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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



martes, 17 de julio de 2012

RETRATO CON VIOLIN.

Ramiro estaba harto de incursionar en diversas corrientes pictóricas.
Por un tiempo, pensó que el Surrealismo interpretaría mejor las afiebradas fantasías que bullían en su mente. Pero, se encontró imitando a Salvador Dalí, sin darse cuenta. La tentación de pintar relojes blandos colgando de los árboles era demasiado poderosa...
Luego, pintó un par de cuadros totalmente abstractos. De esos que el artista puede bautizar después como "Sueño erótico de un rinoceronte" o "Tempestad sideral sobre el Mar Muerto" y da lo mismo. Cualquier título es válido... Pero, los halló poco sinceros y peligrosamente parecidos a Matta.
Total, no encontraba un estilo que lo definiera y sabía que sin él, no podría granjearse la atención de los críticos. Sería uno más entre tantos.
Un día que estaba esperando el bus para ir a la Escuela de Bellas Artes, vio a una joven tan hermosa que lo dejó estupefacto.
Su cutis era blanco como los pétalos de las magnolias y su pelo negro semejaba dos alas de cuervo enmarcando su rostro.
Estaba parada en la esquina mientras una fina garúa caía sobre ella, sin que pareciera notarlo.
Luego cruzó la calle y se perdió entre la muchedumbre.
Ramiro calculó que debía haberse bajado del bus que acababa de partir.
Cuando llegó a la Escuela, tomó un carboncillo y trató de reproducir en un papel aquellos rasgos exquisitos. Pero había sido muy corto el rato en que había podido contemplarla.
Recordó que llevaba unos cuadernos y pensó que tal vez estudiaba cerca. Si se había bajado de ese bus sería posible verla otro día a esa misma hora.
Acechó su presencia en el paradero y dos mañanas después, la vio de nuevo. Llevaba en sus manos un estuche de violín.
Esta vez se sentó en un banco y se puso a repasar unas partituras que llevaba en una carpeta.
Ramiro pudo mirarla con detenimiento y grabar en su mente los detalles de ese rostro que lo fascinaba. Sus ojos eran levemente oblicuos y su labio superior tenía la forma del arco de Cupido.
Supuso que de ese arco había sido disparada la flecha que se había clavado en su corazón.
Cuando ella se fue, sacó rápidamente de su mochila su block y un carboncillo y fué completando el boceto que había empezado dos días atrás.
¡Ahora sí había logrado el parecido!
Después de todo, tal vez tenía talento para el retrato y a eso debía dedicar su vocación pictórica.
Completó la obra en una semana y sin falsa modestia pensó que era un cuadro notable.
Irradiaba vida y pasión. La vida de ella y la pasión de él, que estaba locamente enamorado de su modelo.
Siguió viéndola de lejos algunas veces y cuando había logrado reunir el valor necesario para acercarse, la joven desapareció.
En vano la esperó muchas mañanas. No volvió a verla y comprendió que había cambiado de itinerario. O sencillamente, la había soñado y ahora se encontraba despierto en la gris monotonía de la ciudad.
Siguió pintando retratos y como recibió calurosos elogios de sus profesores, fue invitado a exponerlos en una muestra colectiva que se realizaría en una galería de moda.
Mientras, Beatriz, que así se llamaba su musa, había empezado a dictar clases de música en un Liceo y sólo en las tardes iba al Conservatorio a sus prácticas de violín.
Esa era la razón por la que Ramiro no había vuelto a verla.
Ella tenía un novio muy celoso llamado Julio.
