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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



jueves, 13 de septiembre de 2012

UNA BIOGRAFIA CONTROVERTIDA.

En el curso de computación que seguí en el verano, conocí a un chico muy simpático, llamado Abel.
Me dijo que tenía muchos contactos sociales y políticos y que contaba con un empleo asegurado, para cuando sacara el título.
-Pienso, incluso,  que podría darte una mano-me aseguró. Por supuesto, no le creí y pensé que estaba tratando de impresionarme.
Sin embargo, un mes después, recibí un correo de él:
-Querida Flor, creo que tengo un trabajo adecuado para ti.
Mandé mi currículum y al cabo de una semana, fui citada a la oficina de mi posible empleador.
Era un anciano alto y delgado, de cabello blanco y mejillas sonrosadas. Rebosaba dignidad y alta alcurnia.
Se trataba de Don Heriberto Campobello, un distinguido diplomático, ya jubilado, cuya fotografía había visto frecuentemente en el periódico.
Trabajaba en su casa y me recibió en un escritorio muy espacioso,  lleno de libros hasta rebosar.
Llamó a la doncella y le pidió que nos sirviera café.
-Flor Arratia -murmuró, señalando mi currículum- ¿Algún parentesco con los Arratia de San Fernando? ¿Con Don Segismundo Arratia, el eminente catedrático...?
-No.
-Claro que no...-y me miró de soslayo, como para confirmar que mi aspecto no daba para relaciones tan distinguidas.
 Me di cuenta de que era un snob.
-Su función será sumamente interesante-continuó-Estoy escribiendo mis memorias y de usted depende que avancemos en la tarea. Mis notas están un poco desorganizadas, pero son altamente confidenciales. Me imagino que podré contar con su reserva. He dispuesto que mi biografía sólo sea  publicada después de mi muerte.
Dirigió la mirada a un alto mueble y me lo señaló con severidad.
-Ahí hay guardados grandes secretos.¡ Cualquier infidencia podría desatar un conflicto internacional !
Me quedó claro que estaba fantaseando, pero puse cara de profunda interés y fidelidad a toda prueba.
Acababa de sonar el teléfono cuando se abrió la puerta y entró una mujer flaca y viejísima, con el pelo teñido color azabache y los labios pintados de rojo intenso. Se veía impresionante, vestida de raso negro y con dos vueltas de perlas cayéndole hasta la cintura. Se tambaleaba un poco y sus ojos tenían una expresión alucinada.
-¡Mamá, por favor!-exclamó don Heriberto, cubriendo el fono- ¡Estoy hablando con la Felicita Morandé, casada con...
-¡Si sé quién es! ¿ Me crees loca?-le respondió la anciana con voz agresiva, mientras estrujaba sus perlas con unas garritas pequeñas, parecidas a las patas de un pájaro. Vi que tenía las uñas pintadas del mismo rojo furioso que cubría sus labios.
-¿Quién es esta niña?-preguntó, dulcificando el tono.
-Flor Arratia, mi nueva secretaria.
-¡Flor! ¡Qué lindo nombre!-alcanzó a decir la viejita antes de que se abriera la puerta a sus espaldas y apareciera una mujer enorme, vestida de enfermera.
-¡Señora Rebeca!- exclamó impaciente, tomándola de un brazo.
-¡No me toques, arpía!- protestó la anciana y mirándome con repentina simpatía, me dijo:
-Este viejo snob y esta bruja me tratan como si estuviera loca.
-¡Mamá! Estoy trabajando-protestó Don Heriberto.
En los días siguientes, la señora Rebeca logró escapar repetidas veces de su carcelera y precipitarse en la oficina de su hijo. Pero, no duraban mucho sus incursiones y rápidamente, era hecha desaparecer por la siniestra señorita Rina, que así se llamaba la enfermera.
Me caía bien la viejita, en la medida en que me caían mal los otros dos.
Observé que la anciana desvariaba adrede delante de ellos, pero cuando nos quedábamos a solas, conversaba con total lucidez y tenía tiempo de sobra para llegar al baño...
En presencia de la enfermera, caminaba con lentitud desesperante, para no llegar a tiempo, y dejaba pocitas de orina sobre el parquet.
-Precipitaciones intermitentes-sugerí yo, en broma, y a la enfermera pareció encantarle la frase.
