Bienvenidos a Mi Blog

Les doy la bienvenida a mi blog y les solicito encarecidamente que me dejen sus comentarios a mis entradas, pues su opinión es de gran valor para mí.



lunes, 30 de mayo de 2011

ERRORES.

Los errores son como los bumerangs. Por muy lejos que los arrojes, siempre vuelven a ti.
Pero no te aflijas ni te avergüences por haberlos cometido. ¿Quién no lo ha hecho?
Nadie nos enseñó a vivir. Fuimos como los niños que dan sus primeros pasos y tropiezan una y otra vez. Sólo  que la infancia de nuestro corazón duró toda la vida. Cuando aprendimos a andar y sentimos que por fin estábamos erguidos y firmes, nos dimos cuenta de que pisábamos el borde de nuestra fosa. Había llegado la hora de morir.
¿De qué nos había servido el dificultoso aprendizaje? Habíamos logrado dominar nuestras pasiones, sobreponernos a los dolores de la vida, pero ya no nos quedaba tiempo para utilizar nuestra sabiduría.
No sé si tú a veces pensaste también en eso que te dije al principio. Que los errores son como los bumerangs. Que vuelven hacia ti y te golpean justo cuando creías que eras tú el que había golpeado.
Nunca pensé que nos encontraríamos hoy junto a la tumba de ella.
Muchas veces vine y encontré flores frescas sobre el mármol. Rosas amarillas, las que más le gustaban.
¿Quién podía conocer su preferencia aparte de mí?
Tú, sin duda. El único que la amó como yo la amaba.
Porque no niego que la quisiste. No soy tan mezquino para pretender que no era amor el que a tu pesar te llevó a arrebatármela. Eras mi amigo. Sé que luchaste contra tus sentimientos. Que incluso partiste al extranjero huyendo. Pero, fue más fuerte lo que ella sentía.
Empezó a languidecer a mi lado. Los bellos colores de su cara palidecieron. Trataba de disimular y cuando la miraba, me sonreía con dulzura. Pero ¡qué tristes sus ojos, qué apagados!
Al final le dije que lo sabía todo. Que no la culpaba, que la liberaba de todas sus ataduras para que corriera hacia ti. Pero que el niño se quedaba.
Me miró con horror y escapó a su pieza llorando. La vi arrodillada junto a la camita donde él dormía, inocente del dolor que desgarraba nuestros corazones.
Pero, fui inflexible. Sé que mi propósito recóndito era impedirle que se fuera. La amaba demasiado para resignarme a perderla. Usé al niño como un arma, como el cerrojo que le impedía abrir la puerta que le daba la libertad.
Y se quedó. Se quedó a mi lado y la pena la fue consumiendo. Yo sabía que su corazón era frágil. El médico me había dicho que le evitara situaciones de angustia. Pero me empeciné, cegado al lento deterioro de su salud. Me pregunto si no fui como aquel que mantiene enjaulado un pájaro para solazarse oyendo sus trinos. Necesitaba tenerla a mi lado, gozar de su presencia  en la casa, oír su voz. Se  me hacía insufrible la posibilidad que ella me dejara.
Pero, ya ves. Me dejó. Ahora yace bajo esta loza fría donde tú acabas de poner un ramo de rosas amarillas.
Ninguno de los dos pudo tenerla. Estamos solos ahora. Sé que también sufres y este dolor nos une como antes nos unió nuestra amistad.
Ven a mi casa conmigo. Hablaremos de ella. Nos hará bien a los dos. .

viernes, 27 de mayo de 2011

CORAZON AGRIPADO.

