanfor, y los prestaron al Museo, para que se montara una exposición.
A José lo contrataron para que la cuidara  de noche.
Cada lujoso disfraz estaba guardado en una vitrina, puesto sobre un maniquí de yeso. Junto a al traje se exhibía la fotografía, ya amarillenta, de quién lo había lucido aquella noche.
José supuso que necesitaría beber litros de café para mantenerse despierto, pero no fue así.
La fascinación por los trajes y la nostalgia de aquella época pasada, lo llevaban a recorrer sin cesar las galerías.
El disfraz que más lo atraía era el que representaba a una mariposa. Las alas, con armazón de alambre, estaban cubiertas de tul y de predrerías multicolores. Iban sujetas a la espalda de una túnica color verde agua, que cubría los tobillos del maniquí, como correspondía al pudor de aquella época.
Junto al disfraz se mostraba la fotografía de su dueña, una linda niña de menos de veinte años. Su cabecita estaba coronada de rizos castaños y su boca pintada en forma de corazón.
José la miraba con melancolía, imaginando cuantos años llevaría muerta ya aquella hermosa criatura. Más de medio siglo, seguramente.
  Su tarea era recorrer cada cierto tiempo los pasillos, poniendo atención a cada traje. Comprobando que la vitrina estuviera bien cerrada, para que no le entrara polvo. Revisando que no hubiera ningún posible foco de incendio en el Museo o que algún intruso se hubiera escondido con el propósito de robar.
Las luces estaba bajas y una suave penumbra disfuminaba los contornos de los maniquíes.
José  recorría la muestra , encantado con cada disfraz que veía, pero siempre sus pasos lo llevaban frente a la vitrina donde estaba la mariposa. Y los ojos se le quedaban clavados en la fotografía de la hermosa joven, como si sus vagos anhelos de haberla conocida y haberla amado,  pudieran hacerla revivir.
Se había sentado un rato a tomar café, cuando escuchó el sonido del reloj de la Municipalidad, anunciando las doce.
Los párpados se le habían puesto pesados y luchaba por no cerrar los ojos.
De pronto, escuchó un rumor extraño, como el gemido de un niño. ¡Y venía de una de las galerías, no cabía duda!
¿Cómo? ¿Se habría quedado alguien encerrado en el Museo, después de las horas de visita?
¡Imposible!
Pero el dulce sonido persistía y ahora estaba acompañado por golpecitos dados contra un vidrio, como si alguien tratara de llamar su atención.
¿Intentarían distraerlo para perpetrar un robo? ¡Aquellos trajes, recamados de joyas, seguramente valían millones!
Alarmado, se dirigió al pasillo desde donde venía el ruido. Y llegó hasta la vitrina en la que se exhibía el disfraz de mariposa.
Atónito, vio que ahora lo llevaba puesto la joven de la fotografía y que era ella la que golpeaba el vidrio, para que la sacara de su encierro.
-¡Por favor! ¡Déjeme salir!- le suplicó llorando-¡Se hace tarde y tengo prisa por llegar al baile!
-¡Señorita!- exclamó José, creyendo que soñaba o que alguien le gastaba una broma- ¿Qué hace ahí? ¿Cómo es posible que esté encerrada?
- No sé, no sé... - gimió la niña, con voz lastimera- ¡Lo único que sé es que él se afligirá si no llego! ¡Pensará que he dejado de amarlo!
José trató de pensar con claridad. Y luego de reflexionar un momento, le dijo:
-Señorita, no quisiera decepcionarla ni ser rudo con usted, pero este baile se realizó hace cien años. Ya no existe el palacio Concha Cazotte... ¡Hace muchos años que lo demolieron!
La niña no parecía escucharlo y si lo hacía, sus palabras le resultaban incomprensibles o propias de un loco.
-¡Por favor! ¿Qué dice? Le repito que el baile es esta noche y que él me estará esperando.
¡Ábrame la puerta de esta jaula y déjeme salir de una vez! 
José tuvo una inspiración súbita.
Le constaba que era una locura, pero todo lo que estaba sucediendo era fantástico e irreal. ¿Por qué no ceder y hacerse parte de ese sueño que se había echado a andar sin que él pudiera impedirlo?
-Señorita, perdone si le pregunto...¿Qué disfraz llevará él? ¿Cómo va a reconocerlo?
