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Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



viernes, 13 de abril de 2012

SOÑE QUE ESTABA DESPIERTA.

Soñé que estaba despierta y no podía dormir.
Los ojos me ardían, fijos en la sombras de mi cuarto, sin ver nada más que los vagos contornos de los muebles. Los cerraba apretando los párpados, llamando al sueño esquivo. Pero volvía a abrirlos, sin saber con qué objeto escudriñaba inútilmente la oscuridad.
De pronto la luna se movió en su trayectoria y un rayo pálido entró por la ventana. Cayó sobre un trozo de muralla y vi brillar ahí algo que antes no había notado.
Entonces soñé que, cansada ya de tratar inútilmente de dormir, me levantaba a tientas y me acercaba al objeto que la luna envolvía con su rayo.
Era la perilla de bronce de una puerta y una luz azulada se filtraba desde el exterior.
El picaporte cedió al contacto de mi mano y  me encontré en una calle desierta.
Me puse a recorrer una vereda donde la luz de un farol dejaba ver hileras de casas en sombras. Sólo en una de ellas había una ventana iluminada y me acerqué a mirar.
Tras una delgada cortina divisé la silueta de una mujer que cosía a la luz de una lámpara.
Ella alzó los párpados y al verme, con un gesto afable me invitó a entrar.
¿Qué está cosiendo?-le pregunté.
-Es un vestido para mi hija Rosita. Sé que nunca podré entregárselo, pero me hace feliz hacerlo e imaginar lo linda que se vería si se lo pusiera.
-¿Y dónde está Rosita?
-Está lejos, en otro lugar. La dejé cuando tenía seis años. ¡No sabes cuándo sufrí por tener que abandonarla!
-¿Y por qué lo hizo entonces?
-¡Ah! Yo estaba muy enferma.  Me aferré a la vida, luché cuanto pude...Pero fue inútil. Supe que moría y mi último gemido fue para llamar a Rosita. Luego entró a mi pieza una mujer alta y silenciosa. Me tomó de la mano y me ordenó que la siguiera. Desde entonces estoy aquí.
-¿Y cuando fue eso?
-No lo sé, porque en este lugar el tiempo no transcurre. En el mundo donde vive Rosita quizás han pasado los años. Quizás ella ya no es una niña. Pero  igual le estoy cosiendo este vestido  porque para mí ella sigue teniendo los mismos seis años de cuando la dejé.
La mujer levantó su rostro y clavó en mí unos dulces ojos que yo tanto recordaba. Entonces supe que era mi madre.
-Mamá -le dije-Yo soy Rosa. Nunca olvidaré el día en que al volver del colegio, cuando entré corriendo a tu dormitorio, vi tu cama vacía. Me dijeron que te habías ido al cielo. Que Dios no había querido que siguieras sufriendo y había mandado a un ángel que viniera a buscarte.
Ella se irguió frente a mí y fue como estar mirándome en un espejo.
Había muerto a los treinta años, la misma edad que yo tenía en ese instante.
 Sonriendo pensé: Ahora somos hermanas.
Me quedé a su lado y ella siguió cosiendo el vestidito, aquella inútil tarea con que endulzaba la infinitud de sus días.
Mis palabras no habían cambiado nada para ella. Seguía suspendida en un espacio sin tiempo, recordando a la niñita de seis años que había dejado al morir.
Empezó a amanecer y languideció la llama de la lámpara. Dio un último destello y se apagó.
Entonces me encontré en mi cama, con los ojos abiertos y vi como la luz del alba iba lentamente dibujando los contornos de las cosas.
  Fue una noche en que al quedarme dormida, soñé que estaba despierta y  no podía dormir.

jueves, 12 de abril de 2012

VIDAS.