Querida Nora:
No me sirvió de nada vacunarme. Igual estoy en cama con gripe. Este es "el virus que no era".Tú me entiendes."Otro".
En fin, que estoy tomando limonada caliente con aspirina, caldito de pollo que me prepara la santa de la Eduvigis y confiando en eliminar la gripe a fuerza de transpirar.
Aunque me duele la cabeza, quiero contarte los últimos avatares de mi agitada vida sentimental.
Bueno, no tan agitada como quisiera, pero empeño le hago. No es cosa de echarse a morir.
Fíjate que conocí en el barrio a un masculino de lo más atrayente. Alto, flaco, canitas en la sien y profundas arrugas en la frente como si lo atormentara una secreta  angustia existencial.
Me fascinó, qué quieres que te diga.
Pero cuando me invitó a tomar té le disparé un obús de inmediato:
-No salgo con hombres casados.
Eso, para chequear su estado civil, que hasta el momento se mantenía en la incógnita.
-Soy viudo-dijo melancólicamente y clavó la vista en la punta de sus zapatos como si ahí estuviera escrito el obituario de su difunta esposa.
Ahí renuncié de inmediato a la artillería pesada y acepté la invitación.
Fuimos varias veces a tomar té, café, jugos y todos los líquidos disponibles en el barrio, excepto los alcohólicos, porque siempre nuestras citas eran a temprana hora de la tarde.
A mí, el canoso atormentado por la existencia me gustaba cada día más. Y en las noches, con frecuencia  algún mal pensamiento me hacía sonreír en la oscuridad, antes de quedarme dormida. Eso te lo digo a tí, porque tenemos confianza.
Una tarde en  que estaba en la peluquería de la Hilda, lo ví pasar a través de la vidriera.
-Ahí va el marido de la señora Julieta-Dijo la peinadora mientras me hacía el brushing.
-¿Cual señora Julieta?-pregunté yo, fingiendo indiferencia.
-Esa señora alta, que se pasea por Lyon con un perrito pequinés. Ud. tiene que haberla visto.
Sí. ¡Claro que la había visto! Con el pelo teñido color azabache apretado en un moño, siempre vestida de oscuro...Confieso que muchas veces la había comparado con la bruja de un cuento de niños.
Y resulta que era la esposa de mi viudo...O sea que él y yo habíamos sido todo el tiempo como Hansel y Gretel comiéndonos a escondidas la casita de chocolate de la bruja.
¡Con razón siempre me invitaba a sentarnos en el fondo del salón de té, bién lejos de la entrada! No fuera cosa que nos olfateara el perrito pequinés....
¡Qué cínicos son los hombres! ¿No crees, Nora?
Menos mal que me enfermé y caí en la cama antes de caer en el abismo del desengaño.
Ahora, si lloro, es por el romadizo, estoy segura. Ese traidor no se merece ni una lágrima.
Y cuando me mejore, daré vuelta la página del libro de cuentos. Ya no seré Gretel comiéndome los dulces ajenos. Ahora seré "La reina de las nieves" y le clavaré al seudo viudo una astilla de hielo en el corazón.
Un abrazo en la distancia
Betty.

martes, 24 de mayo de 2011

NOSTALGIA OTOÑAL.

Hubo un tiempo encantado en que el otoño era
como un cofre dorado, repleto de tesoros.
Al pasar por el parque las hojas crepitaban
como ardiendo en gloriosas llamaradas de oro.
Me salía al encuentro desde las alamedas
la Niebla. Era una amiga, casi una enamorada.
Sus suaves dedos grises recorrían mi rostro,
refrescando mi boca con caricias heladas.
Me envolvía su manto como mágico velo
que me hacía invisible, perdida entre la gente.
Y nunca estuve sola. La tristeza marchaba
apretada a mi paso, como una  confidente.
¿Dónde se quedó el parque de las doradas hojas?
Hoy mis pies sólo vibran con ecos de cemento.
Y aunque busque el camino que al otoño me lleve,
mi alma ya no recobra su dulce encantamiento.


DOCE AÑOS.

Mi tristeza de niña
era dicha con lágrimas.
Dulce hilo de agua oculto
manándome en el alma.
Mi corazón latía
porque un árbol su savia
en mi pecho vertía
si al pasar, lo abrazaba.
A veces apoyaba
mi rostro taciturno
en la suave mejilla
de una piedra con musgo.
Y una ternura triste,
casi melancolía,
como un jacinto azul
en mi pecho crecía.
Suave rumor de ramas
me arrullaba de noche:
madera de mi cama
añorando su bosque.
Y al dormirme sentía
¿Era la luna o hadas?
zapatitos de plata
caminar por mi almohada.
Contemplaba mi rostro
reflejado en un charco.
Mi boca con asombro,
mis ojos extasiados.
El charco oscuro y quieto
se me quedó en el alma.
Y la niña de entonces
me mira desde el agua.
Aquella que vivía
con la frente curvada
hacia el fondo de un pozo
azul y maravillada,
retenía en su mano
mariposas murientes,
para aprender su modo
de morir dulcemente.
En el charco de mi alma
su rostro entristecido
me mira desde el fondo
de un paisaje dormido.

jueves, 19 de mayo de 2011

LA COLOMBINA TRISTE.