-¡Ah!  ¡Lo distinguiría entre mil!  Sé que irá vestido de príncipe árabe, con un turbante de seda y una túnica recamada de gemas. ¡Se verá tan apuesto que todas querrán disputármelo para  bailar con él!
José reflexionó un momento y recordó que un disfraz como ese se exhibía en otra galería del Museo.
-¡Señorita! No llore más, se lo ruego. ¡Y espéreme hasta que yo vuelva! ¿Sí?
-¡No veo cómo podría irme!- le respondió la niña, colérica- ¿Acaso no ve que estoy encerrada?
Apoyando sus manos contra el vidrio, lo siguió con ojos ansiosos, viéndolo perderse por los pasillos en penumbra.
   José se dirigió rápidamente al lugar donde recordaba haber visto el disfraz que la joven había descrito y, a esas alturas, no le sorprendió en absoluto ver a un apuesto príncipe árabe paseándose impaciente de un lado a otro de la vitrina, mientras fumaba un cigarrillo.
Al ver a José, y confundiéndolo seguramente con un empleado del palacio, lo increpó con ansiedad:
-¿Ha llegado ella, por fin?  ¿Es eso lo que viene a decirme?
José asintió en silencio y abriéndole la puerta, le hizo un gesto para que lo siguiera.
La joven los esperaba con su carita llorosa apretada contra los vidrios. Rápidamente, fué liberada de su prisión.
-¡Matilde!
-¡Remigio!
Exclamaron los jóvenes al unísono y se arrojaron uno en brazos del otro.
Después de muchos besos, lágrimas y suspiros, se serenaron un poco y miraron a su alrededor.
-Pero ¿cómo?  Se ha hecho tan tarde que ya están apagando las luces..-observó Matilde.
-¡Y se retiró la orquesta!- agregó Remigio- ¿Ya cómo podremos bailar?
Era evidente que ambos se creían en el escenario de la fiesta.
José tuvo otra inspiración salvadora y se precipitó a la mesita en que tenía su radio a pilas.
Sintonizó una emisora donde tocaban música antigua. No tanto como de 1912, ¡claro!, pero al menos algo suave y rítmico que no hiriera los oídos de los jóvenes.
¡Si les ponía algo actual, se quedarían espantados!
Las notas de un vals llenaron la estancia con su vibrante armonía y la pareja se lanzó a bailar entusiasmada, olvidando por completo a José.
El los estuvo mirando un rato, satisfecho de haber contribuido a aquel encuentro mágico.
Algo en el tiempo se había trastocado y lo había hecho ser testigo de un episodio inusual.
Quizás la noche de aquel baile de máscaras, un azar del destino había separado a los jóvenes y habían quedado suspendidos en la eternidad, buscándose inútilmente, hasta que ahora por fin habían logrado encontrarse.
José permaneció mirándolos, mientras  bailaban ajenos a todo lo que no fuera el éxtasis de su amor.
La música de la radio lo iba adormeciendo y los párpados se le cerraban, sin que pudiera evitarlo.
Una mano en su hombro lo sacudió enérgicamente.
-¡Despierta, José! ¡Hace rato ya que es de día!
Era Pedro, el viejo portero del Museo, que llegaba puntualmente a las ocho.
José se paró de un salto y se le vino a la mente el recuerdo de la noche anterior.
-¡Por Dios!- exclamó-¡Tengo que ir a revisar los disfraces!
-¡No, hombre, no es necesario!  ¡Ya me di una vuelta por las vitrinas y está todo en orden!
-¿Acaso estuviste soñando que entraban ladrones?- se rió el portero, bonachón, y se puso a abrir las persianas que daban a la Plaza.
El sol entró a raudales, como un río de oro, barriendo los últimos girones de irrealidad que pudieran haber quedado en los rincones.
José escuchó un zumbido ronco que venía de su radio. Quiso subirle el volumen y notó que se habían agotado las pilas.
-¿Hasta qué hora habrán bailado anoche esos dos?- se preguntó, con un dejo de envidia.

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(Esta exposición se encuentra abierta en el Museo Histórico Nacional, y durará hasta el 31 de Marzo de 2013. Plaza de Armas 951 Santiago.)

lunes, 5 de noviembre de 2012

MUJERES TRISTES.