Un rato después la escuché decirle a Don Heriberto:
-¡No puedo controlar las precipitaciones intermitentes de su mamá! Debería estar en una Residencia.
Miró de reojo a mi jefe, esperando alguna reacción a su favor, pero él no le hizo caso, perdido en sus  nostálgicas ensoñaciones.
A media tarde, encontraba a Rina en la cocina, tomando café.
Me sonreía con fingida cordialidad, lanzando risitas y diciendo tonteras.
- A los hombres no les gusta que dejemos rouge en el borde de la taza, pero les encanta que nos pintemos los labios.
-A los hombres les gusta que llevemos de adorno alguna joyita...
Siempre me informaba lo que le gustaba a los hombres y mi instinto me avisaba que lo decía pensando en Don Heriberto.
La había visto coqueteándole en forma descarada, batiendo las pestañas y frunciendo la boca como para lanzar besitos al aire.
 La señora Rebeca me informó un día, cuando estábamos solas:
-¡Está desplegando todas sus malas artes con el tontorrón de mi hijo! Y lo primero que va a hacer, cuando le resulte, será echarme de mi casa y mandarme a un hogar de ancianos.
La tranquilicé asegurándole que don Heriberto no le hacía caso.
-No creas-suspiró resignada a su suerte- Hace ya mucho tiempo que el pobre está solo...
Pronto comprobé que la biografía de Don Heriberto no pasaba del primer capítulo. Y harto latosa por lo demás. No pude evitar adornarla con algunas frases simpáticas, para hacerla más atractiva a los hipotéticos lectores.
Don Heriberto, totalmente fuera de la realidad, se daba aires de importancia frente a Rina  y a mí.
-Esta narración será de gran valor para los historiadores del futuro. Y revelará secretos que modificarán por completo el panorama actual de nuestras relaciones bilaterales...Eso sí, tendrán que esperar a que yo me muera...
Me daba risa escucharlo, pero vi a Rina muy interesada y pronto empecé a sospechar que maquinaba algo relacionado con la Biografía. ¿Pensaría chantajear al viejo, en vista de que no parecían resultarle sus intentos de conquista?
Varias veces la vi merodeando con aviesa intención en torno al escritorio, cuando yo iba al baño o a la cocina a preparar un café.
Al volver, encontraba el trabajo recién impreso desordenado sobre el escritorio y las notas de Don Heriberto caídas sobre la alfombra.
  Pronto se confirmaron mis sospechas.
Me llegó un correo de Abel, el amigo a quién le debía el puesto.
"Flor, es urgente que hablemos. No trates de evadirte. Llámame."
Me sorprendió el tono del mensaje y sin dudarlo partí a la dirección del periódico donde Abel trabajaba.
-¡Flor! ¿Qué te pasa? ¿Es que cometí un error al confiar en ti?- me espetó sin preámbulos.
-No sé de qué hablas, Abel, te lo juro. ¿Podrías explicarme?
-Mira, Flor: Un compañero de la Redacción, me contó que está a punto de obtener una primicia. Una fuente cercana a Don Heriberto Campobello prometió conseguirle un adelanto de su Biografía, que se supone que destapará situaciones escabrosas...¿De quién puedo sospechar sino de tí?
Le aseguré que no era yo la culpable sino la enfermera que trabajaba en la casa y me comprometí a avisarle a Don Heriberto, antes de que se produjera la filtración.
Al día siguiente, llegué muy temprano a la oficina. El me esperaba, de muy buen humor, sentado frente a su escritorio.
Comprendí que iba a hacerle pasar un mal rato, pero no podía callarme ni un minuto más.
-Don Heriberto-empecé con voz insegura- Necesito decirle algo...
-¡Qué coincidencia, querida Flor! Yo también. Como leal colaboradora mía, tienes derecho a esta primicia: Estoy de novio y me voy a casar.
Rina entró con andar ondulante y pensé que si hubiera sido una gata, habría entrado relamiéndose los bigotes. Se colgó del brazo de Don Heriberto y me miró con sonrisa triunfal.
Quedé atónita.
-¿Y tú, Flor?- me preguntó Don Heriberto, sin notar mi turbación- ¿Qué era lo que querías decirme?
-No, nada... Es decir, sí. Quería avisarle que dejo mi puesto. Debo partir urgente al Sur, porque mi papá está enfermo.

