Bienvenidos a Mi Blog

Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



lunes, 13 de junio de 2011

DE JOSE, QUE TE AMA.

Cuando cumplí dieciocho años decidí ir a buscar a mi padre.  
Mi mamá nunca me había hablado de él.
Cuando era más niño, le pregunté un día:
-¿Donde está mi papá?
Y ella rompió a llorar con tanto desconsuelo, que parecía que el corazón se le iba en pedazos junto con las lágrimas.
La señora Edelmira entró corriendo y la abrazó. Mi mamá era frágil y pequeñita. Parecía una niña envejecida.
Desde que yo podía recordar habíamos vivido en la casa de Don Federico y la señora Edelmira. Ellos eran los patrones. Mi mamá hacía las compras y el aseo. También estaban Matilde, la cocinera y Pedro, el chofer. Crecí sintiendo que ellos eran mi familia y cuando cumplí seis años, Don Federico en persona me fue a matricular a la escuela del pueblo.
Ese día en que mi mamá lloró tanto, la señora Edelmira me llevó a su dormitorio  y me dijo:
-No le preguntes más, porque ella no se acuerda. Hace años se bajó de un tren, contigo en brazos y no se acordaba de donde venía ni tampoco sabía a donde iba. -"
"La llevaron al hospital. Ahí las enfermeras revisaron su bolso y encontraron su carnet. Recién entonces pudieron decirle como se llamaba. Ella estaba como perdida en una bruma espesa, dentro de la cual parecía caminar a tientas. Los médicos no supieron si había sufrido alguna impresión penosa o si la amnesia había sido paulatina. "
La traje a esta casa con la esperanza de que se recobrara y desde entonces Uds.  han vivido aquí. Creo que ella no ha vuelto a recordar y si lo ha hecho, no ha querido decirlo. "
Después del relato que me hizo la señora Edelmira, no volví a preguntar más.
Pasaron los años y crecí resignado a no tener un padre. Hasta que un día, en el fondo del closet, encontré un bolso viejo de mi madre. Dentro había un pequeño álbum de cuero con dos fotografías. En una estaba ella, linda y sonriente como jamás la había visto. En la otra estaba yo, si alguien hubiera podido tomarme una foto de como me vería en el futuro. Era mi padre. La miré por detrás. Decía: "Para Beatriz, de José que te  ama" Más abajo el nombre de un pueblo y una fecha ya borrada.
Y entonces fue que tomé las dos fotografías y partí a buscarlo.
No sabía donde estaría ahora, pero en ese pueblo habría alguien que lo recordara. Que talvez pudiera decirme por qué él nos abandonó cuando yo apenas había nacido.
No me guiaba el rencor ni quería hacerle reproches. Sólo sentía que la incertidumbre del pasado  era como una barrera que me impedía avanzar en la vida.
Llegué a un pueblo que adiviné cambiado y modernizado después de tantos años. No sabiendo por donde empezar, me dirigí al correo. En el mesón ví a un señor maduro que creí podría ayudarme.
Le alargué la foto de José y le pregunté:
-¿Lo recuerda?
Al principio me miró con sorpresa. Creyó que era una foto mía y que me estaba burlando.
De pronto exclamó:
-¡Dios mío! ¡Si Ud. es su hijo!
-¿Entonces lo conoce?
-¡Pero si trabaja en la Escuela! Es profesor de mi nieto.
-¡Cómo! ¿Entonces todavía vive aquí?
-Creo que no se fue nunca, esperando que ella volviera. . . .
No comprendía nada, pero ahogado por la emoción, le pregunté donde vivía.
Me señaló una casa humilde, en una calle cercana.
Cuando José abrió la puerta, se puso pálido y me miró sin decir nada.
Le alargué la foto de mi madre.  
-Soy el hijo de Beatriz. Ud. es mi padre.
Lloró largo rato y cuando se calmó, me contó lo poco que sabía:
Después del parto ella se fue poniendo  extraña, como ausente. No se separaba del niño ni un instante, pero apenas hablaba. El se iba inquieto a hacer clases todas las mañanas. Tenía miedo de algo y no sabía de qué. Había decidido llevarla al médico esa misma tarde en que al llegar no la encontró. Se había ido sin llevarse nada. En el closet estaba toda su ropa y la de su hijo.
Salió como loco a buscarla por el pueblo. Alguien le contó que la había visto con el niño en la Estación.
-Supuse que me había abandonado-continuó-Pensé cosas terribles. Que se había ido con otro. Que el hijo no era mío. Y renuncié a buscarla. Pero la amaba tanto  que me quedé aquí, indiferente a las miradas intrusas. Continué haciendo clases y he vivido todos estos años sin perder la esperanza de que volviera.
Mientras me contaba esto, lloraba. A veces se interrumpía. Se acercaba a mí y me tocaba la cara.
Luego me abrazaba y volvía a llorar.
Se puso a llenar una maleta con las cosas más eterogéneas. Estaba como loco. Conmovido, lo ayudé a poner lo indispensable.
Nos agobiaba la incertidumbre. No sabíamos cómo iba a reaccionar mi madre. Si la impresión de verlo la haría recordar o volvería  más densas las sombras de su memoria. Los dos callábamos, abrumados por el temor, pero a veces, de pronto nos mirábamos y sonreíamos, cuando a ambos, como un rayo, nos traspasaba la esperanza.