Hay mujeres que viven a merced de su corazón, como un espanta pájaros enfrentado a una ventisca. ¿Los han visto en el campo, retorcerse y casi salir volando cuando el viento sacude el sembrado?
Sí, esas mujeres son las que no piensan. Las que sólo sienten y dejan que los sentimientos les manejen la vida.
Yo soy de las otras, de las cerebrales, y si ustedes quieren, de las frías. De las que razonan su dolor en lugar de llorarlo.
Lo que no quiere decir que no sufra.
Todas sufrimos.
Pero saber mantenerse firme mientras sopla el huracán, eso es lo que cuenta.
Como digo yo, después de cada tropezón, sacudirse el polvo de las rodillas, tragarse las lágrimas y volver a empezar.
Julio y yo trabajábamos en el mismo Hospital. El era cirujano y a mí me nombraron enfermera jefe en Cardiología.
No porque fuera su mujer, se los aclaro en seguida, sino por mis propios méritos.
Yo vivía estudiando, perfeccionándome, presentando trabajos en  los Seminarios. No quería quedarme atrás, y sobre todo, quería sacudirme el estigma de ser "sólo" enfermera.. Claro, porque se supone que el médico es la Biblia y la enfermera nada más que el catecismo...
Se notaba en el trato de los médicos y de los pacientes. Uno de éstos últimos me preguntó una vez si yo sabía poner inyecciones. A esas alturas, perdón, quizás ya lo había olvidado, pero estaba al tanto de los últimos adelantos en cirugía cardio vascular.
Julio empezó a distanciarse de mí y noté que eso coincidió con la llegada de la Doctora X... Una mujer hermosa y brillante profesional, no podía negarlo. Y más joven que yo, eso tampoco  iba a pasarlo por alto.
Me callé, esperando.
Fingí ignorar su frialdad y sus continuas ausencias. Me paré de cara a la ventisca, esperando que amainara.
Pero se convirtió en un aguacero helado que me caló hasta los huesos cuando él me dijo que se había enamorado de otra y que quería separarse.
Quién era ella, yo lo tenía claro, así es que no dije nada.
No lloré. Lo que hice fue sentarme a pensar.
Llegué a la conclusión de que no podía hacer nada.
¿Acaso iba a ir donde la hermosa doctora a sacarle los ojos? ¿Armarle un escándalo porque me había robado al marido?
En algo tenía que haber fallado yo también para llegar a ese desenlace. El amor muere, tarde o temprano, pero siempre se necesitan dos para quitarle la vida.
Quizás en mí también la rutina había reemplazado a la ilusión de los primeros años.
Nadie tenía la culpa. Pero, seguramente ambos éramos responsables.
Así es que me fui. Tomé en arriendo un pequeño departamento cerca del Hospital y me aboqué a mi profesión como nunca. Llené el vacío de mi vida estudiando y perfeccionándome en mi carrera.
Julio, mientras, cumplió su sueño adolescente de volver a enamorarse. ¿Cómo le fue? Lo ignoro. Seguí viendo su cara, pero no su corazón.
Se casó con ella, pero se fue opacando en su profesión y con el tiempo, en el Hospital lo conocían como "el ex marido de la enfermera K..." más que por su propio nombre.
Un amargo triunfo, una leve sonrisa en mi máscara eficiente y fría, en la que nunca se movió un músculo que pudiera traicionar una emoción.
Algunos me tenían por engreída y distante, pero no  me importaba. Era mi forma de protegerme.
Pero, por más que mi mente dominara mis sentimientos, me pesaba la soledad. Y al cabo de un tiempo encontré un nuevo amor.
Mejor dicho, él me encontró a mí.
 Otro corazón traicionado llegó a unirse al mío. Alguien menos fuerte que yo buscó mi hombro para apoyar su cabeza.
Y ahora vamos juntos. No importa quién de los dos vaya sosteniendo al otro. Lo que cuenta es mantenerse firmes.
 ¡Y que ruja el huracán!

lunes, 9 de abril de 2012

EL CUENTO DE CAPERUCITA.