Este trabajaba en una empresa de ingeniería hidráulica y un día, uno de los socios se acercó a él para comentarle sobre el magnífico retrato de Beatriz que había visto en una galería de Arte.
-¡No puede ser ella!- exclamó Julio, molesto-Nunca me ha dicho que haya posado para un retrato ni que conozca a ningún pintor.
-Bueno, con lo celoso que eres, quizás prefirió no contártelo.
Julio se alteró más aún y pasó la tarde pensando en el asunto.
Al salir de la oficina, se dirigió a la galería y comprobó estupefacto que, efectivamente, se trataba del retrato de Beatriz.
A pesar de su ofuscación, se vio obligado a reconocer que era un trabajo magnífico.
El rostro de ella irradiaba una luz sobrenatural y sus ojos se fijaban en el espectador con una fuerza y una dulzura que impactaban.
-¡A mí nunca me ha mirado así!- se dijo, entre apenado y furioso.
Esa tarde fue a esperarla al Conservatorio y sin decirle nada, la condujo a la galería.
Beatriz, sorprendida, se dejó guiar. El, con brusquedad, la tomó del codo y prácticamente la empujó hasta dejarla frente al retrato.
-¡Creo que me debes una explicación!- le dijo con voz ronca.
Ella se quedó pasmada. Se vio a sí misma recortada en un paisaje brumoso, sosteniendo en sus manos, con delicadeza un arco y un violín.
"Retrato con violín" rezaba el título, impreso en una tarjeta.
-¿Por qué nunca me dijiste que estabas posando para un pintor? ¿Y dónde lo conociste, si se puede saber?
-Pero ¡si no he posado jamás para este cuadro! No me explico por qué aparezco en él ni conozco a quién lo ha pintado.
-¡No me mientas, Beatriz! -alzó la voz, ofuscado-Basta ver la forma en que te pintó para saber que está enamorado de ti. Y esa mirada tuya...¿así lo mirabas mientras te estaba pintando?
Sin darse cuenta, apretó su brazo hasta hacerle daño.
Beatriz se soltó y lo miró ofendida.
-Mira, Julio: Si te digo que no sé quién pintó esto, estoy siendo sincera y me parece insultante que dudes de mí. No es la primera vez que me fastidias con tus celos y ya me tienes cansada. Creo que ha llegado el momento de poner fin a nuestra relación.
El rostro enrojecido de Julio palideció intensamente. Quiso hablar, pero la joven le volvió la espalda y rápidamente se perdió entre el público que asistía a la exposición.
Al día siguiente, volvió a la galería y averiguó el nombre del pintor y la hora en que podría encontrarlo allí.
Luego, se paró frente a su retrato y lo miró intensamente.
La impresionó el talento con que el artista había logrado reflejar en su rostro las emociones de su alma. ¿De dónde la conocía? ¿Cómo había podido retratarla tan fielmente sin que posara para él?
Una tarde, al llegar a la galería, el empleado le señaló a un joven que miraba su retrato con avidez.
-Ese es el pintor-le informó escuetamente.
Beatriz se acercó a él en silencio y dijo a sus espaldas:
-¡Por culpa de este cuadro rompí con mi novio!
Ramiro se volvió sobresaltado y se encontró frente al rostro que se había apropiado de sus sueños y también de su insomnio.
Ella lo miró enojada y le exigió:
-¡Tenga la bondad de explicarme por qué me ha pintado sin mi consentimiento!
El, con voz entrecortada le contó la gestación del retrato, que en el fondo no era otra cosa que la historia de su amor.
-¡Perdóname si te perjudiqué! -terminó diciéndole- Yo podría explicarle a tu novio si tú quieres....
Ella, que lo había estado mirando muy seria mientras él hablaba, permitió que sus labios se entreabrieran en una sonrisa maliciosa y dulce y le respondió:
-¡no te preocupes! ¡Creo que después de todo me hiciste un favor!