jueves, 9 de junio de 2011

LA OTRA EN EL ESPEJO.

Leí en una revista que si nos viéramos como nos ven los demás, no volveríamos a saludar a nadie.
Quedé espantada.
¿Será posible que yo no sea quién creo ser sino la que ven los otros? ¿Alguien que no se refleja en ningún espejo en el cual me miro ni actúa como yo creo actuar?
¡Ay de mí!
¿Existirá alguien que pueda amar a la que realmente soy, no a la que ven sus ojos? Tendría que prestarle los míos, para que al fin me viera.
Eso iba pensando mientras caminaba hacia mi casa y llegué a la   conclusión de que talvez no soy quién creo ser, sino  la que ve la gente. O sea, la otra.
Al entrar,  ví un abrigo colgado en la percha. Una boina estaba  caída sobre la alfombra. ¿De quién es esto?-me pregunté- ¿Quién pudo entrar mientras me ausentaba?
Nadie, pues yo tengo la única llave.
Ví un cuento empezado sobre mi escritorio. Alguien había estado escribiendo y luego se había interrumpido para salir, porque allí no había nadie.
Me quedé pensando un rato. ¿Es que estoy alojando a una amiga y lo he olvidado? Imposible, pues todo lo demás me resulta claro y recuerdo cada acto mío . No tengo,  pues,  amnesia ni me he vuelto loca de pronto.
¿Entonces? ¿Quién es ésta que vive también aquí? ¿Es esa otra que ven los demás, la que no está en el espejo cuando yo me miro?
¿Esa que la gente ve con ojos críticos y a quién ella se entrega confiadamente,  creyéndose amada?
¡Ay! ¡Somos dos las traicionadas! Yo, la que creo ser y ella, la que ven los otros.
Por más que luche por mostrarme tal cual soy, esos ojos despiadados  la verán a ella. Y no la amarán. Por el contrario, la analizarán, la disecarán como a un insecto bajo un microscopio y resolverán que sus defectos son demasiados. Luego irán a sus casas, se mirarán al espejo y ahí sí que verán a alguien hermoso, inteligente y sin duda digno de ser amado. (Pero no saben que hay otro que los suplanta frente a los demás. . . . )
Voy a esperar a  que ella llegue para contarle lo que he descubierto.
Mientras, veré si puedo   continuar escribiendo el cuento que ella había empezado y que trata de una tal Lillian que un día descubrió que era otra. ¡Vaya argumento que se le ocurrió inventar!

viernes, 3 de junio de 2011

UNA HISTORIA CORRIENTE.