Hay una multitud de mujeres tristes que camina por la ciudad.
Llevan las manos cruzadas sobre el pecho, como si aún pudieran retener el amor que perdieron hace ya tiempo.
Lo tenían apretado contra su corazón y les transmitía un calor muy dulce que entibiaba todo su ser.
Luego, un día, notaron un frío extraño y se miraron el pecho. El amor ya no estaba allí. En su lugar había un vacío que el dolor se apresuró a llenar, como un licor oscuro que rebasa una copa.
Habían perdido su amor casi sin notarlo.
¿Qué fue primero? ¿Una palabra dura? ¿Una mirada fría? ¿Un gesto de fastidio?
Valientemente, los ignoraron y continuaron sonriendo.
No creyeron que el edificio que sostenía su vida pudiera derrumbarse por algo tan fútil.
Pero la grieta se había ido extendiendo silenciosamente y al fin, aquel sentimiento que había sido la casa en la cual habitaban, yació a sus pies como un montón de ruinas.
Mariana no sabía qué hacer con los escombros de su existencia.
Y caminaba por la ciudad, agobiada  por el dolor, como antes lo había hecho jubilosa, apretando contra su pecho el tesoro de su amor.
  Juan la había dejado después de cuatro años durante los cuales ella había creído ciegamente  que su unión se consolidaba.
Después de varios meses en que se habían amado con pasión, resolvieron vivir juntos.
Cada uno llevó al departamento sus objetos preferidos.
Juan su música, Mariana sus cuadros. Juan su colección de veleros en miniatura, Mariana sus cerámicas.
Se rieron alegremente al ver cuán heterogénea resultaba la decoración. Pero les gustó, porque los representaba a ambos y sintieron que habían construido un hogar.
Durante tres años había sido eso. Su lugar de encuentro y un sitio hospitalario al que llegar por las tardes, arrastrando el tedio y el cansancio del día.
Ella empezó a soñar con casarse y tener un hijo.  Esperaba que él se lo propusiera.
Cuando en su cumpleaños, Juan le regalaba unos pendientes en lugar de un anillo, se decía a sí misma, confiada: Será en Navidad.
Pero la Navidad pasaba y ella luchaba por sonreír para que él no notara la decepción que sentía.
Un día, se atrevió a mencionarle el tema de los hijos.
Le hizo notar que el tiempo pasaba y que llegaría el momento en que ella ya no estaría en  edad prudente como para tener uno.
El la miró serio un momento y después sonrió, revolviéndole el pelo.
-¡Esperemos un poco más, hasta que estemos seguros!
Esa frase la  hirió como un cuchillo.
¡Ella estaba tan segura de amarlo!
En las mañanas, al despertar, se quedaba mirando su cabeza sobre la almohada. Su pelo rizado, como de niño y sus pestañas largas que él detestaba por femeninas, según decía.
Mirándolo dormir, el amor la envolvía como una ola que sacudiera su cuerpo y su corazón y la arrojara exauta sobre una playa.
¿Cómo no saber que lo amaría siempre y que era suyo el hijo que anhelaba tener?
Ocultó la insatisfacción y la tristeza, empujándolas hacia el fondo de su ser.
 Quiso hacer lo que sus amigas le aconsejaban: vivir el momento, disfrutar del amor de Juan sin estar constantemente preguntándose hasta cuando iba a durar.
Pero un sentimiento de incomodidad se había instalado entre ellos, como un intruso venido desde afuera.
El departamento que un día les pareciera un hogar, se había vuelto frío y anónimo. Como una estación de ferrocarril en la que ambos esperaran trenes que corrían en dirección opuesta.
Después, Mariana presintió que había algo más.
Juan empezó a llegar tarde con el pretexto de un trabajo nuevo que le habían asignado.
Al principio la llamaba para decirle que se atrasaría, que no lo esperara a comer.
Después, ya no se molestaba en hacerlo.
Lo notaba pensativo y distante, alejándose de ella cada vez más.
Hubiera querido arrojarse a sus brazos, interrogarlo, arrancarle al fin la verdad que se negaba a decirle. Pero la angustia la paralizaba.
Una noche en que lo había esperado horas con una cena especial, se lanzó a la calle frenética, sin poder resistir más el encierro.