viernes, 13 de julio de 2012

ESPERANDO A CLAUDIA.

Llegó el Invierno y el departamento se volvió más frío, más grande y más vacío que nunca.
Irene ya no se sentaba en el balcón a ver la puesta de sol y esas horas pasadas en quietud y nostalgia, le hacían falta a su vida.
Recorría el departamento, donde los únicos sonidos eran el eco de sus pisadas y el tica tac del reloj.
Sus pasos la llevaban siempre al que fuera el dormitorio de Claudia. Lo mantenía igual que cuando ella estaba viva.
El oso de felpa sentado en la cama y a su lado la muñeca rubia de sonrisa boba, que parecía preguntarle siempre:
-¿Aún no viene ella?
-No, ella ya no vendrá.
Habían pasado cuatro años desde la tragedia y fue más por soledad que por necesidad de dinero, que decidió poner el aviso:
"A estudiante arriendo pieza con baño. A dos cuadras de la estación del metro."
Quitó los juguetes de la cama y los guardó en el closet.
El oso la miró con unos ojos melancólicos, como reprochándole algo. Y la muñeca rubia de sonrisa boba pareció comprender por fin que Claudia no volvería. Pero siguió sonriendo con la mueca fija pintada en su cara. Los muñecos no saben llorar.
Llegó una joven de rostro agradable. Su familia vivía en el Sur y ella estaba en la capital estudiando pedagogía.
Llevaba una maleta pequeña y el taxista la seguía, cargando una enorme caja de libros.
-Más literatura que ropa- le comentó a Irene, sonriendo, y a ella le gustó el resplandor que adquirió su rostro, iluminado desde los ojos por aquella sonrisa con la que parecía burlarse de sí misma.
Su nombre era Olga y se pusieron rápidamente de acuerdo sobre el uso de la cocina y de la lavadora.
Era un alivio sentir esa presencia en el departamento. Unos pasos ágiles recorriendo el vestíbulo, una voz desafinada pero dulce, tarareando una canción bajo la ducha.
En las mañanas, la escuchaba calentar agua en la cocina y luego, el aroma del café llegaba hasta su dormitorio. Irene fingía dormir para no incomodarla, pero sus oídos seguían cada rumor, ávidamente.
Jugaba a imaginar que era Claudia que había vuelto y poco a poco, esa ilusión empezó a apoderarse de su mente.
Una mañana en que Olga se quedó dormida, Irene le preparó el café y se lo llevó al dormitorio.
Empezó a levantarse primero y logró convertir en ritual cotidiano el tierno gesto de despertarla con una taza de café. Fue como volver al pasado....
Empezó a llamarla Claudia, sin darse cuenta, y a controlar sus llegadas.
Si Olga volvía tarde, la encontraba despierta, sentada en el living. Fingía leer, pero era evidente que había estado esperándola, con la mirada fija en las manecillas del reloj.
La joven empezó a sentirse incómoda y fastidiada, al notar clavados en ella esos ojos sombríos, llenos de una tristeza inexplicable.
  Decidió irse.
El pretexto fue que arrendaría un departamento, a medias con una compañera.
Irene no dijo nada, pero Olga se sorprendió al notar en su cara una fugaz expresión de alivio.
¡Y ella, que se había preocupado pensando que tal vez al irse le causaría una pena!
Se sintió herida y no pudo evitar preguntarle con tono de reproche:
-¿Se alegra entonces de que me vaya?
-¡Por supuesto que no!- exclamó Irene- Pero es posible que mi hija regrese y debo tener desocupado el dormitorio.
Al día siguiente, volvió a poner el aviso.
Después fue al closet a buscar los juguetes que había guardado y los puso de nuevo sobre la cama.
-¡Ahora sí que vendrá Claudia! ¡Estoy segura!
Los ojos de cristal del osito resplandecieron con el antiguo brillo y la muñeca rubia de sonrisa boba pareció cobrar vida un instante, para repetir como un eco:
-¡Estoy segura!.

martes, 10 de julio de 2012

VIVIR A DUO.