¿Cuantos años había pasado sin verla?¿Diez, doce. . . ? No llevaba la cuenta. Incluso creía que ya la había olvidado.
Pero al enfrentarla cara a cara comprendió su error. Supo que todo el tiempo la había buscado entre la muchedumbre. Que si cultivó la amistad de antiguos compañeros de la facultad, fue con la esperanza de que le hablaran de ella.
Entró a ese café por casualidad y buscó una mesa al fondo del local. Se disponía a abrir su note-boock para distraerse con las últimas novedades, cuando en una mesa cercana vio a Claudia. Estaba con una amiga, saboreando un helado.
-¡De piña!-pensó en seguida. Siempre fue su favorito.
Se paró frente a ella, creyendo que talvez no lo reconocería. Pero Claudia dio un pequeño grito y como un rayo se lanzó a sus brazos.
-¡Arturo! ¡Tanto tiempo sin verte!
Lo demás fue historia.
Empezaron a verse a la salida del trabajo. El nunca le ocultó su estado civil: casado, con una niña de cinco años. Ella, separada después de un matrimonio fracasado y estéril.
Al principio, todo parecía fácil. Los encuentros breves, la alegría de verse, de contarse sus vidas. Pero después se convirtió en un tormento, al menos para él.
Llegar a la casa, besar a Nora, jugar con Laurita, disimulando siempre. Y dentro de él, la pasión, la necesidad desesperada de Claudia creciendo, convirtiéndose en un fuego que lo arrasaba todo.
Nora empezó a dudar, a intuir que algo los separaba. Pero calló y se fue poniendo triste, mustia como una flor olvidada en un vaso. Nunca dijo nada pero su silencio era para Arturo peor que los reproches.
Claudia le anunció que la trasladaban a la sucursal que la Empresa tenía en Brasil. Se iba por seis meses. Le dijo que era mejor para los dos, que no podían seguir con esa locura. Pero lloraba y se aferraba a él, contradiciendo sus palabras sensatas.
Decidió partir con ella. No podía perderla. No lograba imaginar qué sería la vida en su ausencia.
A escondidas preparó una pequeña maleta y la escondió en el closet.
Esa noche apenas durmió. Se levantó a las seis y desde la cocina llamó al radio taxi que lo llevaría al aeropuerto.
Salio con sigilo. La ciudad aún dormía. Pero no supo qué instinto lo llevó a levantar la vista hacia la ventana del dormitorio de Laurita.
Pegada al vidrio vio su carita pálida enmarcada por rizos oscuros. Ella lo miraba partir y apretó la palma de su mano en el vidrio, en un gesto de adiós.
Subió al taxi conmocionado. Unos veinte minutos después, cuando enfilaban rumbo al aeropuerto, sonó su celular.
Se sobresaltó, sintió como si una mano de hierro le apretara el pecho. No quiso atender. No quería que nada lo detuviera, que nadie le impidiera ir al encuentro de Claudia.
Luego se sintió un cobarde y abrió el aparato. Tenía un mensaje de Laurita.
-Papito ¿cuando vuelves de tu viaje? Te echaré tanto de menos. . .
Sintió que su vida se paralizaba. En una fracción de segundos comprendió la terrible locura que estaba haciendo. Su acción ya no tendría retorno. Perdería sin remedio lo que más amaba.
Tocó el hombro del chofer.
-Devuélvase, por favor. Ya no viajo.

BARBA AZUL.