Sus pasos la llevaron, en forma casi involuntaria, hasta las inmediaciones de la oficina de Juan. Tal vez quería espiar las ventanas iluminadas. Sería una señal de que él se encontraba todavía allí, trabajando.
Pero el edificio estaba oscuro y en la puerta, el conserje la miró fijamente, quizás porque sus ojos febriles traicionaban su desesperación.
Al regresar, lo vio.
Salía de un café, acompañado de una chica.
La llevaba sujeta del codo y le acercaba el rostro, como susurrándole alguna cosa. Ambos se reían y Mariana notó cuán joven era ella.
Eso la humilló más que el engaño.
Esa radiante juventud contra la cual nunca podría luchar.
Se separaron y Mariana se quedó sola en el departamento, donde la sala de estar desmantelada y el closet semi vacío le hablaban a gritos de la ausencia de Juan.
Poco tiempo después, supo que se casaba.
Cuatro años habían vivido juntos sin que él lograra disipar sus dudas y ahora le bastaban unos pocos meses para estar seguro de sus sentimientos.
Comprendió que nunca la había amado.
Y se convirtió en una más en esa multitud de mujeres tristes que camina por la ciudad.
Va con los ojos clavados en el ayer, como en un jirón de niebla que desdibuja su vida.
Lleva las manos apretadas sobre su corazón, como si pudiera aún retener el amor que la abandonó hace tanto tiempo.
  Si te encuentras con ella, no la dejes pasar.
Pon tu mano sobre su hombro y oblígala a mirarte.
Sacúdela, si es preciso, para despertarla de ese ensueño doloroso en medio del cual camina como sonámbula.
Aunque quiera rehuirte, no la dejes seguir su camino.
Oblígala a mirarte a los ojos y dile que ya basta. Que el dolor no es eterno.
¡Y que ya es tiempo de que vuelva a sonreír!


EL CUMPLEAÑOS DE MANUELA.

Al día siguiente, era su cumpleaños.
Seguro que nadie se acordaría.
Pero no quería quedarse ahí para comprobarlo.
Ni para recibir el único llamado, el de su hermana, que se empecinaba en cantarle el "Happy Birthday" por teléfono.
Le daba pena y vergüenza tener que permanecer muda, con el fono pegado a su oreja, mientras Fanny entonaba la canción.  Jubilosa y desafinada, segura de que la hacía feliz...
Nadie más llamaría. Y el correo electrónico no registraría ningún mensaje.
Todos los años, para esa fecha, se hacía las mismas tristes predicciones, soñando, sin embargo, que esa vez sería distinto.
Su más hermosa fantasía, sin base real, era la del ramo de rosas.
Muy temprano, sonaba el timbre de la puerta.
Era un mensajero de la florería.
Su cara estaba casi oculta por un enorme atado de rosas rojas envueltas en papel celofán.
-¿La señorita Manuela?- preguntaba sonriendo y le ponía en los brazos el ramo, contento de ser él el portador de semejante motivo de alegría.
Pero ¿quién le enviaba las flores?
¿Un antiguo novio que no la había olvidado? ¿Un admirador secreto?
No importaba quién. Era un sueño impreciso como lo son todos. Pero un sueño feliz que la hacía sonreír en la oscuridad de su dormitorio.
Pero, esta vez no se quedaría ahí, esperando.
Se levantó a las siete con la idea fija de huir.
Sobre el velador dejó su teléfono celular y metió su computador en el closet, como si fuera un niño a quién encerraba en la oscuridad, castigándolo de antemano por una falta que aún no había cometido.
Salió de su casa, sin destino fijo.
Era Sábado y a esa hora de la mañana, las calles permanecían casi desiertas.
Entró a la matinal de un cine, en la que pasaban dibujos animados.
Se acordó de aquel lejano día de cumpleaños, cuando su papá la llevó a celebrarlo al centro.
Tomaron refrescos y luego entraron al cine, a ver la película para niños que Manuela había elegido. ¿Se aburriría él a su lado, mientras ella se reía y se llenaba la boca de palomitas de maiz?
A la salida, le compró un libro de cuentos y Manuela volvió a la casa dichosa, apretándolo contra su corazón.
¡Había sido el cumpleaños más feliz de su vida!
Pero ahora, su papá ya no estaba.