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Dos años después, la prensa informó el deceso del distinguido diplomático. Al cabo de un par de meses, una importante Editorial anunció  el lanzamiento de sus memorias. El libro sería presentado por su viuda, que no era otra que Rina, naturalmente.
Abel y yo fuimos de incógnito a la presentación y nos parapetamos detrás del público.
Junto a un mesón atestado de libros, estaba Rina, dando una conferencia de prensa. Se veía impactante con un vestido de satén negro y una doble vuelta de perlas que le colgaban hasta la cintura.
-¡El collar de la señora Rebeca!- constaté, apenada- ¡Seguro que la viejita ya no está en este mundo!
En una ocasión me había dicho que cuando llegara su hora, El Señor iba a mandar una limusina a recogerla, para llevarla al Paraíso.
Me imaginé un  ángel con gorra de chofer y una limusina con alas, remontándose hacia el cielo. En la ventanilla de atrás, la señora Rebeca me hacía señas, en un gesto de adiós.
-Y tú ¿por qué sonríes con esa cara de tonta?- me preguntó Abel, que es insolente por elección propia.
No le contesté y me acerqué al mesón, a pedirle a Rina que me dedicara la Biografía.

lunes, 10 de septiembre de 2012

NUBES DE VERANO.

Hacía más de un año que no iba a ver a mis padres y ni siquiera los llamaba por teléfono.
Avergonzado de mi conducta, decidí ir a pasar con ellos las vacaciones de Verano.
Me bajé del bus a la entrada del pueblo y cargado con mi maleta, caminé las tres cuadras que me separaban del que había sido mi hogar durante tantos años.
Salió a abrir mi papá y me miró sorprendido:
-¡Jaime! ¡Hijo! ¡Qué alegría!
De nuevo me impresionó verlo tan buenmozo. Siempre me hacía el mismo efecto, como si lo viera por primera vez.
Alto, con el pelo gris todavía abundante y esa forma que tenía de andar de perfil, como mural egipcio, para que todos pudieran apreciar su nariz recta y su mentón enérgico.
El paso de los años no había disminuido su conmovedora vanidad de adolescente.
Me dio un abrazo y me dijo con voz dolida:
-Tu mamá se fue.
Me quedé atónito y las preguntas me salieron a borbotones.
- ¿Qué dices?  ¿Cómo no me avisaste?  ¿Cuánto tiempo estuvo enferma?
-No, no estaba enferma. Hizo su maleta y se fue a Chimbarongo, a casa de tu abuela.
Lancé un suspiro de alivio. Había alcanzado a visualizarme llorando frente a su tumba.
-¿Quieres decir que te dejó?
-Eso creo, porque se llevó casi toda su ropa....
-¡Ay, papá! ¡Algo le habrás hecho tú para que se fuera!
Mi padre puso cara de niño pillado en falta y sacudió la cabeza, enérgicamente.
Por supuesto que no le creí. Bastantes cosas le había perdonado mi mamá y de otras tantas se había hecho la desentendida.
Pero, me imagino que durante todos esos años, el resentimiento había crecido como una planta parásita que se alimentaba de su amor y había terminado  por consumirlo por completo.
Quizás los amores sin ataduras que se viven ahora sean más sanos, porque se acaban antes de que el rencor se haya extendido por el alma entera, como una mancha de tinta en un papel secante. 
Y tal vez se aprecien más los momentos de dulzura y reconciliación, sabiendo que tarde o temprano vendrá el final.  Y que sólo vivimos la eternidad de lo efímero...
No le dije nada y me fui a mi dormitorio para tenderme un rato en mi cama de juventud.
Hacía calor y en el huerto zumbaban las abejas, borrachas de néctar y del sol del Verano.
Antes de dormir, llamé a mi mamá a la casa de la abuelita.
Estaba bien. Descansando, me dijo, pero el hecho de que no preguntara por mi papá me convenció de que estaba ofendida. De todos modos, se alegró al saber que yo estaba ahí, para que lo vigilara, me imagino.