Ella tenía la vaga idea de que a cada persona se le había asignado un bus que debía tomar rumbo a la Vida. El suyo se le había pasado, no sabía como, sin que alcanzara a subirse. Y se había quedado ahí, inmóvil en el paradero, sin tener a donde ir.
A su lado, la vida de los demás trascurría como una película en la que ella no tenía asignado ningún papel.
Nunca quiso casarse. Hasta después, cuando era demasiado tarde.
Tuvo varias invitaciones a salir de los amigos de su hermano. Ella era tímida y les inventaba que sus papás no la dejaban salir sola, que iría acompañada de una prima. Iban al cine o a tomar el té al Café Santos. Nunca más la volvían a invitar y después se enteraba de que estaban saliendo con su prima.
No le importaba mucho. Más bien sentía alivio. Tenía miedo de los hombres, de la intimidad del matrimonio, tan lleno de secretos desagradables. Tras la puerta del dormitorio de sus padres pasaban cosas misteriosas que la habían asustado cuando niña. Y que luego, cuando entendió, le causaron repugnancia.
Y así fue pasando el tiempo y llegó a los cincuenta años viviendo sola en la casa que había sido de sus padres. Entonces  empezó a lamentar su soltería y se arrepintió amargamente de tanta oportunidad desperdiciada.
Su hermano se había casado con una niña distinguida que conoció en un balneario y ahora vivía con ella en el barrio alto. Sólo  venía algunos Domingos, muy de tarde en tarde ,  a saber como se encontraba. Siempre era generoso con su dinero, pero el tiempo sin duda le parecía escaso, al menos para gastarlo en ella.
Un viudo del barrio empezó a rondarla. Era apuesto y distinguido y se sintió halagada. Varias veces lo encontró como por casualidad a la salida del Supermercado. Un día lo invitó a pasar y le sirvió una taza de café. Se hizo costumbre que llegara a verla en las mañanas.
Ella ahora iba a la peluquería y empezó a usar para el diario la ropa que guardaba para las hipotéticas salidas que no se producían, porque su hermano y su cuñada no la invitaban jamás.
Sabía que en el barrio corrían extraños rumores sobre el viudo. Que su señora había muerto de súbito, sin haber estado enferma. Que era misterioso, que no se sabía de donde venía ni se le conocía ninguna actividad lucrativa. . En fin, puros chismes de gente envidiosa. Cuando ella pasaba, escuchaba cuchicheos o sorprendía miradas curiosas o de velada advertencia. Alguien quiso ponerla en guardia y ella lo paró en seco.
El le propuso matrimonio. La casa paterna se vendió sin que su hermano quisiera reclamar su parte y se fueron a vivir a la  que el viudo ocupara siempre. Cómoda y amoblada con gusto, se notaba una mano femenina en los detalles pequeños.
Ella se sentía feliz. Por fin tenía con quien conversar y sus secretos temores se disiparon pronto. El no le hizo requerimientos físicos de ninguna especie. Parecía gozar con su sola compañía y con los mil gestos delicados y tiernos que ella le prodigaba. Esos que había atesorado toda la vida sin encontrarles destinatario.
Sólo le extrañaba que él no le hablara jamás de su pasado. No había ni una foto de la difunta en toda la casa ni él la nombraba nunca. Ella pensó que aún sufría el dolor de la pérdida y respetó su silencio, aumentando sus gestos de ternura para paliar su sufrimiento.
Un día que él salió, se puso a ordenarle los cajones del escritorio. En un sobre, escondido muy al fondo, entre unos papeles, encontró un carnet de identidad. Una hermosa mujer de mediana edad la miraba a los ojos. Ni la mala calidad de la fotografía lograba disimular su belleza.
Lo iba a guardar con respeto, cuando distinguió dentro del sobre otro carnet, y otro y luego otro más. Había cinco en total. Todos de mujeres de edad madura, pertenecientes a distintas regiones del país.  ¿Qué significaba eso?
Un escalofrío le subió por la columna vertebral. Se le doblaron las piernas  y el lento horror de la sospecha que se fue haciendo certeza paralizó su corazón.

miércoles, 1 de junio de 2011

DIA DE NIEVE.