Todo empezó con una venta de garaje, como tantas que se han puesto de moda en el barrio Providencia.
Una tarde, de vuelta del trabajo, pasé por frente a un edificio y vi que en el ante-jardín se realizaba una de esas ventas. Había lámparas, rumas de libros empastados en cuero algo deslucido, una cómoda con sospechosas huellas de termitas y cosas así. Entre ellas, se movía graciosamente una linda joven de cabellera rubia. Me acerqué más para verla a ella, no a las cosas que vendía, pero me llamó la atención una silla mecedora. El terciopelo que la tapizaba lucía algo apolillado, pero era de líneas finas y elegantes y a todas luces, antigua.
Le pregunté a la joven por el origen de la silla y me contó que eran todas cosas que habían pertenecido a su abuelita y que por una urgencia económica se veía obligada a vender.
Después de un corto regateo, tomé la silla y seguí mi camino. Era pequeña y liviana y no tuve problema en llegar con ella a mi cercano departamento.
La puse en un sitio de privilegio, junto a mi sillón favorito.
En las noches me sentaba en mi escritorio con el propósito de terminar mi memoria  de abogado y no era raro que me empezara a quedar dormido y mi cabeza cayera sobre los áridos textos de consulta.
Eso me había pasado esa noche, seguramente, cuando escuché un ruidito muy tenue que venía del lugar donde se encontraba la silla. Alcé la cabeza y ví que ésta se mecía suavemente No alcancé a preguntarme si una corriente de viento o un temblor la movían, porque quedé paralizado de asombro. .
Lentamente, una figura humana se materializó sentada allí. Era una hermosa joven vestida de una extraña manera. Llevaba un disfraz que reconocí como el de colombina. Blanco y adornado con numerosos pompones de terciopelo negro. Lucía una corta melenita oscura que enmarcaba su rostro pálido. Se mecía en la silla con una mano sobre su pecho y lloraba. Grandes lágrimas se deslizaban continuamente por sus mejillas. La visión no duró ni medio minuto y se desvaneció.
Pensé que había soñado. No podía ser.  ¡Un fantasma! esas cosas no pasaban en el siglo veintiuno. . . Me reí de mí mismo y resolví que lo mejor era acostarme. Pero, me dormí con la imagen vívida de esa carita triste, de esos ojos oscuros que manaban lágrimas sin cesar.
Varias noches después, cuando me encontraba bien despierto, un leve crujido en la silla mecedora me hizo apartar la vista del teclado. Ahí estaba de nuevo la colombina triste, siempre llorando con una mano sobre su corazón. Ahora permaneció un rato mirándome y creí ver una súplica en sus ojos. ¿Qué me preguntaba? ¿Qué me pedía?
Esa noche me desvelé y decidí ir al otro día a hablar con la antigua dueña de la silla. El conserje me informó que se llamaba Paulina. Como era Sábado, no fue difícil encontrarla en su casa.
Cuando me abrió la puerta, le dije irónico:
-Vengo a pagarle lo que le debo.
-Pero ¿cómo? Si me pagó al contado.
-Sí, pero aún no le pago por el fantasma que me vendió con la silla. . . O talvez sea mejor que se la devuelva-agregué molesto.
Se puso pálida, luego roja y esos cambios de color me hicieron pensar en una rosa abriéndose al sol. Perdonen lo cursi, pero si Uds. hubieran visto lo linda que se veía. . . . !
Me hizo pasar y me pidió que le explicara todo.
Al terminar le pregunté:
-¿Será el fantasma de su abuelita?
. -No-Me dijo. Ella murió muy viejita y la descripción que Ud. me hace no corresponde a sus fotografías de juventud.
Se quedó pensando unos momentos y luego agregó:
-Mis papás murieron en un accidente cuando yo era niña y me crié en la casa de mi abuelita. Tengo todas sus cosas, entre ellas, unos álbums de fotos. Los traeré. ¿Cómo sabe si en ellos Ud. reconoce a la colombina que llora?
Trajo un álbum muy antiguo, forrado en cuero descolorido. Pasamos sus páginas, llenas de señores de bigote engomado, niños vestidos de marinero y señoras majestuosas envueltas en encajes. De pronto, llegamos a una enorme foto que ocupaba la página entera. Debajo se leía:"Baile de disfraces en el palacio Concha Cazote"
Un grupo abigarrado miraba a la cámara, sonriendo. Jeques árabes, damas de la corte de Luis Quince, japoneses, bailarinas. . . y de pronto, en un costado de la fotografía ví a mi fantasma. Una hermosa joven vestida de colombina miraba a los ojos a un apuesto pierrot.