A las cinco me levanté y fui a la cocina a preparar el té. Vi que la panera estaba vacía.
-¡Papá, no hay pan!
-No te preocupes-me respondió, entrando desde el jardín- Toyita lo va a traer dentro de un rato.
-Y ¿se puede saber quién es Toyita?
-¡Cómo! ¿No te acuerdas de ella? Jugaba con tu hermana cuando eran chicas.
Me acordé de una niña flaca, con los ojos desorbitados como si viera gente muerta por todas partes. En ese tiempo tenía casi mi edad, así es que calculé que en la actualidad andaría por los treinta.
Casi de inmediato, sonó el timbre y llegó ella.
Ya no era flaca. Mejor dicho, había engordando en las partes más estratégicas y los chapes tipo crin de caballo habían sido reemplazados por una melena de bucles ensortijados.
Me saludó con cierta timidez y pasó directo a la cocina a dejar el pan.
Sirvió el té, desplegando su gracia y se sentó a la mesa, entre ruborizada y desafiante.
Mi papá la miraba de lado. Para lucir el perfil, me imagino.
 Yo lo miraba a él y le encontraba algo distinto, no sabía qué. Después caí en la cuenta de que se había teñido el bigote.
Cuando Toyita se fue, se quedó sentado con la mirada perdida, mientras una sonrisita tonta se le asomaba por debajo del bigote  recién teñido.
-Es una chica muy amable-dijo-Me ha acompañado mucho desde que tu mamá se fue...
-Yo creo que mi mamá se fue porque ella te acompañaba mucho- le respondí muy serio, pero con un dejo burlón.
El no se amilanó y continuó, como si no me oyera:
-¡Es muy simpática!  ¡Y tan original!- añadió con tierno menosprecio-Cree en la Astrología y no hace nada sin consultar su horóscopo.
Se notaba que veía con claridad que no era la persona adecuada para él, pero su afán de confirmarse a sí  mismo que continuaba siendo irresistible, superaba todos sus razonamientos...
Toyita siguió viniendo a la casa a tomar el té con nosotros.
Mi papá regaba los tomates cantando:
"Soy tu dulce alegría,
tu rayito de sol"
y cualquiera hubiera dicho que estaba enamorado.
Yo lo encontraba entre conmovedor y ridículo y me  preguntaba hasta dónde lo conduciría todo eso.
No hasta mucho más allá, afortunadamente.
Una tarde, cuando habíamos terminado de tomar el té y Toyita enjuagaba las tazas en el lavaplatos, escuchamos chirrear los goznes de la reja.
Mi mamá entró con su maleta y se quedó parada en medio de la cocina.
Alta y flaca, se veía majestuosa como una columna del Partenón.
Me recordó una fotografía que guardaba de su juventud, de cuando la habían elegido Reina de la Primavera. Mantenía la cabeza en alto,  como si todavía llevara la corona. Y la verdad era que no la necesitaba para llenar toda la cocina con su presencia.
No nos miró ni a mi papá ni a mí.  Sus ojos estaban fijos en la espalda de Toyita que, inclinada sobre el lavaplatos, parecía haber perdido de golpe por lo menos diez centímetros de estatura.
Mirándola con altivez, le dijo:
-Eso es todo. Ya no necesitaremos sus servicios. Puede pasar el Lunes a cobrar lo que se le adeuda.
Toyita dio un respingo sin volverse y vi como el cuello se le ponía color púrpura.
Al fin, se volvió en dirección a la silla de mi papá, esperando que interviniera en su favor,  pero él había desaparecido sigilosamente hacia el  dormitorio, llevando la maleta de mi madre.
Toyita salió en silencio, recogiendo al pasar su cartera, como quién recoge los despojos de una batalla en la cual no se ha alcanzado a disparar ni un tiro.
 Así, todo volvió a la normalidad y el sol del Verano siguió brillando sin nubes.

viernes, 7 de septiembre de 2012

LA ILUSION DE MARCIA.