Ese día, en el cielo, los ángeles estaban peinando sus alas. Suaves plumillas blancas se desprendían de las peinetas y en la tierra empezó a nevar.
El aire era diáfano y crujiente como si el mundo estuviera envuelto en papel celofán.
Sonaron las campanas llamando a la misa de ocho. Graciela se vistió en silencio, bién envuelta en su abrigo y con el gorro de lana cubriéndole las orejas. ¡Quería salir a ver la nieve!
Se asomó a la habitación de su madre y notó que dormía profundamente. A los pies de su cama estaba ovillado Muchi. Al escuchar el sonido de la puerta abrió apenas una rendija de sus ojos verdes y luego, con despectiva indiferencia, acomodó mejor su cola en torno a su cuerpo y siguió durmiendo.
-No molestes, es muy temprano para mi leche-pareció decir.
Muchi creía que el mundo empezaba a girar sólo a la hora de su leche. Otra cosa que parecía creer era que los gatos eran dueños de las personas, quienes estaban ahí sólo para servirlos y llenaban el resto del tiempo con toda clase de tonterías.
Graciela salió a la vereda y respiró a bocanadas el aire helado de la mañana. La calle estaba desierta y silenciosa. Era como si la ciudad entera durmiera arrebujada en la frazada blanca de la nieve.
Las campanas de la Iglesia tocaron la tercera señal para la misa y los repiques sonaban como vivaces reproches:
-¡Levántense, flojos! ¡Es Domingo! ¡No olviden que es el día del Señor!
Pero, la nieve con su manto lo envolvía todo, acallando los sonidos y la calle permaneció desierta.
Graciela dobló la esquina y vio que en el paradero de buses había alguien. A medida que se acercaba, notó que era un joven vestido de extraña manera. Llevaba un largo abrigo de terciopelo y un gorro de piel del cual escapaban rubios cabellos que caían hasta sus hombros.
Bajo el brazo llevaba un fajo de papeles atados con un cordel. Eran partituras de música.
-¡Hola! -le dijo la niña-Yo me llamo Graciela ¿Y tú?
-Yo, Piotr-dijo el joven, sonriendo.
-Y ¿a dónde vas, Piotr, con esas partituras?
-Voy al  Conservatorio. Y tú ¿Qué haces por aquí tan temprano?
-Salí a ver la nieve, como en Santiago no nieva casi nunca. . .
El joven la miró con sorpresa y dijo:
-Veo que eres extranjera, porque aquí en Moscú nieva todo el tiempo.
Graciela miró a su alrededor y todo le pareció desconocido. Había casas de estilo muy antiguo y a lo lejos vio una Iglesia de cúpulas doradas, desde donde parecían brotar los repiques de las campanas.
Entonces dejó de parecerle extraña la vestimenta del joven, pues era totalmente acorde con el paisaje que los rodeaba.
-Y esas partituras ¿Tú las escribiste?
Sí, estuve toda la noche desvelado. Tengo en la mente la música de un ballet. Será  para niños. ¡Creo que a ti te gustaría! Quiero llamarlo "Cascanueces".
Graciela lo miró y entonces recordó  dónde lo había visto antes. ¡En la Enciclopedia de Música de su papá! Allí aparecía el retrato del hermoso joven. ¡Era Piotr Chaivskosky!
-Quiero mostrarlo a mis colegas del Conservatorio. Aún es sólo un esbozo y no sé si un día llegaré a terminarlo. . .
-¡Oh, sí! -exclamó Graciela-Lo terminarás y serás famoso en el mundo entero. ¡Será una música tan bella que nadie podrá olvidarla jamás!
Piotr la miró sorprendido por su vehemencia y luego rió:
-Así es que tú, tan pequeña ¿eres una hechicera que predice el futuro?
Graciela no alcanzó a contestarle.
El silencio fue roto por la llegada de un tranvía. Frenó crujiendo y rechinando y dispersó una lluvia de nieve alrededor de sus ruedas.
-Debo irme-dijo Piotr y saltó a la pisadera. Agitó su mano en un gesto de adiós.
Graciela se quedó inmóvil en la vereda mientras el viejo tranvía desaparecía en la distancia.
Con él desaparecieron las altas casas antiguas y la Iglesia de cúpulas doradas. Se encontró de nuevo en su barrio y en la calle que le resultaba familiar.
Como era una niña no se extrañó mucho de aquel maravilloso episodio. Sólo pensó que en los días de nieve pueden ocurrir cosas mágicas, y sacudiendo los copos que se adherían a su abrigo, se encaminó a casa para desayunar.

DOS VECES ELENA.

Cuando tuvo al niño pasó por momentos difíciles y el médico le aconsejó que no quedara encinta de nuevo.
Pero Elena deseaba tanto tener una niñita. Soñaba con ella, la veía jugando, subiéndose a sus rodillas y aunque la crianza del niño llenaba sus horas, notaba que le hacía falta sentir esos otros  bracitos soñados encadenar su cuello.
Así es que al cabo de tres años desoyó los concejos médicos y quedó encinta.
Su júbilo fue completo cuando la ecografía les informó que la guagua sería niña.
Mario estaba feliz también y de común acuerdo resolvieron que sin duda alguna la llamarían Elena.
-Ahora tendré mis dos Elenas de Troya-decía Mario-Y lo bueno es que no se las he tenido que robar a ningún rey ni provocar una guerra por ellas, porque son mías. Y Elenita será sin duda tan hermosa como tú.
Faltaban apenas tres semanas para la fecha del parto, cuando se sintió mal. Un intenso dolor le arrancó un grito. Y luego otro y otro más.
Elena perdía a ratos el conocimiento. Nunca supo cuando la llevaron de urgencia a la sala de partos. La rodeaban médicos y enfermeras, trabajando sobre su cuerpo con cara de aflicción.
Hasta que el silencio tenso se rompió con el vagido de la niña.
-¡Gracias a Dios Elenita ha nacido!. -pensó.
Luego sintió que una gran debilidad la invadía. El médico dió una orden y le aplicaron oxígeno. Luego masajes al corazón. Había carreras, voces alteradas. Alguien dijo:
-Llamen al marido. Ella se nos va.
Elena se sintió de pronto muy liviana. Fue como si hubiera cortado unas ataduras y se elevara en el aire.
¡Era cierto! Desde arriba veía a los médicos que luchaban en vano sobre su cuerpo inmóvil. Ella flotaba y no era más que un suave fulgor azul que titilaba como una estrella. Sintió una dulce paz y le pareció que de lejos alguien la llamaba. Un resplandor se abría al final de un túnel y ella quiso volar hacia él.
De pronto, un grito:
-Doctor, venga. ¡La niña no respira!
Elena vio el cuerpecito de su hija que se iba quedando inmóvil y sin color.
Ya no quiso escuchar más la dulce voz que la llamaba. Rompió el hechizo  que la arrastraba hacia la luz y se precipitó de nuevo a la tierra.
Bajó hasta su hija y penetró en su pecho como un rayo.
-¡Ya vuelve. Doctor! Los latidos son normales.
Ajeno a todo, Mario lloraba sobre el cuerpo sin vida de Elena. Pero ella ya no estaba ahí.
El resplandor azul de su alma era la estrella que le daba luz a los ojos de Elenita.