-¡Es ella!-exclamé.
-¡La tía Fanny !-dijo Paulina, y de nuevo palideció y enrojeció seductoramente-¡Debí haberlo adivinado!
Y a continuación me contó la más triste historia que ni a un novelista se le hubiera ocurrido inventar.
Fanny había muerto muy joven, esperando a su novio, que era francés y que había prometido volver a casarse con ella.
Al principio le escribió varias cartas, que se demoraban como un mes en llegar porque en ese tiempo venían por barco. De pronto, la correspondencia se interrumpió.
Ella empezó a languidecer y como desde pequeña había sufrido del corazón, sus padres se preocuparon mucho.
-Me contó mi abuelita-continuó Paulina-que se sentaba en la silla mecedora, junto a la ventana que daba al jardín. Permanecía con la vista fija en la reja de entrada, creyendo seguramente que vería llegar  por ella a su amado Pierre. Lloraba y lloraba durante horas. Su corazón se fue debilitando y murió sentada en esa silla, con el rostro vuelto hacia le reja del jardín.
Varios meses después, vino a la casa un amigo de Pierre. Venía de Paris y contó que él había muerto de pulmonía. Se perdió en una tormenta de nieve y cuando lo encontraron, estaba muy mal. Duró una semana. En su delirio llamaba constantemente a Fanny. Un día se sentó en la cama y pidió papel y pluma para escribirle una carta. No alcanzó a terminarla-. Aquí está-dijo-. Quise traérsela a su novia para que sepa que él murió pensando en ella.
Todos se miraron consternados. ¡Era demasiado tarde!
-Mi abuelita guardó la carta-continuó Paulina-Todavía la tengo entre sus recuerdos.
Trajo una cajita llena de estampas de santos y tarjetas antiguas y sacó de ella un sobre ajado.
-Esta es.  ¡Si la pobre tía Fanny hubiera alcanzado a recibirla!
-¡Eso es! ¡Eso es lo que el fantasma quiere!-dije yo-Eso es lo que me pide con sus ojos llenos de lágrimas. ¡Quiere leer la carta que su novio le dejó!
-Y ¿qué podemos hacer?-preguntó Paulina.
-Ya sé. Venga esta noche a mi casa y traiga la carta. Quizás ella aparezca y podamos leérsela.
Pasadas las nueve llegó Paulina. Yo la esperaba con ansias. Demás está decir que el asunto de la carta me interesaba mucho. Era una fantástica aventura la que estábamos viviendo. Pero yo también había empezado a sentirme el héroe de mi propia historia de amor.
Nos sentamos en la penumbra, alumbrados solamente por la lámpara de mi escritorio.
Conversamos de mil cosas, nos contamos nuestras vidas y tan absortos estábamos en nuestro diálogo,  que un leve crujido en la silla nos sobresaltó violentamente.
Ambos nos tomamos de las manos en un gesto de emoción incontenible y vimos  como la figura de la colombina triste se iba materializando.
Puso su mano sobre su corazón y de sus ojos empezaron a manar abundantes lágrimas. Paulina me entregó la carta y abrí el sobre con dedos torpes. Adentro había una esquela amarillenta con la tinta ya descolorida.
Miré a la pobre niña y empecé a leer.
"Mi adorada Fanny: Tengo fiebre, pero necesito escribirte. No sé si podré salir de esto. Tengo miedo de no volver a verte y por eso quiero decirte que te amo, que sólo pienso en ti. Le pido a Dios que me dé fuerzas para mejorarme y correr hacia ti para no dejarte nunca. "
Aquí había un borrón, una mancha de tinta quizás mezclada con lágrimas y la carta se interrumpía. ¡El pobre enfermo no pudo continuar!
Alcé la vista y miré el rostro pálido de la bella colombina. Aún había lágrimas en sus ojos, pero una dulce sonrisa de amor y comprensión entreabría sus labios.  ¡Habíamos logrado entregarle el consuelo y la paz que necesitaba!
Paulina, a mi lado, lloraba. Aún cogidos de la mano vimos como la blanca figura se levantó de la silla, hizo un leve gesto de despedida y se dirigió a la puerta. Antes de llegar a ella, se desvaneció en las sombras.
Paulina y yo nos abrazamos. Reímos, lloramos y terminé por besarla.
-¿Aún me quieres devolver la silla?-preguntó coqueta.
Le di otro beso y pensé que si todo salía bien, si lograba que ella me correspondiera, en un tiempo más la silla ocuparía el lugar de honor en nuestra casa.