Rosita quedó huérfana a los diecisiete años, justo el verano en que terminó el colegio.
Sus padres murieron en un accidente y ella, en un abrir y cerrar de ojos, los ojos de sus padres, se vio sola en el mundo.
La acogió su abuelita, que vivía en las afueras del pueblo.
En su casa encontró cariño y protección, pero comprendió que sus sueños de seguir estudiando habían terminado y que debía buscar trabajo.
No tenía experiencia en nada, pero su encanto y su hermosura cautivaban a primera vista y casi de inmediato encontró un puesto de dependienta en la panadería.
Era un negocio grande, frente a la Plaza, y en sus vidrieras se exhibían tortas y pasteles de aspecto delicioso, que atraían a los clientes.
Se abría a las siete, así es que Rosita madrugaba y luego de servirle desayuno a su abuela, se dirigía presurosa a su trabajo.
Como aquel invierno hacía mucho frío, la abuelita le tejió un gracioso gorro rojo, para que se protegiera de la helada. Le sentaba muy bien y de él se escapaba una cascada de bucles oscuros que aureolaba su rostro encantador.
Pronto los vecinos empezaron a llamarla Caperucita Roja. Y como era tan linda, no faltó la vecina agorera que comentara con insidia:
-¡Ya pronto veremos algún lobo rondándola!
-¡Ni Dios lo quiera, vecina!-suspiró otra, mejor intencionada.
A la panadería empezó a ir un joven de aspecto agradable.
Todos los días pasaba a comprar alguna golosina, pero pronto quedó claro que no era el azúcar de los pasteles la que lo atraía, sino la dulzura de Rosita.
Ella empezó a alegrarse al verlo entrar y a ruborizarse cuando le dirigía la palabra.
El notaba su turbación y se complacía secretamente.
Un anochecer, al cierre de la tienda, la esperó en la vereda y se ofreció a acompañarla a su casa.
-Es lejos-le advirtió Rosita- Vivo en las afueras del pueblo.
-¡Con mayor razón entonces!-No es conveniente que una joven tan bella como tú ande sola por la calle a esta hora.
Rosita se puso como la grana y el ardor de sus mejillas hizo juego con el subido color de su gorro.
-¿Con quién vives, Caperucita Roja?-le preguntó él.
-Con mi abuelita y nadie más-suspiró ella y el recuerdo de su orfandad hizo acudir dos lágrimas a sus ojos oscuros.
-¿Y no tienen miedo de vivir las dos tan solas?
-No, en el pueblo la gente es buena. ¿Quién querría hacernos daño? Además, en la casa no hay nada que robar.
-Pero tu abuelita tendrá joyas, quizás-insinuó él con cautela.
-No, no tiene. Pero ahora que lo dices, hay una colección de monedas antiguas que dejó mi abuelito. Están en una vitrina del living y dice mi abuela que tienen mucho valor.
-¿No ves, Caperucita? Hay que ser desconfiado...Supongo que tu abuela estará siempre con el cerrojo puesto.
-No, sólo lo pone después de que yo llego.-contestó la niña- Pero, no hablemos más de ladrones ¿quieres? Dime mejor cómo te llamas.
-Abelardo es mi nombre, y desde que te vi, pienso en ti a toda hora.
Y así se fue tejiendo el romance.
Abelardo la iba a dejar a su casa todas las noches y al poco tiempo Rosita se atrevió a hacerlo pasar y presentárselo a la abuela.
La anciana lo miró inquisitiva y le tendió la mano con cierta frialdad.
Rosita lo invitó a sentarse y le ofreció una taza de té.
Mientras se afanaba en la cocina, los ojos del hombre estaban fijos en la vitrina donde refulgía la  colección de monedas.
Trató, sin embargo, de entablar una charla con la abuela, pero ella le contestaba con monosílabos y sus ojos le  decían muy claro que él no le inspiraba confianza.
Cuando se fue, Rosita le reprochó a la anciana la frialdad con que lo había tratado.
-¡Yo lo quiero, abuelita! ¡Y él también me quiere a mí!
-Rosita, no quiero apenarte pero hay algo en él que no me gusta. ¿Te ha dicho de donde viene? ¿A donde trabaja? Nunca antes lo había visto en este pueblo...
La niña se quedó pensativa, porque era cierto que Abelardo nunca le hablaba de sí mismo. Pero pronto desechó esos pensamientos al recordar las dulces palabras de amor que le susurraba al oído.
-Abuelita linda-le dijo, abrazándola- ¿No será que estás celosa? ¡Te prometo que si me caso te llevaré a vivir conmigo!
La anciana sonrió y respondió a sus caricias, pero algo se clavaba en su corazón, como un aguijón de advertencia.
Un día, Abelardo pasó temprano por la panadería y le dijo a Rosita que esa tarde no iría a buscarla. Que se encontraran mejor en la confitería, porque quería decirle algo importante.
La niña sintió una gran emoción porque pensó que él quería estar solo con ella para pedirle matrimonio.
Al anochecer, se dirigió presurosa al lugar de la cita.
El aún no había llegado, así es que, sentándose en una mesa, pidió un café.
El tiempo empezó a transcurrir sin que Abelardo apareciera.
En vano escudriñaba las sombras, a través de la vidriera, creyendo distinguir su esbelta figura entre la gente.
Todos pasaban apurados, porque empezaba a llover. Al principio eran sólo unas gotas pero pronto se convirtieron en un fuerte aguacero.
Había pasado casi una hora y comprendió que él ya no vendría. Decidió volver a su casa pues su abuelita estaría preocupada esperándola. Tal vez angustiada pensando que le había pasado algo.
Corrió bajo la lluvia y pronto su gorro y sus cabellos quedaron empapados. Corría hundiendo sus pies hasta los tobillos en los charcos helados. Las alcantarillas, tapadas por las hojas secas, no dejaba escurrir el agua y verdaderos ríos corrían por las aceras.
Al llegar por fin a la casa, quiso abrir con su llave y notó que la chapa estaba rota. La puerta se abrió sola y vio a su abuelita, inerte en su sillón. Una palidez mortal cubría sus mejillas.
-¡Abuela!- gritó.
Sus ojos se clavaron en la vitrina donde antes había estado la colección de monedas.
Ahora se veía vacía y los fragmentos de los vidrios rotos salpicaban la alfombra.
-¡Abuelita!-gimió desesperada, mientras mojaba sus sienes, tratando de reanimarla.
Pero el pobre corazón de la anciana no había resistido la impresión y se había roto también, como el cristal de la vitrina.