ESPLENDOR DE ORIENTE.

Querida Betty:
Tú, pasándolo regio en las Termas de Chillán y yo aquí, viviendo situaciones de lo más escabrosas o al menos, pintorescas. Mejor paso a contarte y tú ahí opinarás.
Fíjate que hacía una semana que tenía un dolor en el cuello que, si lo tiene una jirafa, se muere. Como mi cuello es más corto, yo resistía con estoicismo.
En el Taller se lo conté a la María Pía y ella me aconsejó que recurriera a un masajista.
Tú sabes que a mí, eso de los masajes siempre me ha parecido algo equívoco. Como cargado a lo erótico o pecaminoso de frentón. Tú me comprendes. De inmediato me imaginé a un mocetón rubio y musculoso, vestido apenas con una zunga, que me arrastraba sin miramientos a una camilla para hacerme objeto de toda clase de ofensas al pudor.
No te niego que me daban unos escalofríos de lo más excitantes ante la idea.
Pero reaccioné y le dije a la María Pía que no, que prefería el paracetamol y el guatero de semillas.
Pero, ella me insistió y disipó todos mis temores.
No se trata de masajistas suecos en zunga- me dijo severamente- Es un Doctor chino llamado Ping Tun Cheng, que en castellano se traduce como "Esplendor de Oriente". O sea que tú pasas del más negro túnel sin salida a un radiante estado de sanación total.
No sé cómo me convenció. Sería porque el dolor me tenía exauta y sin voluntad, pero la cosa es que fui.
Era un edificio moderno con una oficina bien iluminada. Nada de medias luces incitantes.
Una niña oriental de bata blanca me hizo pasar a una sala de espera. Había los típicos cuadros de bambúes y de garzas, unos sillones rojos y en una esquina, unos palillos de incienso le rendían homenaje a una estatua de Buda.
Al rato, la misma niña me hizo pasar a la consulta del médico.
Salió a mi encuentro un chinito encorvado, no tanto por los años como por las sucesivas reverencias. . Me hizo tomar asiento y me preguntó:
-¿Qué dolol atolmental a la honolable dama?
Noté que hablaba muy poco castellano así que le señalé mi cuello con una mueca explícita.
-¡Ah! Sel honolable cuello que dolel. Sel tensión. Yo rogal a la honolable dama relajalse y pensal qué pleocupación la atolmenta en este momento.
Para serte franca, la única preocupación que me atormentaba era como llegar a fín de mes después de cancelar sus honorarios. Pero cerré los ojos y me dejé ir.
El puso sus dedos en mi cuello y presionó ligeramente.
Solté un ¡Ay!
El dijo-Peldón. Sel nudo de nelvios que atolmental. Yo rogal a la honolable dama que se relaje.
Así lo hice y creo que por unos segundos me dormí porque me ví caminando por la Muralla China tomada de la mano con un tipo de lo más regio.
Cuando desperté, noté que el cuello me dolía igual que antes, pero disimulé y salí de ahí, alivianada en mi chequera pero sobrecargada en mis preocupaciones. Financieras, tú comprendes.
Le mentí a la María Pía diciéndole que estaba mejor y que el Dr. "Esplendor de Oriente" le hacía honor a su nombre.
Pero la verdad es que el dolor se me fue pasando solo, porque es tensional, claro, y lo que necesito es esparcimiento.
Cuando vuelvas de Chillán, podríamos inscribirnos en el curso de "Baile Entretenido". Ahí botaríamos las tensiones y aprovecharíamos de adelgazar. ¿Qué te parece?
Con cariño, Nora.
P. D. Igual me compré unos palillos de incienso y ahora mi departamento huele de lo más oriental. "Esplendor de Oriente" que le llaman, digo yo.