lunes, 16 de mayo de 2011

PEQUEÑA FLOR.

Su nombre era Elvira pero su papá la llamaba "Pequeña flor", por una canción muy popular en los años sesenta.
Y la verdad es que el apodo le sentaba muy bien porque era bajita y frágil, con unos enormes ojos grises que parecían hambrientos por devorarle el resto de la cara.
Su papá desapareció cuando ella tenía nueve años.
Su mamá le dijo que había muerto en un viaje y que la llevaría unos días a la casa de la abuelita, mientras ella ultimaba los trámites del funeral.
Pero Elvira había alcanzado a ver el interior del closet, donde faltaba toda la ropa de su papá. Cuando volvió, la fotografía de él también había desaparecido.
Entonces supo con certeza que  se había ido, pero no se sintió abandonada porque sabía que no era a ella a quién él  había dejado sino a esa mujer fría y rencorosa, que permanecía horas con la vista fija en el vacío, fumando en la penumbra del comedor.
Pensaba que en algún lugar del mundo su padre  seguía viviendo y en  la soledad de su cuarto   lo llamaba con su vocecita pequeña y triste:
-¡Papá!
A los catorce años se cambió de colegio porque pensó que se sentía muy desgraciada ahí, que un cambio la ayudaría. Pero no sabía que no podría huir de su dolor, que éste la acompañaría a donde fuera.
En su curso del  nuevo colegio había niñas mayores que ella y muchachos brutos e insolentes que la molestaban por placer.
Y se sintió más desesperada aún y le pareció que la angustia haría explotar su corazón.
Al llegar a su casa en las tardes, no encontraba a nadie. Estaba oscura y fría, no vacía sino al contrario, llena de una monstruosa sombra gris que como una ameba se pegaba a las paredes, devorando  todo el aire y no la dejaba respirar.
La soledad podía ser como un muro  que se abatía sobre ella, aplastándola. Vivía aprisionada bajo ruinas, como si toda su vida se hubiera convertido en escombros y hubiera quedado sepultada bajo ellos.
Su mamá empezó a llegar cada vez más tarde del trabajo y un día apareció acompañada de un  hombre al que le presentó como un amigo.
Elvira lo saludó amablemente, pero dentro de su corazón se solidificó el cemento de la definitiva ausencia de su padre. Ahora sí era seguro que ya nunca volvería.
Terminó el colegio y  entró a trabajar de recepcionista en la consulta de un médico.
Una tarde, en el andén del Metro, en medio de la muchedumbre divisó a su padre.
Tenía el pelo gris y estaba algo encorvado, pero conservaba su porte distinguido y el rostro hermoso que ella tanto había amado.
-¡Papá!-exclamó, tomándolo del codo.
-¡Pequeña Flor!-susurró él, emocionado.
Era imposible que no se reconocieran. Habían pasado quince años, los dos  habían cambiado, pero se abrazaron estrechamente y el calor de ese abrazo derritió la muralla de hielo que se había alzado entre ambos y los años de ausencia cayeron a sus pies trasformados en polvo.
La Soledad retrocedió hacia las sombras y huyó presurosa a buscar otros corazones en los cuales habitar, porque el amor de los dos la había derrotado.

lunes, 9 de mayo de 2011

MARIA LA BELLA.