Al principio, podía volver a verlo con solo cerrar los ojos. Caminaba hacia ella sonriendo, mientras le tendía los brazos. Escuchaba nítidamente su voz.
Pero, todo eso se había ido borrando de a poco.
Al cabo de un tiempo, una mano de sombras se lo arrebató y lo entregó al olvido.
Ahora tenía que mirar una fotografía para ver su cara y no había nada en el silencio que pudiera restituirle el cálido sonido de su acento.
Almorzó en un restaurante del centro y deambuló por las calles hasta que empezó a atardecer.
No estaba triste sino amargamente satisfecha de haber huido de su departamento y de todo cuanto pudiera confirmarle lo sola que estaba en el día de su cumpleaños.
 ¡No una vez más!
Recordó aquellas ocasiones en que después de un día vacío y solitario, había sonado el teléfono sorpresivamente.
Era una amiga que había recordado la fecha por casualidad y se apresuraba a llamarla para demostrarle su atención.
-¡Te estuve llamando desde temprano!- mentía.
Y Manuela aceptaba el embuste con una risa que sonaba satisfecha.
-¡Andaba por ahí, celebrando! Salí a almorzar con unos amigos...
Pero ahora no estaría ahí, para escuchar el doloroso sonido del silencio. Ni abriría el computador, una y otra vez, buscando inútilmente un mensaje de saludo.
Sus pasos la llevaron al parque, cuando caían las primeras sombras de la noche.
Parecía desierto y las luces de los faroles diluían los contornos de las esculturas, en un halo fantasmal.
Se creyó sola, pero luego divisó a una mujer sentada en un banco.
Estaba frente al parapeto que separaba el parque del río y parecía absorta escuchando el rumor del agua.
Manuela se sentó a su lado, sin hablar y la mujer no se molestó en mirarla.
Permanecieron un rato en silencio, dejándose envolver por la humedad que subía desde el río.
Al fin, Manuela le preguntó:
-¿Qué haces aquí?
La mujer se volvió a mirarla con sus grandes ojos sombríos y le dijo:
-Escapé de mi casa porque no quería estar sola en el día de mi cumpleaños.
A Manuela, sin saber por qué, no le extrañó su respuesta.
La mujer continuó hablando, con la mirada fija en el transcurrir del agua, aunque ya casi no se veía. Se adivinaba más bien en el murmullo sedante que llegaba a sus oídos.
-Vine hasta el río, porque quiero irme con él. Quiero que me lleve hasta el mar, como se lleva esos maderos que a veces pasan flotando.
Manuela no dijo nada.
-" Más rato voy a bajar hasta el agua y voy a terminar con mi soledad de una vez por todas. ¿No quieres acompañarme?
Manuela tomó su mano y juntas buscaron una pendiente que las llevara hasta la orilla.
Al principio, el agua lamía mansamente sus tobillos, pero, sin ponerse de acuerdo, avanzaron hasta el centro de la corriente.
De pronto, la fuerza del agua las arrebató y las sumergió en un remolino frío.
Manuela sintió que se soltaban sus manos.
Vio una vez más el rostro de la mujer que tenía la boca abierta, como si gimiera o como si la estuviera llamando. No escuchó su voz, porque el estruendo de las olas apagaba todos los sonidos.
También le pareció ver a un hombre que gritaba y corría a lo largo de la orilla. Pero, tampoco pudo escuchar lo que le decía.
Fue el único testigo que la policía encontró.
El hombre les aseguró que Manuela estaba sola. Que la había visto sentada en un banco y que al principio creyó que esperaba a alguien.
Luego la vio bajar y meterse en el río.
Él le gritó, corrió tratando de detenerla, pero el agua la envolvió en un vórtice feroz y la sumergió en cosa de segundos. No volvió a salir a flote.
Días después, Fanny fue al departamento de su hermana, buscando una carta, alguna nota que explicara la conducta de Manuela.
Al llegar, vio en el suelo, junto a la puerta, un ramo de rosas rojas que se deshojaban sobre el felpudo.
El celular estaba sobre el velador y la impresionó la cantidad de mensajes de texto que había recibido por su cumpleaños.
En el computador había también muchos correos de amigos que la felicitaban.
¡Aquellos saludos y aquel ramo de rosas!
-¡Ay!- pensó Fanny, desolada- ¡Si Manuela los hubiera visto antes de partir!