UNA CENICIENTA MODERNA.

Marcos se quedaba hasta tarde en su despacho, revisando con calma los procesos pendientes. Generalmente las horas del día se le habían ido en reuniones con sus socios o en interminables conversaciones telefónicas.
Al anochecer, ya todo el personal se había retirado.
El estudio de abogados quedaba en el tercer piso de un edificio céntrico y a las seis,  empezaba a vaciarse lentamente. Se apagaban las luces de las oficinas y un ejército de empleados y de secretarias atravesaba el vestíbulo rumbo a la estación del Metro.
Sólo quedaban encendidas las ampolletas de los pasillos y las lámparas de la entrada, donde los conserjes cambiaban sus turnos con el personal de la noche.
Entonces llegaban las mujeres del aseo, arrastrando sus carritos cargados de escobillones y plumeros.
Marcos ya conocía de sobra a la que aseaba su piso. Una mujerona musculosa, que a pesar de la prohibición de fumar, trabajaba con un cigarrillo colgado de la comisura.
Dejaba para el final la oficina de Marcos y su impaciente carraspeo junto a la puerta era la señal de que él debía retirarse.
Pero un Lunes no fue ella la que llegó arrastrando el carro de los escobillones.
Marcos había bajado un momento y al volver, vio avanzar por el pasillo una figura graciosa  y menuda. La luz del pasillo daba de lleno sobre su pelo rubio, transformándolo en una especie de aureola de ángel o de hada.
Eso pensó Marcos mientras la miraba, parado en la puerta de su oficina.
Al acercarse a él, mostró un rostro agraciado enmarcado por una melena dorada. Avanzaba sonriendo con valor, pero se veía que el carro era muy pesado para su frágil contextura.
-Y tú ¿quién eres?-le preguntó Marcos con curiosidad.
-Soy Myriam, señor. Vengo a reemplazar a mi tía que está con licencia médica.
-¡Vaya! ¿Y serás capaz, tú, tan flaquita, de manejar esos escobillones?
-Sí, señor. ¡Lo haré muy bien, no se preocupe!
Marcos permaneció en su escritorio, pero le costaba concentrarse.
Aunque la joven hacía poco ruido, él permanecía atento a sus pasos y al cerrarse de puertas, mientras ella se acercaba a su oficina.
Había dejado la puerta abierta y la vio detenerse indecisa frente a él, sin saber qué hacer.
-¡Pasa, Myriam! No te detengas. Yo saldré de inmediato.
Ella empezó a vaciar los papeleros mientras él la miraba de reojo.
Vio su cabecita rubia que pendía como una flor de su cuello delgado, su cuerpo fino perdido entre los pliegues del guardapolvo, sus piernas esbeltas enfundadas en medias oscuras. Llevaba unos zapatitos de medio taco, no aptos para ese trabajo que no estaba acostumbrada a desempeñar.
Al final, Marcos recogió su abrigo y su maletín.
-¡Hasta mañana. Myriam!-le dijo con intención y ella bajó la cabeza, enrojeciendo.
-¡Qué linda es! ¡Qué delicada!-iba pensando él camino del estacionamiento- ¡Cargada con sus palas y sus escobillones!
Y sin saber cómo, le vino una idea a la cabeza y exclamó:
-¡Pobrecita Cenicienta!