Siempre pienso en la luna, dorada y resplandeciente deslizándose por el cielo. A su lado, una estrella pequeña y opaca, apenas visible, escoltándola. Como una reina que avanza majestuosa, con un lacayo detrás que le sostiene el borde del manto.
Así era yo, escoltando a Maria La Bella por las calles del pueblo.
Algún intelectual cursi la bautizó así por Remedios la Bella, de García Márquez.
Pero, ¡ah!, cómo lo merecía.
Alta y esbelta, con un rostro  blanco aureolado por espesos cabellos negros que caían en bucles por su espalda. Su busto ideal era como la proa de un barco que fuera cortando el agua del mar en vez del aire. Su caminar era suave y ondulante, también como el de una nave, y sus caderas se mecían con un vaivén que dejaba sin aliento.
Sus ojos negros, de largas pestañas, parecían lagos de agua oscura en los que uno hubiera querido ahogarse con gusto para morir feliz. Su nariz, levemente aguileña, acompañaba una boca de labios rojos y llenos, siempre entrabiertos como esperando un beso.
La eligieron Reina de la Primavera en el Carnaval que organizaban los Rotarios. La sentaron en un trono sobre un escenario y un señor bajito y calvo a quién llamaban "Poeta laureado" le rindió homenaje recitándole unos versos.
Ella sonreía con dulzura y ausencia y a veces levantaba su blanco brazo y saludaba al público. Una auténtica reina, no podían dudarlo.
¿Por qué ella me permitía acompañarla si apenas me hablaba?
Talvez porque sentía que mi adoración era respetuosa y humilde y nunca la sometería al mal rato de una declaración de amor.
La acompañaba a misa los Domingo y a la salida, ella, en silencio me tendía majestuosamente su breviario para que se lo llevara.
Dábamos unas vueltas por la Plaza. Ella, objeto del deseo de muchos. Yo, de la envidia y el odio de unos cuantos más.
Los Miércoles tomaba clases de piano con la señora Rosa, que hacía clases de música en el Liceo. Yo la esperaba afuera y al salir, ella, con su mismo gesto mudo y soberano, me tendía las partituras para que se las llevara.
¡Días felices de muda adoración! ella, igual a la luna dorada y rutilante, escoltada por mí, la estrella humilde y opaca que sostenía los bordes de su manto.
Hasta que estalló el escándalo y el chisme se expandió como una mancha de petróleo sobre el mar.
María La Bella había sido todo ese tiempo la amante del Alcalde, casado por supuesto, y ahora estaba preñada.
Un cuchillo me atravesó el corazón. Y por supuesto comprendí el triste papel que me había tocado jugar en el sórdido asunto.
Fui varias veces a tocar el timbre a su casa. Siempre salía a a abrir su mamá, pequeña y triste, y me informaba que María se hallaba indispuesta.
Al cabo de unas semanas, los cotilleos explotaron otra vez.
En la misa del Domingo, el cura pronunció las amonestaciones del matrimonio de María.
¡Se casaba! No con el Alcalde, naturalmente. El nombre del novio nos resultó desconocido.
Pronto se supo la verdad, en otro chisme  que se expandió por el pueblo.
Era un forastero de una ciudad cercana. El Alcalde lo trajo, le compró un camión para que trabajara en el trasporte de abarrotes y le entregó a María.
Llegó el día de la boda.
Ella entró a la Iglesia tan distante y majestuosa como siempre. Se diría que caminó entre sus vasallos, del brazo de su padre, un señor bajito y pálido que pocos conocían.
Iba vestida con una especie de túnica rosa y una corona de flores de igual color le sujetaba el velo. Era la imagen viva de la Primavera, grávida de todos los frutos que madurarían en el Verano.
En el altar la esperaba el novio, con un pulcro terno azul marino, regalo también del Alcalde, seguramente.
Ella apenas lo miró y muchos dijeron que debajo del velo le corría el llanto. Otros dijeron que fue el Alcalde el que se secó una lágrima  cuando la pareja pasó junto al banco que él ocupaba con su esposa.
Lo cierto es que nadie se quedó sin hacer un comentario malévolo.
Solo yo estaba mudo, oculto tras un pilar de la Iglesia, sintiendo que mi corazón se desleía, se derretía como la esperma de una vela y formaba un charco de dolor a mis pies.
Vivieron unos meses en una casita a las afueras del pueblo. Se supo que el niño había nacido, pero a ella no la vimos en mucho tiempo.
El siguiente rumor que corrió fue que el transportista de abarrotes había desaparecido. Salió del pueblo sigilosamente y no volvió más. Había cumplido su compromiso con el Alcalde.
Una tarde que yo cruzaba la Plaza. Divisé a María La Bella empujando un cochecito. Me flaquearon las piernas de emoción. Al principio no me atrevía a acercarme. Después saqué valor de no sé que parte de mi maltrecho corazón y me puse a caminar a su lado.
-¿Puedo acompañarla?
Ella conservaba su andar majestuoso, su porte de reina que ninguna humillación había podido quitarle.
Sonrió apenas, me miró de soslayo y extendiendo su blanco brazo en el ademán confiado de una soberana a su vasallo, me tendió algo para que se lo llevara.
No era ya el devosionario ¡Ay! , no eran ya las partituras. . . . Era una bolsita celeste que contenía los pañales y el biberón.

CIUDADES.