Ángela corrió las dos cuadras que la separaban del teatro.
Sabía que llevaba un atraso de media hora, que tendría suerte si la comisión consentía en tomarle la prueba. Pero, aunque tenía pocas esperanzas de lograrlo, repetía en su mente las líneas del parlamento.
Lágrimas de frustración corrían por sus mejillas. ¿Cómo pudo atrasarse así? No tenía disculpa.
Ingresó sin aliento al vestíbulo del teatro. La puerta de la sala del examen estaba cerrada. ¡La comisión se encontraba allí!  Aún había la posibilidad de que los convenciera de llevar a cabo la audición...
Un auxiliar se acercó a ella, solícito:
-Señorita ¿olvidó algo?
-¿Qué dice? ¡No! ¡ No olvidé la hora!  Me atrasé por un problema en el Metro.
Y añadió implorante:
-¡Por favor! ¡Déjeme pasar cuando salga la otra concursante!
Se abrió la puerta y una joven de rostro enrojecido por la emoción salió estrujando un libreto entre sus manos.
Ángela, sin esperar un llamado, se precipitó adentro.
Los cuatro miembros de la comisión la miraron sorprendidos.
-¡Ángela! ¿Qué le pasa? ¿Se le presentó alguna duda?
La joven se quedó atónita ante la pregunta, pero luego reaccionó, ignorándola.
-¡Por favor! ¡Siento haberme atrasado! Les ruego que me tomen la prueba. ¡Me he preparado tanto para darla!
-¡Pero Ángela!- objetó uno de los examinadores-¡Si estuvo bien su audición! No es necesario que la repita. ¡No se deje llevar por la ansiedad! Hemos tomado notas de su desempeño y la evaluaremos a conciencia.
Y le mostró una página de su cuaderno, donde se veía una escritura apretada.
Ángela se quedó muda. No comprendía nada de lo que estaba pasando. La angustia por su atraso le nublaba la mente y por un instante pensó que estaba soñando.
Entró el auxiliar y la tomó suavemente del brazo para  llevarla hacia afuera.
En la puerta había dos postulantes que la miraron con ansiedad, mientras esperaban su turno para ser llamadas.
Salió a la calle y vio a un grupo de gente que hacía fila para tomar el autobús. Entre ellos, divisó a una joven vestida igual que ella, con su mismo cabello rubio recogido en la nuca con una cinta negra y que llevaba en la mano unos papeles que estrujaba con nerviosidad.
Por un instante, se volvió hacia Ángela. Sus ojos se encontraron y fue como si ambas se miraran en un espejo.
Ángela se vio a sí misma subir al bus. Era ella, que por un segundo, la observó a través del vidrio y luego se sentó tranquilamente, mientras el bus partía.
¿Qué significaba eso? ¿Es que había alguien en la ciudad igual a ella, que vivía su misma vida y que llevaba su mismo nombre?
Se sentó en el banco del paradero, incapaz de mantenerse de pié.
¿Era esa joven quién la había suplantado en la audición?
  Volvió a su casa como sonámbula.
Su madre la vio entrar con preocupación y le preguntó:
-¿Cómo estuvo el examen? ¿No olvidaste tus líneas?
Ángela titubeó un momento, pero prefirió mentir.
-Bien, mamá. Me fue bien. La comisión pareció satisfecha.
-¡Qué bueno, mi niña! No me extraña. ¡Estoy segura de que te van a llamar!
Pero, pasó una semana y el teléfono permaneció mudo.
Fue hasta el teatro y vio un aviso en un diario mural. Habían escogido a otra.
¡No podía ser!
Se preguntaba, si hubiera sido ella y no su doble quién hubiera dado la prueba ¿entonces, habría obtenido el papel?
Sintió un intenso odio hacia aquella impostora que la había mirado al subir al bus, con un aire de tranquilidad e indiferencia, como si su presencia no la inquietara en lo absoluto.
Muchos días vagó por la ciudad, buscándola.
Sentía que su vida ya no le pertenecía. Ahora sabía que había alguien más que estudiaba teatro ( ¿en qué Escuela, en qué Academia?) ,que habitaba en otro barrio, que tenía tal vez otra familia, pero que era idéntica a ella y que se llamaba Ángela también.
Pensó averiguar en el teatro donde se había realizado la audición, pero no tuvo valor para hacerlo.
No sabía si estaba viviendo un sueño o si existía otra dimensión en la cual se movía su doble. Pero si así fuera ¿cómo entonces la había suplantado?
Una noche fue al teatro, a una función en la cual una amiga suya desempeñaba un pequeño papel en una obra mediocre.
La esperó en el camarín mientras se quitaba el maquillaje y en compañía de otros actores, fueron a un bar cercano a tomar una copa.
Un ruidoso grupo de jóvenes salía en aquel instante, y Ángela creyó distinguir entre ellos a quién se divertía en suplantarla.
Llevaba la misma chaqueta que ella usaba y su pelo rubio caía liso en dos bandas a los lados de su rostro, tal como Ángela se había peinado esa noche.
Por sobre los hombros de sus acompañantes, sus ojos se encontraron.
Ángela se desprendió del grupo y quiso correr hacia ella, pero la vio subir a un automóvil y alejarse.
La calle estaba oscura, pero notó claramente que "la otra" la miraba por el vidrio trasero del vehículo.
Su cara mostraba la misma impasibilidad del primer encuentro. Incluso un mohín de burla levantaba las comisuras de su boca.
Una nueva inseguridad la atormentaba. Empezó a dudar de su identidad, a preguntarse si Ángela era realmente ella o la otra.
Si después de todo, aquella advenediza era la verdadera y ella tan sólo su reflejo.
El aplomo y la indiferencia con que la otra la miraba, la hacían pensar que estaba consciente de ser ella la auténtica Ángela.
Día a día sentía debilitarse su realidad, como si se estuviera desdibujando lentamente. Igual que una pintura de acuarela en la cual un exceso de agua diluye los contornos, dejando tan sólo manchas borrosas.
Decidió esperarla en aquel paradero donde la había visto por primera vez.
Algún día tendría que bajarse o subir a un bus, puesto que seguramente vivía en algún barrio por donde pasaba ese recorrido.
Todas las mañanas se sentaba ahí, incapaz ya de ir a clases ni desarrollar ninguna de las actividades que antes llenaban su vida.
¿Para qué, si había otra que vivía una existencia paralela y que un día vendría a desbancarla, a arrebatarle su identidad?
Una tarde la vio bajar de un autobús.
La extraña se encaminó directamente hacia ella y a medida que se acercaba, la joven sentía que su cuerpo se iba diluyendo y  que ella misma dejaba de existir para darle paso a la verdadera Ángela, que, segura y sonriente, llegaba para tomar el lugar que le correspondía.