Al otro día esperó su llegada con impaciencia y una sonrisa de deleite entreabrió sus labios al escuchar el ruido  del carrito en el pasillo.
Sólo había encendido la lámpara de su escritorio y tenía sintonizada la radio en una música bailable.
Cuando ella se detuvo en el umbral, la invitó a pasar y le dijo que se sentara un rato.
Ella, cohibida, no quería, pero al final aceptó y con un suspiro de cansancio, se dejó caer en una silla.
-Y tu tía ¿cómo está?-le preguntó Marcos, sin saber cómo empezar una charla.
-Está mejor, señor. Ha sido una gripe nada más.
-Dime Marcos ¿quieres?-le pidió sonriendo- Me haces sentir viejo si me dices señor.
Y con un movimiento reflejo, se llevó la mano a las canas que plateaban sus sienes.
Ella se ruborizó y le sonrió con timidez. El se acercó a ella y despojando una de sus manos del tosco guante de trabajo, examinó sus dedos blancos y finos, donde un anillito barato lanzó un destello de vidrio azogado.
La miró a los ojos y le susurró:
-Eres muy linda, Myriam. ¿Lo sabías?
La tarde siguiente fue igual para Marcos.
La ansiedad por escucharla llegar, la insistencia para que entrara a su oficina a descansar un poco y esta vez, lograr convencerla para que se dejara llevar por él, en unos pasos de baile con la música de la radio.
Ella temblaba. A instancias de él, se quitó el polvoriento guardapolvo azul y se mostró en una blusa rosada y una falda de lana.
La cogió de la cintura y ambos se deslizaron despacio sobre la alfombra.
Le llegaba el perfume de su cabello, débil resabio del último shampoo.
Su cuerpo frágil apenas pesaba entre sus brazos y no supo cómo empezó a besarla en la frente y  en el cuello. Interrumpió el baile y una de sus manos se cerró con fuerza sobre el pecho de Myriam. Trató de empujarla al sofá.
Ella gimió y debatiéndose, logró desasirse.
Salió corriendo de la oficina y se lanzó hacia la escalera. Iba llorando como un niño que se encuentra perdido a oscuras en un bosque.
En su loca carrera, uno de los tacos de sus zapatos se enredó en la alfombra y se quebró con un chasquido. Lo dejó ahí y continuó su huida cojeando.
Al llegar a la calle vio que llovía. Arrojó el otro zapato en un charco y se quedó descalza en la vereda. Sus pequeños pies, enfundados en las medias, se llenaron de barro en un instante.
Miró hacia atrás y comprobó aliviada que él no la había seguido.
Pasó un taxi y lo llamó sin saber si le alcanzaría el dinero para pagarlo.
El chofer la vio llorando, acurrucada en un rincón del asiento. La había visto subir descalza y adivinó que algo malo le había ocurrido.
Al llegar al humilde barrio donde ella vivía, olvidó el taxímetro y le dijo:
-¡Págame lo que puedas!
Mientras, Marcos había vacilado unos momentos y luego se había decidido a seguirla.
Sólo encontró el zapatito roto, abandonado en un peldaño de la escalera.
Lo tomó un instante en sus manos, mientras una mezcla de ternura y de vergüenza invadía  su corazón.
Pero se repuso rápido y de vuelta a su oficina, lo arrojó en el primer papelero que encontró en el pasillo. 