Los sueños son ciudades a donde la gente va cuando duerme.
La mía se parece a Santiago, pero está a la orilla del mar.
Mi papá y mi hermana viven en el mismo departamento donde ella y yo crecimos, frente a la Plaza Brasil. A menudo voy allá y estoy con ellos.
Una vez me vi con mi hermana paseando por los senderos interiores de la Plaza.
Al parecer era Primavera porque los árboles estaban florecidos. De súbito cayó la noche y me encontré sola. Pero, desde lejos oía la voz de ella que me llamaba.
-Ven, ven.
Cuando desperté creí seguir escuchando su voz que me pedía que fuera a su lado.
Quizás ella quiere que yo muera también para que vaya a acompañarla. ¡Se sentirá muy sola allá! O me echará de menos. . .
A mi me gusta la idea.
Todos los lazos que me sujetaban aquí se han ido desatando y ahora mi vida es como un flotar sobre una tierra gris bajo un manto de bruma.
Sería tan bueno estar con ella. Nos tomaríamos de la mano y soñaríamos ser niñas de nuevo. Automáticamente nos encontraríamos a la orilla del mar.
Porque los muertos también sueñan, estoy segura. ¿En qué ocuparían sus horas, sus infinitas horas, si no pudieran soñar?
Jugaríamos con las olas y nuestros padres estarían mirándonos desde la playa. Mi mamá bajo su quitasol y mi papá con su gorra de marino.
Vivir no es tan duro si en la noche puedes viajar a la ciudad de tu sueño.
Mi hijo seguro soñará con una ciudad diferente, pero en ella estará la casa en la que vivió cuando niño.

viernes, 6 de mayo de 2011

VIVIR DE NUEVO.

Después de un tiempo, la soledad y el silencio empezaron a abrumarlo. Quiso hablar y ser escuchado. Volver a sentirse parte de esa multitud de seres a quines por tantos años había eludido.  
Pero no tenía a nadie.
Se había ido separando  de sus parientes y de los que un día fueran sus amigos. Un revés de la fortuna le reveló lo superficial de esa amistad. Había tenido una situación económica holgada y luego, por sucesivos errores en sus negocios, se encontró pobre. .
Eso bastó para que lo marginaran.
Tuvo que poner en venta su hermosa casa en un barrio acomodado y cambiarse a uno más modesto.
Por orgullo, no reveló a nadie su nueva dirección y al parecer, ninguno de aquellos que antes lo invitaban y lo halagaban, se molestó en averiguarla.
Los que nacen pobres se tienen entre ellos. Los afortunados que lo pierden todo,  ya no tienen a nadie.
Eso era lo que había aprendido en esos últimos años y la amargura era como un charco oscuro empozado en su corazón.
Al principio lo sostuvo el orgullo, como una armadura de hierro que le impedía caer. Se refugió en él, y llegó a sentirse superior sólo por estar más triste que el resto, por ser más conciente que los otros de la trágica vacuidad de la vida.
Su esposa lo había abandonado, incapaz de soportar las penurias que les trajo su nueva situación.
Ella se fue a vivir un tiempo con su hija casada y luego, como aún era joven y hermosa, resultó natural que encontrara otra pareja. Se fue  con él, quién sabe a dónde. Pablo no quiso preguntar por ella, aunque era evidente que su hija mantenía el contacto. Al igual que su madre, lo acusaba a él del descalabro económico. Quizás tenía razón, pero habían contribuido las circunstancias.
Eso lo llevó a alejarse de su hija también. Aparte del temor que sentía de que surgiera en sus conversaciones el nombre de la que tanto lo había herido.
Y a la que quizás amaba todavía.
Creía que sí, porque todo lo seguía compartiendo mentalmente con ella. Sin querer, se sorprendía mirando en las vitrinas cosas que hubiera querido regalarle.
Si iba a alguna exposición de pintura,  o un concierto gratuito en el parque, sentía que la belleza le llegaba  tamizada por la melancolía de la ausencia de ella. Los colores de las pinturas parecía que  habían pasado a través de los ojos de ella, antes de que él  los contemplara.
Un día, en una de esas exposiciones, conoció a una mujer.
No era joven, pero tenía un rostro interesante. Finas arrugas rodeaban sus ojos y sus labios que se adivinaba habían sido llenos, empezaban a adelgazarse y a perder su color.
Estaba sentada sola en una banqueta frente a un cuadro. Era un paisaje nevado en el que se destacaba un pájaro oscuro, talvez un mirlo, posado sobre una cerca.
-Se parece a una pintura de Monet-le dijo él, acercándose.
-Es cierto-sonrió ella-Lo había notado.
Salieron juntos de la exposición y la invitó a un café. Empezaba a lloviznar y el atardecer envolvía en su penumbra azul la silueta de los árboles.
La miró de soslayo y volvió a experimentar un fuerte  sentimiento de atracción por el misterio de ese rostro triste.
-¿Está apurada?-preguntó.
Ella sonrió con melancolía y dijo algo.
Una frase sencilla y sin intención, pero él sabía por experiencia lo que había trás ella. Una casa vacía y oscura, un silencio sin voz de bienvenida.
-No, no me espera nadie.
Y entonces pensó que talvez, con el tiempo, podría ser él quién la esperara. Y por primera vez, en años, un destello de entusiasmo iluminó sus ojos y la expectativa de una emoción nueva hizo latir más rápido su  corazón.