viernes, 6 de julio de 2012

EL BOLSON DE DIOS.

Pablito tenía ocho años, pero ya su papá lo incentivaba para que leyera los diarios. Aunque sólo fueran los titulares, para que después los comentara con él.
Esa tarde, al volver del trabajo, el niño le señaló una noticia y exclamó emocionado:
-¡Mira, papá!  ¡Aquí dice que los científicos están buscando el bolsón de Dios!
-No, Pablito, leíste mal-sonrió el padre- Ahí dice bosón, no bolsón.
- ¿Y qué es eso?
-Es la partícula que habría permitido que se formara la materia del Universo.
-¡Ah!-dijo el niño decepcionado y  enmudeció, perdido en sus reflexiones.
Su papá lo miró con curiosidad y le preguntó:
-¿Y qué pensabas tú que había en el bolsón de Dios?
-¡No, nada!- respondió Pablito, avergonzado- No pensaba en nada.
Pero esa noche se acostó meditando en lo que había leído en el diario y en las explicaciones que le diera su papá.
Se durmió con un sueño liviano y en mitad de la noche, despertó sobresaltado.
Vio que un resplandor azul iluminaba toda su pieza.
Al principio creyó que una estrella había estallado en el cielo y uno de sus pedazos había entrado por la ventana.
Pero luego vio a una persona, que envuelta en un suave resplandor, estaba sentada a los pies de su cama.
Era un anciano de cabellos y barba blancos como la nieve. Vestía un manto azul y llevaba colgado de su hombro un bolsón. A todas luces, era muy pesado, porque vio que se lo quitaba con alivio y lo dejaba sobre la alfombra.
Tenía el rostro más hermoso que Pablito pudiera imaginar y sus ojos eran a la vez severos y dulces, como si tuvieran la facultad de enjuiciar y perdonar al mismo tiempo.
Adivinó quién era y le preguntó, intimidado:
-Señor Dios ¿viniste a verme a mí?
-Sí, Pablito- respondió el anciano-Vine a decirte que tú tienes más razón que esos científicos que aparecen en el diario.
Señaló el pesado bulto que yacía a sus pies y continuó:
-Ahí llevo todos los elementos con que formé este planeta y muchos otros, en lejanas galaxias.
El niño notó que por las costuras ya gastadas del bolsón se filtraban sorpresivos relámpagos y que parecía vivo, porque se estremecía y vibraba, como si fuerzas cósmicas lucharan en su interior.
-En él guardo la energía del sol, el tumulto de los mares, la furia de los vientos y la fuerza que mantiene a las estrellas fijas en el espacio sin que se caigan ni choquen entre sí.
-¡Pero los científicos están buscando algo muy pequeño, una partícula que no se ve!
-¡Déjalos que busquen! No me molesta- respondió el Señor-Yo puse en sus espíritus la inquietud...Lo que me extraña es que se pasen la vida negando mi existencia pero al elemento que investigan lo llamen "la partícula de Dios".
Y el anciano sonrió con una mezcla de ironía y de tristeza, que al niño no le pasó desapercibida.
Lo vio levantar el bolsón y colgarlo de su hombro.
-Ahora debes dormir-le dijo con dulzura y se inclinó para arroparlo con la frazada.
Pablito cerró los ojos y el resplandor azul se filtró un instante aún a través de sus párpados y luego se desvaneció.
A la mañana siguiente, al despertar, pensó que había tenido un sueño muy hermoso.  Pero cuando su mamá entró con el desayuno, notó una pequeña marca en el nacimiento de sus cabellos.
-¿Qué tienes ahí, Pablito? Parece una quemadura....
-¡No, mamá!-exclamó el niño, recordándolo todo- ¡Es que anoche, Dios, al despedirse, me dió un beso en la frente!  

miércoles, 4 de julio de 2012

EL PROGRESO DE GRACIELA.