Si el matrimonio de Marcia hubiera fracasado en otra época, habría sido tema de interés durable entre sus amigas. ¡Pero, se separaba tanta gente! ¡La tasa de divorcios subía como la espuma!
¿De qué asombrarse entonces?
Por supuesto que al principio le brindaron todo su apoyo. Sacudían la cabeza en señal de incredulidad. ¿Cómo Victor pudo hacerte algo así?
Le aseguraban a Marcia que pocas mujeres eran tan atractivas e inteligentes como ella y que él se arrepentiría muy pronto de haber dado ese paso.
-¡Volverá!-le aseguraban- ¡Ya verás como vuelve!
Pero el tiempo pasó y las amigas se cansaron de escucharla insistir sobre el mismo tema. Tenían la esperanza de que transcurridos tantos meses, Marcia se recuperaría y vería la posibilidad de empezar una vida nueva.
En vano, a la salida del trabajo, la invitaban a tomar un trago. Allí iba Marcia, arrastrando su pena y  repitiendo su historia con una monotonía exasperante.
Un día, una de ellas no pudo aguantar más el fastidio y le dijo:
-¡Por favor, Marcia! ¡Habla de otra cosa, te lo ruego!
Ella la miró dolida y el resto de la tarde guardó un silencio lleno de resentimiento.
Sentía que el presente se le hacía intolerable y veía el futuro como una prolongación de ese vacío sin expectativas.
Se refugió en el pasado, en el recuerdo de los seis años de felicidad que había vivido con Victor. Así los veía ella, a través de la bruma de la nostalgia.
Olvidaba los desacuerdos, los altercados, el lento tedio que había ido apoderándose de su matrimonio.
En sus recuerdos, ella sólo veía años de armonía perfecta, donde las discusiones sin importancia servían para unirlos más tiernamente y las peleas pavimentaban el camino para apasionadas reconciliaciones.
Pero aquellos engañosos recuerdos eran compañeros mudos que no la conformaban. Ella necesitaba voces compresivas que la alentaran a desahogar su dolor.
Sus amigas se habían alejado, cansadas de sus quejas y ya no la consolaban asegurándole que Victor volvería.
Pero una de ellas tuvo la brillante idea de hablarle de la Doctora Gordo.
Pilar Gordo se llamaba la sicóloga excepcional, que, por cierto,  no hacía honor a su apellido. Al contrario, era delgada y graciosa, con un sentido del humor sutil y elegante que cautivaba.
Sus libros estaban siempre en el tope de la lista de los best seller.
Marcia, por fin, pudo explayarse en su dolor, ante un oído atento.
Mientras ella hablaba de la inexplicable conducta de Victor, después de seis años  de felicidad inalterada, la doctora asentía con la cabeza varias veces y en sus labios se iba dibujando una sonrisa de total comprensión. ¡Ya tenía el diagnóstico!
Cuando Marcia se calló, secando sus lágrimas, la Doctora Gordo exclamó triunfal:
-¡La crisis de los cuarenta!  ¡Eso es todo!  Victor está pasando por una etapa que lo tiene confundido.  ¡Pero, no hay duda de que se le pasará!
Marcia la miró con indecible alivio. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? ¿Cómo no pensó que los hombres también tienen crisis de edad?
La Doctora le aseguró:
-Este es un caso pasajero de nervios exacerbados y desequilibrio metabólico. ¡Cómo se atormentan las mujeres culpándose y  perdiendo la confianza en sí mismas, ante el desamor de sus maridos!  ¡Y no se les ocurre atribuirlo a la crisis de los cuarenta!.
Marcia se aferró a la tesis de la Doctora Gordo y un nuevo optimismo iluminó su corazón como un amanecer después de una noche tenebrosa.