jueves, 5 de abril de 2012

MAÑANA LLORARE.

Quizás ustedes se burlen si les cuento que me llamo Scarlet. Pero, ¿qué culpa tengo yo de que mi papá fuera tan cinéfilo?
Fue a ver "Lo que el viento se llevó" por lo menos cinco veces, y está claro que le debo mi nombre a la heroína de esa película.
En fin, me carga tener que dar explicaciones, como si me disculpara, cuando en el fondo me gusta llamarme así, porque Scarlet O´Hara era una mujer valiente que se plantaba firme de cara al huracán y no se amilanaba ante las dificultades.
Yo también era loca por el cine y cuando dispuse de mi sueldo de recepcionista en una Distribuidora, iba todas las tardes a ver una película.
De modo que entre las novelas que leía y las películas que veía, tenía bien poco contacto con la vida real. Lo cual era una suerte, según pude comprobar más tarde.
En el vestíbulo de la Distribuidora conocí un día a Rafael.
Era vendedor de neumáticos y eso hacía que, según él, su vida fuera sobre ruedas.
En realidad, ganaba buenas comisiones en su trabajo y siempre me invitaba a comer a lugares caros. Yo habría preferido ir a comer hot dogs después de darnos un atracón de cine.
Pero, a él le gustaba la vida "a lo grande" .Gasta hoy y preocúpate mañana, parecía ser su lema.
Seis meses después, nos fuimos a vivir juntos y nuestra vida se convirtió en una especie de tobogán, siempre cuesta abajo, hasta tocar fondo.
Su sueldo y el mío se iban juntos por el desagüe y nuestro amor no tardó en correr la misma suerte.
Creo que no nos habíamos conocido lo suficiente.
Si antes lo veía espléndido y rangoso, ahora sólo me parecía un botarate.
Vivíamos discutiendo por plata. Y al final de una pelea peor que las otras, hizo su equipaje y se fue.
Lo ví partir sin una lágrima...Pero una no puede escapar de su corazón.
Por mucha altanería y frialdad que le hubiera demostrado mientras lo veía recoger sus cosas, cuando me encontré sola lloré desconsoladamente por la pérdida de mis ilusiones.
Pero una chica llamada Scarlet no se deja aplastar fácilmente.
Me retiré de la Firma para cambiar de ambiente y postulé a un puesto de secretaria en un Estudio de Abogados.
Al señor que me entrevistó le hizo gracia mi nombre y mi nariz respingada, y me contrató con un sueldo bastante aceptable. Por supuesto, influyeron mis recomendaciones, pero creo, modestia hipócrita aparte, que le causé una impresión especial desde un principio.
(¡Ojalá no me hubiera alegrado tanto al notarlo!)
Anselmo dijo llamarse él y debe haber tenido unos sesenta, porque confesaba con soltura cincuenta y está claro que cuando uno se quita la edad lo hace con cierta audacia. Si no, no vale la pena.
Había harta diferencia de edad entre nosotros, pero a mí me fascinaban las canas plateadas que decoraban sus sienes, su voz grave y pausada de hombre serio, en fin todo.
No en vano yo había sido de esas niñitas que dicen que cuando grandes se van a casar con su papá...Y ahí tenía la oportunidad de dar rienda suelta a mis sueños incestuosos.
Nuestro romance empezó muy pronto y en secreto, como me lo pidió él, "para que las demás secretarias no se pusieran indóciles e irrespetuosas."
Había enviudado-me dijo-hacía cuatro años y arrendaba un departamento en el centro.
Los fines de semana viajaba a ver a su anciana madre, que vivía en Viña del Mar, en compañía de una enfermera.
Así es que tenía que conformarme con verlo sólo de Lunes a Jueves, lo cual me hacía sentir melancólica e insatisfecha.
Pasaba el fin de semana leyendo novelas o viendo películas, lo más tristes posibles, para que me dieran pretexto para llorar mi soledad.
Pronto descubrí que Anselmo era tan tacaño como Rafael había sido botarate.
Una sola vez me compró un perfume, para mi cumpleaños, pero el resto del tiempo yo añoraba que me regalara un chocolate o una flor en muestra de cariño. Pero ¡nada!
¡Tenía tantos gastos con su querida mamá! Los controles médicos, la enfermera, los remedios...Sacaba las cuentas frente a mí y se mesaba sus irresistibles canas con desesperación.
¿Cómo no aceptar entonces que conmigo se mostrara tan austero, si todo sacrificio era en aras de su cariño filial?
Así viví varios meses, entre nubes...Mejor dicho, entre nubarrones, porque mi soledad y mi insatisfacción me provocaban verdaderos aguaceros de lágrimas.
Un día empecé a notar cierta frialdad y distanciamiento de las otras secretarias hacia mí.
Cuando entraba al baño, se quedaban calladas como si hubiera interrumpido algún coloquio secreto y en las mañanas, al llegar, me saludaban con reticencia.
Un día escuché a Lola decir con intencionado tono alto:
-¡Hay algunas que tienen cara de niñita pero hay que ver que se las saben por libro!
Me quedé intrigada y decidí encararla:
-Lola, siento que esas palabras van dirigidas a mí y quiero saber qué tienes en mi contra.
-Tú ¿qué crees? Aquí todos en la Empresa conocen tu enredo con Anselmo.
-¿Mi enredo? ¿Por qué hablas así? ¿No tengo derecho a quererlo? ¿No tiene derecho él a quererme siendo viudo y solo?
-¡Viudo y solo!-exclamó Lola con incredulidad y sarcasmo-¡Pero si vive en Viña con su familia!
Su señora y tres hijos, para que sepas. ¿Por qué crees que se va para allá todos los Viernes?
Me senté en mi silla porque se me doblaban las piernas.
-¡Pero yo creía que iba a ver a su mamá!
Un coro de risas acogió mis palabras.
-Su mamá se murió hace tres años. Fuimos todas al funeral y nos dieron la tarde libre en señal de duelo....
Una chica llamada Scarlett siempre saca valor desde lo más hondo de su infortunio.
Esa misma tarde presenté mi renuncia y me dije, con optimismo, tragándome las lágrimas:
-Mañana será otro día. Ahora tengo mucho en qué pensar para perder el tiempo llorando.