Graciela vivía con sus padres en un edificio de departamentos, frente a una plaza de barrio.
Su madre sabía coser y recibía algunos encargos, principalmente arreglos, pero eran el sueldo del padre y el de Graciela, los que sostenían la casa.
La joven había dado la prueba de admisión a la Universidad, obteniendo un puntaje muy bajo y se vio que lo más conveniente era que buscara un empleo.
Pero ganaba poco y aunque entregaba a su madre casi todo su sueldo, las deudas los ahogaban y llegaban a fin de mes privándose de las cosas más esenciales.
Su padre llevaba años esperando en vano un ascenso en la firma. Gente más joven lo obtenía mientras él continuaba vegetando en su escritorio, masticando su amargura y bajando la cabeza ante un jefe que podía ser su hijo.
La madre de Graciela tuvo la idea de que ella buscara un empleo mejor remunerado.
-Pero ¿donde, mamá? La mayoría de las que postulan están mejor preparadas que yo...
-¿Y si le pidiéramos a Julia que te recomiende a Don Gustavo?
-Pero, mamá ¡si tú siempre hablas pestes de ella! Que es una mantenida, que el trabajo de manicura que tiene es una fachada, que es Don Gustavo quién le paga el departamento y todos los lujos...
-Mira, Graciela, en este caso me olvidaré de la opinión que tengo de ella. Tú sabes que Don Gustavo es gerente de una gran empresa. Si logramos que Julia te recomiende...
El padre escuchaba en un silencio reprobador. Pero ¿podía opinar en contra de la idea y exponerse a que su mujer le reprochara su bajo sueldo y su carencia de perspectivas?
En ese edificio pequeño, sin ascensor, todos se conocían. Así que la madre no tuvo inconveniente en subir al departamento de Julia, con la cual había intercambiado frases triviales cuando se cruzaban en la escalera.
Ella la recibió con cordialidad y luego de algunas cortesías, tocaron el tema que la llevaba hasta allí.
Julia se mostró gentil y deseosa de ayudar a su vecina. Había conversado con Graciela y la encontraba bonita y de trato agradable. Prometió hablar con Don Gustavo y pedirle que la entrevistara.
Días después, llamó a la joven por teléfono y le pidió que subiera, porque él quería conocerla.
Era un hombre gordo y jovial que dos veces por semana estacionaba su lujoso automóvil frente al edificio y se quedaba con Julia hasta después de medianoche.
Graciela entró tímida y ruborizada al living donde él la esperaba fumando.
Julia llevaba una bata de encajes que al menor movimiento dejaba su pecho  al descubierto. Fumaba también y se ovilló en un sillón con sensualidad de gata.
Al entrar Graciela, los ojos de Don Gustavo se fijaron en ella con atención inusitada.
Su mirada ávida recorrió el cuerpo juvenil y subió luego hasta su cara, enrojecida por la turbación.
Julia supo de inmediato que había cometido un error al poner a esa chica frente a los ojos de Don Gustavo. Su rostro se endureció y toda su simpatía y gentileza desaparecieron como por encanto.
-¿Así que buscas trabajo?- preguntó él con voz amable.
-Estoy empleada, señor, pero gano poco y pensé que usted tal vez tuviera una vacante en su empresa.
-¿Sabes inglés?
Graciela tuvo que reconocer que no sabía y el hombre se quedó pensativo.
 -Mira-le dijo, al fin-Podría encontrarte algo, pero tendrías que prometerme que tomarás clases de inglés. Tu sueldo, para empezar sería bajo, pero si aprendes rápido, sin duda te lo subiría de acuerdo a tus méritos.
Julia la acompañó hasta la puerta y la joven notó el cambio que se había operado en ella. Intuyó el motivo y se sintió secretamente complacida y orgullosa. Ella también había notado las miradas que Don Gustavo le dirigía y comprendió que el poder de su juventud había derrotado a la atractiva mujer cuyas pieles y joyas había envidiado más de una vez.