La Doctora le recomendó varios libros suyos que contribuyeron aún más a devolverle la confianza.
Ahora que sabía que el abandono de Victor se debía a un desequilibrio pasajero, se sintió renovada. Empezó a caminar con la frente en alto y dejó atrás a la mujer deprimida de gesto amargo, a quién sus amigas habían abandonado por latosa.
En la siguiente sesión le comentó a la Doctora su pesadumbre porque Victor nunca la llamaba por teléfono.
Sólo lo había hecho al principio, para ultimar los detalles de su separación. Luego, el teléfono había permanecido mudo y ella había logrado, con torturantes esfuerzos de voluntad, no ceder a la tentación de llamarlo a su oficina.
La Doctora se quedó pensativa.
-Sí, yo esperaba que la llamara. Ya es tiempo que reaccione, creo...Pero su silencio demuestra que él sufre, está avergonzado y teme hablar con usted. Pero creo que pronto logrará vencer su cobardía.
A la semana siguiente, Victor la llamó.
Le preguntó si podía pasar por su departamento la noche del Viernes.
Marcia, eufórica, llamó a la Doctora Gordo para contarle la noticia.
  -¿No le decía yo?-comentó ella-Ahora, escúcheme para que no vaya a perder la cabeza. No sea muy blanda con él. Tenga siempre presente lo mucho que ha sufrido. No se muestre entusiasta por volver. ¡Sería contra producente !
-¡No!- exclamó Marcia-¡Lo haré dudar de mi perdón hasta el último momento!
-¡Muy bien!. Pero, no le haga tampoco una escena. Muéstrese dulce y fría, accesible y distante. ¡Hágalo caminar en la cuerda floja y verá como cae rendido!
-¡Ah! ¡Y una última advertencia!-agregó-¡Manténgalo lejos del dormitorio!
-¡Por supuesto!-aseguró Marcia- ¡Tendría que rogarme de rodillas!
La noche del Viernes, se veía hermosa con una blusa rosada que iluminaba su cara y un peinado nuevo que él no le conocía.
-¡Qué bien te ves, Marcia!- exclamó Victor.
-Es raro, porque estoy agotada. ¡No he parado de salir en todas estas noches!
-Pero te ha hecho muy bien. ¡Estás espléndida!
Olvidando los concejos de la doctora, Marcia le espetó con amargura:
-¡No pensabas así cuando me dejaste!
-Por favor, Marcia. No me hagas reproches. He venido en son de paz.
-Tienes razón, perdóname-balbuceó ella-Estoy dispuesta a escuchar lo que has venido a decirme...
Victor la miró agradecido.
-¡Qué bueno, Marcia! Creo que a estas alturas ya no será difícil para ti aceptar un cambio en nuestras vidas. Hemos sufrido lo suficiente y merecemos un poco de felicidad ¿No crees?
   -Oh, sí, Victor! ¡Nunca es tarde para cambiar el rumbo!
-Eso pienso, Marcia. No debemos permitir que un primer fracaso estanque nuestras vidas.
Ella lo miraba expectante, con los ojos húmedos.
Victor continuó con voz firme:
-Por eso he venido a pedirte el divorcio. No creo que tengas inconvenientes. Yo quiero rehacer mi vida junto a alguien que me ha devuelto el optimismo. En realidad, la conocí cuando tú y yo estábamos juntos...Pero, entonces no estaba seguro de mis sentimientos. ¡Ahora tengo la certeza de que he encontrado el verdadero amor!
Marcia no puso objeciones. Respondió con voz serena a todas las sugerencias de tipo legal que él le hizo. Notó que se había preparado a conciencia en el tema.
Cuando se fue, se quedó inmóvil en mitad de la pieza. Una rabia sorda empezó a crecer en su corazón.
Se sentía engañada, traicionada en todas sus delirantes ilusiones. ¿Y quién había tenido la culpa de que ella concibiera esas esperanzas?
Con creciente furia, marcó el número de la Doctora Gordo.