ALLÁ.

Ella pensaba que la gente se preocupaba tanto por lo que llamaban "el misterio de la Muerte".  
Para ella era muy simple: Vivir es estar Aquí. Morir es estar Allá. Eso era todo.
La verdad es que nada la afligía ni la ilusionaba tampoco. Su alma permanecía aletargada.  Quizás crecer en un Orfanato pudiera hacerle eso a las personas.
Ahora tenía treinta años y en sus noches solitarias a menudo pensaba en ese "Allá" y en dónde estaría la puerta que comunicaba ambos mundos. No es que quisiera morir. Aunque tampoco quería vivir. Sólo le gustaría encontrar la puerta y satisfacer la curiosidad de mirar al otro lado.
Una noche, tendida en su cama en medio de la oscuridad vio brillar algo  en la muralla. Un pequeño círculo de luz refulgía en las tinieblas, en un lugar en que ella sabía que no podía haber nada.
Al fin, se levantó a tientas y se acercó al objeto. Era la manilla de bronce de una puerta. La hizo girar suavemente y el picaporte cedió. Una  fina línea de luz azulada  se filtró por el interticio.  Empujó la puerta y se encontró en una calle.
Escasos faroles rompían con su claridad la oscuridad  de la noche. Vio una ventana iluminada y se acercó a mirar. No había cortinas que entorpecieran la vista y observó claramente a una mujer que cosía junto a una lámpara.
Ella alzó los párpados y al verla, con un gesto la invitó a entrar. Obedeció confiadamente, atraída por la serenidad del rostro de la mujer y por el tibio resplandor que reinaba en el cuarto.
-¿Qué está cosiendo?-le preguntó.
-Es un vestido para mi hija Rosita. Sé que nunca podré entregárselo, pero me hace tan feliz hacer algo para ella e imaginar lo linda que se vería si se lo pusiera.
-¿Y dónde está Rosita?
-Está al otro lado, donde vive la gente. ¡No sabes cuanto sufrí al tener que abandonarla!
"Mi enfermedad fue muy rápida"-continuó-"Y aunque los médicos no me decían nada yo sentía que moría. .
-"¿Qué será de Rosita?-pensé-Tenía apenas seis años. Su padre estaba siempre viajando, ni siquiera estaba conmigo cuando partí. Sólo me quedaba mi hermana Julia.
"¡Júrame que cuidarás de Rosita! -le rogué en mi último gemido. Y ella juró que lo haría.
"Después entró a la pieza una mujer alta y silenciosa. Me tomó de la mano y atravesamos un umbral.
Ahora estoy aquí, no sé desde cuando, porque en este lugar el tiempo no trascurre.
De pronto sonrió turbada. Le avergonzaba talvez haber hablado tanto.
-Perdona, no te he preguntado ni siquiera  tu nombre.
-Mi nombre es  Rosa-contestó ella-Mi mamá me decía Rosita, pero murió cuando yo tenía seis años. Dos días después, mi tía Julia me dijo que me llevaría a un colegio muy lindo, con muchos niños y niñas con quienes podría jugar.
Fuimos los tres en el auto, con mi papá, y ellos prometieron que vendrían a verme cada Sábado. Pero nunca volvieron.
Después entendí que estaba en un orfanato.
Los otros niños tampoco recibían visitas. A veces venían parejas y se llevaban a alguno, pero sólo a los más lindos o a los más chiquititos. Nunca se fijaron en mí.
Se paró frente a la mujer y ambas pensaron al mismo tiempo que era como estar mirándose en un espejo, tan iguales eran sus ojos y el óvalo de sus rostros.
-Mamá-dijo Rosa-Como en este lugar no hay tiempo, tú tienes la misma edad que tenías cuando moriste. Yo también tengo treinta años. Ahora, talvez somos hermanas.
Muchas horas se quedó junto a su madre, que siguió cosiendo serenamente el vestido de niñita, talvez porque no tenía otra cosa en qué ocuparse y porque le hacía feliz hacerlo.
Languideció la llama de la lámpara y el amanecer empezó a clarear tras de la ventana.
Rosa salió de la casa y recorrió la calle hasta encontrar la puerta por la que había llegado.
Entró a su pieza y se acostó de nuevo. Cuando el sol  de la mañana entró a raudales por la ventana  despertó sobresaltada. Miró hacia la muralla y sin asombro vio que la puerta había desaparecido.