NOSTALGIA DE OTOÑO.


Hace tiempo, el Otoño era para mí una estación llena de magia y de melancolía.
Al caminar por el parque, las hojas crepitaban bajo mis pies, como si ardieran.
Atravesados por el sol del ocaso, los árboles mismos parecían quemarse en grandes llamaradas de oro.
Caminando por los senderos húmedos, la niebla me salía al encuentro como si hubiera estado esperándome. Sus suaves dedos grises me cogían el rostro y refrescaba mis mejillas con sus besos helados.
Luego, extendía su manto y me envolvía en él como en un mágico velo.
Al igual que en los cuentos de niños, ese manto me hacía invisible entre la gente. Y así iba yo, perdida en la multitud, sin que nadie pareciera verme.
Pero nunca me sentía sola.
La Tristeza marchaba junto a mí, cogida de mi brazo, y era la compañera infaltable en esas tardes grises.
Dulce melancolía de mi juventud, magia del Otoño que ya no puedo encontrar.
¿En qué recodo del camino perdí su maravilloso encanto? 

AMOR DE REPOSTERIA.

Granito de anís, al verte fui feliz.
Licor de café, sin dudarlo te amé.
Palito de canela, mi corazón se vuela.
Esencia de vainilla ¡quererte es maravilla!
Con un clavo de olor me crucificó el Amor.