lunes, 3 de septiembre de 2012

UNA CARTA DE AMOR PARA CLARA.

Ser cartero- pensaba Raúl-  se ha vuelto muy monótono y sin gracia. Las únicas cartas que me toca repartir son cuentas o folletos de propaganda. Ya no es como antes, en que uno podía llevarle una alegría a quién había esperado muchos días por aquella carta manuscrita.
A veces me tocaba entregar alguna que venía del extranjero, en sobre aéreo y con hartas estampillas. A la persona que la recibía se le iluminaba la cara y faltaba poco para que me abrazara, de tan agradecida y contenta que se ponía.
Así pensaba Raúl mientras arrastraba su carrito cargado de una correspondencia que en nada contribuía a la felicidad de la gente. Al contrario, muchas veces venía a recordarle una deuda que no podía pagar.
Revisó las cartas del sexto piso y se alegró al ver que tenía una dirigida a Clara Gomez.
Bien habría podido echarla bajo la puerta, pero no iba a perder la oportunidad de ver a Clara...
Tocó el timbre y esperó, ilusionado, a que ella abriera.
Al fin apareció, más linda que nunca- pensó Raúl-  y extendió su mano con sonrisa expectante.
El le pasó el aviso de las Contribuciones, sintiendo que le entregaba una hoja seca a quién esperaba una flor.
Ella lo recibió en silencio y se le escapó un suspiro. Luego, arrepentida de haber exteriorizado su desilusión, se rió y le dijo:
-¡Oh! ¿Solo esto? ¡A ver si un día me trae una carta de amor!
Sonreía, dando a entender que estaba bromeando, pero Raúl notó que sus labios se curvaban hacia abajo sin que ella pudiera evitarlo, traicionando su insatisfacción y su melancolía.
Raúl se fue pensando en Clara, ¡tan bonita y tan sola!
La veía muy pocas veces, cuando por casualidad compartían el ascensor o cuando tenía alguna cuenta o factura que entregarle.
¡Yo mismo le escribiría cartas con tal de verla más seguido!
Eso pensó Raúl y luego se dijo: ¡Pero, claro! ¿Cómo no se me ocurrió antes?  ¡Yo le escribiré esa carta de amor que ella espera en secreto!
Esa noche, en su solitaria pieza de pensión, desplegó sobre la cama las cosas que había comprado en la Librería: Papel de cartas, sobres y un lápiz a pasta flamante, que parecía ansioso de volcar en la esquela las más románticas frases de amor.
Pero, llegado el momento, no se le ocurrió ninguna. No era muy versado en escritura ni había leído muchos libros en los cuales pudiera buscar inspiración.
Al final, escribió lo que muchas veces había pensado, mirando a Clara en el ascensor:
"Señorita Clara:
Usted es linda y simpática.
¡Me gustaría tanto ser su amigo!
No se ofenda si le digo que pienso mucho en usted."
Y firmó con una J.  (¡Cualquier letra-pensó- menos la R de Raúl!)
Le puso dos estampillas y al día siguiente la deslizó entre las cartas que debía repartir en el edificio de Clara. (¡Seguro que ella no notaría  que las estampillas no iban timbradas!)
Estaba tan nervioso que prefirió echarla por debajo de la puerta. Le dio miedo de traicionar su turbación si se la entregaba en la mano.
Dejó pasar una semana y le escribió otra.
¡Esta vez sí que se la entregaría en persona! Ardía en deseos de ver la cara que ella pondría al recibirla.
Cuando Clara abrió la puerta, Raúl se sorprendió de verla tan cambiada.
Se había cortado el pelo y lo llevaba en una suave melena que cubría sus orejas. Algo  más le encontró de distinto, pero al principio no sabía qué. Luego descubrió, con deleite, que se había maquillado los ojos y había dado a sus labios un toque de carmín....
Sonrió ruborizada al recibir el sobre y él no pudo evitar preguntarle:
-¿Serán buenas noticias, señorita Clara?
-¡Ojalá!- respondió ella, y apretó la carta contra su corazón.
A solas en su pieza, leyó lo siguiente:
"Señorita Clara, Clarita...¿Puedo llamarla así?
El Martes me tocó subir en el ascensor con usted. ¡Estaba tan linda que sin querer pensé en la Primavera. Será porque su cara se parece a una flor..."
Cuando Clara leyó esto, reflexionó en que forzosamente su admirador secreto vivía en el edificio. De otra manera, no habría podido compartir el ascensor con ella. ¡Era muy probable, incluso, que ambos viviera en el mismo piso!
Ansiosa por develar el misterio, hizo memoria  de con quienes le había tocado subir en los últimos días... La carta decía que había sido el Martes. Recordó que ese día había llegado más temprano del trabajo... ¡Sí! Y había compartido el ascensor con el cartero y con el señor buenmozo de mediana edad que vivía al final del pasillo.
Recordó que él la había mirado varias veces mientras el cartero le entablaba conversación.
¡Claro! ¿Cómo no lo había sospechado?
Y se llamaba Jaime Monsalves....¡"J" de Jaime, por supuesto! Esa era la letra que ponía en sus cartas.
Una dulce emoción la invadió.
Sabía que él era solo, igual que ella y muchas veces lo había mirado con el deseo secreto de entablar conversación. Pero le había parecido que era él quién debía tomar la iniciativa. Y así, el tiempo pasaba sin llegar a ninguna parte.
¡Pero él sí había tomado la iniciativa! Quizás era tímido y había preferido el anonimato de esas cartas...¿Qué hacer para demostrarle que correspondía a su interés sin mencionarlas para no avergonzarlo?
Se propuso no tocar nunca ese tema si llegaba a hablar con él...
No tuvo mucho que esperar para encontrar la ocasión propicia.
El cartero, que por esos días andaba apurado repartiendo la correspondencia porque lo trasladaban a otro sector, se equivocó y dejó bajo la puerta de Clara, junto a algunas cuentas, una carta dirigida a Jaime Monsalve.
Clara de alisó la melena, repasó el carmín de sus labios y se dirigió a entregársela.
El, al verla, se turbó y tartamudeó como si tuviera quince años...
Fue el principio de todo.
Y el cartero nunca supo hasta qué punto había hecho el papel de Cupido en aquel romance...