Había acordado con él que se presentaría en su despacho el primer día del siguiente mes, para que discutieran los detalles de su contrato, que al principio sería provisorio.
Su madre estaba eufórica y al otro día quiso subir al departamento de Julia para agradecerle su gestión.
La notó fría y cortante y se sintió humillada. Atribuyó el cambio a la superioridad que le daba a la mujer el haberle hecho un favor y la ira le subió al rostro, enrojeciendo sus mejillas.
-Yo soy una mujer decente y tú una mantenida-pensó-¡Sólo por necesidad te dirijo la palabra!
Graciela entró a trabajar a la empresa de Don Gustavo y sus padres hicieron el sacrificio de matricularla en un Instituto. Después del trabajo iba a clases de inglés y volvía a la casa tarde y muy cansada.
A veces, extenuada, arrojaba el libro de inglés al suelo y estallaba en llanto.
-¡No puedo! ¡No puedo! Estoy agotada...
 Su madre la interrumpía con severidad.
-¡No pues, Graciela! ¡No puedes renunciar!. Acuérdate de lo que te dijo Don Gustavo: ser bilingüe es un requisito imprescindible para tu progreso.
Su jefe la llamaba seguido a su oficina para interrogarla sobre sus avances. Le gustaba  que se quedara después de la hora, conversando con él en su oficina. Y si se atrasaba, la llevaba en su automóvil hasta el Instituto, para que no perdiera clases.
-Cuando estemos solos, llámame Gustavo. ¡Me haces sentir viejo tratándome de Don...!
Empezó a visitar menos a Julia y ella adivinó que perdía interés, que un pensamiento nuevo rondaba por su mente, obsesionándolo.
Aumentó su odio contra la madre de Graciela. Se reprochó mil veces haberle hecho el favor de recomendar a su hija. En la escalera, apenas la saludaba.
La madre, agraviada y furiosa, decidió vengarse de la mujerzuela que se permitía hacerle desaires.
Meditó bien donde podía asestar el golpe para que le doliera y comprendió que tenía que ser en su relación con Don Gustavo.
Había llegado al tercer piso un arrendatario joven y buenmozo. Lo había visto dos veces conversando con ella en la puerta del edificio y eso le dio la idea.
Deformando lo más posible su letra, le escribió un anónimo a Don Gustavo, informándole que Julia lo engañaba. Agregaba datos inventados, precisando fechas y lugares que avalaran su afirmación.
Firmó: Alguien que lo estima y detesta ver que se burlan de su buena fe.
Cuando Don Gustavo recibió el anónimo, adivinó inmediatamente la mano de una mujer rencorosa.
Por un momento se encolerizó, luego dudó de la veracidad del informe y por último pensó que aquello le venía como anillo al dedo para romper una relación que ya le pesaba. Y sobre todo, que le quitaba libertad para iniciar una nueva aventura.
Frente a Julia adoptó el papel de amante burlado.
Gritó, gimió adolorido y exigió una explicación para aquella conducta artera.
Julia estaba pálida como un cadáver. Pero se irguió con dignidad y se negó a refutar sus acusaciones.
Su instinto le decía que aquella escena tenía mucho de comedia. Que Gustavo usaba el anónimo como pretexto para romper con ella.
-Por favor, no sigas-le dijo, mientras lágrimas de humillación rodaban por sus mejillas-El sólo hecho de que hayas creído esa calumnia me ofende en extremo. Pero, la verdad es que dudo de la sinceridad de tus reclamos. Lo que tú deseas es verte libre de mí para iniciar una nueva relación. Por eso, no me rebajaré a defenderme. No valdría la pena el esfuerzo. ¡Que tengas suerte y adiós!
A fin de mes, Graciela llegó a su casa más tarde que de costumbre.
-¿Tanto duró la clase?- le preguntó la madre, intrigada.
-No vengo de allá-le respondió Graciela con voz seca- Tome, aquí tiene. Es esto lo que quería ¿verdad?
Arrojó sobre la mesa el sobre con su sueldo, que ahora venía elevado al doble.
Luego estalló en sollozos y corrió a encerrarse en su pieza.
La madre se quedó atónita.
 Pero el padre, que lo había comprendido todo, le lanzó a su mujer una mirada de odio.